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Los disparos políticamente incorrectos de Clint Eastwood; por Wolfgang Gil

Por Wolfgang Gil Lugo | 16 de agosto, 2016
Los disparos politicamente incorrectos de Clint Eastwood por Wolfgang Gil 640x417

 

“Go ahead, make my day”
Harry Callahan en Impacto súbito (1983)

 

Cuando la convención republicana seleccionó a Donald Trump como candidato presidencial, muchos tuvieron la esperanza de que Clint Eastwood, un republicano con criterio propio, a quien todos admiramos como actor y director, hiciese valer sus principios. No sólo esto no sucedió, sino que ocurrió todo lo contrario. La luminaria del cine, nacida en San Francisco, California, de 86 años de edad, hizo público su apoyo a Trump, hecho que produjo que Merryl Streep, su compañera de reparto en la inolvidable película Los puentes de Madison, quedara desagradablemente sorprendida.

En una entrevista para Variety, la actriz tres veces premiada con el Oscar, declaró:

“No tenía ni idea. Tendré que hablar con él, ¡tengo que corregir eso! Estoy en shock. Realmente lo estoy. Porque él es una persona mucho más… Habría pensado que él sería mucho más sensible que eso”.

Son muchos los que acompañan a la señora Streep en su deseo de ver a Clint Eastwood en una posición más razonable. Habrá que entender qué es lo que sucede en la cabeza de Eastwood y los alcances de una contradicción que reside en la contextura moral de un hombre que tiene una impronta en el cine y que ha sentado posición a través de sus declaraciones políticas.

La moral en sus películas

En sus actuaciones, Eastwood ha desarrollado el perfil del tipo duro, lacónico y  dispuesto a resolver los conflictos con una pistola. Suele ser vinculado con los personajes del hombre sin nombre de los espagueti-western de Sergio Leone, en la llamada ‘trilogía del dólar’, y Harry Callahan, en la serie Harry el sucio.

A la actuación le agrega posteriormente la dirección cinematográfica, donde deja trasparentar mucha sensibilidad humana y compasión. Algunas de sus cintas son memorables: Bird (1988) sobre el alma atormentada del jazzista Charlie Parker; Los imperdonables (1992), donde redefine el género del oeste a partir del tema de la redención o la condena; Los puentes de Madison (1995), film en el que explora las decisiones difíciles del alma femenina. Hay muchas otras, pero nos referiremos particularmente a una: Invictus (2009).

Invictus es un film altamente conmovedor. Cuesta pensar que alguien que hizo una película donde se exalta la figura de Nelson Mandela —un insumiso, líder de los derechos civiles, que transformó dominación en colaboración, el conflicto en armonía, que cambió la segregación por la integración—, se plegara a la fórmula más retrógrada e involutiva de la política norteamericana. El argumento se basa en el momento en que el presidente sudafricano y François Pienaar, el capitán de los Springboks, el equipo de rugby con que se identificaba la minoría blanca, unen esfuerzos para unificar el país a través de la Copa Mundial de Rugby de 1995, y así superar las heridas dejadas por el desmantelamiento del sistema segregacionista del apartheid.

Clint contra la hipocresía de los progres

Todos los personajes que ha interpretado Clint Eastwood poseen un verbo rápido que dispara frases lapidarias. Su persona real no parece ser muy diferente a la ficción. Es oportuno que examinemos las propias palabras de Eastwood en la entrevista concedida a la revista Esquire. De esas declaraciones destacaremos dos puntos. El primero, su antipatía contra la corrección política. El segundo, su admiración por la franqueza.

Esquire: Tus personajes se han convertido en iconos de la cultura popular, ya sea con Reagan repitiendo “alégrame el día” o ahora con Trump… juro que incluso ha practicado tus gestos.

Clint Eastwood: Tal vez. Pero él tiene un punto, porque secretamente todos se han cansado de las formas correctas de la política, besando traseros. Ahora mismo nos encontramos en la generación de besar traseros. Estamos en una generación de maricas.

