Artes

Juan Liscano: “Yo soy un dinosaurio”; por Eloi Yagüe Jarque

A propósito de la reciente celebración del centenario de Juan Liscano, compartimos con los lectores de Prodavinci esta entrevista que le hizo el narrador Eloi Yagüe Jarque y que fue publicada en Economía Hoy el 24 de octubre de 1997

Por Eloi Yagüe Jarque | 18 de julio, 2015
Fotografía de Alejandro Toro Camacho

Juan Liscano retratado por Alejandro Toro Camacho

A los 82 años, recién operado de cataratas y tras dos meses de reposo, con lo que significa para un escritor estar condenado a no poder leer ni escribir, el poeta y ensayista no ha detenido su producción literaria y aún ejerce su perenne lucidez sobre los asuntos de la vida social y espiritual.

Con un parche en el ojo y una lupa en el otro, escribe sus artículos y sus poemas en una vieja máquina de escribir manual. Sin embargo, no ha dejado de escribir. Incluso ha regresado a la crítica literaria después de un tiempo sin ejercerla: va a publicar un artículo sobre los Poemas ingleses, de Rafael Arraiz Lucca, otro sobre el poemario Solamente, de Luis Alberto Crespo; también sobre un joven cuentista, Ricardo Gil Otaiza, que desde Mérida le envió su libro titulado El paraíso olvidado, publicado por la Universidad de Los Andes.

Yo no soy muy dado a leer narrativa, primero porque quita mucho tiempo, mucho más que la poesía. Pero me sorprendieron muchísimo los cuentos porque verdaderamente tienen un nivel que generalmente no aborda la narrativa venezolana que es muy sometida al realismo, al encadenamiento de las circunstancias temporales, también a los temas de la vida mundana. El único que se salía del molde era Rómulo Gallegos con los arranques que tenía, como en Canaima, donde salía un hombre nuevo que aparecía en la selva, inédito. Pero el escritor venezolano es realista y poco dado a la metafísica y este libro (el de Gil) tiene un gran contenido metafísico y teológico porque plantea a través de diez cuentos la oposición entre el creador y las creaturas. Las creaturas han convertido el mundo –como él dice– en algo inicuo, pero él no emite tesis, él pinta. Por fin me encuentro con un escritor con un gran trasfondo metafísico.

¿Será que los narradores venezolanos carecen de imaginación?
Son realistas. Venezuela es un país con muy poca imaginación. Si usted estudia el folklore como lo he estudiado yo, descubre que no es un folklore que accede a grandes concepciones cósmicas, como las danzas de los indios que evocan el sol, las fases de la luna. Son cosas más bien del correr cotidiano. Y luego aquí en Venezuela por momentos esa tendencia la supera Gallegos con su don poético, con la novela paisajística, con la descripción del gran paisaje que conduce en Canaima a imaginar la creación de un hombre nuevo. Pudo haberse desarrollado una narrativa más basada en la imaginación. Sin embargo hubo un movimiento muy importante que marcó profundamente la historia literaria del país, que es el movimiento contracultural, que tiene consecuencias que cada día resuenan más. Lo que pasa es que eso llevaría a una crítica peligrosa porque se trata de toda una generación.

¿Usted se refiere a todo ese aporte de la generación beat y los poetas norteamericanos y su resonancia aquí?
Claro, al Techo de la Ballena, a la contracultura, a la exposición de perros muertos, a la liquidación de todo el movimiento literario exceptuando José Antonio Ramos Sucre y Julio Garmendia, incluida la negación del surrealismo, todo eso unido a una concepción contracultural y también política, y en el fondo el motor era la ambición de poder político. Ellos se sentían una generación que iba a renovar la historia de Venezuela, que iba a suceder lo mismo en Venezuela que en Cuba, que iban a repetir la revolución, y era una locura cuando llegaba Betancourt al poder con el apoyo de los sindicatos y de la opinión pública. Esa es una generación sumamente compleja que ha tenido gente muy inteligente, que yo he apreciado, pero que le ha hecho muchísimo daño al país y se lo sigue haciendo.

