Artes

Aly Pérez: Desalojo de las palomas de Calicanto; por Igor Barreto // #PoetasEnProdavinci

Por Igor Barreto | 19 de septiembre, 2015

Lectores de Prodavinci: el poeta venezolano Igor Barreto comenzará a formar parte de la serie #PoetasEnProdavinci. Su participación comienza con una reflexión sobre el poema Desalojo de las palomas de Calicanto, del poeta y artista plástico aragüeño Aly Pérez, quien fue profesor de artes plásticas y poesía en la Universidad de Carabobo, donde fundó la cátedra de Poesía. Aly Pérez publicó los poemarios Pasión según la casa en 1993 y Nochevieja en 2003.

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Transversal de Calicanto / Fotografía de la colección de Vicente Amengual Sosa

Aly Pérez fue un verdadero poeta lárico Venezolano. Este poema: Desalojo de las palomas de Calicanto, forma parte de un libro, carátula azul,  titulado Nochevieja, el cual ganó en 2002 la Bienal Augusto Padrón de la ciudad de Maracay. Desde su primera lectura se me impuso como un texto principal de la lírica venezolana. En cierta ocasión (en mayo del 2004) lo volvimos a revisar en su casa de Villa de Cura tomándonos un café y celebrando sus versos. Un año después, acosado por la diabetes murió Aly Pérez. La fosa donde lo enterraron era inusualmente profunda, y en el vértice agudo de la perspectiva de aquel socavón quedó el poeta, con un fluxecito azul oscuro y una mueca extrañamente seria.

Me asedian tantos recuerdos al leer esta versión  revisada e inédita del memorable poema. En principio se trata de un texto que tiene una estructura argumental muy sencilla, narrada en primera persona. El hablante, enfermo, asiste a un consultorio médico en el tercer piso de un edificio ubicado en la urbanización Calicanto muy cerca de la plaza de toros de Maracay. En el lugar se había desatado un copioso aguacero, y al escampar el personaje convaleciente está detenido  en un ventanal observando el vuelo de las palomas (Mientras la espera del consultorio se alarga), entonces, llegan también  otras aves provenientes de lugares remotos: la paloma bravía del Sudán, la tigra pardusca, la selvática de metales azules, la paloma isleña, la de Isla Blanca. Todas arribaban de paraísos naturales en una suerte de injustificado extravío, en un desarraigo no deseado, para descender a una ciudad que las asediaría con sus males hasta causarles humillación y muerte.

 Este viaje de las palomas a la ciudad es un viaje distópico, o el viaje hacia una utopía negativa, equiparable al posible y metafórico tránsito que ha vivido el hablante del poema desde la salud a la enfermedad. La ciudad es un cuerpo enfermo destinado a la autodestrucción. Y el poeta desde su “alta” estatura describe y narra este mundo como si nos hablara de su propio proceso de quebrantamiento por un mal terrible.

En un poema anterior (Anotaciones para una fisiología del cuerpo y la casa) perteneciente al  mismo libro y dedicado a su médico tratante el Dr. Jorge Osorio; allí, la casa, es transformada en el cuerpo enfermo: Escucho la plegaria de sus ventanas/ cuando mi cuerpo cruza la calle (…). Anotaciones para una fisiología del cuerpo y la casa, y Desalojo de las palomas de Calicanto dedicado a la “ciudad enferma”, me retraen a la atmósfera desconsolada del poeta sueco Gunnar Ekelof. Claro, que la poesía de Aly (guardando las distancias) se expresa con un lenguaje directo, que fluye en versos o frases que la mayoría de las veces mantienen la dimensión de una larga estrofa. Desalojo de las palomas de Calicanto ostenta un gran poder de adentramiento imaginario en el mundo: en lo inmediato y cotidiano. Como lector, uno se percata que está, ante un grado de comprensión superior de la enfermedad, tanto del individuo como de la ciudad, que insiste en asumir una condición fatal, por demás muy baudeleriana.

Desalojo de las palomas de Calicanto

De otros diluvios una paloma escucho.

G. Ungaretti

Cae en la atardecida de octubre
una lluvia de verano
sobre tejados y zines
su largo susurro
apacigua los corredores de la mente
tejen follajes de laureles y palmeras
por alrededores de la Maestranza de Maracay.

La lluvia se desliza por edificios
hasta oscurecer su blancor
transformándolos en columnas grises
que simulan bostezos y modorras
pegados al fondo de las montañas.

mientras la espera se alarga
en el tercer piso de un consultorio médico
veo salir por las ventanas
tiznadas en luces
las palomas de Calicanto.
se lanzan por las cornisas
a falsas lagunas
formadas por el temporal en las azoteas,
otras se sumergen en las charcas sucias
de la calle López Aveledo,
aletean indiferentes
en el ruido de la ciudad.
Sobre vehículos en marcha
son espantadas
por la velocidad de los motorizados
en la Avenida 19 de Abril.