Todo el mundo está caminando con máscaras. Vemos a la gente acusando a otros de ser racistas y toda esa clase de cosas. Mientras yo crecía, a esas cosas no se les llamaba racismo.

(…)

ESQ: ¿Qué es la “generación de maricas”?

CE: Todas esas personas que dicen “Oh, no puedes hacer esto, no puedes hacer lo otro y no puedes decir aquello”. Supongo que es la época.

Una de las cosas que más le molesta a Eastwood es la corrección política.

¿Qué es la corrección política?

Hay dos formas de entender este concepto. Uno que podríamos llamar hipócrita. El maquillaje lingüístico. Hace referencia a la actitud que adoptan sectores autodenominados progresistas, pero que en la práctica sólo pretenden cambios muy superficiales en la sociedad estadounidense, o buscan imponer un criterio único de ideas propias como ‘correctas’ ante la opinión pública. De esta actitud surgen términos como ‘afroamericano’ por considerar ofensivo al término ‘negro’ o, en otro plano, llamar a la crisis desaceleración, a las pérdidas crecimiento negativo, al vendedor asesor comercial, a la ruina falta de liquidez, a los despidos reajustes de personal, etc.

El prejuicio no desaparece con el paño tibio del eufemismo. Sólo es barrido bajo la alfombra. Esto ha dado lugar a que obras que fueron vanguardistas en su momento, como los ensayos de Susan Sontag, quien tanto luchó contra las formas de discriminación, puedan ser considerados ‘políticamente incorrectos’ bajo este criterio.

La segunda forma de la corrección política es la que podríamos llamar auténtica. Consiste en respetar al otro. Tan sencillo como eso. En no ofender a los demás por cualquier condición que posea o padezca. Ese es el espíritu que habría que rescatar. Seguramente el laureado actor-director quiere denunciar la primera fórmula, la hipócrita, pero no consigue rescatar la segunda. Es cierto que la manera hipócrita de la corrección política es lamentable, pero hay que restituir el respeto por la dignidad de los semejantes.

Eastwood ve en la corrección política una suerte de superego social que conspira contra la expresión individual. La convierte en una bestia de tal magnitud que le da la licencia de ir al pasado a buscar legitimidad. Refiere que en su juventud no existía eso de la corrección política. Es cierto, pero no lo es menos que el laureado actor es un hombre de ochenta y seis años. Creció en la década de los 30 y 40, antes del movimiento de los derechos civiles; es decir, cuando los negros del sur debían ocupar la parte trasera de los autobuses y el Ku-Klux-Klan ahorcaba, con impunidad, a los que consideraban sediciosos. También era un adolescente durante la segunda guerra mundial, cuando el gobierno norteamericano recluyó a los japoneses en campos de concentración.

¿Qué significa ‘generación de maricas’? Por el contexto se infiere que no se trata de una descalificación en nombre de una orientación sexual, sino la denuncia de una falla en la voluntad; es decir, cobardía de seguir el propio camino a pesar de las resistencias que puedan existir. Ahora bien, hay que dilucidar cuáles son los rasgos de esa supuesta cobardía.

¿Es Trump igual al Harry el sucio?

Esquire: ¿Cuál crees que sea el punto de Trump?

CE: El punto de Trump es que sólo está diciendo lo que piensa. Algunas veces no es bueno, y otras son… bueno, puedo entender a lo que se refiere, pero no siempre estoy de acuerdo.

En la antigua Grecia, nos recuerda Foucault, era una virtud política la parresia (el término está tomado del griego παρρησία: παν = todo + ρησις / ρημα = locución / discurso). Significa literalmente ‘decirlo todo’ y, por extensión, ‘hablar atrevidamente’. Implica no sólo la libertad de expresión sino la obligación de hablar con la verdad para el bien común, incluso frente al peligro individual.

Aquí está la explicación. Eastwood sufre el espejismo de que Trump encarna la parresia. Según su percepción, Trump es la negación de la corrección política hipócrita. Es una forma de justiciero solitario, como su personaje Harry el sucio.

