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Trump en EE.UU.: ¿dónde queda América Latina a partir de este punto?; por Edgardo Mondolfi Gudat

Por Material cedido a Prodavinci | 23 de noviembre, 2016

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Al menos durante los doscientos ochenta y tantos días que duró la campaña electoral, Donald Trump fue la expresión del nativismo más agreste y, si se quiere, vocero también de una acentuada y preocupante tendencia al repliegue expresada por la sociedad estadounidense. Conviene decirlo así, sin tapujos, puesto que en tiempos recientes, y tal vez como nunca antes, los norteamericanos se han mostrado dispuestos a desentenderse de sus compromisos internacionales y volver, en cierta forma, a los orígenes de su tradición aislacionista. Los números confiables de ciertos estudios de opinión, como los que maneja el Centro de Investigaciones Pew, con sede en Washington, dan cuenta de alarmantes cifras con relación a esta contagiosa prédica liderada por Trump.

Evidentemente, lo que podría definirse como la “reemergencia del nativismo” daría pie para hablar del peligro de lo que ello significa para el estado de “semi paz” que los Estados Unidos experimentan actualmente. Pero más importante aún, a los efectos de lo que aquí interesa destacar, es lo que podría significar que, al calor de semejante retórica, Estados Unidos resolviese renunciar a su activismo internacional, abandonara su papel rector dentro del orden liberal que contribuyó a construir a partir de 1945 y, por ese camino, diera pábulo a una nueva era de proteccionismo y de dinámicas punitivas que alterasen el perfil de una economía global abierta.

Si de consultar su oferta electoral se trata, saltan a la vista, dentro de los temas centrales de la campaña, su radical oposición a los acuerdos existentes en materia de comercio y, por tanto, su visión de “suma-cero” en el campo del comercio global; su recurrente idea de que Estados Unidos se ha visto debilitada por obra de un sistema asimétrico de alianzas; su insistencia de lo que significa el costo asumido en virtud de tales alianzas y, no por último menos importante, la necesidad de que el país se concentre en una lista mínima de objetivos nacionales frente al tipo de cintura que, en lo que va de casi un siglo, se la ha reclamado a los Estados Unidos en el orden mundial. Esto, por sí solo, hablaría de lo que pudiese implicar la ruptura del consenso globalista que ha imperado entre republicanos y demócratas desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, lo cual no presupone un dato menor. Después de todo, por primera vez en la historia electoral pos 1945, uno de los dos principales candidatos con opción de poder apostó a construir parte de su plataforma electoral desmereciendo de los elementos clave del internacionalismo estadounidense, incluyendo su actual sistema de alianzas. En el caso más extremo, podríamos vernos entonces en la antesala de un cambio fundamental de paradigma.

Sin embargo, visto con mayor cuidado, tal cosa luce como una catástrofe impensable puesto que, más allá de las tentaciones del “trompismo”, algo es seguro: una cosa es la campaña, donde se le pueden dar cabida a todas las oposiciones imaginables, y otra, muy distinta, ser inquilino efectivo del poder. A la luz de esa presunción es que considero conveniente examinar el lugar en el que podría quedar América Latina a partir de este punto, especialmente luego de un torneo electoral en el cual —dicho sea de paso— la sola idea de “América Latina” como realidad regional no pareció asomar por ningún lado, ni en los debates entre los principales candidatos, ni a la hora en que éstos se vieron confrontados por paneles de expertos en materia internacional ni por la prensa especializada en tales temas.

Creo que por allí convendría comenzar. Ya de por sí es un hecho innegable que América Latina concitó poca atención durante el primer mandato de Barak Obama debido al nada auspicioso hecho de que éste coincidiera con la crisis financiera del 2008. Pero aún menos atención llegó a concitar durante su segundo período debido a las múltiples crisis —más bien políticas— ocurridas en el Medio Oriente. Sin embargo, a la hora del análisis, todo esto pueden ser simples excusas. Porque, y por más incómodo que suene admitirlo, lo cierto es que América Latina ya no ostenta un perfil reconocible como una realidad específica o más o menos definida en función de su lugar en el mundo. Ello es así desde que, coincidiendo con el advenimiento de este nuevo siglo XXI, se rompiera el consenso ideológico interamericano, algo que a su manera llegó a ser parte también de la arquitectura resultante de la Segunda Guerra Mundial.