En vuelo giratorio
una paloma pechuga de flor
llega a hurtadillas de otra calle
o de la autopista Maracay-Valencia,
es una expulsada
de los campos de caña
de la nube y la luz.

Grupos dispersos en los aledaños
de la Maestranza César Girón,
no vuelan, simplemente caminan
enredándose en las piernas desnudas
de mujeres que pasan
con vestidos cortos y holgados.
En el gris apagado de la lluvia
las palomas flotan sobre muros
y espesuras de edificios
buscan espacios en las terrazas,
en protectores de aire acondicionado,
se deslizan por tendidos de tejas
como estrellas fugaces en su alear
sus plumajes se cubren con el acetileno del relámpago
el eco del trueno se pierde
en el oscuro bajío de sus alas.

Palomas sin domicilio
prisioneras en torres de concreto
en falsos parajes
de una imaginaria ciudad
que al pasar de los años
se ha vuelto casi un detalle
de un lienzo impresionista.

Detrás de las ventanas
y las costuras del cielo
vuelvo a Calicanto
sus calles verde-luminoso
con tortas   quesos    y pasteles
tras las vidrieras mojadas,
kioskos de revistas,
el saludo amable de los rostros
permanece enmarcado
en las puertas de las casas
donde el sol deslumbra sobre cristales de colores,
las líneas clásicas de su urbanismo
lentamente se desvanecen
saturadas por el tráfico
y construcciones inarmónicas.

Las palomas buscan en la ciudad
a un dios vano.
Confundida llega la paloma bravía del Sudán
su lomo verde cenizo
es una joya de cristales luminosos,
atravesando regiones subtropicales.
Retorna la paloma tigra pardusca
parece una oca salvaje
poetizada por su Tong-Po.
La paloma ala blanca
no posee rumbo
viene de un grupo que nadie conoce
sus gorgeos en la calle
dejan un ardor en los oídos
a la hora del café
refleja su desgarradura
muere envenenada
al picotear desperdicios
frente a almacenes y esquinas sin cuello.
Venida de las serranías altas de la cordillera
la paloma gargantilla
con tintes metálicos bronceados
permanece sobre las antenas de T.V.
la lluvia baja por su cabeza
de duende tahitiana pintada por Gauguin,
observa urdidumbres de aceras
migajas de pan
entre nervios de luz que se filtran
en su afable mirar,
su cuello gira hacia atrás como buscando
el pliegue suave de los montes.

Frente a comercios de Calicanto
la paloma selvática de metales azules
y abdomen vináceo muestra su plumaje ennieblado
es criatura de troncos y follajes
dejó el Parque Henri Pittier,
se vino a la ciudad
trae tanto boscaje
tanto viento y bruma de cumbres
es una extranjera,
comparte su humildad con la paloma isleña
cuyos morados metálicos
se confunden con las pelusas de esta lluvia
y el descenso del aguanieve.
Solamente mirarla
es vagar y extraviarse
en una búsqueda del alma
por el hormiguero de las calles
y pensamientos que se encuentran en sí mismos.

Palomas locas buscando anidar
en los bancos de hierro de la Plaza de Toros,
porque no hay árboles
sino falsas sombras de árboles
sus arrullos se pierden
entre manzanas de Calicanto,
donde la paloma montañera
quiere ser huésped de una calle,
no de la angustia
al ver morir palomas
estrellándose contra falsas nubes
reflejadas en cristales de los cobertizos,
rota sobre su cuerpo
recorre la avenida Sucre,
comprende que forma parte
del rompecabezas de una prisión
de desmoronados techos
que habitan una memoria terrestre,
se posa al lado de la paloma mensajera
que mantuvo la pata alzada
y la veleta de su imagen
sobre la librería de Humberto Saba en Trieste,
se detiene al borde de esta página
en los agrietados muros
de esta Ciudad Jardín
que antes de su llegada
fue umbral vegetal
casa abierta a todo ojo,
pero en estos predios alucinantes
eres errante por un derecho infame
a sus alrededores.
La lluvia se hace tediosa
como  un largo discurso político
que nada dice;
bajo el oscuro cielo
y su áspero rechinar,
aparece como ave que ve a su pueblo
la paloma gris azulada de alares blanquecinos
de San Sebastián de los Reyes,
desciende olisquea en periódicos mojados
una lectura que el viento arrastra
por la boca abierta de la tarde
aletea en el caos
silba cantos de caminos
busca el solitario campanario de su aldea
se detiene en los arcos sucios de la catedral
intenta revelarnos algo que apenas imaginamos
y solloza por todos nosotros.