No obstante, el concepto de parresia no parece aplicarse a Trump. Trump no es alguien que se enfrenta solo al poder poniendo en riesgo su vida. La parresia bien entendida no es sólo franqueza, es sinceridad, hablar con el corazón en la mano y decir lo que otros no se atreven a decir, pero en nombre del bien común, jugándose los propios intereses.

Hay dos ejemplos. El primero es el de Sócrates, quien es condenado por su búsqueda incesante de la verdad. El segundo ejemplo es el personaje de la obra teatral “Un enemigo del pueblo“, de Henrik Ibsen, donde el protagonista, el médico Thomas Stockmann, se atreve a denunciar que están contaminadas las aguas de la ciudad balneario donde reside. Como la ciudad vive del turismo, la consecuencia será el enfrentamiento con los intereses económicos y el consiguiente rechazo de sus propios conciudadanos, quienes lo acosan a él y a su familia hasta hacerles la vida un infierno.

Una constante de la cinematografía de Eastwood es el intento de establecer algún tipo de trascendencia de la ley moral sobre las leyes o sobre las costumbres establecidas. Eastwood siente cierta atracción por los personajes que se atreven a seguir su propio camino en busca de la superación de su conciencia. Dicha atracción se convierte en perversa cuando confunde al automarginado, al outsider, con el arribista que no busca la trascendencia sino la involución. Trump se ha convertido en el ídolo de lo más retrógrado del partido republicano.

El magnate metido a político ha galvanizado al Tea Party, la facción ultraderechista del Partido Republicano. Movimiento notable por su desprecio por los programas sociales, por su conservadurismo fiscal, por su defensa de la venta libre de armas, por su radicalismo contra la liberación del aborto y por su indiferencia por la protección del medio ambiente. También ha logrado la admiración de David Duke, antiguo líder del Ku-Klux-Klan, quien le ha dado abiertamente su apoyo.

Nuestro Clint parece que confunde al villano con los héroes. Trump no es Harry el sucio. Trump es éticamente disfuncional. Si nos mantenemos en el universo narrativo de Eastwood, se asemejaría más a los ricos y poderosos villanos de sus películas de Oeste. Por ejemplo, en el memorable western El jinete pálido (1985), Coy LaHood (Richard Dysart), potentado de la depredadora minería industrial de la región, ansía las tierras ricas en oro de los humildes mineros artesanales. Ante la terca negativa de los mineros, LaHood recurre a todo tipo de argucias y violencias. Cuando ya casi está a punto de vencer la resistencia de los pobladores, aparece providencialmente un misterioso personaje, un forastero sin nombre al que todos llaman Predicador (Clint Eastwood). Inspira tanta valentía a los mineros que logran hacer retroceder al invasor. Al final, el Predicador también desenfunda sus pistolas para acabar con los sicarios del cruel empresario. Trump recuerda más LaHood que al Predicador.

Lejos está Eastwood de los valores de compasión y respeto por el adversario que plasmó en Invictus. Pasó de hacer justicia a un héroe moral como Mandela a darle el espaldarazo a un demagogo racista, que es admirado por agentes políticos disfuncionales.

Clint ha sufrido una especie de espejismo, una confusión mental. No parece ver los rasgos psicopáticos del estrafalario demagogo: comportamiento antisocial, baja empatía, remordimientos reducidos y carácter desinhibido. Tan sólo ve en Trump a un justiciero solitario.

Wolfgang Gil Lugo 

Comentarios (12)

Diógenes Decambrí.
16 de agosto, 2016

Sentir antipatía contra la corrección política es equivalente a sentir admiración por la franqueza. Ambas expresiones se refieren al mismo vicio actual de morigerar, filtrar lo que se dice, para no herir susceptibilidades de los demasiado sensibles y aparentemente frágiles, que se victimizan por cualquier nadería (y muchos “malos” logran pasar por “buenos” con ese procedimiento tan cursi). Eastwood nos defrauda con esa sorpresiva posición de respaldo a Trump. Para seguir relacionándolo con sus películas, Trump representa todo lo malvado contra lo cual su personaje se esforzó de manera noble y arriesgada, en el film TORINO. Ojalá Merryl Streep logre sacarlo de ese marasmo mental del que adolece ahora.

