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[Extracto de libro] Contra la desolación; por Doménico Chiappe

Doménico Chiappe, escritor y periodista, lleva a cabo un proyecto de recolección de fondos para María, su hija de 11 años, quien sufre de sarcoma óseo, “un agresivo cáncer de hueso” localizado en la pelvis. Para ello Chiappe ha escrito el libro Contra la desolación, que, junto a algunas fotografías cedidas por colaboradores, recompensará a quienes hagan donativos a través de un crowdfunding.

Por Doménico Chiappe | 19 de octubre, 2016

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Regresar a la clínica para el segundo ciclo de quimio intraarterial se siente como volver sobre los pasos hacia aquellos momentos en que sentíamos la máxima incertidumbre y ofuscación y que han desaparecido en un acto de ilusionismo, pues el motivo permanece dentro de tu cuerpo, controlado pero latente. Dicen que lloverá en Pamplona, y poco importa porque tú no saldrás del cascarón.

En estos días, además de seguir las instrucciones médicas y rezar, se ha avanzado en la búsqueda de fondos, por medio de fundaciones y del acto cultural alrededor de un libro con estos textos, bajo el título inicial de “Desolación” (que luego virará a “Contra la desolación” en la campaña #VidaparaMaría), donde trataré de rebajar el tono épico y las palabras militares que tanto detesto pero que hacen un símil adecuado para el momento que vivimos. Una guerra cruenta que se libra en lo que hubiera querido proteger en un búnker infranqueable dentro de una isla remota. En estas notas recelo de la exposición de nuestra intimidad, siempre protegida con cuidado, y evito el exceso de protagonismo del cronista de hoy. Hubiera preferido que estas libretas permanecieran sólo para tu mirada adulta. Pero también son lo que soy, lo que sé hacer, lo que puedo emplear para afrontar estas circunstancias, mi forma de luchar.

Sé que estas actuaciones me empeñan, me hipotecan. Es el sacrificio de una vida posible. Porque tantas veces decimos que seríamos capaces de anteponer nuestro cuerpo ante el peligro (balas, cañones, perros rabiosos, esquizofrénicos ambulantes) que amenaza a nuestros seres amados. Decimos que canjearíamos nuestra vida por la de esa persona querida en el paredón, en el patíbulo, en el secuestro, en la unidad de cuidados intensivos. Pero la probabilidad de realizar estos intercambios suele ser ninguna.

Sí ocurre, en cambio, otro tipo de canje igual de heroico, aunque menos estruendoso. Una acción que no por invisible deja de dirimir sobre una vida a cambio de otras. Menos sanguinaria pero en ocasiones también dolorosa es la decisión que anula la posibilidad de empezar otra vida, al aniquilar un cambio de rumbo o huir de los riesgos (un traslado, una inversión, un viaje, un romance, un conocimiento, una oportunidad, una visión, un emprendimiento, una corresponsalía). Cuando se aniquila esa vida probable, por el bien de quien amas, pones el cuerpo entre ellos y el peligro. Esta inmolación puede suceder una vez en la vida o dos veces al día: cuántas veces matas a quien podrías ser para proteger a quienes quieres y te comprometiste a cuidar y que valen más que esa vida tuya sacrificada.

Esa felicidad alcanzada y preservada, con el tiempo, se puede obviar, así como la salud. Es transparente, se cree merecida o se considera ordinaria; se olvida que su ausencia materializa otra cosa: la añoranza, en un caso; la enfermedad, en otro. Como la salud, que en ocasiones instiga la búsqueda del gozo de lo insano; la vida feliz también puede ser avasallada por el menosprecio.

Hoy regresamos a la clínica para iniciar el segundo ciclo de intraarterial y esta acometida se siente, pues, como si retrocediéramos, aun cuando el raciocinio contradice esa percepción. “Vamos a dar un paso más hacia la sanación”, te digo. Esta sensación de volver a vivir los primeros instantes de la angustia ya la tuve cuando ingresamos por Urgencias la segunda vez, ese domingo por la noche. Volví a verte en la camilla, volvieron a llevarte a una cama de la sala interior a luces tenues, volví a ver cómo te sometían a una ecografía, a escuchar que tenías sed y frío, a esperar el ingreso, a forzarte al ayuno. Esas vivencias son como un remolino que queda vivo en algún lugar del inconsciente y resurge con ciertos golpes sensoriales, ya sea de visión, de olor, de sonido. Como caminar sobre las huellas anteriores.

El sinsabor se instala sin querer, aún sabiendo que no se trata de una vuelta al punto inicial, mientras atravesamos pueblos y ciudades, esta vez bajo gruesas gotas de lluvia y fuertes ráfagas de viento. Como conducir sin luces de noche, así es este viaje. A mediodía, oscuridad. Porque nos internamos en el corazón de la región más triste, otra vez. Un sitio sin geografía que queda en la profundidad de nuestra alma.

Durante la conducción, los presagios tiñen el parabrisas mientras dejamos atrás nuestra ciudad. Y comprendo que quiero reencontrarme con la religión católica para tenerte siempre conmigo si todo saliera mal, mi angelito. Pero ahora rezo a mi manera, con las manos en el volante, para que te cures y tengas una vida larga y bonita, sin más sombras ni miedos. Tener fe. Atardece y el cansancio amortigua la caída del sol.

