Artes

Viaje desde Colombia en busca de los tesoros sumergidos; por Nelson Fredy Padilla

El libro El galeón San José y otros tesoros. Relatos de intrigas y conspiraciones (publicado en Colombia bajo el sello Aguilar) reabre la polémica internacional sobre la suerte de las riquezas hundidas desde la época de la Colonia en el Mar Caribe. Publicamos un capítulo cedido por el autor.

Por Nelson Fredy Padilla | 1 de octubre, 2016

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En la piscina del Hotel Caribe, a mediados de los años 50 del siglo XX, empieza el viaje en busca de los galeones perdidos en el mar Caribe colombiano. Una vez construida esa pileta, atrás quedó la del Club Campestre y la sociedad de Cartagena de Indias no desaprovechaba oportunidad para acomodarse en los jardines de arquitectura colonial del Caribe para ver las clases del profesor argentino Remo Domingo Civetta, que trabajaba para la Escuela Naval de la Armada Nacional, donde entrenaba al equipo de natación militar, y para el colegio San Carlos. Aparte de gran nadador, Civetta era un buceador aventurero atraído por la belleza y energía del mar Caribe. “Esto es un Edén —decía, extasiado—. Nada que ver con nuestras playas negras de Mar del Plata”.

Antes y después de las clases se hablaba del amor al mar. Cadetes y colegiales le compartían a Remo el anhelo de su primera travesía a bordo de un buque y más. Así lo recuerdan:

— Profe, yo sueño con encontrar un día el tesoro del galeón San José.

— Sería bárbaro. Dicen que se hundió a diez millas náuticas de aquí.

— Sí, por los lados de las Islas del Rosario —y le señalaban el horizonte—.

— Che, si es tan cerca, ¿alguien ha ido a buscarlo?

— No joda, profe. ¿Y cómo hacemos para bajar a esa profundidad?

— Buceando, chicos, buceando.

— ¿Qué tanto ha bajado con equipo de buceo?

— No mucho. Por lo que le he oído a los almirantes, lo del San José es casi imposible, pero quiero ir a los bancos de arena de Salmedina, a cinco millas de aquí en la misma dirección. Allí también hubo naufragios, dicen, y el mar no es tan profundo.

— Profe: enséñenos a bucear y lo acompañamos.

— Seguro. Cuenten con eso.

Corrían los años 60 cuando Remo Civetta descubrió en una de sus inmersiones en Salmedina objetos del que sería un galeón de la época de la Colonia, según dijo en 2012 al diario cartageneroEl Sol el exalumno y ex buceador Daniel Herrera Sáenz. El argentino mostró monedas de oro y plata y vajillas, causando un revuelo nacional en 1966 cuando le mandó al presidente de la República, Carlos Lleras Restrepo, una bandeja de plata que podía corresponder al gran galeón del que tanto se hablaba. A raíz del hallazgo se dictó el primer decreto para la supuesta protección del patrimonio sumergido.

Por falta de acciones claras y tecnología, el gobierno no fue capaz de asumir el control de la situación y la gesta del argentino, que luego se ahogó en una de sus ambiciosas inmersiones, trajo una oleada de extranjeros dispuestos a todo con tal de hacerse ricos con fortunas del pasado: los Jack Sparrow del siglo XX. La búsqueda y localización de tesoros hundidos, que hasta ese momento era algo utópico y motivo de toda clase de imaginarios, ahora era posible y estaba a pedir de mano. Las autoridades locales tampoco hicieron una campaña educativa para concientizar a los nativos y éstos terminaron pronto al servicio de buceadores fuera de control que les pagaban con cualquier cosa.

Hubo pescadores que, cansados de la explotación, se especializaron en inmersiones a pulmón al estilo de los esclavos de La Guajira colombiana, obligados por los conquistadores españoles a pescar almejas y caracoles en busca de perlas, o como las famosas buceadoras japonesas Ama, del puerto de Onjuku, a quienes se atribuye la salvación de más de 300 tripulantes del galeón español San Francisco en 1609, gesta investigada por un colombiano y a la que se dedica el último capítulo de este libro.