Flor Angélica Pereda
16 de agosto, 2016

Cómo nos convendría a los venezolanos que apareciera un Predicador como el de la película de El Jinete Pálido por allá en el denominado Arco Minero.

Estelio Mario Pedreáñez
16 de agosto, 2016

Clint Eastwood tiene el derecho de manifestar sus ideas y preferencias políticas (además, tiene derecho al voto entre Trump y Clinton) aunque esto espante o cause escándalo entre sus admiradores. No hay que justificar con supuestos “espejismos” (o pensar que está senil) su decisión de apoyar al ignorante, demagogo, racista y xenófobo Donald Trump, quien perderá las elecciones presidenciales en EE.UU. aunque lo apoyen Eastwood y todas las estrellas de cine y televisión. A quienes les extraña, y no aceptan la realidad, que el actor y director apoya a Trump, les recuerdo que el filósofo Martin Heiddeger no solo apoyó al genocida Adolfo Hitler, también le hizo propaganda, lo alababa en público, lo adulaba, se inscribió en el Partido Nazi, fue parte de su dirigencia media y hasta vistió el uniforme nazi. Hitler lo designó “Rector” de una universidad. Quizá a Eastwood le gusta más proyectar su imagen de actor en roles violentos de pistolero y policía que la de director de buenas películas.

Estelio Mario Pedreáñez
16 de agosto, 2016

El apoyo de Clint Eastwood al ignorante, demagogo y racista Donald Trump reitera que los escritores, artistas, filósofos o intelectuales no son guías en el controversial mundo de la política y que cada quien debe pensar por quién vota, a quién apoya y qué puede esperar de cada candidato, de cada político y de cada partido político, para evitar caer en verdaderos “espejismos” como ha sido triste costumbre en nuestro atrasado y pobre país, que por regla (hay excepciones) ha padecido los gobernantes más incapaces, corruptos e ignorantes, hasta traidores. Entendamos que artes, celebridades y política son cosas distintas: ¿Aplaudiremos los totalitarismos porque Pablo Neruda escribió su “Oda a Stalin”? ¿Admiraremos al “Rey” Fidel Castro porque García Márquez lo admiró? ¿Nos gustará Pinochet porque Borges le aceptó honores? ¿Alabaremos a Hitler porque Martin Heiddeger lo alabó y lo apoyó? ¿Nada sirve de Aristóteles porque tenía esclavos y escribió su errada tesis “De la Esclavitud Natural”?

Sheyla Falcony
17 de agosto, 2016

A propósito de este controversial tema sobre política y celebridad, sería interesante revisar un proyecto del Curador Paco Barragán, precisamente titulado Política y Celebridad, el cual tuvo lugar en Chile en el año 2015. En este proyecto multi-expositivo, se plantean temas como ..el artista como activista..la celebridad como activismo social..la política como calebridad , temas , por cierto, considerados en esta muestra expositiva como terrenos muy empantanados de relaciones difusas, de intereses creados y conflictos de interés. De ahí que la idea de considerar el arte, la celebridad y la política como paredes distintas y separadas una de otra, , tal vez resulte poco probable de aceptar como verdad lapidaria……Saludos !

Alexandre Daniel Buvat Irazábal
17 de agosto, 2016

un “notable” de un área particular de la creación, que está siendo juzgado, como tal , a través de sus mensajes de autenticidad, y conceptos de verdad , ética o justicia en las obras y ficciones por él generadas.. Pero, no se analiza como un simple personaje común, heredero de genética, mensajes religiosos, familiares y de la historia de vida y cultura adquirida en la sociedad donde vive. Y de las reacciones en cuanto al momento político y social , a las diatribas y “escandalos” mensajes llenos de las palabras huecas, que son máscaras de lo perverso y falso, que ese simple ciudadano con su carga histórica a cuestas, (como cualquiera lleva) expone… En suma, si no fuese un ícono de la creatividad norteamericana y la Merryl no fuese otro, no serían analizados en tanto realmente dos personas, individuos, que reaccionan ante decisiones en un momento dado, lleno de diatribas, y rupturas y hasta sentimientos de muerte o transformaciones del entorno donde han vivido.

