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Mirando al presidente Trump con horror alrededor del mundo; por Jon Lee Anderson

Republican presidential candidate Donald Trump leaves after giving an economic policy speech to the Detroit Economic Club, Monday, Aug. 8, 2016, in Detroit. (AP Photo/Evan Vucci)

Fotografía de Evan Vucci para AP

El pasado jueves, sexto día de Donald Trump en el cargo, le pregunté a un amigo británico por sus impresiones iniciales. Haciendo la observación de que el nuevo presidente norteamericano se había movido rápido, firmando órdenes ejecutivas para poner fin a Obamacare, completar el oleoducto Dakota Access, y comenzar a construir el muro fronterizo con México, mi amigo sacudió la cabeza y acotó: “El verdadero problema es que no se trata solo de Estados Unidos, ¿verdad? El mundo entero tiene a Trump, le guste o no”.

En Reino Unido, así como en todo el mundo, ha habido una sensación generalizada de catástrofe inminente durante la primera semana de Trump como presidente. Muchos de los comentarios giran en torno a su espíritu claramente vengativo —particularmente hacia el legado de Obama— y su acostumbrada ridiculez. Por mucho tiempo, Trump ha sido visto en el extranjero como una figura absurdamente caricaturesca, percepción que se agravó esta semana con su insistencia en el tamaño de la multitud presente en su ceremonia de inauguración y con el uso, por parte de sus voceros, de frases orwellianas como “hechos alternativos”. El caricaturista de The Guardian, Steve Bell, rutinariamente representa a Trump como un monstruoso hombre babosa, con cuerpo hinchado, piel naranja, manos pequeñas, enormes labios protuberantes, ojos blancos saltones, y un inodoro en la cabeza, en lugar de su casco de cabello amarillo. El desprecio por Trump se extiende por todo el espectro político: Peter Brookes, el caricaturista principal del London Times, diario que pertenece a Rupert Murdoch, presenta imágenes de Trump igualmente grotescas. En una caricatura reciente, se le muestra como Dumbo, el elefante de Disney, volando lejos de Estados Unidos después de haberlo enterrado debajo de enormes pilas de excremento.

Más allá de las caricaturas, los medios tradicionales de Reino Unido presentan una cobertura diaria de Trump casi tan obsesivamente amplia como la estadounidense, y, aunque en su mayoría se realiza con la usual muestra de total imparcialidad, el shock subyacente respecto al nuevo presidente norteamericano es palpable. Ayer, un amigo, prominente periodista británico que ha estado reportando sobre la primera semana de Trump en el cargo, me envió el folleto del día de la sala de prensa de la Casa Blanca. Señalado “para publicación inmediata”, el memorándum se titulaba “Alabanzas por la acción audaz del Presidente” e incluía citas adulatorias de varios periodistas. “Sí, es real”, dijo mi amigo con sarcasmo. “Digno de Mugabe”.

El contraste entre el desprecio de los medios por Trump y la complacencia cobarde del gobierno conservador británico hacia el presidente es inmenso (huge), como diría Trump. Mientras la Primera Ministra Theresa May se preparaba para su visita a la Casa Blanca esta semana, había una sensación generalizada de vergüenza en Reino Unido con respecto a un cierto carácter de mendicidad de su viaje, una sensación de que ella tuvo que trabajar duro para ser la primera líder extranjera bendecida por una cita del presidente. No mucho después de la victoria de Trump, se conoció que May había llamado para felicitarlo, y que él le había dicho, casualmente, que lo buscara si alguna vez iba a Washington. Desde entonces, May y su equipo han hecho arduos esfuerzos para parecer los más entusiastas entre los animadores extranjeros de Trump, con una visita del Secretario de Exteriores, Boris Johnson, a Trump Tower a comienzos de enero. Después de reunirse con Steve Bannon y Jared Kushner, dos de los prinicpales consejeros de Trump, Johnson, quien previamente se había referido al Presidente como un hombre de “pasmosa ignorancia”, habló efusivamente sobre su “emocionante agenda para el cambio” y expresó su confianza en la continuación de la “relación especial” entre Estados Unidos y Reino Unido. “Somos el segundo mayor contribuyente a la defensa en la OTAN”, dijo Johnson. “Somos el principal socio de Estados Unidos en los esfuerzos por lograr la seguridad global y, por supuesto, somos grandes promotores del libre comercio. Hemos escuchado que somos los primeros en la fila para hacer un gran tratado de libre comercio con Estados Unidos. De manera que va a ser un año muy emocionante para ambos países”.

