Perspectivas

De reelecciones, gobiernos largos y ex presidentes que ansían volver; por Carlos Malamud

Por Carlos Malamud | 25 de agosto, 2015
De reelecciones, gobiernos largos y ex presidentes que ansían volver; por Carlos Malamud

Mural en la Casa “Patria Grande Néstor Kirchner”. Avenida Pellegrini, Buenos Aires

[Infolatam]  En los meses pasados buena parte del debate político en América Latina se ha centrado en ver como el declive económico impactaría en la política y en el desempeño de los gobernantes regionales. Se dijo, por ejemplo, que las restricciones presupuestarias, que ya se están notando, darían paso a elecciones más competidas, como en Brasil, pese a que de momento las opciones de triunfo de los candidatos oficialistas siguen siendo superiores a las de los opositores.

También se argumentó, con razón, que otro impacto añadido de las dificultades económicas iba a ser el declive de los gobiernos largos, bien de personas o bien de partidos, que prácticamente habían sido la norma en la mayoría de los países de la región. Este debate ha entroncado con el tema de la reelección. En los últimos 15 años hemos escuchado numerosas voces justificando la necesidad de que los políticos puedan ser reelectos si esto implicaba satisfacer la voluntad popular.

Ya se sabe, la voz del pueblo es la palabra santa que todo lo legitima, incluyendo, por ejemplo, la introducción de la reelección indefinida. Fueron muy pocos los países que pudieron resistirse a la oleada reeleccionista, destacando, entre ellos, México, que por razones históricas claramente entroncadas con la herencia revolucionaria (“sufragio efectivo, no reelección”) no podía dar un paso en esa dirección.

Desde no hace mucho tiempo y con insistencia renovada se han escuchado voces en sentido contrario, cuestionando las virtudes de las reformas constitucionales de fines del siglo XX y principios del XXI que han girado centralmente en torno a la reelección. Bello en The Economist y Eduardo Posada Carbó, en El Tiempo, se han ocupado recientemente del tema. Posada Carbó, iba más lejos, al recomendar salir de la reelección, como en Colombia. Por eso concluía de forma tajante, la reelección es “una institución que desinstitucionaliza”.

En el mismo artículo de El Tiempo se aludía al caso chileno y al deseo de los ex presidentes Ricardo Lagos y Sebastián Piñera de volver a ocupar el cargo que en algún momento tuvieron que dejar a consecuencia de una legislación que no permite la reelección consecutiva pero sí la alterna. Más allá de las peculiaridades de Chile, el deseo, o la imposibilidad, de los ex presidentes de mantenerse o volver al centro de la arena política es una constante regional. En palabras de Felipe González, se trataría del síndrome del jarrón chino, cuyos efectos aumentan en sistemas fuertemente presidencialistas como los latinoamericanos.

El caso de Ricardo Lagos también entronca con otro problema del continente, la débil o escasa renovación de las elites políticas, un fenómeno más visible en algunos países que en otros. Rogelio Núñez, en Infolatam alertaba del regreso de los viejos presidentes. El adjetivo no se refería tanto a los ex que quieren volver, que también, como a aquellos políticos septuagenarios incapaces de dar un paso al costado.

Si bien el personalismo y el caudillismo están detrás de todas estas cuestiones la debilidad institucional en América Latina agrava el problema. Sin embargo, en este terreno no sólo hay que hablar de las instituciones públicas o estatales, sino también, y muy especialmente, de los partidos políticos. No se trata de un fenómeno particularmente visible en América Latina, como se observa en Europa y otras partes del mundo, aunque sí preocupa mucho en aquellas latitudes.

Una gran herencia del PRI mexicano fue la institución del “dedazo”. El presidente, en funciones de gran elector, decidía la identidad de su sucesor. Hoy en muchos países de la región los partidos, o lo que queda de ellos, se han convertido en rehenes o en meras herramientas al servicio de los presidentes. Uno de los casos más significativos es el del peronismo que por perder hasta ha perdido prácticamente su nombre, por más que sea un activo que nadie quiere dilapidar. Por eso se ha decidido que las candidaturas peronistas para las próximas elecciones se presenten bajo el paraguas de Frente para la Victoria (FPV), como forma de preservar el colosal legado de la presidente Fernández.

