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Argentina, el sentido de un final; por Diego Fonseca

Por Diego Fonseca | 25 de noviembre, 2015

Argentina, el sentido de un final; por Diego Fonseca

En “The Sense of an Ending”, Julian Barnes hace decir a uno de sus personajes que lo que acabas recordando no es siempre lo que has atestiguado. Así, creo, es como el presente se vuelve memoria, de manera imperfecta y acomodado a los achaques del tiempo, a la demanda del momento, a las miserias exhibidas y las glorias por exhibir.

También dice esto:

“De una manera u otra, todos nos dañamos (…) Algunos admiten el daño y tratan de mitigarlo; algunos se pasan la vida tratando de ayudar a otros dañados; y están esos cuya mayor preocupación es evitarse mayores daños a cualquier costo. Esos son los despiados, y de los que hay que cuidarse”.

Argentina se ha roto demasiado. Es tiempo de echar el carromato a reparación.

Yo no sé qué será del futuro, pues quien dice anticiparlo o es un nigromante o es un farsante. Pero sí sé que el pasado está bien como lo que es: una postal que acomodamos, más o menos, a la necesidad del presente. Con el pasado no hay mucho más que hacer que tenerlo como referencia; vivir encerrado en él es siniestro, de enfermos o suicidas. El futuro tiene todo de promisorio. Para empezar, a diferencia del pasado, hay que hacerlo.

Argentina precisa de gobiernos capaces de gestionar la cosa pública para las mayorías y las minorías. Ésta es una verdad de escuela primaria, pero tiene que ser repetida para sacudir la cabeza de los alienados. El kirchnerismo, que sólo conoce la acción política como gerente del poder, se convenció de que era vocero de los excluidos y, en esa ilusión, excluyó al resto. Paga las consecuencias de la ceguera del patán. Estaría bueno, para su propia supervivencia, que desensille. En la oposición tendrá la chance de mostrar el rulo completo de su ADN, repensar qué quiere ser: una oposición democrática, inteligente y moderna o la clásica máquina de impedir que ha sido el peronismo fuera del gobierno.

El kirchnerismo construyó una política de nosotros o ellos, quemó todos los puentes de consenso posible y batió el parche del todo o nada. Les ganaron, porque antes perdieron consigo mismos: la arrogancia nunca es buena consejera y la creencia de que una vanguardia esclarecida está llamada a liderar a las masas confirma el acto de fe que nos pone en el rumbo del desastre. El culto al personalismo es una renuncia a ser ciudadano: se ha decidido echar el cerebro a la basura para seguir como zombie el dedo rector del líder.

Espero que Mauricio Macri haya comprendido esa suerte. Las sociedades, y esta elección validó la idea, no abrazan fidelidades permanentes. Las personas votan en base a su necesidad y conveniencia, cada vez menos alineadas a una disciplina militante u orgánica. Macri no es un fenómeno de generación espontánea: es la catalización de búsquedas precedentes fallidas de numerosos grupos sociales por una alternativa al discurso único kirchnerista. El oficialismo se equivocaría si creyera que ganó “la derecha”: les ganó un candidato de centroderecha que reunió votos de casi todo el espectro. Macri resultó el hombre más potable para articular el desplazamiento, más que de un gobierno, de una parroquia familiar en el poder, una iglesia donde El Padre, La Madre y El Hijo eran dueños de La Palabra.

Ahora debe demostrar que puede llevar adelante la confianza de los electores. Tiene la oportunidad de construir un proyecto de centro derecha equilibrado, único, una rareza en Argentina. Su gobierno no tendrá un cheque en blanco y eso es magnífico. La sociedad esperará reacciones pendulares (en el respeto a las instituciones, por ejemplo) pero también medidas cautelosas y sopesando riesgos, sobre todo en economía. El abanico de posibilidades para Macri parece desplegado con el menemismo en un extremo y el kirchnerismo en el otro, por lo que tiene margen de maniobra para el pragmatismo. Lo mínimo a esperar es que no repita los vicios de unos y otros; lo mínimo a esperar, también, es que entienda que hay demandas sociales innegables que requieren una gestión cada vez más institucionalizada y menos clientelista y que el Estado no es propiedad de ningún grupo más que de la ciudadanía.

Yo suelo ser optimista y creo que la experiencia del kirchnerismo, como antes la del menemismo o la Alianza y la del viejo Raúl Alfonsín, permiten ajustar la mira. Todas proveen —o debieran proveer— aprendizajes de lo que sí y lo que no. No quiero creer que sólo reaccionamos con terremotos políticos. No quiero creer que elegimos y elegiremos vivir divididos. No quiero creer que nos perderemos en la estúpida letra muerta de los dogmas sino que discutiremos en función de las necesidades actuales y futuras.

Por lo pronto, supongo, no es viable una dirigencia que asuma que ganar una elección es un mandato divino para refundar la nación. Ni lo es un país sin políticas de Estado —sostenibles y a largo plazo—, sin una asignación racional del gasto y control del uso de los recursos. Ni es viable una república sin independencia de poderes. O un gobierno sin balances institucionales. Y definitivamente no es viable una sociedad en oposición permanente, chiquilina, conspiranoica.

Quiero, como dice Barnes, que reparemos lo roto. Reescribir el libreto, no abrazar ortodoxias. Que aquello de lo que fuimos testigos pierda peso en el recuerdo, porque el futuro —el presente en el que viviremos— será mejor.

Diego Fonseca Diego Fonseca  (Argentina, 1970) es periodista y editor. Autor y editor de Hamsters, Crecer a golpes, Sam no es mi tío y Hacer la América. Síguelo en Twitter en @DiegoFonsecaDF

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