Horacio Figueredo
17 de agosto, 2016

El apoyo de Clint Eastwood a Trump, puede obedecer a su inclinación por las rudimentarias formas de vida de los personales que le ha tocado personificar. Hablamos de alguien que ha encarnado el papel del vaquero, que asciende a comisario del pueblo “hace justicia ” y luego se marcha en solitario por esas topografías ásperas y xerofilas del western americano. Es ese contexto, el que está determinando hoy su apoyo al empresario de los bienes inmuebles, quien irónicamente, de tratarse de un film de Eastwood, ya tuviera los ganchos puestos por violador de las regulaciones laborales y emisor de títulos universitarios chimbos; entre otros cargos, como el de charlatan …

hector escalona
17 de agosto, 2016

que alguien como eastwood admire tal “sinceridad” es la expresion de lo mal vista que la politica y lo politicamente correcto ha caido, es como si alguien te ofendiera y tu lo admiraras porque fue sincero contigo, es convertir a la sinceridad en un contravalor, es volverse cinico porque en el fondo crees que los demas tambien piensan lo mismo que el que te ofendio pero lo callan, es decir todos piensan mal de ti, pero solo el que lo te lo dice en voz alta es sincero, ¿no es algo un poco paranoico, tal vez en el fondo quien piensa mal de ti eres tu mismo? tal vez ya es hora de hablar de lo incorrecto de lo politicamente correcto.

Rafael Gelvez
17 de agosto, 2016

respetando las razones que pueda tener Eastwood al apoyar reverendo troglodita político, la cuales desde su punto de vista personal deben tener algún viso de lógica y razón, que en mis limitados conocimientos de la conducta humana no logro entender. Decepciona a muchos entre los que me incluyo, pues no es consistente con con lo pregonado, o por lo menos con lo que aparentemente mostraba en sus representaciones, en los matices que dejaba impregnados en los guiones dirigidos o en su faceta filantrópica lejos de las luces, Cámara y acción. la parresia griega hacia referencia fundamental en decir todo lo que se necesitara para hacerse entender, aun cuando tocara temas censurados o sensibles, pero nunca con la intención de ofender, discriminar o dañar a quienes les escuchaban. contrario al discurso del “pobre multimillonario”; cuesta entonces entender como un hombre que no necesita demostrar a nadie sus capacidades intelectuales, apoya el error político que representa la candidatura del Sr. Trump.

Irma Lovera
17 de agosto, 2016

Parece que Clint Eastwood, al respaldar a Trump asumió toda la parte negativa de su personaje principal de Grand Torino y no la parte justiciera de ese mismo personaje. Interesante disertación la de W.G. no solo sobre el grande del cine Clint Eastwood, sino acerca de todos los confundidos que respaldan a Trump por los motivos equivocados.

Eduardo
17 de agosto, 2016

Creo que Clint es sino la única,una de las pocas voces que se han manifestado a favor de Trump desde Hollywood, la meca del cine siempre ha tenido su corazón liberal, por mi parte acepto su punto de vista compartirlo es otra cosa pero en definitiva esta en su derecho de expresar una opinión.

Silvana Pezzella Abilahoud
17 de agosto, 2016

El discurso es un eje fundamental de la acción política, de allí la relevancia de la libertad de opinión y de expresión. La ética, en cambio, es un eje normativo de la consciencia individual, de allí la relevancia del respeto a las libertades individuales. La ética política, es siempre la ética del llegar al poder, con intereses especificos determinados. Es diferente en cambio. un político con ética. Este se caracteriza por respetar todos los puntos de vistas, respetar la similitud, y también la diferencia

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