Artes

El caudillismo y la mecánica mental de Hugo Chávez // Diario de Armando Rojas Guardia

Por Armando Rojas Guardia | 11 de febrero, 2017

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El caudillismo chavista se opone patológicamente a una de las más sanas tendencias políticas de la vida venezolana desde la muerte de Gómez: la despersonalización e institucionalización del poder, tal como se efectuaron, de modo paradigmático, en el Pacto de Punto Fijo. En un país acostumbrado a confundir la política del Estado con la figura del caudillo de turno —por eso se habló sucesivamente de paecismo, monaguismo, guzmancismo, crespismo, gomecismo, perezjimenismo— representó un enorme paso hacia la modernidad acceder a un acuerdo de carácter institucional más allá de la figuración personalista de los líderes que lo propiciaron y lo hicieron posible. Al hablar de chavismo, como lo hacemos hoy, no caemos en la cuenta de que estamos, automáticamente, evidenciando un retroceso, una regresión histórica. Junto con el militarismo (ramplón, ignaro y hamponil) y el estatismo, este caudillismo entroniza un triángulo anacrónico. Nos gobierna el pasado.

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La mecánica mental de Chávez y de sus seguidores puede ser descrita aplicándole las conocidas categorías de René Girard: la cohesión grupal, la unanimidad sectaria se materializa en la medida, y solo en la medida, en que se encuentra y erige un “chivo emisario”, un enemigo que es preciso enfrentar y cuya derramada sangre psíquica, y a veces incluso física, constituye el precio a pagar para garantizar aquella cohesión, aquella unanimidad. Carl Schmitt lo formuló lapidariamente: definir al enemigo es el primer paso para definirse uno mismo: “Dime quién es tu enemigo y te diré quién eres”. Y todavía más suscintamente: “Distingo, ergo sum”.

Esta visión política está tan alejada del cristianismo como el negro del blanco. No solo por el auténtico horror de Jesús ante las diferencias que el orden estatuido de una sociedad impone a los seres humanos, sino sobre todo porque, para él, el extranjero, el desemejante, el que hereje, el que no comparte mi léxico mental, el excluido, el enemigo, el radicalmente otro es el invitado por excelencia a compartir conmigo el banquete mesiánico. Nadie puede celebrar un ágape cristiano si no convida a él, simbólica y realmente, al excluido y al enemigo.

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Los mecanismos políticos y, en aspectos decisivos incluso económicos, de la democracia liberal —no hay otra— pueden y deben ser incorporados a una alternativa que busque superar las profundas desigualdades y enormes asimetrías en el disfrute de la riqueza generadas por la dinámica capitalista: la separación de poderes, la alternabilidad en la jefatura del Estado,la elección mediante sufragio universal, directo y secreto de los gobernantes, el juego plural de las ideas, la libertad de pensamiento, de expresión y de acceso a la información, la laicidad del Estado, el mercado —regulado a través de correctivos antimonopólicos— como vía insustituible de la producción de riqueza, la propiedad privada como infraestructura necesaria de la autoafirmación personal y, en consecuencia, la iniciativa empresarial de los individuos como movilizadora de empleo y bienestar.

Todas estas conquistas configuran un patrimonio civilizatorio irrenunciable.

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Armando Rojas Guardia Poeta, crítico y ensayista venezolano, tuvo un papel fundamental en la fundación del Grupo Tráfico, y ha publicado numerosos poemarios y colecciones de ensayos, entre ellos "Del mismo amor ardiendo" (1979), "Yo supe de la vieja herida" (1985), "Poemas de Quebrada de la Virgen" (1985), "Hacia la noche viva" (1989), "La nada vigilante" (1994) y "El esplendor y la espera" (2000).

Comentarios (5)

Diómedes Cordero
11 de febrero, 2017

La admirable libertad de pensamiento, dignidad intelectual y valor cívico del poeta y ensayista cristiano Armando Rojas Guardia.

Malula C
11 de febrero, 2017

Gracias Profesor por ir tras las huellas del nefasto chavismo con gran visión que clarifica, en parte, esta descabellada etapa histórica de nuestro país. Sí muy cierto, nos gobierna un pasado nefasto, que aún no sabemos cuándo y por qué llegó con tanto odio y destrucción, ¿será tal vez para que sirva de ejemplo y espejo retrovisor para otros pueblos que sueñan con radicales cambios sociales?

Alfredo Milano
12 de febrero, 2017

Lo que no se puede explicar desde el punto de vista católico, es que el Papa sea Castrista. Uno puede pensar que es un ingenuo político, pero no lo es, él sabe muy bien lo que hace. Con Colombia lo ha demostrado, sobre todo con la emboscada que le preparó a Uribe con Santos, en la reunión en el Vaticano. Ya los opositores venezolanos que una vez creyeron en el Papa, aprendieron la lección, y no se quieren reunir en el Vaticano, porque saben que el Papa usa tácticas de la guerrilla. Es un Papa taimado que lucha al lado del Foro de Sao Paulo.

Estelio Mario Pedreáñez
13 de febrero, 2017

Buen artículo, aunque tengo discrepancias: El fallecido Teniente Coronel y Ex-Presidente Hugo Chávez no fue un “Caudillo”, en Venezuela los Caudillos surgieron hasta 1903. Chávez fue un oficial pretoriano de vocación tropera en un Ejército Nacional. Nunca creó ní mandó un ejército particular, propio, ní peleó en guerras civiles ní en batalla alguna, solo organizó y participó en tentativas de Golpes de Estado, modalidad de acción política inaugurada por el nefasto Dictador Juan Vicente Gómez en 1908 contra su confiado Jefe, Cipriano Castro. Desde 1903, con la derrota por el Ejército del Gobierno de Cipriano Castro de la llamada “Revolución Libertadora”, dejan de surgir caudillos en Venezuela. El Caudillismo es propio de la época de las guerras civiles, cuando los generales con prestigio (creado por la probada valentía en los campos de batalla y la capacidad para guerrear) reunían ejércitos particulares, nutridos de las masas campesinas en una sociedad agraria y primitiva políticamente.

Estelio Mario Pedreáñez
13 de febrero, 2017

Por lo antes expuesto, tampoco fue un “Caudillo” el Ex-Dictador Marcos Evangelista Pérez Jiménez, quien fue ascendido a “Mayor” por el Gobierno del neogomecista “general” Isaías Medina Angarita y de allí logró “auto-ascenderse” hasta “general”. Pérez Jiménez no fue un “Caudillo” sino un militarcillo golpista, ambicioso y ladrón, que exilado vivió como un magnate, un potentado, en España, con el dinero que le robó a Venezuela. En Venezuela existe mucha confusión al utilizar la palabra “Caudillo” (caso Alfaro Ucero) que nos viene de España, de los tiempos remotos cuando se combatía la invasión árabe musulmana. Allá sufrieron en pleno siglo XX al sanguinario General Francisco Franco “Caudillo de España por la Gracia de Dios” que así se hacía titular oficialmente, cuando decidió acabar con la República pero dejó en suspenso a los Reyes, para después ordenar la reinstauración de la Monarquía con el “Rey Jubilado” Juan Carlos I de Borbón, descendiente de los cobardes Carlos IV y Fernando VII

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