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Carlos Noguera: El amor, la bestia; por Roberto Martínez Bachrich

Por Roberto Martínez Bachrich | 3 de febrero, 2015

En Prodavinci compartimos este texto del escritor Roberto Martínez Bachrich, publicado en el No. 9 de la revista de poesía El Salmón, en ocasión de la muerte del escritor venezolano Carlos Noguera. La publicación original, iba acompañada del siguiente sumario: “En el siguiente artículo sobre la obra poética de Carlos Noguera, el cuentista y poeta Roberto Martínez Bachrich explora los rasgos esenciales de Laberintos (1965), primer libro del reconocido narrador venezolano”. Este texto ha sido cedido a Prodavinci por los editores de El Salmón.

Carlos Noguera El amor, la bestia; por Roberto Martínez Bachrich 640

“Confío sólo en mi imaginación y su poder vivificante…”
Carlos Noguera.
Laberintos

 

Los años 60, ya se sabe, fueron decisivos para el país. Época de fuegos, batallas, lances, ideas y sangre derramada. No sólo la política y la vida cotidiana, también el ambiente literario y artístico estuvo marcado por la violencia y los enfrentamientos de los grupos de izquierda contra los gobiernos de turno. La revolución palabra hoy tan desprestigiada no era cosa de magistraturas y cortinas, de salones oficiales y alfombras, de interminables chácharas televisadas e insultos fáciles: estaba en la universidad, el cerro y la calle; en la reflexión, los gestos y el arte. Ideas que se expandían como un incendio: llamaradas que prendían y se arraigaban a lo largo y ancho de la ciudad (y de buena parte del país).

La Caracas literaria, a principios de los sesenta, quedó marcada por las voces y propuestas surgidas de las experiencias de Sardio que venía ya desde finales de la década anterior y Tabla redonda. Y más adelante, después de la fractura ideológica que marcó la disolución de Sardio, con el reducto más radical de aquel primer grupo, acaso el más anárquico y escandaloso (“poesía acción”, “guerrilla cultural” y “métodos terroristas” serán algunas de las palabras clave del grupo según proponen Edmundo Aray, Adriano González León y Ángel Rama) de los conglomerados artístico-literarios que ha tenido el país: El Techo de la Ballena. Esos tres grupos dominaron la escena cultural capitalina de los sesenta. Y en ellos militaron (“participaron” parece, dada la década de la que hablamos, un vocablo insuficiente) algunas de nuestras figuras más sólidas en materia literaria: Ramón Palomares, Guillermo Sucre, Elisa Lerner, Rafael Cadenas, Jesús Sanoja Hernández, Francisco Pérez Perdomo, Caupolicán Ovalles, Salvador Garmendia y Juan Calzadilla, por apuntar apenas unos pocos nombres que fueron o son fundamentales.

Sobre la “década violenta”, y sobre estos tres grupos en particular, se han escrito varios estudios o testimonios interesantes y se han publicado, al menos, un par de antologías. Pero acaso la mucha bulla que hicieron y no sólo la cabuya que soltaron generó, a largo plazo, una especie de disolución del panorama de fondo, como si las miradas críticas y los estudios literarios se hubiesen centrado casi exclusivamente en estos tres grupos, dejando a un lado desteñidos, desenfocados los trabajos y los días de otros autores, grupos y publicaciones que no siempre suscribieron las ideas estéticas imperantes en esta ola de segundas vanguardias y se dedicaron a proponer otros contactos con la realidad, otras texturas líricas o ficcionales, otras miradas sobre el mundo.

En todo el país, y no sólo en Caracas, la lista de obras, nombres, grupos o revistas que surgieron al margen de aquellos fuegos no es precisamente breve: CAL, Papel Literario, Ciudad Mercuria, LAM, Cultura Universitaria, 40 Grados a la Sombra, Sol Cuello Cortado, Zona Franca o Trópico Uno son sólo algunos de los nombres de esa lista sin la cual, conviene afirmarlo, el mapa de la literatura venezolana de los sesenta quedaría sumamente incompleto: organismo malformado que no terminó de crecer, fruto que no madura y cae verde, inútil, del árbol. En estas líneas, no obstante, quisiera detenerme en sólo una de esas agrupaciones y, más aún, en una sola voz dentro de ella, que surgió en Caracas por los mismos años en que Sardio expiraba y Tabla Redonda capitalizaba la escena cultural. Muy cerca de aquellos fuegos, pues, algunos poetas, narradores y ensayistas muy jóvenes ligados, en su mayoría, a la Facultad de Humanidades de la Universidad Central de Venezuela fundaron el grupo En Haa, injustamente descuidado y olvidado en tantos estudios recientes sobre la cultura venezolana de la época. El encuentro ocurrió en Caracas, donde imprimieron los ocho números de la revista homónima entre 1963 y 1971. Pero, detalle curioso, la mayoría de los integrantes del grupo, de los jóvenes redactores de la revista y de los muchos artistas que la ilustrarían (“algunos de los pintores que van a ser la gloria del arte en Venezuela”, dijo de ellos Guillermo Meneses), no eran de Caracas, sino de los más diversos y distantes lugares del interior del país.

