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‘Los Jumblies’, de Edward Lear; por Ígor Barreto // #PoetasEnProdavinci

Por Igor Barreto | 29 de noviembre, 2015

Los Jumblies, de Edward Lear; por Ígor Barreto PoetasEnProdavinci 640

Lo primero que habría que decir, es que este poema, esta canción, es una Odisea en diminutivo. Hagamos de cuenta que estamos frente a una parodia de eso que los griegos llamaban Nóstos: canciones entonadas para relatar y celebrar el regreso de aquellos marinos que se aventuraban en remotas y peligrosas travesías. Edward Lear era un escritor romántico de la Inglaterra Victoriana, y escribió estas canciones luego de publicar el famoso Book of nonsense en 1846. Allí estrena su versión culta de ese formato popular de poema llamado Limericks. Dicho Libro del nonsese lo hizo famoso y le granjeo, para su desagrado, el mote de escritor infantil. Tal comentario no le halagó. En consecuencia, publica mucho después, en 1871, Nonsense songs and stories, donde aparece este poema “Los Jumblies”, junto a otras canciones de rasgos semejantes.

Ya, desde sus breves e ilustrados Limericks, ironiza el redescubrimiento del Nuevo Mundo por parte del imperio inglés; también a esa sociedad del buen sentido con sus disparates y la rigidez de sus normas. Tal rigidez en lo económico llevó a su padre a la cárcel por deudas y a la ulterior pobreza que en la periferia de Londres padeció con su familia de numerosos hermanos.

Para un inglés del momento era más rentable vivir en el extranjero que en su propio país donde el costo de la vida resultaba elevado. Esto impulsó a Lear a continuas travesías por mundos y colonias exóticas, alentando una literatura de viajes muy rica y divertida, así como una carrera de pintor paisajista. Los cedros del Libano es el título de uno de sus más famosos y olvidados cuadros. Como pintor fue lo que Chejov llamaría: un “fracasado bondadoso”.

Lear, al igual que los personajes absurdos de sus poemas fue víctima de los inquisitivos y crueles “Ellos”, tal y como los llamó W.H. Auden. Fue un escritor y un pintor al que podríamos tildar con el calificativo de demócrata, que cultivaba el gusto por el individualismo mundano y el amor por su gato Foss.

Por todo ello, me gusta este poema absurdo, con su nonsense de inclinación satírica. Esta Odisea en diminutivo que celebra el triunfo de unos personajes, suerte de pequeños humanoides que contravienen las reglas de la lógica y se lanzan a una aventura en pos del Hemisferio Torritremebundo y las Colinas del Tedio Nauseabundo contrariando la experiencia de aquellos que representaban el poder y lo verosímil. El viaje de los Jumblies es una travesía delirante sobre un colador, utilizado como nave para surcar una mar borrascosa. El delirio fue para Edward Lear una suerte de marca indeleble. Ante la racionalidad obtusa de un presente como el de la era victoriana no quedaba otra puerta que abrir sino esta suerte de consciencia apocalíptica y alucinada.

En esa misma tradición, pero más próximo en el tiempo, recuerdo la figura de Antonin Artaud en un sanatorio celebrando el descubrimiento de un lenguaje universal para la poesía fundamentado en la utilización exclusiva de sonidos. El novelista argentino Cesar Aira en su imprescindible ensayo sobre Lear, habla del delirio, del sinsentido poético, como la locura del lenguaje en su impureza constitutiva. La buena poesía, como esta de “Los Jumblies”, no puede ser otra cosa en esencia que delirante. Cómo crear desde la pura nada sino rompiendo los moldes de una realidad y una racionalidad previsibles.

Lo importante es que Los Jumblies regresaron sanos y salvos de su temerario viaje. Trajeron una conciencia renovada del valor que siempre tendrá el atrevimiento, aunque sólo sea para asomarse al abismo de la vida: ¡Ojalá viviéramos un buen plazo/para hacernos a la mar en un cedazo,/hasta las Colinas del Tedio Nauseabundo! Esto cantaron en una taberna brindando con una bebida hecha a base de semillas trituradas. Qué extraño este brebaje que se menciona al final del canto. Será un refresco de almendras: una leche de almendras. O quizás Lear quiere sugerir que sus personajes alcanzaron una comprensión superior, y todo esto queda simbolizado en este refresco de semillas trituradas, maceradas, golpeadas, ablandadas, comprendidas. En todo caso es un misterio, y el poema no tiene la obligación de aclararlo.