Creo que, en este sentido, los tiempos actuales hablan de una América Latina que, en algunos casos se autodefine como una realidad más “suramericana” que “latinoamericana”; en otros, como una realidad que simplemente busca mirarse el ombligo y, en otros tantos como una comunidad que propende a definirse más bien en función de lo “extra-regional”. Todo ello por no hablar de otro importante segmento —liderado por México— que tiende a dejar atrás el lenguaje compartido que hunde sus orígenes en el nacionalismo reformista latinoamericano del siglo XX para tallarse una identidad nueva con la mirada puesta en la parte meridional del hemisferio.

Sin hablar siquiera de cómo las divergencias, los distanciamientos y las visiones contrapuestas entre estas distintas “américas latinas” se extiende a otros escenarios como, por ejemplo, en materia de promoción y defensa de la democracia, o en materia de derechos humanos, quisiera referirme en este caso concreto al surgimiento de dos orientaciones básica y radicalmente distintas hacia el mundo exterior en materia económica y comercial. Por un lado, una visión pragmática, promotora de un regionalismo abierto, inclinada a favorecer acuerdos bilaterales de libre comercio con los Estados Unidos y con la mirada puesta en vinculaciones traspacíficas; por el otro, una visión “antiliberal”, de economías cerradas, volcada a prácticas proteccionistas, con una agenda más definida por el Estado que por el mercado y recelosa de entendimientos abiertos. Descontando lo que en este punto tenga que ver la preeminencia del Estado frente al mercado, esta última es la visión que, paradójicamente, más se aproxima a la que Trump exhibiera a lo largo de la campaña.

Demonizando al TLCAN

Bastaría ver la forma en que Trump conceptualizara a México para darse cuenta de lo que significa esta mirada entrópica que hubo de caracterizarlo durante la contienda. A su juicio, una de las principales o —geográficamente hablando— más cercanas razones que pudiesen explicar los desarreglos que ha venido experimentando la economía estadounidense ha sido el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN). De hecho, en la medida en que fue progresando la campaña, mayor fue su prédica centrada en la idea de que México merecía ser objeto de un trato ejemplar y punitivo, lo cual podía leerse como una especie de metamensaje racista puesto que iguales críticas no aterrizaron con igual fiereza a las puertas de su vecino canadiense. TLCAN, a su juicio, no ha sido más que un cementerio para el obrero estadounidense y un bálsamo para que México, especialmente, actúe a sus anchas de manera “furtiva”. Tanto así que, en algún momento, habló incluso de imponerle un arancel del 35% a las importaciones provenientes de México, algo que obraría en total oposición al espíritu del acuerdo.

Sin embargo, por si fuera poco, y a la hora de subirle unos decibeles más a su retórica proteccionista, anunció a los cuatro vientos su disposición a derogar el acuerdo como un todo, al calificarlo como “el peor tratado comercial de la historia”, atropellando esta vez también, y sin ningún miramiento, a su socio del Norte. No obstante, una vez concluido el furor de la campaña, Canadá adelantó su disposición a renegociar aquellos aspectos que se estimaran necesarios para garantizar la perdurabilidad del Tratado, con especial énfasis en lo que significa el rezago que ha venido experimentando el comercio electrónico en el marco del TLCAN. Cabe observar empero que la respuesta de México fue más bien cauta y, a la vez —si se quiere— mucho más reveladora de lo expresado por el socio común canadiense: para México, se trataría en el mejor de los casos de “modernizar” el TLCAN, lo cual está muy lejos de equivaler a su “renegociación”. Ahora bien, los desmerecimientos de Trump fueron tantos y de tal monta, sobre todo al hablar de los males del TLCAN como si se tratara de una especie de subproducto idiosincráticamente “mexicano”, que convendría ver hasta qué punto este Acuerdo de Libre Comercio ha sido en realidad tan perjudicial para las empresas estadounidenses como quiso darlo a entender ante sus desesperanzados electores.

Veamos en primer lugar el récord de lo alcanzado hasta ahora, especialmente cuando tan mal se viene hablando acerca del TLCAN. En este sentido, si algo ha redundado en su efectividad en tiempos recientes ha sido el manejo prudente y responsable de la economía mexicana, tal como ha corrido a cargo del gobierno de Enrique Peña Nieto, además de las reformas alcanzadas durante su gestión gracias al llamado “Pacto por México”. Basta reparar en lo que significa que 22 años atrás el TLCAN se exhibiera como una promesa cuando, pese a la prédica reformista de Carlos Salinas de Gortari, el país adolecía aún de casi un siglo de gigantismo estadal prácticamente intocable en función de la mitología priísta. De hecho, hoy por hoy, el aspecto de tales reformas que mejor y más directamente pudiese redundar en bienestar del TLCAN sea la apertura del sector energético a la inversión privada en vista de que, quebrado ya el monopolio de PEMEX, ello permitiría hablar de un futuro el TLCAN “energético” que daría lugar a importantes oportunidades de negocio a las empresas estadounidenses del ramo en materia de inversión, exploración, explotación, refinación, transporte, almacenamiento y distribución de petróleo, derivados e, incluso, de gas natural.

