Artes

La fiel ferocidad (ejercicio narrativo); por José Balza

El siguiente texto es un relato de José Balza en homenaje a los 40 años de la obra fotográfica de Carlos Germán Rojas

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Por Material cedido a Prodavinci | 29 de octubre, 2016
Carlos Germán Rojas y Luis Brito en los años ochenta, cuando se conocieron. Esta fotografía fue tomada por Roberto Fontana.

Carlos Germán Rojas y Luis Brito en los años ochenta, cuando se conocieron. Esta fotografía fue tomada por Roberto Fontana.

A Digmar Jiménez

—¿…?

—Sería necesario haber estado en él desde antes de su nacimiento, para saber cómo ocurrió. Nadie puede responder eso, ni él. Pero usted y yo sabemos que logró su finalidad. Quizá, como ocurre a cada quien, tuvo las disyuntivas aún sin conciencia de ellas. En millones de aspectos todos somos idénticos, pero el vertiginoso e insignificante filo de una diferencia puede marcar.

Usted ha visto su nariz, creo que ella determina la gracia del rostro; sin ella sería una cara más, porque no hay nada especial en sus ojos ni en su estatura. Que conserve el pelo y todos los dientes pudiera parecer poco común, pero tampoco vivimos en un país de calvos o desdentados. Su nariz tiene algo de infantil, entre asomada y discreta, lo anuncia agradablemente. Pero tal vez esa nariz nada tiene que ver con nuestro tema; la menciono para destacar lo que puede ser una diferencia inadvertida.

¿Era extraña una infancia en los suburbios de la ciudad? Si usted piensa que para entonces los barrios más alejados eran dignos, decentes, como se suele decir, supongo que no. Y sin embargo, ese lugar debe haber sido determinante. Los padres y abuelos pudieron influir también: no para que los imitara sino para —y otra vez la palabrita— diferenciarse de ellos.

Fue el último de tres hermanos varones. La mamá decidió que sería su último hijo y acudió al médico con esa solicitud. La complacieron. De allí pudiera surgir un primer elemento: común, practicado por casi todos tanto ayer como hoy; algo que en millones de personas pasa desapercibido, pero que en su caso pudo adquirir relevancia. Se va a sorprender: una verdadera tontería: la celebración de su cumpleaños. Los niños habían nacido cada dos años y a todos les picaron su torta respectiva. Pero madre y padre —¡un último descendiente!— convirtieron los cumpleaños de este chico en algo distinto. No se ría, tampoco nada espectacular; carecían de grandes recursos que malgastar. Pero la piñata, el equipo de música, el ron y las cervezas, un buen sancocho, nunca faltaron. La satisfacción de la madre se convertía en un hito social; algunos vecinos aportaban también cosas para comer y beber. El no recuerda regalos; la pequeña fiesta pública lo era todo. Y si usted se da cuenta de que desde su nacimiento hasta, creo, los nueve años, un hecho anodino se convertía en círculo, en tensión, en celebración totalmente personal, allí pudiéramos notar una de las disyuntivas.

Porque, de repente, al año siguiente pidió con antelación a su mamá que no hubiera fiesta. Los padres también podían haberse cansado de aquello. Aceptaron riéndose. Me gusta creer que en esa mínima secuencia hay uno de los filos de que le hablé: el niño había sido convertido en centro festivo. Eso lo destacaba en el barrio, no por la reunión en sí misma sino por la continuidad. Y de pronto, quizá por primera vez, él elige: se independiza de aquella alegría, que compartía con plenitud. Rechaza, por desapercibido que sea, lo que realza su presencia. Quiere sumirse en otra forma de lo común. Había nacido bajo un simple lazo social. Él lo interrumpe.

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—Me parece interesante, pero dudoso. ¿Cómo podía llegar a su manera de comportarse —a su manera de comprender— partiendo casi mecánicamente desde ese barrio?

