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De periodistas y asesinos; por Alberto Salcedo Ramos

Por Alberto Salcedo Ramos | 4 de agosto, 2015

De periodistas y asesinos; por Alberto Salcedo Ramos 640

La frase más premonitoria del periodismo colombiano fue escrita por Orlando Sierra Hernández en una de sus columnas del diario La Patria: “cogito, ergo, ¡pum!”.

Era, como se puede ver, una parodia de la frase de Descartes: “cogito, ergo, sum”. Es decir, “pienso, luego existo”.

Al concluir con el sonido onomatopéyico de un disparo, el periodista Orlando Sierra transformó la sentencia en algo como “pienso, luego muero”.

Y al poco tiempo fue asesinado.

Sierra solía usar ese tipo de citas porque había estudiado filosofía. En la redacción repetía esta frase célebre de Aristóteles: “soy amigo de Platón, pero soy todavía más amigo de la verdad”.

Era su forma de subrayar que por encima de su compromiso como periodista no estaba nadie.

También invocaba esta máxima de Platón: “la verdad se corrompe tanto con la mentira como con el silencio”. Quien calla ante el bandido se vuelve su cómplice porque le permite hacerle más daño a la sociedad.

De modo que Sierra no se andaba con medias tintas para fustigar a la clase política caldense.

En su columna era especialmente crítico de la forma en que los caciques electorales Víctor Renán Barco, Luis Guillermo Giraldo y Ómar Yepes, entre otros, se habían apoderado del departamento. Quien no se sometía a la voluntad de ellos no tenía ninguna oportunidad en la política.

“En Caldas se come sopa barcogiraldista o sopa yepista, o si no, se sufre de ayuno”, escribió.

Siempre ejerció con pasión el derecho al desencanto. “La política”, sentenció una vez, “es el arte de elegir entre lo preferible y lo detestable”.

Siempre fue mordaz, punzante. Jamás usó eufemismos, ni planteó acusaciones en abstracto: siempre les puso rostros. Uno de sus blancos más recurrentes era el político Ferney Tapasco González, quien entonces fungía como presidente de la Asamblea de Caldas.

Tapasco fue desde el principio el principal sospechoso del crimen de Sierra. Recientemente fue condenado, como autor intelectual, a treinta y seis años de cárcel. Pero esta semana desapareció, y nadie sabe su paradero. Se cree que huyó del país para pasarse por la faja la sentencia judicial.

La huida de Tapasco, así como las declaraciones cínicas de algunos familiares suyos en el sentido de que el señor desacata el fallo porque lo considera injusto, cierran uno de los capítulos más tenebrosos de nuestra historia reciente: a lo largo del proceso de investigación fueron asesinadas muchas personas. Algunas de ellas habían testificado contra Tapasco; otras parecían tener información que lo comprometía. (No hay que olvidar que Tapasco ya había sido condenado en 2011 por sus nexos con paramilitares).

Este episodio sirve para recordarnos en qué país vivimos. Uno en el cual se ha puesto de moda que delincuentes y sindicados de diverso pelambre cuestionen los fallos judiciales cuando les son adversos, y huyan olímpicamente del país.

Un país en el cual sigue siendo peligroso ejercer el periodismo: desde la muerte de Sierra (febrero de 2002) hasta hoy han sido asesinados veintiocho periodistas. Inevitable volver a la parodia cartesiana del principio: hoy, como hace trece años, quienes se dedican a hacer pum no quieren que pensemos ni que existamos .

Alberto Salcedo Ramos 

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