Una semana después, actuando en nombre de Reino Unido, Johnson bloqueó una resolución en el Consejo de Asuntos Exteriores de la Unión Europea, que abogaba por una solución bilateral al conflicto Palestino-Israelí. El voto fue visto por muchos como una concesión británica a Trump, quien había dicho, días antes, en una entrevista con el diario Sunday Times, que esperaba ver el apoyo británico hacia Israel, junto a Estados Unidos, en el Consejo de Seguridad de la ONU.

Los esfuerzos del gobierno de May parecen haber dado sus frutos. El jueves, May habló en una reunión de congresistas Republicanos en Filadelfia, y el viernes, tendrá un encuentro uno a uno con Trump en la Casa Blanca. La artillería mediática de la Primera Ministra se ha centrado en el hecho de que ella será “la primera líder extranjera” en ser recibida por Trump. Se publicaron por adelantado fragmentos de su discurso en Filadelfia, en el cual May pedía “una renovación de la relación especial entre Reino Unido y Estados Unidos” y que contenía mensajes como “lideremos juntos una vez más”.

Los británicos regresarán de Washington con un poco menos de dignidad que antes, pero con su “relación especial” intacta. Otros países están recibiendo un trato más duro. Los mexicanos se han sentido ofendidos por Trump desde hace algún tiempo, pero su sensación de agravio se ha agudizado considerablemente desde el alegre tuit de Trump la noche del martes, diciendo que firmaría órdenes ejecutivas al día siguiente para comenzar la construcción de su largamente anunciado muro fronterizo. Con la llegada de los ministros de economía y asuntos exteriores de México a Washington para reunirse con sus contrapartes de la Casa Blanca, y el encuentro entre el presidente Enrique Peña Nieto y Trump, programado para el próximo martes, el anuncio —en el cual Trump repitió que México “pagará por el muro”— estaba obviamente pensado para causar tanta humillación como fuera posible.

Inicialmente, Peña Nieto le respodió valientemente a Trump. En un discurso televisado el miércoles, dijo que México esperaba un trato respetuoso de parte de su vecino y prometió protección oficial para los ciudadanos mexicanos que viven en Estados Unidos. “Lamentó y rechazó” la decisión de proceder con el muro, y enfatizó que México no pagaría por su construcción. El jueves, aparentemente indignado por el rechazo de Peña Nieto a su bravuconada, Trump lanzó un ultimátum, utilizando Twitter para decirle a Peña Nieto que “si México se niega a pagar por el tan necesitado muro, entonces sería mejor cancelar la reunión programada”. Esa tarde, Peña Nieto respondió, diciendo con firmeza: “Esta mañana hemos informado a la Casa Blanca que no asistiré a la reunión de trabajo programada para el próximo martes con el presidente de Estados Unidos”.

Como siempre, Trump lanzó su desafío a través de un tuit. Claramente, planea gobernar de la misma forma en que hizo campaña: con todo el rechazo que su dicción y sus opiniones provocaron en millones de personas alrededor del mundo. Estará motivado por su idea de que, en los tiempos modernos, la marca lo es todo. Del mismo modo que hizo su fortuna monetizando la marca Trump, los 140 caracteres de Twitter le permiten ejercer el poder con un grado mínimo de verdadero conocimiento sobre el arte de gobernar. Todo lo que Trump debe hacer para controlar el mensaje, manipular a las masas y dominar las noticias, es tuitear. Vale la pena observar que, desde la victoria de Trump, muchos de mis amigos latinoamericanos me han enviado sus sentidas conmiseraciones. Casi todos compararon a Trump con los déspotas populistas que por varios años han dominado su región. Vista desde los centros urbanos sofisticados como Nueva York o Londres, su política generalmente ha parecido cosas de payasos y extravagantes. Ya no más.

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Texto publicado en The New Yorker. Derechos exclusivos en español para Prodavinci.

Traducción de Flaviana Sandoval.

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