Vivir

La casa de la infancia; por Alberto Salcedo Ramos

Por Alberto Salcedo Ramos | 6 de agosto, 2015

La casa de la infancia; por Alberto Salcedo Ramos 640

He cambiado de residencia varias veces, pero por mucho que me haya mudado, por mucho que haya recorrido, sigo viviendo en la casa donde pasé la infancia.

Anoche, cuando puse la cabeza sobre la almohada, cerré los ojos para evocar esa casa. La vi en perspectiva, desde el principio hasta hoy.

Vi a un abuelo severo, a una abuela plácida, a una madre motivadora, a varios tíos atareados, a una hermana memoriosa, a una tropa de primos ruidosos, a varios parientes lejanos que a veces llegaban de visita.

Por cada fulano que salía, alguien entraba, de modo que la casa se mantenía ocupada. Había música, parloteo, caos. Almorzábamos siempre en gavilla, y luego nos recreábamos. Los adultos proseguían su comadreo, los niños jugábamos.

Me encantaba regar migas de pan azucarado por el suelo para atraer a las hormigas. Era grato contemplar su marcha ordenada, su sentido de la solidaridad en el transporte de la carga.

En Navidad los primos vertíamos cera de brillar en el piso y, tras forrarnos los pies con trapos, nos deslizábamos. Entonces nuestro sentido primario del gozo transformaba cualquier oficio en divertimento. Yo era capaz de convertir en celebración el episodio más simple. Al terminar los aguaceros, por ejemplo, limpiaba el cristal empañado de la ventana para hacer brotar, como en un truco, la calle que se me había borrado.

Después los chicos nos volvimos grandes y los grandes se volvieron ancianos. Se marcharon los nuevos adultos, murieron los antiguos viejos, y la casa quedó a cargo de algún sobreviviente mayor. A partir de ese momento ya no nos congregaba la Navidad sino el funeral de alguno de nosotros.

Anoche, cuando apoyé la cabeza sobre la almohada, pensé que en ningún otro lugar percibo tanto el tiempo transcurrido como en esa casa. Allí me tropiezo con una niñera que me habla de la época en que yo tenía una agilidad acrobática, allí percibo en mis retratos de adolescente una gracia que ya no me pertenece. Entonces siento las heridas infligidas por cada hora vivida. La prima bailarina se volvió achacosa, la alacena donde el abuelo guardaba el whisky es hoy una despensa de medicamentos.

De repente, al plantarme frente al espejo de la alcoba principal, noto que ya no me parezco al niño que convocaba a las hormigas sino al abuelo austero. Entonces reconozco haber llegado al momento en que, patético por los años, uno solloza lo mismo por las ausencias que por los reencuentros.

Saberlo me libera. En esa melancolía me descubro genuino, desnudo.

Al ver otra vez el tocador de la abuelita desentierro una imagen de ella que merece ser indestructible. Pero esa imagen volverá a extinguirse. La casa de la infancia se transforma tanto que prácticamente deja de existir. Cambia la horda de niños ruidosos, cambian las voces del comadreo matinal.

Hay quienes toman estos cambios de un modo fatalista. El cantante León Larregui, por ejemplo, dice que volver a donde ya no queda nada no es volver. Yo prefiero creer que aunque la casa de la infancia desaparezca del mapa y se borre de la memoria, sobrevive en el corazón. Solo la muerte podrá arrebatárnosla.

Alberto Salcedo Ramos 

Comentarios (4)

Flor Bello
6 de agosto, 2015

Gracias por este relato tan hermoso y sentido, hizo revivir mi infancia y adolecensia los feliz que fui en la casa donde nací, estos recuerdos no se borran de la memoria aún cuando el tiempo pase.

Ana Verónica Gómez
6 de agosto, 2015

En Venezuela viví en cuatro ciudades en diferentes etapas de mi vida; hoy vivo fuera del país. En cada coordenada, en cada estación, en cada luna, en cada sol, en cada espacio, en cada cama, no he extrañado más que la casa de mi infancia. Gracias Prodavinci y gracias Salcedo por compartir la nostalgia y esa foto que me recuerda la esencia de lo que somos… Por cierto, en mi casa yo también pulía el piso con cera roja o verde, montada en una franela vieja. Después, trepaba del techo a la mata de mamón del frente, a la que todavía los años no han podido envejecer. El tiempo fabricó recuerdos y nunca marcó distancias.

Martha de Núñez
7 de agosto, 2015

Conmovedor, ese relato me ha hecho evocar tambien la casa de mi niñez, aún existe, está alquilada por una bagatela, pero no he podido convencer a los hermanos que me quedan de que no acerquemos hasta alla , la causa?? el peligro de la zona, en el oeste de Caracas, la pienso, la sueño y con esto también los momentos vividos y compartidos, eramos 8 muchachos ( nosotros y mis 4 primos) se unia por el corral con la de mi abuela materna … NO EXISTEN YA NINGUNO DE MIS VIEJOS !! que de recuerdos, cuanta nostalgia!!

A. Miranda
9 de agosto, 2015

Que hermoso escrito. Tocó mis fibras.

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