Viaje desde Colombia en busca de los tesoros sumergidos; por Nelson Fredy Padilla 6402En la zona de Bocachica, entrada natural a la Bahía de Cartagena, empezaron a extraer monedas y cañones de hierro a pocos metros de la playa con ayuda de botes para venderlos a ricos de la región que los exhibían en los portales de sus haciendas. Se desató una fiebre por oro y plata al tiempo que corrían rumores de que tal o cual se había hecho millonario o se había ahogado en el intento. Decenas pasaron de ser pescadores artesanales a guaqueros de ocasión.

Fue la época en que el buceo y el submarinismo tomaron fuerza en todo el mundo gracias a exploradores como el oceanógrafo francés Jacques Cousteau y su amigo Frederic Dumas, a quien aseguran haber visto entonces en Cartagena en busca de las posibles coordenadas de hundimiento del galeón San José. Dumas era presidente de la Asociación Mundial de Buceo y se apasionó por el tema desde que en 1945 Cousteau grabó la película Pecios, el nombre que se daba a esas embarcaciones. Luego juntos rodaron El mundo del silencio, ganadora de la Palma de Oro en Cannes en los 50 y convertida en libro (el primer congreso mundial de arqueología submarina se hizo en ese puerto francés en 1955).

Cousteau y Dumas habían diseñado los primeros equipos autónomos de buceo y descendido a 75 metros de profundidad en los mares Mediterráneo, Rojo e Índico. Se especuló que los dos vendrían a la Heroica a bordo del famoso Calypso para buscar el tesoro del San José. No pasó del chisme, pero historiadores y cazafortunas comprobaron en los archivos de Sevilla, Cádiz y Simancas, en libros como Emporio del Orbe. Cádiz Ilustrada, Investigación de sus antiguas Grandezas (1690), que el corredor entre Cartagena y La Habana es el más rico en naufragios coloniales.

Mientras en Cádiz se habla de 400 cerca a sus costas, el cálculo entre historiadores es de 2.000 en el Caribe,  1.200 en aguas colombianas, producto de un promedio de cuatro siniestros por año, ocurridos por ataques de piratas, huracanes, fallas de estructura, choques contra formaciones coralinas, incendios a bordo y pésimas cartas de navegación disponibles. Hay tanto patrimonio cultural sumergido por explorar que debiera importarnos más lo que ello significa en potencial recuperación de la memoria histórica de las naciones que han surcado el Mar Caribe, no olvidar que cada hundimiento es un sepulcro de centenares de aventureros americanos y europeos (la cifra puede fluctuar entre cinco mil y diez mil víctimas entre los siglos XVI y XVIII). Sin embargo, son los intereses económicos y políticos los que remueven ese pasado en busca de dividendos, con la arqueología submarina como único contrapeso en una balanza que se inclina hacia los más poderosos, hacia las potencias navales de la Colonia que en el siglo XXI siguen reclamando riquezas expoliadas a débiles tipo república bananera de Colombia.

La atención de políticos y cazatesoros de turno se centra en los “galeones de gran concentración de caudales” como los cuatro de la flota de Luis Fernández de Córdoba (1605), el San José (1708), el Santa Teresa (1682), los cuatro del general Marqués de Brenes (1683), la Capitana (1504) y por lo menos otros 20, que según manifiestos de carga llevaban riquezas que sumadas estarían avaluadas hoy por encima de los diez mil millones de dólares, y eso según cálculos conservadores de historiadores, sin incluir el factor contrabando que podía duplicar la carga.

