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Sea feliz por comparación; por Piedad Bonnett

Por Piedad Bonnett | 17 de septiembre, 2015

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Para los consumidores deseosos de cambios en sus vidas pero que no quieren profundizar mucho y tienen prisa, existe un producto que se vende muy bien: el curso rápido de un experto —bien sea en libro, bien en conferencias—; eso sí, pagando un precio significativo, porque compartir gratis la fórmula secreta, eso sí que no.

Qué estudios han hecho esos expertos no siempre está claro: algunos son gurús vestidos de túnica, a veces predicadores de alguna iglesia de nombre rimbombante, o doctores de renombradas universidades con especializaciones en materias que suenan de lo más interesante. La palabra clave es cómo: cómo superar las dificultades, cómo vencer la timidez, cómo conseguir amor, cómo ser líder, cómo convencer a punta de labia, cómo conocerse a uno mismo y —esta ya es la mayor promesa— cómo ser feliz. Porque la felicidad, señoras y señores, existe y está al alcance de todos.

Qué es la felicidad y cómo puede alcanzarse fue siempre un tema de reflexión de la filosofía clásica. Platón, Aristóteles, Epicuro y demás la vinculan a un problema moral y la asocian con palabras como sabiduría, insatisfacción, verdad, deseo, placer o esperanza, conceptos que desmenuzan y problematizan, y los llevan a adentrarse en los vericuetos de un problema complejísimo que puede ser examinado desde muchos ángulos y que difícilmente puede ser resuelto. Como pasa muchas veces en filosofía, la recompensa es la especulación misma, las preguntas que aparecen y los dilemas éticos que plantean.

La felicidad —como bien advierte el filósofo francés André Compte-Sponville en su libro La felicidad, desesperadamente— parece, sin embargo, haber dejado de atraer a la filosofía. Tal vez porque esta se ha vuelto escéptica, digo yo, pero también porque es un término devaluado por el manoseo al que la someten los medios, la publicidad y los libros de autoayuda, que son, en su gran mayoría, simplificaciones paupérrimas de las doctrinas filosóficas, o manuales para ingenuos que creen que “la sabiduría” puede venir en cápsulas de fácil digestión o en recetarios que mezclan diversos ingredientes.

No hace mucho pasó por aquí uno de esos expertos en felicidad dando charlas y entrevistas. En una de éstas, con despliegue de una página, el experto, sicólogo de profesión, expuso sus tesis con ese lenguaje coloquial propio del que sabe llegarle al público ansioso que garantiza el éxito de su gira. Según él —llevando hasta sus últimas consecuencias los postulados de los estoicos— para vivir felices “lo único que necesitamos es agua y un poco de comida”. ¿Trabajo? ¡Qué va! Si te despiden, “será una oportunidad de hacer otra cosa”. Si no tienes piernas, tienes brazos. Si no tienes ni brazos ni piernas, tienes “coco”. Si estás enfermo, “mi principal trabajo va a ser convertirme en el mejor enfermo del mundo”. “Si mi madre fuese depresiva durante lo que le queda de vida, mala suerte, pero no es el fin del mundo. Nadie es muy importante. Así que ninguna desgracia es muy relevante”. Y nada de que te mediquen si tienes depresión o ansiedad. “Los ansiolíticos son una basura a la que la gente se aferra para impedir resolver un problema que es mental”. Qué responsabilidad. Qué hondura. Y sobre todo, qué fácil. ¡Vamos, todos a intentarlo!

 

 

Piedad Bonnett 

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