—Solía aludir a su entorno inicial como si hubiese recibido un regalo de los dioses. Aunque vivió en otros lugares del país y de la ciudad, volvió cada tantos años a la misma casita del barrio. En su ausencia la cuidaba alguno de sus sobrinos. ¿Ha estado usted allí? Veo que no: hoy existen alrededor de los cerros grandes circuitos de edificios: construcciones de veinte pisos o más, sin espacios entre ellos, apeñuscados, descoloridos o con tonos chillones, verdaderas prisiones de pocos metros. Son pantallas inmensas que impiden ver desde las autopistas, y hasta desde las callejuelas, al barrio.

Este creció antes: una mezcla de pequeñas casas con verdaderos ranchos, en los cerros. Escalinatas por todas partes, algunas interrumpidas; uno que otro árbol, monte. Puedes ver o escuchar a los gallos. Un perro te sigue, un gato huye. En sus tiempos la basura era controlada por los mismos habitantes.

Eso sí, dentro de una habitación coincide alguna moto esperolada con gruesos sofás de cuero; equipos de sonidos, fotos de niños, una reproducción de bordes quemados y dorados que luce a la Monna Lisa, crucifijos, amplios colchones sobre jergones, un chinchorro. Bicicletas, una en especial.

La gente arregla allí mismo sus viejos autos, baila, celebra, se casa, juega dominó o volley ball. Existe una que otra bodega y la cerveza o el ron suben en bolsas desde abajo a hogares específicos. En la actualidad el barrio no escapa de la droga, pero sigue imponiéndose un aire de familia, de discreción. Ha habido muertes violentas, claro, sobre todo por personas que llegan desde otros lugares.

A Sándor nunca le gustó su nombre; parece que el papá lo tomó del de un asteroide o de una revista con horóscopos. Más tarde supo que ese nombre debía ser húngaro y para entonces sabía mucho del Danubio, de la región de Transdanubia, y quedó encantado.

Aunque ahora es más delgado, fue un tipo fuerte, atlético, con muslos de corredor, pelo negro ensortijado, cejas nutridas, algo revueltas y un buen bigote, que se quitaba por temporadas. Un chico del barrio, como todos. Aunque tenía más éxito con las muchachas que sus hermanos, él guardaba eso como un secreto. Usted no lo sabe, pero quienes lo hemos recibido a lo largo de sus andanzas, podemos dar fe de su identificación con este barrio, con todos nosotros. Por pura paradoja, casi no existen fotos de él, pero tengo una de su juventud, donde podría ver la gracia de la nariz y la mirada fija. Allí está vestido con jeans, pantalón y chaqueta negros.

Yo estudié con él desde la primaria; no crea usted: había muchachos que estudiaban. Y no sé cómo al entrar al liceo alguien del Centro de Estudiantes le encargó las fotos para un periódico mural. Le prestaron la camarita digital. Puede decirse que así empezó todo. Poco después mi papá me llevó a descargar periódicos en la zona del Panteón. Y él también quiso trabajar. Pero alguien lo vio con la cámara y, tal vez en broma, lo invitó a subir a las oficinas. Cuando nos dimos cuenta, estaba trabajando de noche, arriba. No recuerdo qué hacía. Pero ya no se despegaría nunca más de la cámara. Y entonces hizo las primeras fotos de nuestro barrio.

Fotografía de Imágenes de La Ceibita, fotolibro editado (2002) con fotografías de Carlos Germán Rojas, diseño de Waleska Belisario y la acción perceptiva de Claudio Perna.

Fotografía de Imágenes de La Ceibita, fotolibro editado (2002) con fotografías de Carlos Germán Rojas, diseño de Waleska Belisario y la acción perceptiva de Claudio Perna.

Tal vez desde la época de sus cumpleaños públicos, Sándor ya tenía algo enigmático. ¿Lo presentía él mismo? Un chico como todos nosotros, sólo diferente porque, cargada o descargada, la nueva cámara, que terminó siendo suya, parecía parte de su ropa.

