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Capítulo de la novela ‘El hombre azul’ de Pedro Plaza Salvati para Prodavinci

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El vuelo

Había comprado el boleto en el aeropuerto, luego de una noche de insomnio cargada de pensamientos fatalistas. Se despidió de Gaby en la madrugada, antes de llamar al Teletaxi negro que vino a buscarlo en medio de la ciudad dormida, cargada de borrachos al volante y del patrullaje del hampa. El taxista tenía un gato amarillo de plástico, de rayas negras, guindado del espejo retrovisor. El conductor era silencioso, escuchaba un CD con música de olas del mar que le causó inquietud a Marco. Le pidió a Gaby que no se preocupara, que apenas tuviera noticias la iba a llamar. Por la premura del asunto, solo logró enviar un email colectivo a sus clientes:

Estaré fuera de Caracas unos días. Debo resolver asunto personal de suma urgencia. Mi secretaria se pondrá en contacto con ustedes.

Att. Marco Perdomo.

Durante el vuelo, las nubes parecían un mosaico de coliflores descompuestas. Los rayos caían como una cuchilla de un guerrero samurái. Aunque no le temía a los aviones, la turbulencia le alteraba los pensamientos y fantaseaba con que se había alistado en una guerra para asaltar desde el aire un país extranjero, para retomar el Esequibo de la Guyana, lanzarse en paracaídas sobre su casa. Y pensaba en la figura jurídica que le habían mencionado: embargar de miseria, tristeza, desolación, ruina, infortunio, desesperanza, penuria, sufrimiento, martirio, porque todavía no entendía muy bien aquello de foreclosure. Sí, claro, te embargan la vida: una plenitud inversa; la de vaciar tu existencia. Estaba tan nervioso por lo que le esperaba en Miami, que una señora italiana que tenía sentada al lado, con aquel perfume de viejita y su vestido alargado de flores moradas sobre medias de nylon y zapatos de tacones chatos y cuadrados, le preguntó si se sentía bien, puesto que a cada rato se levantaba para ir al baño, a pesar de estar encendida la señal de abrocharse los cinturones. Los nervios le habían producido un debilitamiento del estómago y los intestinos estaban hiperactivos. Desayunó a duras penas por el temblor de la mano cuando se llevaba los trozos de panqueca a la boca, era difícil acertar, como si tuviera un párkinson de brazo aéreo y se decía, como en un juego infantil: ahí viene el avión, ahí viene el avión. Recordaba la mano cálida de su madre que le disparaba en todas direcciones las compotas de ciruela hasta que acertaba la boca, recordaba cuando la mamá le estrellaba la cuchara en los cachetes, en la frente, en la nariz, hasta que la compota entraba por la boca: ¡ahí viene el avión! Una aeromoza vestida de azul y que debía tener más de sesenta años, le llamó la atención de que tenían puesta la señal de fasten seat belts. Él de todas maneras iba a cada rato al baño. Cuando pulsaba el botón del inodoro, succionaba el agua con orina a una velocidad atroz, se la tragaba, quién sabe si hacia un tanque o a los aires. Marco se imaginaba su casa como un pedazo de papel que desaparece por acción del inodoro. Le pedía disculpas a la aeromoza y le decía a su cara llena de arrugas (seguro había tomado mucho sol en los destinos a los que la llevaba su profesión), que gracias, se sentía bien, estaba un poco mal del estómago, eso era todo. Y cuando no podía más se volvía a levantar del asiento.

Desde afuera del baño se oían sonidos de golpes sincronizados que provenían de la cabina ocupada por Marco. Una señora reportó a la aeromoza los ruidos de tambores, golpes caribeños o africanos, o más bien de Barlovento: tierra ardiente y del tambor. Marco estaba sentado distraído en el inodoro y con las palmas de sus manos hacía secuencias de percusión sobre la repisa del baño. Luego pulsaba el botón del inodoro cada cierto tiempo. Tuvo que parar de golpe, sacado de una especie de trance, cuando oyó que tocaban la puerta. La aeromoza le ordenaba to open the door immediately, que qué eran esos ruidos. Abrió la puerta y observó a la gente con las cabezas volteadas en su dirección desde los asientos cercanos. Escuchó la explicación de la azafata. Le dijo que tenía suerte, que había hecho un guiño al US Marshal para que no lo detuvieran, que ella podía controlar la situación, pero, señor, ¡siéntese de una vez y no se vuelva a levantar! Desde la estrechez del asiento observaba, con envidia, a un muchacho de pelos respingados que dormía como un plomo indestructible, al lado suyo. Se imaginaba que el condenado, a lo sumo, el mayor problema que debía tener era que en Miami Beach las olas no eran tan buenas para surfear. Entonces, para poder quedarse quieto, se puso a practicar una técnica de relajación que le habían enseñado en un curso esotérico que había tomado en una casa en La Florida, un centro budista: inhalaba, contaba hasta cinco, y exhalaba. Se calmaba un poco pero, al relajarse, le daban ganas de ir al baño de nuevo. Marco recordó un vuelo que había tomado años atrás con la línea Avensa. En medio de una turbulencia parecida, se jugaba un bingo por los altoparlantes. La gente estaba con las fichas temblorosas en sus mesitas para comer y un Black Label a un lado, hasta que alguien gritaba ¡bingo!, y el premio era un pasaje. La tranquilidad duró poco y otra formación tormentosa se apoderó del vuelo 902 hasta que aterrizaron. El peor vuelo de su vida.