Artes

Javier Level: escultor de la tierra intermedia; por Marcy Rangel

Por Marcy Alejandra Rangel | 12 de junio, 2015

Javier Level es uno de los rostros que podrá conocer en la exposición Rostros de El Hatillo, que se presentará el sábado 13 de junio en la Plaza Bolívar de El Hatillo, a partir de las 7:00 de la noche. La exposición muestra las historias de 11 habitantes del municipio, a través de 11 cronistas, 11 fotógrafos y un videógrafo, coordinados por la periodista Liza López.

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Javier Level Escultor de la tierra intermedia; por Marcy Alejandra Rangel 640

Fotografía de Eva Marie

Javier Level es un escultor que ha tallado la vida que ha deseado con sus propias manos. Tiene 55 años de edad y ha pasado 27 construyendo el hábitat que comparte con Roselia, una mujer –mitad artista, mitad sanadora­– que lo ha acompañado como complemento desde que ambos estudiaban bachillerato.

Roselia prescindió de su apellido de soltera y­ se casó con Javier a los 19 años para complacer a su mamá, quien padecía de cáncer terminal y fallecería tres meses después. Pasaron los primeros años viviendo en la parte baja del pueblo y, mientras Javier participaba en una exposición en el Museo de Arte Contemporáneo, vendió una escultura por 50.000 bolívares; exactamente lo que tuvo que pagar por el terreno donde ahora viven. “Lo compré y al entregar la casa de El Hatillo teníamos dos opciones: o nos íbamos a un apartamento barato en Guarenas o venirnos para acá”.

El ecosistema creado entre bromelias, botellas vacías y moldes de resina y yeso, se encuentra en un caserío que se llama La Hoyadita, localidad del estado Miranda ubicada a media hora de El Hatillo, epicentro del municipio que se esconde a las afueras de la Gran Caracas. Javier ha vivido en el municipio desde que se mudaron a las casas aledañas de la Plaza Bolívar, cuando cumplió cuatro años. Antes vivían en Sabana Grande porque su papá trabajaba en el Ministerio de Hacienda, pero de eso no tiene memoria. “El Hatillo fue, ha sido y he vivido en él todo, es el gran motivador de imágenes, olores y sentimientos, y en esa vida rapté a mi pareja, porque ella vivía en la avenida Urdaneta y ya tiene 35 años aquí”.

Javier decide estudiar en la Escuela de Artes Plásticas Cristóbal Rojas porque perdió el cupo de Agronomía en la UCV. Dulce, su maestra en bachillerato, le dijo que quizá podría aprovechar el año que tenía libre ahí porque, durante su estadía en el liceo Juan de Escalona, había pintado unos cuadros. “Yo nunca en mi vida había hecho eso, pero cuando vi Escultura, sabía que era lo que quería, sabía que algo de ahí me movía”.

Desde entonces ha sido ganador de algunos salones de arte como el II Premio para Escultura en el X Salón de Aragua (1985), Premio Adquisición del III Salón de Jóvenes Artistas del MACCSI (1987), III Mención del Gran Premio Christian Dior (1987), III Premio del Concurso de Escultura del 50° Aniversario del BCV (1990) y el premio de escultura del I Festival Bienal de Artes Visuales Ciudad de Barquisimeto (1991). A eso se le añade una carrera museográfica y de conservación de 14 años en el MACSSI y 20 más dedicados a la docencia en la Escuela de Artes Plásticas Armando Reverón, hoy integrada a Unearte.

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El apellido de Javier forma parte de la historia de Venezuela. Su origen es francés y se escribe con doble ele, como el que adoptó su único hijo. Durante la Revolución Francesa, parte de la casta llegó a España y de ahí a Venezuela con la colonización desde Cumaná. Era un apellido llamado Levell De Goda, cuenta la investigación familiar. “Es mi abuelo quien corta eso y lo deja en Level. Este es un apellido que viene de una sola rama”.

Esa historia le ha valido el arraigo no sólo con El Hatillo, sino con Venezuela.

“Tú vas a Perú y dices ‘este es peruano’, pero ¿cómo describes tú a un venezolano? Mi apellido está desde 1887 en este país y estuvo durante toda la historia de independencia. Y cualquiera que me ve piensa que soy europeo por mi apellido. Esa apertura hacia el mestizaje nos debería dar el beneficio de poder apropiarnos de cualquier cultura y sentir que es nuestra, como el plato de espaguetis”.

Y es que su trabajo es eso, apropiación. Javier utiliza diferentes elementos que convierten sus esculturas en un híbrido poco figurativo y antiestético. “Lo importante es el discurso que armo con ellos. Cómo contar en una sola pieza lo que somos. Cuando uno se pregunta qué es, se responde con muchas cosas”. Ahí funde lo indígena, lo animal, lo humano, lo religioso, para crear un nuevo sincretismo. Sus talleres están llenos de obras a medio terminar y quien hurga puede tocar con libertad. Hay huesos de animales, ramas, moldes que se hicieron con cadáveres de serpientes, hasta una tortuga que se ha ido secando con el tiempo.

