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La última gran movida de Obama en Cuba; por Jon Lee Anderson

Air Force One que transportaba al presidente de Estados Unidos Barack Obama y su familia vuela sobre un barrio de La Habana, ya que se aproxima a la pista para aterrizar en el aeropuerto internacional de La Habana el 20 de marzo de 2016. Reuters

El Air Force One, avión que transportaba al presidente de Estados Unidos Barack Obama y a su familia, desciende hacia la pista de aterrizaje en La Habana, Cuba. 20 de marzo de 2016. Fotografía de Alberto Reyes para Reuters

El jueves, el Presidente Obama anunció la eliminación de la antigua política que otorgaba acceso automático y eventual residencia a los inmigrantes cubanos que llegaban a la frontera de los Estados Unidos. La medida, que tuvo efecto inmediato, es parte de una serie de drásticas acciones ejecutivas que Obama ha tomado para afianzar la mayor cantidad posible de sus políticas, o al menos entorpecer su revocación por Donald Trump. El final de la política de entrada libre a Estados Unidos para los cubanos, llamada “pies mojados, pies secos”, tiene el propósito de servir como un respaldo para la histórica reconciliación de Obama con Cuba —que Trump ha amenazado con deshacer— y como un freno al gran flujo de cubanos que entran a los Estados Unidos desde que se anunció el restablecimiento de relaciones diplomáticas en diciembre de 2014.

El año pasado, cerca de cincuenta mil cubanos entraron a los Estados Unidos, lo cual es un aumento importante en relación con las cifras de 2015, que a su vez aumentaron en un 80 por ciento con respecto al año anterior. Los números se dispararon por anticipación a un cambio en la ley. Bill Clinton introdujo “pies mojados, pies secos” después de la “crisis de los balseros” de los noventa, que generó un éxodo caótico de cubanos, en la cual muchos se ahogaron durante el trayecto. Según esa medida, los cubanos que eran arrestados por la Guardia Costera de Estados Unidos en el mar serían deportados de vuelta a Cuba, mientras que serían aceptados aquellos que lograran llegar a las costas de Estados Unidos.

Desde el momento en que el líder cubano Raúl Castro y Obama anunciaron el acercamiento entre los dos países, la mayoría de los cubanos dedujeron que si se alcanzaba la normalización de las relaciones diplomáticas, el favoritismo cubano de “pies mojados, pies secos” también se acabaría, y tenían razón. La política se había convertido en una fuente de agravio para el gobierno cubano porque estimulaba la emigración, empeorando la pérdida de talento que sufren los países pobres, como Cuba. (El jueves, Obama también retiró un programa especial que ofrecía trámites acelerados de residencia a médicos cubanos). Los críticos de la apertura a Cuba de Obama condenaron su última jugada; el senador Bob Menendez de Nueva Jersey, cubano-americano, dijo que “sólo servirá para apretar el lazo que el régimen cubano tiene alrededor del cuello de su propia gente”. Pero el asesor de políticas exteriores de Obama y supervisor de Cuba, Ben Rhodes, defendió la movida, diciendo que la mayoría de los cubanos que estaban llegando no eran refugiados políticos como en los años anteriores, sino inmigrantes económicos, y que Estados Unidos reconoce que el futuro progreso de Cuba depende de su capacidad de retener a “una población joven y dinámica”.

El final de la puerta abierta para cubanos también ayudará a restringir una espantosa red de tráfico de personas que, durante los dos últimos años, le ha arrebatado a decenas de miles de cubanos el poco dinero que tienen para poder llegar a los Estados Unidos. Muchos de los emigrantes han tenido que vender sus hogares para obtener el dinero que necesitan y poder pagar a los traficantes que los contrabandean a través de distintos países para llegar a los Estados Unidos. Una de las redes dirige a las personas a un sector controlado por la mafia en Colombia, en un arduo y peligroso recorrido que puede llegar a durar hasta tres semanas a través de la selva del Darién hacia Panamá. Muchos cubanos y personas de otras nacionalidades han sido robados, violados y asesinados en el camino. En México, que es una parte inevitable de cualquier trayecto a los Estados Unidos desde el sur, los cubanos son víctimas de traficantes asociados con las bandas violentas que operan allí, a menudo con la participación de policías corruptos.