En segundo lugar, prueba de que el TLCAN sigue rindiendo frutos a favor de ambos países radica en el hecho de que, descontando apenas los años 2008-2009, las exportaciones de Estados Unidos a México fueron creciendo antes de esa fecha y continuaron haciéndolo a partir de entonces. Aún más, todo pareciera indicar que el crecimiento del comercio bilateral pos 2008-2009 ayudó mucho más de lo que cada uno de ellos por separado, y a falta del TLCAN, hubiesen podido hacer para intentar salir de la recesión que aquejara a la economía mundial durante aquel fatal bienio.

En tercer lugar, y visto como quiera verse, México y los Estados Unidos han funcionado más como socios que como competidores dentro del TLC. Por un lado, aproximadamente el 40% del comercio entre ambos consiste en la provisión de partes y componentes para productos terminados en uno u otro país; al mismo tiempo, el potencial que ha venido a ofrecer esta modalidad intra-industrial a ambos lados de la frontera explica el crecimiento experimentado por la inversión directa de Estados Unidos en México y sus satisfactorias tasas de retorno. Si no fuera así nada explicaría entonces que esa inversión directa estadounidense prácticamente se cuadruplicara desde la creación del TLCAN, en 1993, a esta fecha.

Vale mencionar por último lo que el TLCAN ha venido a significar como epítome del liberalismo abierto. Me refiero en este caso a los mecanismos institucionales que han adoptado los tres países para la resolución de sus disputas comerciales y los cuales, hasta el presente, han servido como importante elemento disuasivo a prácticas proteccionistas. Aparte de la efectividad de tales mecanismos, la frecuencia con que han ocurrido contenciosos entre los tres miembros —y, especialmente, entre México y Estados Unidos— ha estado bastante dentro de lo normal o, inclusive, ha alcanzado niveles inferiores de lo que podría decirse en relación a otros esquemas de integración que han sido mucho más pugnaces y conflictivos a lo largo de su actuación.

Desde luego, el TLCAN no es una panacea y, de hecho, persisten quejas y resquemores, especialmente por parte de diversos sindicatos, comenzando por el poderoso sindicato del transporte. Pero los logros del acuerdo han compensado las limitaciones. Trump lo que ha hecho es politizar el tema e imprimirle el mismo tono de terror y oscuridad con que llegó a manejar otras apensiones durante la ruta electoral.

 La suerte del deshielo

Una de las modalidades que adoptó Trump en plena contienda fue la de atizar los miedos. Para muestra bastaría señalar la forma como insistió en invocar la muy aterradora (por anti-liberal) imagen de un muro capaz de dejar sin un poro abierto la extensa frontera que separa a los Estados Unidos de México. Esa especie de solución “antonina”, para aludir así a la muralla construida por Adriano en el siglo II d.C. para defender al mundo romano-británico de las huestes revoltosas que habitaban al norte, formó parte también de una retórica que se prestaba a caer fácilmente en oídos de una sociedad atemorizada.

Pero hubo también la otra modalidad de hablar para todos y para nadie y, por extensión, para que cada quien pudiera sentirse representado de alguna manera dentro de ese amplio y ambiguo terremoto discursivo. A la mano viene a cuento lo que dijo, ya no para contener a los que estaban afuera sino a los once millones de presuntos indocumentados (cerca de una mitad de ellos, mexicanos), que están adentro. El mensaje que pretendió trasmitir en materia de inmigración ilegal a lo largo de la campaña quedó atrapado en tal miríada de contradicciones que seguramente más de uno de sus fervientes seguidores debió quedar patidifuso entre tantos tiras y encojes.