En el baño, la cocina, las habitaciones también hay obras de Javier. “Hay más esculturas de otros artistas pero están guardadas, porque en la casa hay que exhibir las obras de uno”, agrega. Entre ellas, hay un par de hace 20 años en honor a su padre, quien falleció a causa de un derrame cerebral. Incluso hay una que utiliza las dentaduras postizas que usó. Fue una persona central en su vida. La mirada se le detiene cuando piensa en él, aunque no revele mucho más de ese recuerdo.

En La tierra intermedia, nombre de la galería, se respira la ambivalencia entre lo mundano y lo religioso, pero también la metáfora del país. La calle de arriba divide Baruta de El Hatillo y Javier cree en que ese puede ser un lugar de encuentro para personas con ideologías políticas contrarias, “para que tengan esa posibilidad de verse y que no haya limitación de géneros”. Roselia trabaja el supermundo –meditaciones, alineaciones de chacras y lectura del tarot– y Javier conecta con el inframundo. Sus obras hablan de lo híbrido, lo religioso, lo pagano, lo indígena. Trabaja con la magia y el placer lúdico de hacer lo que le gusta en medio de la naturaleza.

En el amplísimo jardín de la casa hay tres capillas de piedra que Roselia solicitó a su amado para que el visitante sintonice su energía emocional. Pero los escépticos también pueden admirarlas por su arquitectura rústica. Una de las cúpulas es un collage de botellas azules, verdes y amarillas que reflejan luz como vitrales en una iglesia. La sonoridad, obtenida empíricamente, sirve de sanación para crear melodías con piedras que se frotan en el caparazón de un piano, rendir tributo a la tierra o para recrear lugares, como el que dice Javier que vivió en una vida pasada como monje y del que estuvo consciente luego de una regresión.

Antes de llegar a la habitación principal, está el último templo con una imponente imagen de María Auxiliadora –molde de una virgen de dos metros que pidió la Fundación Polar– y más adelante un salón con capacidad para 20 personas en donde Roselia concluye sus talleres de sanación. La casa está dividida semióticamente de acuerdo con la premisa inicial: el supermundo de la mujer arriba, con jardín privado de meditación, cuarto y terraza con vista al Ávila. Y en el inframundo está la cocina, atravesada por una luz natural que le otorga su sentido más orgánico. En la sala hay otra sorpresa: las joyas escultóricas de Javier Level.

Son bustos con collares grandísimos tallados a mano, que sirven como centro de mesa hasta que Roselia los utiliza en algún evento de ocasión. El taller de orfebrería es ordenado. Incluso hay espacio para una fotografía de cuando celebraron 35 años de matrimonio en un jardín solitario de Florencia. Cerca de ahí está la habitación de Andrés, la presencia más fuerte de sus vidas. Un músico académico que concibieron en 1983 y que decidió hacer experimentos con las esculturas sonoras de su padre que usan pedazos de rastrillo y cuerdas de piano; un urinario como germinador de plantas en el jardín y un gran escritorio con libros de arte. Su música está en todos los rincones, aunque ahora viva en el centro de Caracas junto al estudio de El Sagrado Familión, su banda desde 2008.

El artista cuenta que nunca le ha impuesto a su hijo la tarea de mantener la casa-museo como un patrimonio, aunque contradictoriamente quisiera que su obra tuviera alguna trascendencia.

“Yo creo que una de las suertes que tenemos los artistas es que no nos morimos. Picasso decía que hacer una obra es como vaciarse la sangre y meterla ahí. La obra queda porque ese es el aporte que uno le da a su país y a la sociedad”.

Javier imparte clases dos veces a la semana y esos son los mismos días que Roselia ofrece consultas en la ciudad. Cuando él dice una frase, ella la completa. Ella contesta los correos electrónicos y da los presupuestos, mientras él está pendiente de cocinar unas arepas de plátano que acompaña con suero, queso blanco y té natural de durazno con miel. Juntos quieren otorgar residencias artísticas y hacer desayunos para visitantes como forma de generar turismo. En la casa San Miguel, que así es como se llama el todo, está prohibido no tocar. La humedad de la tierra y el ambiente lleno de naturaleza invitan a incluirse.

Es inevitable pensar en Javier Level y no hablar de su obra. Es inevitable estar en La tierra intermedia y no asombrarse ante el paisaje. Roselia, las bromelias y los reptiles disecados engranan un estilo de vida irremplazable. Esta historia de vida es todo su conjunto.

Marcy Alejandra Rangel 

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