Los Jumblies

Se hicieron a la mar en un cedazo.
Si, en un cedazo se hicieron a la mar.
A pesar de avisos y consejos,
una mañana invernal, de un temporalazo,
se hicieron a la mar en un cedazo.
Cuando éste se puso a hacer el molinete,
todo el mundo gritó: “Vais a perecer en un periquete”.
mas respondieron recio: “Nuestro cedazo
es tan pequeño, tan chicorrotico
que toda idea de riesgo es de borrico.
Iremos pues por el mar en el cedazo”.

Lejanos y raros, muy raros y lejanos
son los países que los Jumblies,
con sus verdes cabezas, y sus dedos enanos,
atravesaron, con riesgo de sus días.

En un cedazo embarcaron,
y alegremente bogaron,
sirviéndoles de vela una verde cortina,
atada a un mástil de punta fina.
Todos, viendo este cuadro,
se decían: “Pronto se irán a pique”.
El cielo es ceñudo, largo el viaje,
y a fuerza de hacer el molinete,
se irán todos al garete.

Lejanos y raros, muy raros y lejanos
son los países que los Jumblies,
con sus verdes cabezas, y sus dedos enanos,
atravesaron, con riesgo de sus días.

Navegaron toda la noche cerrada,
y cuando la luz del sol quedó apagada,
silbaron y cantaron una canción bobática,
sincopada en forma zurumbática:
“Oh Timbal, nuestra felicidad es descomunal.
En un cedazo y un jarro a medio mogate
navegamos con una vela verde o granate
a la luz de la luna sin igual”.

Lejanos y raros, muy raros y lejanos
son los países que los Jumblies,
con sus verdes cabezas, y sus dedos enanos,
atravesaron, con riesgo de sus días.

Bogaron estentóreos por mares hiperbóreos
hacia parajes repletos de boscaje,
con un búho y una carreta por todo equipaje,
y una libra de arroz y unas empanadas
-amén de un panal de plateadas abejas-,
y compraron un marrano, y verdinegras cornejas,
y un hermoso simio de garras almibaradas,
y cuarenta botellas de aguardentosas sales
y un sinfín de quesos de Cabrales.

Lejanos y raros, muy raros y lejanos
son los países que los Jumblies,
con sus verdes cabezas, y sus dedos enanos,
atravesaron, con riesgo de sus días.

Regresaron tras veinte años de vida errática
y todos dijeron: “¡Han crecido de forma espeluznática,
pues han ido a los Lagos y al Hemisferio Torritremebundo
y a las Colinas del Tedio Nauseabundo!”
Y a su salud brindaron, y les dieron un refresco
a base de papilla de cuesco,
y todos dijeron: “¡Ojalá viviéramos un buen plazo
para hacernos a la mar en un cedazo,
hasta las Colinas del Tedio Nauseabundo!”.

Lejanos y raros, muy raros y lejanos
son los países que los Jumblies,
con sus verdes cabezas, y sus dedos enanos,
atravesaron, con riesgo de sus días.

Igor Barreto  (1952) es una poeta venezolano cofundador del grupo "Tráfico" en 1981. Cursó estudios de Teoría del Arte en el Instituto Caragiale de Bucarest y es profesor de la Escuela de Letras de la Universidad Central de Venezuela. Parte de su obra, traducida parcialmente al inglés, italiano, francés y alemán, está conformada por Tiempo de ausencia (1971), Y si el amor no llega? (1983), Soy el muchacho más hermoso de esta ciudad (1987, Premio Municipal de Literatura), Crónicas llanas (1989) y Tierra negra (1994, Premio Universidad Central de Venezuela), entre otros.

Comentarios (1)

Gregorio
3 de diciembre, 2015

Excelente!

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