La víspera empacaste las mismas cosas que para el primer viaje: libros, tableta, abalorios para hacer pulseras, un recambio de ropa. Te mostraste apesadumbrada. Me dijiste que no te pasaba nada. Estos días superaste la barrera de los 28 kilos, una victoria, una recuperación real que permite afrontar los días venideros de náuseas y vómitos. Otro logro: durante la última consulta previa a este segundo ciclo, sentías cierta euforia por haber crecido un centímetro y no haber llorado cuando te pincharon el port-a-cath, que drenó sangre sin inconvenientes.

Un día perfecto, casi.

Y dijiste, para referirte a todo este proceso de sanación:

—No ha sido tan difícil.

—Me alegra que digas eso, mi niña —respondí—. Quiere decir que estás olvidando los primeros días, que fueron duros de verdad. Y que todo esto será un recuerdo que se diluirá con el tiempo.

“Un paréntesis en nuestras vidas”, repito.

Si en tu esfuerzo estuviera la curación, pienso. Y deseo que pudieras controlar lo físico como gobiernas tu mente.

Durante este ingreso en la clínica, hablamos con el oncólogo y la residente, en presencia de dos estudiantes, de la evolución durante estas dos semanas posteriores a la primera intraarterial, de los efectos que producen los medicamentos de apoyo que recibes, de dudas más bien rutinarias, como cepillarse los dientes sin dañar las sensibles encías, las zonas donde inyectar clexane para evitar lesiones, la posible aparición de vello por efecto de un medicamento. Y el oncólogo perfila una hoja de ruta: se harán dos pruebas de imagen. Una radiografía ahora y una resonancia después del tercer ciclo de quimio, que ayudarán a elaborar la estrategia del cirujano y determinar si se realiza una cuarta intraarterial.

Al poco, conocemos al cirujano, que se presenta. Le acompaña una residente de largo cabello. El cirujano habla contigo, te palpa aquí y allá, arriba abajo, derecha e izquierda, compara, mueve tus piernas, punza, pregunta por la hinchazón original, por la posible mejoría apreciada en el área afectada. Tú haces gala de tu memoria selectiva, que espero perdure para evitar que el dolor pasado reaparezca y tiña tus presentes con terrores y delirios, y le dices que no estás segura de haber mejorado. Olvidas que hace unas pocas semanas no podías mantenerte boca arriba, no podías estirar las piernas, no podías soportar el avance de la enfermedad sin calmantes intravenosos.

—Ah, sí, es verdad —dices cuando lo decimos al cirujano.
—¿Cojeabas? —pregunta el cirujano, siempre, como es usual, dirigiéndose a ti, en un diálogo en que tu madre y yo somos meros apuntadores:
—Sí —responde tu madre y tú recuerdas aquellos días y señalas donde te dolía.

El doctor nos dice que dependemos de dos cosas. Una, que la quimioterapia funcione. Que mate las células y haga nítido el tumor. Y, dos, que pueda extraerlo completamente. La localización no permite dar garantías, ni mostrarse confiado en exceso. “Yo pienso que sí se podrá”, remata.

“Pienso” es mejor verbo que “espero”. Pensar implica que ha analizado el caso, contrastado con su experiencia y sacado una conclusión. “Esperar”, sin embargo, contiene duda, suposición e incertidumbre. Encierra más un deseo que una sabiduría.

El cirujano añade que la lesión ha afectado la cadera, el lugar donde se apoya el fémur. Tu madre y yo sabemos lo que significa: una reconstrucción y rehabilitación más compleja. Seré franco: no me importa cuánto saquen, con tal que extraigan toda la masa, que no quede rastro de células malignas. Desearía que lo afectado fuera un área mínima. Desearía que el tumor estuviera en una extremidad. Desearía que nunca hubieras padecido cáncer. Desearía… si pudiera desear algo que redujera tu sufrir. Pero ahora sólo queda desear que reseque todo el tumor, que te cures del cáncer, que no recaigas jamás, que tengas la vida plena que soñé para ti. Que se haga el milagro. Que se cumpla este anhelo todavía posible. Que ocurran las dos condiciones que necesitan los doctores para tu sanación. Que seas una sobreviviente. Lo demás, ya vendrá: prótesis y recambios, quimios adyuvantes, ejercicios rehabilitadores. Ya andaremos ese sendero fangoso.

—Te quedan dos quimios más, por lo menos –te dice el cirujano.
—Ésta y otra —le dices tú.
—Sí, y ya veremos si una cuarta. Después de eso decidiremos por dónde operar.

Cuando el cirujano se marcha, tú preguntas:

—¿Por qué ha dicho que está en un lugar difícil?
—Porque no es lo mismo una pelvis que una rodilla —te respondo—. Pero eso ya lo sabías.

Tú asientes.

—Por eso estamos aquí —prosigo—. Para que te opere este doctor, que ya ha hecho muchas veces este tipo de intervenciones.

A los pocos minutos regresa el cirujano.

—¡Me olvidaba! —dice y nos presenta a la residente que le acompaña, y te dice—: Tuvo lo mismo que tú, en el fémur.
—Hace catorce años —dice ella.
—Y, ¿ves?, el cabello vuelve a salir —dice el cirujano. (…)

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Doménico Chiappe 

Comentarios (1)

@manuhel
27 de octubre, 2016

Dios bendiga a María.

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