Al hablar de carga no se refieren en primer lugar a los vestigios de la vida humana hace 300 o 400 años, ni en cómo briznas de ropa, un mueble de madera, un escrito, una vasija, un mapa, una brújula, un astrolabio, un reloj detenido en aquel tiempo, nos pueden dar una renovada clase de historia. No. Hablan con especial atención de tesoros materializados en oro y plata. El libro La economía colonial de la Nueva Granada, editado en Colombia en 2015 por el Fondo de Cultura Económica, en asocio con el Banco de la República, muestra la dimensión de la riqueza que los españoles embarcaban. Concluye allí el investigador Ignacio Alberto Henao: “Aunque el oro llegó a España en cantidades apreciables, la bonanza de la plata fue mucho mayor. Según Cipolla (1999), ‘en el transcurso del siglo XVI las colonias vertieron sobre España más de 16.000 toneladas de plata. En el siglo siguiente, más de 26.000 toneladas y en el siglo XVIII más de 39.000 toneladas’”.

Miguel Urrutia Montoya y Juan Felipe Ortiz Riomalo, apoyados en Restrepo, Kalmanovitz y Jaramillo Uribe, consideran que una vez bajaron las exportaciones de plata “las cifras de exportación de oro aumentaron de manera constante durante todo el siglo XVIII” hasta copar casi el 100% de las exportaciones en 1780, a un promedio anual de nueve millones de pesos oro. Con razón el virrey Caballero y Góngora hablaba del desborde de la minería: “en gran parte del Reino el beneficio de las minas ha ocupado el lugar de la agricultura, de las artes y del comercio, porque ofreciendo espontáneamente la tierra los metales, se han deslumbrado todos y sin excepción se han aplicado a mineros y faltando el equilibrio con que mutuamente se sostienen los tres ramos, ha cargado todo el peso sobre el único atendido de las minas”. La segunda urgencia era “traer más chusma”, “más esclavos, que es lo que ha hecho prosperar tanto las colonias extranjeras”, y la tercera: importar más mercurio para “facilitar los procesos de purificación del oro en polvo extraído de los aluviones… para separar la platina del oro”.

Había tanto y tan a la mano que en Minas y mineros de Antioquia (Poveda, R., 1981), en la Colección Banco de la República, se lee: “el oro de aluvión se encontraba en el cauce de los ríos y quebradas, en sus orillas y vegas y, algunas veces, en antiguos sedimentos aluviales trasladados a sitios elevados por procesos tectónicos durante milenios. En unas partes el oro aparecía disgregado entre arena y guijarros, superficialmente; más alejadas del agua, estaba cubierto por un delgado manto de tierra vegetal. En otros casos, en sitios distantes de ríos y quebradas, el oro estaba en yacimientos de arenas, cascajo y esquistos, apoyado sobre una capa inferior de roca firme, y cubierto por mantos superiores de rocas meteorizadas, de algún espesor”.

Cuando el oro se hacía escaso, antes de partir hacia otra montaña, obligaban a negros e indios a lanzarse a lo más profundo de las aguas con una piedra pesada atada a la cintura y una vez llenaban la batea de grava aguantando la respiración, soltaban la piedra grande para elevarse a la superficie con la carga de la que se extraía más metal. Era la despiadada práctica de los “zambullidores lastrados” denunciada en La minería de aluvión en Colombia (West, R. 1972), que condujo a los esclavos a escapar y crear su propio comercio clandestino, el de los “mazamorreros”.

Una parte de esos metales terminaba representada en lingotes, barras o tejos y la mayoría en monedas, desde el vellón de cobre con bajo contenido de plata, con una versión bautizada con la bonita palabra árabe maravedí (un castellano valía 450 maravedíes de oro o de plata), hasta las macuquinas de oro y plata. En el citado libro, Ignacio Alberto Henao ilustra cómo el oro “excelente de la granada” era transado en ducados o doblones de 3,5 gramos de peso, luego en escudos, y la plata en reales casi del mismo peso.

Lo que en esa obra se recuerda hay que verlo en el Banco de la República en Bogotá, donde se guardan en bóveda nuestras escasas reservas de oro (diez toneladas y media, a 2016) y está a disposición del visitante un paseo por la colección de monedas: la de oro de un castellano, llamada también “medio excelente” o “dobla”, acuñada luego del descubrimiento de América y donde aparecen, claro, las efigies coronadas de los reyes católicos Fernando de Aragón e Isabel de Castilla. Henao cuenta cómo los metales que no provenían de la esclavitud de las minas, eran obtenidos mediante “rescates”: los españoles entregaban a los indígenas “cuentas de vidrio y objetos de colores encendidos” y recibían a cambio plata, oro y perlas.