Que él mismo le haya sugerido a usted hablar conmigo antes de comenzar las entrevistas de ustedes, no deja de ser irónico. Estoy seguro de que mi esposa podría indicarle cosas más interesantes. Pocos lo saben, pero ella fue la primera mujer de Sándor. Una prolongada relación juvenil. Ambos la amábamos; pero quien terminó casándose con ella fui yo. Y la amistad nuestra nunca se resintió. Un rasgo típico de Sándor. Puede ser duro, crítico hacia alguien, emitir opiniones profesionales intolerables, pero no sabe guardar rencor. Ignora cómo vengarse o dañar. Practica una forma muy especial de indiferencia: quien no le gusta deja de interesarle. Deja de existir para él. Generalizando, ¿no es eso lo que hizo desde hace siete años? ¿No es esa la razón por la cual usted ha venido a verme?

Sí, siguió cursos de educación superior. En administración, creo. Sostuvo a sus padres después de que los otros hermanos se alejaran del barrio. Pero no ejerció otros oficios; la fama fue súbita y sostenida. Y de esos años juveniles Gloria, mi mujer, recuerda algo muy especial: los cuadernos de notas que Sándor llevó siempre. Algunos de ellos están todavía en sus manos. El no los reclamó.

Si usted ha venido a verme a esta clínica es porque también pueden haberle informado que fui su gran amigo, y que conozco los detalles de su vida. Verdad a medias. El puede ser una incógnita hasta para sí mismo. Y en las notas que le mencionaba tal vez asome el filo del cual le hablé antes. Tenga claro que mi relación con él siempre fue la del amigo, no fui ni soy su médico; la salud ha sido otro de sus privilegios.

Y en esos cuadernos que mi mujer guardó por años, pero de los cuales hablamos a medida que la fama de Sándor crecía, ella reconocía el sello de una inmensa soledad. ¿Cómo era posible que aquel hombre joven, guapo, exitoso, se clasificara en sus anotaciones como de incomunicable, en lo personal? Pero, y Gloria exponía esto con especial delicadeza, no se trataba de una caprichosa sensación de soledad o de un culto frívolo a la imagen del seductor aislado. No, según ella, era una rara impresión de condena, de no tener esperanza.

A mí nunca me habló de suicidio; pero durante alguno de sus ruidosos cumpleaños, vi a aquel niño acercarse peligrosamente al borde del cerro, al farallón que se recorta sobre la autopista. ¿Huía de algo? Éramos muchachitos y me acerqué a él, sin pensar en nada grave. Con los años y las conversaciones de Gloria repasé el incidente y comencé a creer que significaba otra cosa. No la muerte, pero sí la decisión casi voluntaria de no pertenecer a ningún grupo, a ninguna célula social. Esto pudiera parece contradictorio con su amabilidad, su solidaridad, su apoyo a la familia. Pero tal vez todo eso no fue sino una forma civilizada de la indiferencia.

3

—¿Había una bicicleta especial?

—Veo que usted no pierde detalle. Sí, la del propio Sándor. Andar en bicicleta por las estrechísimas y cortas callejuelas del barrio era un peligro; más aun bajar con ella a las vías principales. Pero él amaba ese regalo (tal vez el último de su infancia) y le adaptó detalles año tras año. Estoy seguro de que nunca prescindirá de una de ellas. Era una pasión personal, pero apenas entró al periódico comenzó a citar a Einstein y decía que el sabio andaba en bicicleta. Se lucía con aquello de que “la alegría de ver y entender es el don más perfecto” o algo así, si mal no recuerdo. Claro, la frase también tenía que ver con su oficio…o su arte.

¿El triunfo temprano? El premio de una gran publicación extranjera, pero que en verdad formaba parte de una rápida sucesión de éxitos domésticos menores. Mucho antes, de la pequeña sala común pasó a otra especial en el periódico. Mi hermano y yo íbamos a verlo allí por momentos, con orgullo. Se debía a que sus fotos fueron apareciendo con mayor frecuencia en el diario. No para ilustrar una noticia, un accidente, sino en las páginas más selectas. Nosotros, acostumbrados a verlas, no encontrábamos nada raro, pero los jefes de sección sí. Creo que se trataba, en principio, de una gran limpidez, de una colocación del ojo que daba relieves al objeto (una calle, un grupo)

Ahora puedo pensar que nadie había intentado y logrado algo como lo que hizo Sándor: observar, reflejar, interpretar al barrio desde adentro. Nada de la vida colectiva escapó de su ojo; pero es que esa mirada suya era la más íntima del barrio mismo. Sólo él podía destacar un detalle con naturalidad, un rostro, una conducta que a nadie más se ofrecerían. Lo grande estuvo en que, al fotografiar, él era ajeno y auscultaba; pero sólo él podía hacerlo así, porque estaba adentro. Fueron años entre su adolescencia y su juventud: el inicio del tránsito por el infierno y la maravilla, como dice mi esposa.