 

Balanceándose en las aguas negras
una palomita de papel
lanzada desde un balcón
pasa sin ver los cerros de Santa Eduviges,
ni las casas de La Pedrera,
ni la jaula que sostuvo
el cuerpo de su palabra
su vuelo frágil quedó atascado
junto a desperdicios en las cunetas.

 

La vida pública de las palomas de Calicanto
es dura y agitada
como el acero de la lluvia,
buscan una casa abierta en las alturas
casa posible e incerrable
pero no la ven
perdieron el derecho al hábitat
son unas desalojadas
no conocen el prometido paraíso,
ni las espigas secas de la cebada.
Efectúan pequeños vuelos
en el rumor del chubasco
caminan de un lado a otro
sobre cuadrados de tierra
no cubiertos por el concreto,
sus patas dejan sobrescrito al barro
un antiguo alfabeto
el cual parece fue creado
por un poeta y calígrafo de la dinastía Tan’g.

Recorren en silencio
kilómetros de cielo
como la paloma pasajera
del Valle de Tucutunemo,
mientras viaja observa y escucha
a través de los vidrios de los autobuses
la autonomía de las palabras
diluirse en tantas aguas negras,
al ser arrancadas de tanto oxígeno e hidrógeno
acumulado por los signos
de un largo trabajo.
Dibuja en su vuelo un sonoro ondular
busca una horqueta en las ventanas
donde sueña espesos matorrales
y el paso de una quebrada.

Parada en el agrio verdín de los jardines
la paloma espuma de mar
emigrada de Choroní
intenta anidar en las ojivas
del Centro Profesional Plaza,
se extravía en su vuelo
prueba instalarse en el alto anochecer
de la Torre Cosmopolitan,
anhela volar libre sobre la arquitectura
del viejo ateneo de Maracay
desde allí divisa las borrosas fronteras de la vida.

Observo desde este tercer piso la ciudad
y sus infinitos pavores,
un olor a germicida y herida infectada
se extiende por la sala
nadie percibe el repugnante olor
nadie ve nada;
unos esperan adormecidos en sus asientos
otros parecen figuras de una valla comercial
jugando con las pantallas de sus teléfonos,
mientras al otro lado de las paredes
en la intemperie de Calicanto
palomas de cantos quejumbrosos
sobreviven en el alboroto de la urbe
pegadas al bronce
de estatuas en las plazas;
todo  Calicanto se mueve
bajo las sombras de sus vuelos
porque su aparición en estos espacios
es solo celaje difuminándose.

En secreto una paloma de porcelana
teñida en púrpura y oliváceos colores
mira fijamente
desde la superficie de la mesa de la sala
permanece en reposo
al lado de los senos morenos de una mujer
imperturbablemente sentada con sus pensamientos.
Por mis manos pasa
el cuerpo frío de una morsa
atraviesa los mares de Groenlandia,
se detiene en mis ojos
arrastra mis sentidos
hacia un mar gris-blanco
juntos recorremos vientos fríos
líneas, estuarios, el murmullo interior
de una lluvia de verbos,
la escarcha se pega a mi cuerpo
sigo las huellas de un caribú
por un desierto helado
toco las copas de los pinos cubiertos de nieve
y una rama de taparo florece
en plena luz ártica
de una geografía interior
donde por un instante
escucho el palpitar de mi espíritu
en una pulgada de tierra
que subsiste en las fotografías
de una revista de ecología
a la que miro con la calma
de un hechicero esquimal.
Las páginas de la revista
son un continuo pasar de paisajes
la lluvia sigue volando hacia la noche,
se escuchan las patas de las palomas
en el golpetear de la nubada,
pienso en la paloma de Isla Blanca
sobre el horizonte antillano
cantada por Walcott, Perse y Cesáire
en el oscilante oleaje del Caribe,
voluntariamente es una exiliada
de aguas insulares
llega a respirar sobre avisos de neón
de mercados, panaderías y carnicerías
en transversales de Calicanto;
mirarla es recordar a John Donne
cuando afirma en un verso suyo:
“todo hombre es una isla”.

Tras las montañas una luz débil
ondea igual a la ropa mojada
que cuelga en tendedores de apartamentos
tal vez sea luz de luna
en pleno anochecer invernal,
viendo correr aguas sucias
por la barriga del asfalto
arrastrando  trapos, papeles, hojas,
ramas y plumas
hacia los alcantarillados.
Después del aguacero
aparecen palomas muertas
atropelladas por carros
muestran sus vísceras
pegadas al pavimento
sus buches ensangrentados
llenos de semillas y pequeños guijarros,
parecen cayenas trituradas
en la base oscura de un mortero.