Sin embargo, me interesa destacar más bien lo que dijo acerca de Cuba y la suerte que, en caso de resultar electo, correría el deshielo con la isla. Aquí, también, el candidato basculó. En algún momento pareció apoyar con matices la política seguida por Obama; en otros, como fue el caso al reunirse con un grupo de veteranos de Bahía de Cochinos, insistió en que no habría más diálogo con La Habana si el régimen no se avenía antes a una apertura completa de libertades civiles. El punto resulta interesante en más de un sentido. En primer lugar puesto que, pese a los fracasos y pese más todavía al hecho de haber puesto como precondición irreductible para ello el tema de la democracia y los derechos humanos, todos los gobiernos desde Gerald Ford hasta George W. Bush —incluyendo al inveterado Ronald Reagan— intentaron normalizar las relaciones con Cuba. Sólo con Obama fue que dejó de aplicarse el piloto automático entre otras cosas porque fue a él a quien le tocó el recambio de poder entre los hermanos Castro. Y como bien se sabe, porque así lo certifican otras experiencias históricas, las cosas no suelen permanecer estáticas al interior de una transición, así se trate de una transición controlada, consanguínea y cuasi-dinástica como la que en estos momentos está teniendo lugar en esa Capitanía General del Caribe.

Además, también existe algo curioso en estos desarrollos recientes que han recibido —merecidamente o no— el calificativo de “Doctrina Obama” para definir de tal forma los intentos de normalización con la isla. El caso es que su partido —el Demócrata— siempre se había visto inclinado hasta entonces a favorecer más bien un tipo de política “wilsoniana”, basada en principios irreductibles, compromisos inflexibles e imperativos morales absolutos. Lo raro fue, pues, que un Presidente de filiación demócrata dejase de lado la dupla temática democracia/derechos humanos y que, de manera más bien pragmática y “kissingeriana”, reconociera las diferencias que existen en este ámbito e intentara identificar más bien aquellas áreas de cooperación donde pudieran verificarse avances importantes, desde el movimiento de bienes y personas hasta la coordinación en materia de desastres naturales, pasando por la posibilidad de que algunas empresas estadounidenses —especialmente en el área agrícola y de las telecomunicaciones— pudiesen hacer negocios en Cuba. Los avances han sido más que notables en poco tiempo, pese al tipo de retórica que aún, por el bien de la Revolución y la pervivencia de sus mitos, se mantiene encendida en la capital cubana. Citemos algunos ejemplos al caso de lo que ha sido el éxito de esta especie de semi rapprochement. A lo largo de sus dos periodos, el gobierno de Obama ha logrado ponerle fin a las restricciones que afectaban los viajes de familiares, flexibilizar como nunca antes el envío de remesas, suavizar las condiciones para estimular cierto flujo turístico a la isla e incluso, expandir el radio de las donaciones de tipo humanitario.

Aquí es donde resulta difícil suponer que, pese a toda su bisoñería política o que, incluso, viéndose resuelto a asumir una visión geopolítica propia del sector más falconiforme del Partido Republicano (me refiero así a los llamados “halcones”), Trump pudiese hacer que la política hacia Cuba regresase a una situación ex ante.

Existen al menos dos razones que llevan a suponer que Trump terminará moderando los ofrecimientos que hiciera ante los “duros” en relación a Cuba. La primera de ella tiene que ver con lo comercial y, por tanto, con las presiones que los sectores favorecidos hasta ahora en virtud de esa pragmática política de apertura pudiesen ejercer en los corredores del poder. El caso es bastante revelador por lo que tiene que ver, por ejemplo, con el sector de la agro-industria. Hasta ahora, los productores más favorecidos a raíz de los actuales avances o, incluso, de los futuros prospectos, pertenecen a estados del Medio-Oeste que han sido, por lo general y tradicionalmente hablando, de inclinación republicana (de hecho, 7 de 9 de esos estados tienen actualmente gobernadores afiliados a ese partido).

Para ir aún más lejos, no hablaríamos sólo, o ni tan siquiera en este caso, del peso que pudiesen ejercer los productores de los llamados estados del “Mid-West” a la hora de presionar a la burocracia del Departamento de Estado, del Tesoro y del Comercio sino lo que, en la órbita del cabildeo, pudiesen hacer por su parte corporaciones de monta dentro del sector agro-industrial al estilo de Cargill, la cual, de manera pública y notoria, ha expresado su respaldo a este proceso de normalización de relaciones, al igual que lo han hecho todos los miembros con que cuenta la llamada USACC (US Agriculture Coalition for Cuba). También cabría observar, a la hora de amagar con dar marcha atrás a este proceso, la reacción que pudiesen acusar algunas empresas en el área de las telecomunicaciones, u otras como Starwood, en materia de hotelería, de Caterpillar, en materia de maquinaria de construcción, de Google, en materia de Internet, o de Pay Pal, la cual hizo su ingreso al mercado cubano durante este mismo año 2016 desde el sector del comercio electrónico.