Luego vino la tumultuosa manifestación política, la represión del gobierno, las decenas de muertos y desaparecidos. Y su foto exacta, reveladora. La envolvió el escándalo nacional, de defensores y acusadores. Técnicamente era impecable, pero parecía algo intervenido. En el fondo, una típica foto suya: gente en movimiento, como en el barrio; rostros cotidianos, pero violentos, amenazadores o aterrorizados. Y la multitud indefensa ante los que disparaban.

Esa foto sirvió para convertirlo en alguien. Como cuando un científico hace su primer invento o un novelista su primer éxito. Le llegaron ofertas de trabajo, aceptó algunas; colaboró siempre con el popular periódico que lo había lanzado, pero recorrió revistas serias, publicaciones mundiales. Su tema, el barrio, nosotros, fue modulándose de lugar en lugar y de ciudad en ciudad.

2

Todo esto debe conocerlo mejor usted que yo. Porque no se trata de un simple fotógrafo; he visto libros donde se reconoce que hay en Sándor una percepción como pocas. No solamente sabe ver lo que nadie más, sino que en sus imágenes lo cotidiano sigue viviente, como en acción.

Ya le dije que hubiera sido más provechoso conversar con Gloria, mi esposa. A esta edad nuestra no me importa decirle que si yo lo admiro como creador y como compañero, mi mujer debe seguir apreciándolo con una forma muy especial de amor.

De algún modo él ha vivido sólo para su arte; eso también explicaría por qué en último caso Gloria me pertenece. Se consagró a aquéllo como si no existiera nada más en el mundo, verdadera paradoja porque su obra, como la de un narrador, sólo habla sobre el mundo. El mundo visto por un hombre, ambos en este caso son la realidad única.

Y sin embargo, usted lo sabe, ha venido por ese motivo, Sándor se cerró a toda comunicación desde hace siete años. Una sombra en el escenario cultural de la ciudad; la ausencia física de quien ha establecido una obra original y poderosa. Otra vez: una paradoja para este país que casi nunca cuida la vida de los artistas.

Sándor volvió la espalda a su destino de creador, quizá no a su obra. En algunas de sus escasas e incisivas declaraciones afirmó que el arte es más importante que la vida. Puede tener razón, pero la vida somos nosotros, y él dentro de eso.

4

—¿Infierno y maravilla, dijo usted?

—Tal vez sea un lugar común, ¿no cree? Así podría definirse el trabajo de cualquier creador, hasta la creación cotidiana de un simple médico. Pero en el caso de Sándor, digamos que la ejecución o la presencia de su fotografía sirve para plenar la segunda palabra. Por razones técnicas que no soy capaz de explicarle —y que usted debe penetrar con mayor autoridad— sus fotos son esa maravilla tan reconocida.

El ambiente, esencial para comprender sus imágenes, se disuelve dentro de ellas. Y sin embargo, pudiera reconstruirse toda una parte de la ciudad con los detalles mostrados por él. Una escalera, una ventana, techos, pasillos, habitaciones, bordes de aceras, marcan lo inmediato; tras ellos, un ángulo, una espiral: efectos de luz y sombra que el espectador no advierte. Tan significativas son las escenas mostradas como el raro sostén lineal y espacial que las construye. ¿Me explico? Algo que parece imposible, porque Sándor no arregla las casas y las calles del barrio, de ningún barrio: nadie podría hacerlo, no se trata de una escenografía. El revela esos arreglos con un impulso privilegiado. Cuando recibe críticas de exigentes analistas, cuando otros grandes fotógrafos conocen su trabajo, creo que saben abarcar ambas dimensiones. O privilegiar una de ellas. Tal vez en este primer sentido pueda hablarse de maravilla. Cada toma de Sándor es una obra maestra: reescribe (no sé cómo pudo aprenderlo) la historia del enfoque, del encuadre; descubre matices de grises imperceptibles, hace que lo real adquiera un ritmo dirigido. Sorprendente. Y la factura, variada, inagotable, se vuelve como un lenguaje nuevo, aunque pertenezca a todos los fotógrafos anteriores a él. Concebida como una experiencia formal, su obra se vuelve feroz: asimila o trueca cuanto le precede; realiza una manera única de escritura visual; anuncia lo que otro creador retomará, sin poder prescindir de él. Su mirada es una implacable y feroz forma de lo absoluto; junto a él lo demás será siempre un complemento.