La espera en la sala del consultorio médico
se hace flujo y reflujo del tiempo
cubriendo el palpitar de la vida;
en una camilla
el médico ausculta la fisiología de un hombre
procura emitir un diagnóstico,
silba una canción
que solo él y su lenguaje entienden,
la lámpara del techo
extiende una sombra que gira
como ave extraña por la vitela de la sala.

Afuera retiradas de los avances científicos
las  palomas de Calicanto
hacen vida alejadas del bosque
que fue esta ciudad de rizos húmedos,
en pequeños grupos
arriesgan acercarse al hombre,
en realidad sus alas
están lejos de ser tocadas por otro extranjero.

Vientos perdidos chocan
rebotan  contra el reflejo de los cristales
y como palabra de señal lejana
aparece la paloma anarquista y obsesiva
de Patrick Süskind, mostrando
las ruinas humanas que poseemos,
en el mutismo de su andar
reposa en la pupila enyerbada
que se alarga por la ventana
de ese tercer piso
donde todo transcurre
sobre una paradoja.

La lluvia continúa mordiendo
todo lo que encuentra a su paso,
en los suburbios el vuelo de las palomas
parecen retazos de días que se pierden,
caen como tristes epígrafes
de entre marañas de cables
que amarran el cielo de Maracay,
sus cuerpos electrocutados
son recogidos de las cunetas
y lanzados como vulgares desperdicios
a los contenedores de basura
donde moscas y mosquitos
saborean el placer de la muerte.

Un paciente sale del consultorio
su cara refleja preocupación
su media risa es una herida
en la escasa luz que agoniza,
el reiterado revolotear de las palomas
sobre grises edificios
y viejas casonas de Calicanto
no termina
buscan un refugio,
un trozo de país,
una aldea
en medio de la garúa y la noche;
se paran sobre cabinas telefónicas
aletean entre desperdicios
olores a orina y heces de perros,
demuestran su espíritu gregario;
pareciera no importarles
perder sus alas
desplazándose del norte al oeste,
y del este al sur
del mediociego callejón
al pizarro tejado de una mezquita en Chipre.

Son unas desterradas de Calicanto,
de la Plaza Girardot
de los pasillos de los ancianatos
del amanecer en plena tarde
del cielo negro que divide a la noche
hacia otra historia repetida.

Como viento que barre el pensar de la lluvia
la  paloma brillo aceitoso del Mediterráneo
desea habitar estos lugares;
su presencia revela un miedo antiguo
en su arisca altivez
refugiándose en las sombras.
La paloma silvestre tiene aspecto
de centauro alado
no emigra en bandadas
anda sola abstraída
come en los basurales de la ciudad
se aferra al tendón de su arrullo
porque para ella no existe nido posible.
Al borde de ventanucos y restos de construcción
palomas ancianas buscan guarecerse de la lluvia
tosen pegadas a los rincones
sus cuerpos ya no duermen,
saben que la muerte
cada vez está más cerca
ellas conocen el secreto de su sangre.
Miran las nubes pasar
por el cielo arañado que dejó su vuelo.

Sobre huellas de desolación
la paloma reina de los troncos
hace un vuelo blanco
desea vivir
como la paloma de las rocas
antepasado de todas las razas de palomas domésticas
que con lugar o sin él
simbolizan la muerte,
los oscuros nubarrones del exilio
y la nula paz
cerrándose en el alaje
de una paloma negra
que sigue pasando
como un mandato de la lengua
por esta tarde,
en que desciendo por cordajes del ascensor
hasta luces y sombras anochecidas
en la humedad de la calle López Aveledo,
el rostro de Dios se desliza
como rocío de lluvia sobre la espalda
de una mujer que pasa riéndose
con sus desnudas heridas.
Pienso en la vida
los  olores      la basura
en las voces anónimas
hundiéndose en balbuceos inexistentes
de millares de manos
tragadas por la continua pesadez del mundo
al cerrarse calles, puertas y comercios;
soplidos de alas y viento
latiguean el falso silencio de Maracay,
parece que no ha pasado nada
la lluvia      ha borrado todo.

Igor Barreto  (1952) es una poeta venezolano cofundador del grupo "Tráfico" en 1981. Cursó estudios de Teoría del Arte en el Instituto Caragiale de Bucarest y es profesor de la Escuela de Letras de la Universidad Central de Venezuela. Parte de su obra, traducida parcialmente al inglés, italiano, francés y alemán, está conformada por Tiempo de ausencia (1971), Y si el amor no llega? (1983), Soy el muchacho más hermoso de esta ciudad (1987, Premio Municipal de Literatura), Crónicas llanas (1989) y Tierra negra (1994, Premio Universidad Central de Venezuela), entre otros.

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