Pero existe también otra razón que no es comercial sino humana. Pese a que Trump hiciera todo cuanto estuvo a su alcance para atraer el voto anticastrista durante la pasada campaña, lo cierto es que, a la hora de los hechos, la comunidad cubano-americana ya no habla a través de una sola voz. En otras palabras, ya no es, por ejemplo, la voz del temprano exilio la única capaz de ejercer todo su peso. En realidad, esa voz compite ahora, y en términos generacionalmente desfavorables, con la de aquellos cubano-americanos nacidos en los Estados Unidos para quienes Fidel y la Revolución antedatan por mucho sus propias biografías. Todo ello por no hablar de una importante inmigración pos 1980 que también ha engrosado significativamente los números que informan la comunidad de origen cubano en Estados Unidos. Para estos últimos (o sea, inmigrantes posteriores a 1980 y cubanos nacidos en Estados Unidos), el diálogo bilateral, la normalización de relaciones y la ampliación del comercio tiene un sentido distinto y, en ciertos casos, incluso urgente. Puede, pues, que persistan porcentajes importantes de lado y lado a la hora de las encuestas y los favoritismos, pero lo importante a destacar es que se trata de una comunidad cada vez más plural y que, desde esa pluralidad, puede llegar a ejercer una influencia importante a la hora de las decisiones.

Quisiera concluir con dos breves observaciones frente a los temores e incertidumbres que pudiese generar la Presidencia de Trump en este momento concreto para América Latina y, más específicamente hablando (pues fueron apenas los dos casos que traté) a la hora de definir la suerte futura del TLCAN y del deshielo cubano.

La primera es que las sociedades siempre aprenden a defenderse de sus gobiernos, a generar sus anticuerpos y a abogar por sus intereses. Ni hablar en tal caso de la sociedad estadounidense dentro de lo que ha sido su proverbial y arraigada tradición de protesta. En este sentido, y por muy amplias que sean las atribuciones presidenciales a la hora de formular la política exterior de los Estados Unidos, el factor sociedad pesa tanto como por otra parte pudieran hacerlo las contradicciones e intereses contrapuestos que conviven dentro de las filas republicanas, por muy en la Presidencia que esté ahora ese partido y por muy mayoritario que sea en ambas Cámaras. Además, existen los contrapesos frente a las veleidades presidenciales, algo que cuenta —y mucho— dentro de lo que ha sido hasta ahora la más o menos normal y encomiable institucionalidad democrática norteamericana.

Lo otro que quisiera subrayar es que la suerte que pudiesen describir los exabruptos, estridencias y declaraciones destempladas que abundaron durante su campaña (sazonado todo ello por la relevancia mediática que se les confirió) habrá de depender del elenco que acompañe a Trump al emprender su gestión en la Casa Blanca. Habría que ver entonces si Trump podrá simplemente seguir aferrado al dictado de sus impulsos o abrirle espacio a los entendimientos. Dicho de otra forma: se precisa esperar y ver si disparates del tamaño del muro, o las expulsiones masivas, o la aniquilación de las alianzas comerciales o la reversión y endurecimiento de la política hacia Cuba, pudiesen resistir la prueba del respaldo de sus colaboradores más inmediatos.

Todo ello habrá de depender claro está —e insisto en ello— del elenco humano que tenga a su cargo participar en el proceso de toma de decisiones. Hasta ahora nada niega que una legión de expertos en temas internacionales del Partido Republicano quienes, a lo largo de la campaña, se mostraron abiertamente reñidos con muchas de sus posturas, se muestre dispuesto a acompañarlo a partir de su toma de posesión. Hablo de los mismos expertos que, en otras circunstancias habrían integrado normalmente los altos escalafones de un gobierno republicano; pero mucho habrá de depender también de la disposición que muestre el nuevo Presidente a la hora de escuchar —o no— la palabra orientadora que puedan proporcionarle. Para algunos de ellos, pese al hecho de tener que hacerlo con reservas, aceptar —o no— formar parte del nuevo elenco gobernante significaría superar el áspero dilema que supone tratar de ejercer algún grado de influencia sobre el nuevo Presidente o simplemente dejar que Trump y sus impulsos queden librados a su suerte, para potencial descrédito del partido una vez más en el poder. Ahora bien, de darse lo primero, habría la razonable expectativa de suponer que esos experimentados profesionales de la política exterior que vinieran cuestionándolo de manera pública en el pasado reciente, pudiesen suavizar, pulir o hacer más digerible su oferta electoral en materia internacional y, por esa vía, dejar al margen a los más devotos fundamentalistas que acompañaran al candidato a lo largo de la campaña.

Let´s wait and see o, dicho en un tono más a tono con lo vernáculo, escampará y veremos.

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