“Escaleras Nube Azul” [10/09/1981]. Fotografía de Imágenes de La Ceibita, fotolibro editado (2002) con fotografías de Carlos Germán Rojas, diseño de Waleska Belisario y la acción perceptiva de Claudio Perna.

“Escaleras Nube Azul” [10/09/1981]. Fotografía de Imágenes de La Ceibita, fotolibro editado (2002) con fotografías de Carlos Germán Rojas, diseño de Waleska Belisario y la acción perceptiva de Claudio Perna.

A esto podríamos llamar una búsqueda iluminada, infernal por su particularidad. Una maravilla de la creación, siempre ascendente.

Pero quizá lo que interesa a mucha gente (ya usted me dirá si es ese el aspecto que lo ha traído hasta aquí) es la parte visible de lo anterior: las imágenes concretas que lectores de prensa y revistas selectas, que las novísimas pantallas hacen circular, que los estudiosos del arte fotográfico, que las galerías exquisitas buscaron y buscan con curiosidad, con deleite, con temor, con admiración. Lo que Sándor retrató en el barrio, dentro del barrio y de sí mismo; aquello que quizá sea un complejo de signos culturales, míticos, eróticos y políticos de una sociedad, de una ciudad como las nuestras. El tejido violento de la gentileza y la solidaridad, la ternura del vicio y la traición, la confluencia entre ética y amoralidad, la unión perfecta de la política y el mal, el uso generalizado de la inocencia, la mudez y la caída, lo que se dice ciegamente.

Maravilla en los años vividos por Sándor dentro del barrio, en sus frecuentes regresos, en su identificación corporal con lo que allí ocurre. En su capacidad de aceptar todo.

¿Recuerda usted las fotos de la fiesta, los rostros frescos y alegres? ¿Su metamorfosis con el paso de la noche y el licor? ¿Recuerda la foto de los escalones solitarios, ensangrentados? ¿La del hombre sentado sobre una pequeñísima capilla: está allí por casualidad, ora y protege al pequeño sepulcro, caga? ¿La de aquella anciana vestida de nazareno? ¿La del líder político, que quiere parecerse a todos? ¿La del hombre desnudo que se baña en la regadera pública? ¿La de los gallos sin cabeza?

“Vicentica”. Fotografía de Imágenes de La Ceibita, fotolibro editado (2002) con fotografías de Carlos Germán Rojas, diseño de Waleska Belisario y la acción perceptiva de Claudio Perna.

“Vicentica”. Fotografía de Imágenes de La Ceibita, fotolibro editado (2002) con fotografías de Carlos Germán Rojas, diseño de Waleska Belisario y la acción perceptiva de Claudio Perna.

Aquí, guardado en mi escritorio tengo uno de los discos que le han dedicado. Permítame llevarlo a la pantalla. Vea usted: en estas imágenes los niños y los adolescentes son algunos de los hombres que más tarde reparan un auto, juegan o duermen. Sándor los siguió por largos años. Y esa misma sombra, al lado de ellos, es el padre ausente, extraviado, irresponsablemente perdido. Un crítico aludía, por esto, al estilo de nuestra dislocada política: la población busca siempre a un jefe, a un sustituto paterno: y el líder y la colectividad no superan lo pueril.

En esta otra, las púberes embarazadas y abandonadas. Esa curva del seno que apenas ha crecido, junto al abdomen que se hincha. Una infancia interrumpida para siempre o sórdidamente continuada en el chico por nacer. Un hecho cotidiano entre nosotros. Pero recuerde asimismo cómo la Rickshaw, dentro de sus ensayos, adelanta en esta imagen el trazo de Kubrick.