Los gobiernos largos, las reelecciones (consecutivas, alternas o indefinidas), el personalismo y el caudillismo poco han hecho para consolidar a las democracias latinoamericanas. Ni el populismo de los Menem, Fujimori o Bucaram, ni el de los Chávez, Kirchner, Morales o Correa, han permitido avanzar en este sentido. Ninguno de esos gobiernos ha reforzado el papel de los parlamentos ni de otras instancias de control, ni ha dotado de mayor independencia al Poder Judicial. Por el contrario, sus medidas han ido dirigidas a reforzar al presidencialismo.

La gran derrotada de los últimos 15 años ha sido la alternancia. Es obvio que para que ésta funcione tiene que haber sistemas de partidos eficientes y una oposición fuerte que sea una verdadera alternativa a los gobiernos en ejercicio. Algo que no siempre ocurre. Pero debería ser obligación de los gobiernos garantizar los derechos de las minorías, lo que generalmente tampoco sucede. Para poder hacerlo realidad es necesario que los políticos que ganan elecciones, aunque sea con porcentajes claramente mayoritarios, piensen que están en sus cargos por un tiempo ilimitado y que no son monarcas republicanos. Es decir, que no han llegado al poder para quedarse o para gobernar los próximos 500 años.

Carlos Malamud Catedrático de Historia de América de la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED), de España e Investigador Principal para América Latina y la Comunidad Iberoamericana del Real Instituto Elcano de Estudios Internacionales y Estratégicos. Ha sido investigador visitante en el Saint Antony´s College de la Universidad de Oxford y en la Universidad Torcuato Di Tella de Buenos Aires y ha estado en posesión de la Cátedra Corona de la Universidad de los Andes, de Bogotá. Entre 1986 y 2002 ha dirigido el programa de América Latina del Instituto Universitario Ortega y Gasset, del que ha sido su subdirector. Actualmente compatibiliza su trabajo de historiador con el de analista político y de relaciones internacionales de América Latina. Ha escrito numerosos libros y artículos de historia latinoamericana. Colabora frecuentemente en prensa escrita, radio y TV y es responsable de la sección de América Latina de la Revista de Libros.

Comentarios (3)

José Angel Borrego
25 de agosto, 2015

Alguien dijo, casi acertadamente, que los pueblos tienen los gobiernos que merecen. Digo “casi” porque no es lo mismo el voto de un europeo o de un norteamericano que el de un venezolano o el de otro latinoamericano, también casi, con excepción de Brasil y Chile. En nuestros países el voto debería ser cualitativo hasta que la gente madure en política y no se deje tentar por espejitos y baratijas. En Venezuela “casi” habíamos logrado eso y se castigaba a los gobiernos que lo hacían peor, porque ninguno lo hizo bien. Pero llegó Chávez, con él el autoritarismo de un sargento de tercera categoría y entre ambos nos llevaron a lo que somos, gracias al voto analfabeto de los ciudadanos de este país, que aun siéndolo, votan igual que quienes tienen dos dedos de frente. Mientras tanto, seguiremos cargando bacalaos como Chávez, Maduro, Correa, Kitchner y etcéteras.

Jose Fonseca Droy
25 de agosto, 2015

Lo de moda: “Dictaduras Democráticas”, destruyen todo para ser los únicos y depués el Pueblo Guev… no elige sino refrenda

Diógenes Decambrí.-
26 de diciembre, 2015

En México se conocía como el tapado al escogido para sucesor del presidente en funciones, el mayor defecto del PRI gobernante. Tendría que desmenuzar ese concepto del “colosal legado de la presidente Fernández”, porque de positivo no tiene nada, y el corolario fue su muy infantil y contraproducente actitud de negarse a participar en el acto de Transmisión de Mando, para no reconocer a quien la derrotó en las urnas, Mauricio Macri, el enterrador de lo que sobrevive del muy dañino, demagógico y populista peronismo. La Reelección hay que erradicarla junto con el perjudicial presidencialismo, darle más poder y autonomía a los otros poderes, donde se equilibran mejor todas las vertientes de la Opinión Pública, la Voluntad popular.

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