Ese capital yacente en los fondos caribeños mantiene vigente “la rapacidad de la Conquista”. A bordo de los galeones inermes las hay acuñadas en España con metales americanos, o montones de las que se acababan de fabricar en el siglo XVI en las casas de la moneda de México, Santo Domingo, Lima, y en el alto Perú, hoy Bolivia, en la Villa Imperial de Potosí —¡un potosí!—. Desde el siglo XVII se embarcaban las del Nuevo Reino de Granada. Las que más circulaban eran las macuquinas, “de factura burda y forma irregular”, también llamadas monedas de martillo por la técnica con que eran marcadas una vez salidas del horno. La más común era la de ocho reales, conocida en la calle como “patacón” y que en el primer diseño traían el escudo de España por un lado y castillos y leones en cuatro cuadros por el otro. No hay más simbólicas como abrebocas de este libro que las de plata que se fabricaban en Santa Fe, hoy Bogotá, con grabados de las columnas de Hércules (representación mitológica del límite del mundo conocido por los griegos) y la leyenda “Plus Ultra”, “flanqueando los dos mundos, el nuevo y el viejo, ambos bajo la Corona española, y todo ello sobre las ondas del océano”. Las macuquinas de oro tenían el perfil del rey Carlos III.

Entre los coleccionistas también son apreciadas las de producción no declarada o provenientes de fundiciones clandestinas. En la Casa de la Moneda del Banco de la República se puede contemplar en la colección numismática una balanza monetaria de bolsillo con la que los comerciantes españoles establecían, por peso, cuál era legal y cuál falsificada. Unas y otras copaban, declaras o escondidas, las arcas de los galeones. Para el siglo XVIII se impusieron las monedas circulares y de cordoncillo en los bordes, para evitar la falsificación, con el busto del rey Fernando VI. Estas monedas de oro de cuatro escudos fueron acuñadas en Popayán, Colombia, y por la gran cabellera con que aparece el rey las nombraron “peluconas”. Si venían de Perú, las señalaban como “peruleras”. Las dos aparecieron en el galeón nuestra Señora de las Mercedes, al cual se dedicará un capítulo especial donde se cuenta por qué volvieron a manos españolas sin que Colombia hubiera hecho algo para reclamar lo nuestro.

Sin pretender ser un libro de historia, estas citas bibliográficas para que el lector se haga una idea de lo que buscan con prelación los modernos detectores de metal de los submarinos cazatesoros en las prolíficas aguas de Colombia, con una zona marina por escudriñar que supera los 900 mil kilómetros cuadrados hasta los difusos límites con Nicaragua, Honduras, Costa Rica, Panamá, Jamaica, Haití, República Dominicana y Venezuela, por el Caribe, y por el Pacífico con Ecuador y Panamá.

Muchos barcos localizables a poca profundidad y cargados de oro, plata, perlas y esmeraldas. Tentación irresistible para aventureros con el espíritu del británico Sir William Phips —hecho caballero a finales del siglo XVII por rescatar 34 toneladas del tesoro del galeón Nuestra Señora de la Pura y Limpia Concepción, que zozobró cerca a Dominicana en 1641—, ahora con la moderna tecnología impulsada por precursores como Costeau, capaz de escanear fondos oceánicos como una radiografía a un ser humano.

El caldo de cultivo de una nueva Carrera de Indias con impredecibles consecuencias. A partir del caso de la ciudad de Popayán, Guido Barona Becerra, investigador de la Universidad del Valle, lo describió a cabalidad: “la maldición de Midas en una región del Mundo Colonial”.

* Autor de “Vivir un Mundial. Crónicas de Brasil 2014” (eLibros Editorial), “James, su vida. Retrato de un país y de un héroe” (Aguilar).

Nelson Fredy Padilla 

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