¿Y cómo se lo sigue haciendo si la mayoría de esos ideales ya pasaron de largo?
Eso es lo que yo le pregunto. Cómo es posible que una gente que adhirió los ideales más radicales como eran el maoísmo, el Che Guevara con sus mil Vietnam, usted los ve hoy en día ubicados en posiciones políticas que los comprometen con la globalización, cuyo beneficiario principal son los Estados Unidos, los entrega de voceros contra los dinosaurios. Yo soy un dinosaurio. Usted los consigue de enlaces entre grandes grupos económicos neoliberales ideando negocios; otros ubicados en cargos públicos o en posiciones diplomáticas. Es decir una generación en el fondo materialista histórica. El materialismo histórico es el marxismo y el materialismo económico es lo que estamos viviendo. El cerebro del materialismo histórico es Carlos Marx; el cerebro del materialismo económico es Adam Smith. Entonces esa gente, las imprecaciones, las negaciones, los fusilamientos que hicieron en su época de lucha, le han hecho mucho daño a la apreciación literaria venezolana porque llegaron a negar a Andrés Eloy Blanco, a Gallegos, por ejemplo, al mismo Uslar Pietri; a mí ni se diga.

¿Usted cree que desde aquel momento lo único que ambicionaban era el poder?
Sí, esa es una generación que ha jugado un gran papel en Venezuela porque después de la generación mía, la del cuarenta, vinieron ellos y, entonces, insurgieron, crearon guerrilla, lanzaron manifiestos, crearon revistas. Quiero hacer una salvedad. Antes de la aparición de la generación en sí, agrupada en torno a Sardio que fue la revista inicial de ellos, después se dividió pero existía otra generación un poco mayor que era la de Jesús Sanoja Hernández, la de Rafael José Muñoz y la de Miguel García Mackle y la de Jesús Zambrano, que es muy distinta. Esa generación también estaba totalmente politizada, pero ellos jamás fueron contraculturales, jamás adhirieron a esos espectáculos mundanales, exposiciones de perros muertos, el Techo de la Ballena, esas mil cosas de esta gente en evidente reto a todo lo convencional, que era una imitación servil de todo lo que hacían en Estados Unidos. Primero imitaban a los americanos siendo ellos revolucionarios; en segundo lugar ya los europeos en 1916 habían creado una serie de movimientos de ese tipo como el dadaísmo, el futurismo y el surrealismo. Había una falta de originalidad total.

¿Eso tiene que ver con el discurso de la globalización?
En aquella época no se hablaba de la globalización sino de la universalización. Ellos se sintieron escritores universales frente a un Gallegos provincial, frente a un pintor provinciano como Cabré o un literato como Teresa de la Parra que era una señorita bien –¡qué horror!–. Pero el sesgo claro de la influencia beatnik y remotamente un poquito de dadaísmo, más nada. En el fondo, ¿qué dejaron? Tienen cuatro o cinco columnistas importantes que formaron parte y que toman actitudes hoy en día totalmente de acuerdo con la globalización. Es el arma más poderosa que tiene hoy en día el economicismo capitalista mercantil. La globalización y el lbre comercio son fórmulas económicas muy bien pensadas para precisamente convertir definitivamente –y que no se hable más de eso– a los países tercermundistas en surtidores de materia prima y de mano de obra barata para la potencia. Eso ha tenido altos y bajos por ejemplo cuando el comunismo parecía brillante había la amenaza de una revolución mundial, el capitalismo se retiró y no se atrevió a hablar con la claridad actual. La libertad de comercio es una invención americana para poder exportar todos sus excedentes mediante un subsidio y entonces exigir a través del Fondo Monetario Internacional a los países tercermundistas que no subsidien a la agricultura porque eso es populismo.

¿Entonces no habría ningún beneficio para nuestros países con el libre comercio?
Ninguno. Bueno, la creación de una clase capitalista y los grupos capitalistas y bancarios estarían bien. Y una miseria como la que ya existe.

Ahora el que parece comunista es usted.
Fíjese usted, así son las cosas. Y ahora ellos están del otro lado, fomentando la globalización…

Eloi Yagüe Jarque Escritor, periodista y profesor de la UCV. Ha publicado libros de relatos como "Esvástica de sangre" (2000) y "Balasombra" (2005), entre otros. Ha sido finalista del Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos y recipiente del Premio Nacional de Narrativa Salvador Garmendia por sus novelas "Las alfombras gastadas del Gran Hotel Venezuela" (1999) y "Cuando amas debes partir" (2006)

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