Y, por supuesto, hay cubanos muy pobres que no pueden pagar por el servicio de los traficantes, que se lanzan al mar en balsas tambaleantes y botes para tratar de llegar a Cayo Hueso o Miami. Se estima que siete mil cuatrocientos lo hicieron en el último año; cinco cubanos se ahogaron en el mismo día en que Obama llegó a la Habana para su histórica visita el pasado marzo. Sin “pies mojados, pies secos” ciertamente, la traumática pelea por la custodia de Elián González —el niño de seis años que sobrevivió a uno de esos trayectos luego de que su madre y otras diez personas se ahogaran cuando su barco se volcó en 1999— nunca hubiera ocurrido.

A lo largo del tiempo, muchos cubanos han hecho esos terribles trayectos. En los noventa, que fueron tiempos muy rudos para la isla, dos de mis amigos cubanos se lanzaron al mar. Uno de ellos, un doctor, emprendió su camino en una tabla de windsurf. Tuvo suerte y llegó a tierra firme en Key West luego de haber estado diecinueve horas solo en el mar, con una botella de agua de un litro como único sustento. Más tarde me contó que un enorme tiburón lo rodeó por un tiempo, pero que mantuvo su compostura y equilibrio y siguió, hasta que eventualmente el tiburón se fue. Otro amigo se fue en una balsa improvisada con otras personas y fue interceptado en el mar por la Guardia Costera de Estados Unidos. Esto sucedió durante la crisis de los balseros y terminó en un campamento en la base de la Marina de los Estados Unidos en Guantánamo junto a miles de otros cubanos, hasta que el gobierno de Clinton llegó a un acuerdo con el régimen de Castro, el cual les permitió inmigrar a los Estados Unidos. Un par de años después, en Miami, ese amigo me dijo que en su trayecto había visto cuerpos humanos flotando en el agua junto a balsas que se habían roto.

En esos años, cuando las leyes evitaban que la mayoría de los cubanos salieran de la isla legalmente y la atmósfera era más represiva, la política de los Estados Unidos en relación con Cuba se ajustó de acuerdo a la situación. Pero luego de que Raúl Castro asumiera el poder y su hermano Fidel se retirara en 2008, las cosas pasaron a ser considerablemente más laxas, con la eliminación de las restricciones de viajes a los cubanos, y de la compra y venta de propiedades, además de la introducción del nuevo derecho a ganarse la vida con pequeños negocios. Más de medio millón de cubanos, llamados cuentapropistas, se ganan la vida de manera independiente del estado con pequeñas empresas, que van desde posadas y cafés llevados por familias hasta taxis privados. En la apertura a la isla de Obama, también se ha hecho énfasis a éste creciente sector de la economía. Al legalizar y promover las inversiones americanas, eliminar las restricciones a las remesas financieras y facilitar el turismo americano, ha habido un enorme aumento del flujo de dinero y personas entre los Estados Unidos y Cuba. La vida para muchos cubanos, aunque aún está sujeta a muchas restricciones, es mejor de lo que solía ser. Mientras que alguna vez los cubanos en Miami y la Habana se miraban a través de un golfo intransitable, ahora las dos comunidades se mezclan cada vez más, con inversiones de cubanos americanos en pequeñas empresas de la isla. El año pasado, un estimado de doscientos ochenta y cuatro mil americanos viajaron a la isla —setenta y cuatro por ciento más que en 2015—. Desde el verano pasado, muchas aerolíneas americanas, incluyendo a JetBlue y American Airlines, han empezado a volar diariamente entre ciudades de ambos países.

Toda esta actividad, por supuesto, fue promovida por la apertura de Obama y Raúl Castro. Sin embargo, desde la elección de los Estados Unidos, aquellos que apoyan la nueva política han estado ansiosos por algunos de los miembros del equipo de transición de Trump, que incluyen a un promotor del embargo y a varios individuos conocidos por tener puntos de vista radicalmente conservadores. Cuando murió Fidel, a finales de noviembre, Trump tuiteó que si no se hacían concesiones en el área de las libertades políticas y religiosas, “no habría trato” con los Estados Unidos. Un funcionario de la administración de Obama me dijo el mes pasado que todavía había mucha duda con respecto a las verdaderas intenciones de Trump, y mencionó que cuando Obama y Trump se reunieron en la Oficina Oval luego de su victoria electoral, había sugerido que estaba de acuerdo con la apertura a Cuba. El funcionario señaló que ese comentario parecía congruente con la reputación de Trump como un hombre de negocios. “Evidentemente la democracia no es lo que le preocupa,” destacó. “Parte del cerebro de Trump son los hoteles, y otra parte es el cambio de régimen. Así que, ¿cuál parte prevalecerá en Cuba?”.

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Texto publicado en The New Yorker. Derechos exclusivos en español para Prodavinci.

Traducción de Mario Trivella Galindo.

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