Vea aquí cómo las casas siguen siendo idénticas a través de las décadas. La Monna Lisa sustituida por inmensos peluches o por revolucionarias pantallas de video. Y el colchón es casi el mismo.

En ésta un hijo regresa a casa, descubre que su tío ha asesinado al hermano, su padre, que convive inmediatamente con su madre, y ese hijo realiza una venganza implacable. ¿Era tan noble el padre que convierte al hijo en asesino? ¿O al buen padre hay que defenderlo más allá de su propia muerte?

Y aquí, el eterno político, a veces nacido en un barrio, que ofrece honradez y bienestar: los pasos iniciales que lo llevarán a vivir como un rey, a engañar y destruir vidas; a creerse superior. Política: la inutilidad entronizada tras la máscara del poder.

Vea ahora esta imagen y ésta. Qué contraste. No comentaré nada.

Sándor no sólo recoge la huella trágica sino también el humor, especialmente la risa, y la festividad.

Pero perdone, no quiero aburrirlo; me he extendido mucho. ¿Concluimos la entrevista? Espero haberle sido útil. Si hablé demasiado es porque de algún modo, creo, sustituyo a Sándor. Ya que él pidió que la conversación fuera conmigo… Pero, como habrá usted notado, y algunos libros así lo sugieren, la obra de Sándor, aunque se ciñe a nuestro barrio y a casi todas las zonas pobres del país, bien puede ser comprendida como una elipse: en estas imágenes aparece al desnudo lo que otros niveles sociales adornan o esconden.

5

—Al contrario, perdone usted. Le he quitado tiempo. ¿Y su retiro, su abandono a los predios culturales, ese viejo objetivo suyo, según usted?

—Le dije al comienzo que no tengo respuesta, y que quizá él tampoco sabría dar razones exactas. Lo que voy a decirle puede ser dañino para mi amigo; lo he discutido con Gloria y ella ha estado de acuerdo a medias.

Tal vez Sándor se inclinó a crear para convertir en reflejo cuanto lo rodea. Un raro grado de la fantasía. Esa necesidad de expresión lo cautivó y lo sostuvo para siempre. O un raro grado de inocencia.

No creo que se haya decepcionado de las obras de arte, incluidas las suyas. Tal vez sí de los hacedores. Casi nunca son paralelos. Y él lo descubrió, así como descifró en sus fiestas infantiles algo no perceptible por nosotros, sus compañeros. Aún me parece oírlo repetir la frase de su sabio: “hay dos cosas que son infinitas: el universo y la estupidez humana”.

Tal vez no tenga fe en los otros creadores, pero sí en el arte. Una irresoluble paradoja. Tal vez viva sin esperanza y para una cultivada, implacable, insustituible soledad. No bajo la figura del ermitaño, sino dentro de la conducta del hombre común, afectuoso y gentil. Lo cual convierte a su voluntario apartamiento en un especial modo de suficiencia, de debilidad y derrota, de serena indiferencia.

No, nunca dejó de trabajar. Sigue haciéndolo en su retiro, con la calma que nos da nuestra edad. Aunque nos vemos con alguna regularidad, tampoco hemos hablado de esto; lo que le transmito son conjeturas mías y de Gloria. Tal vez Sándor sólo sea un tipo conforme con lo que pudo crear, indiferente al destino de esa obra. Adepto al credo de que el arte se resume en lo que cada creador logra expresar. Que el artista no pertenece a una hermandad estética; que está siempre en el abismo, dentro de su orgullo y su soledad; seguro de que su labor complace o perturba a algunos otros seres humanos, a una sociedad entera, pero que él no debe cuidar ni vigilar esos vínculos. Son materia misma de la obra. Y que, realizada ésta, él debe anularse en el silencio, desaparecer, para que ella brote con su valor y su riqueza, con su independencia total. O para que se borre en el fracaso o lo intrascendente.

Lluviana, 28-30 de septiembre, 2005.

Material cedido a Prodavinci 

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