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Editoriales; por Antonio Ortuño

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Fotografía de Sistema Bibliotecario Vimercatese tomada de Flickr. Haga click en la imagen para ver el perfil del autor

Cabe dentro de lo posible (e incluso de lo probable) que el curioso visitante de estas líneas ignore a cabalidad la existencia de las casas editoriales. No tendría nada de raro. Me parece que el lector común no está pendiente de quién publica los libros que le interesan, lo mismo que el espectador de cine común no suele aprenderse los nombres de los estudios que producen las películas que se sienta a ver. Tengo la impresión de que sólo un reducido grupo de sujetos interesados en las letras, y que en su mayoría está compuesto por escritores, profesores, críticos, periodistas y lectores profesionales (es decir, correctores, libreros, talleristas, etcétera) tiende a fijarse en los sellos que decoran el lomo de los libros. Claro: también existen lectores muy enterados, que, a medida que conocen y analizan los criterios con que unos y otros sellos elaboran su catálogo, se ven atraídos más por algunos y aprenden a elegir lo que más les interesa. Pero me temo que son, numéricamente, pocos. ¿Cuántas veces no hemos presenciado a un cliente siendo interrogado, en la librería, por la editorial que publicó lo que busca y respondiendo, con toda sinceridad, “pues no lo sé”?

Total: no tiene nada de malo ignorar los asuntos editoriales, porque estar muy enterado de éstos no equivale a saber más o menos de literatura, ni, desde luego, a que uno no vaya a disfrutar, sufrir, reírse, aprender o lo que sea que le vaya a suceder con un libro. Sin embargo, tampoco hay que pensar que los sellos carecen de importancia. Todo lo contrario. La industria editorial no será tan poderosa, en apariencia, como otras de lo que suele ser denominado “entretenimiento” (etiqueta equivocada, en este caso, porque los alcances del trabajo editorial van mucho más allá del mero aspecto lúdico que define, por ejemplo, a la industria de los videojuegos o a la de la música popular). Los conglomerados multinacionales de edición ganan millones de dólares y concentran la parte del león del mercado. Son empresas a las que resulta difícil analizar, porque si bien es verdad que buscan, como toda compañía de su calaña, maximizar beneficios, también saben jugar en la bolsa de los prestigios literarios y, en sus mejores expresiones, no sólo no apuestan exclusivamente por los best-sellers facilones, sino que ayudan a que obras de gran calidad, pasadas y presentes, lleguen a nuestras manos (que lo hagan a precios en ocasiones exorbitantes es otro cantar).

Están, por otro lado, los sellos independientes. Estos, en ocasiones, consiguen abrirse paso a fuerza de trabajo, paciencia, calidad y talento, y no es raro que alberguen catálogos más arriesgados y apuesten por autores más radicales que los que eligen las multinacionales. Pero, en otros casos, son simplemente editoriales a modo para que autores segundones den a luz libros que tendrán pocos lectores: una especie de negocio local acotado.

Y hay más: sellos alternativos, cartoneros, subterráneos, ediciones de autor, ediciones exclusivamente electrónicas… Todo un mundo, pues, con sus reglas y complejidades. Sin embargo, lo principal sigue siendo, me parece, el texto y la relación del lector con él. Aunque ese lector no sepa nada de sellos.

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