De la experiencia de En Haa, desde el inicio hasta el cierre, participaron figuras como José Balza, Lubio Cardozo, Argenis Daza Guevara, Armando Navarro, Carlos Noguera y Jorge Nunes. Todos jóvenes escritores que daban sus primeros pasos públicos en materia verbal. Casi todos provenientes de una revista anterior que hizo honor a su nombre Intento— y que duró apenas un par de números. Pero más allá del grupo originario, la revista convocaría otros muchos nombres y se abriría, generosa y respetuosa de la diversidad estética e ideológica cosa que, dada aquella época y también ésta, no debe dejar de resaltarse a colaboraciones de una vasta nómina de autores como Laura Antillano, José Barroeta, Luis Alberto Crespo, Lydda Franco Farías, Luis Camilo Guevara, Sael Ibáñez, Jesús Alberto León, Humberto Mata, Reynaldo Pérez-So, Márgara Rusotto y Teófilo Tortolero. Esta apertura tan siempre saludable a cualquier credo: la limitante única de la calidad y seriedad del trabajo, vieja herencia acaso de la lección viernista, es señalada por uno de los integrantes del grupo, José Balza, con estas palabras:

El grupo editor no quería renovar la literatura del país ni someterse a mandatos políticos, aunque muchos de sus miembros participaran en alma y acción dentro de la lucha armada. Toda palabra conocida nos parecía poseer una resonancia gastada. Y se trataba, corno apunta la presentación del primer número, de agruparse para difundir lo escrito, lo pensado, pero con tal libertad que la revista podía aceptar cualquier inclinación individual que implicase calidad y dignidad. (“La revista En Haa”)

 Pero En Haa no sólo fue grupo y revista. Así como algunos de los otros conglomerados literarios del siglo XX venezolano, En Haa tuvo su propio aparato editorial. Y bajo su sello se publicaron algunos títulos que para el atento examen de la literatura de la época merecen, hoy, una cuidadosa revisión. Uno de esos libros es, en verdad, el que ha impulsado estas notas. Se trata de Laberintos (1965), de Carlos Noguera. Pero conviene, para estas líneas, no leerlo a solas, sin atender al otro libro primerizo de quien era, entonces, uno de los fundadores de En Haa y se convertiría, con los años, en narrador ineludible. Ese otro libro fue Eros y Pallas (1967).

Aunque la edición de Laberintos va sin fecha, se anuncia en la entrada que los textos han sido escritos entre 1961 y 1964. Eros y Pallas, por su parte, publicado en 1967, había resultado ganador, un año antes, de una mención en aquel famoso concurso de la Facultad de Humanidades y Educación de la Universidad del Zulia que nos legaría, editorialmente hablando, textos memorables de Hesnor Rivera, Ida Gramcko, Gustavo Pereira y Esdras Parra, entre muchos otros. Pudiera pensarse, entonces, que Eros y Pallas es posterior en escritura a Laberintos o, acaso, que fueron experiencias paralelas. Si a Laberintos se le impuso la prosa, Eros y Pallas se construye a veces en prosa, a veces en verso, pero termina predominando este último. En cualquier caso, si hacemos ridículas sumas, podemos afirmar que la prosa predomina en la experiencia inicial de escritura de Carlos Noguera. Y, curiosamente, uno de los textos mejores de Eros y Pallas, en el que parece flotar la herencia apenas anterior de Juan Sánchez Peláez, como anunciando el porvenir de Noguera o arando sus tierras y su género futuro, se titula “Relato”. Porque, en efecto, ya en la década del setenta, con la aparición de Historias de la calle Lincoln (1970), Noguera se revelará como una de las grandes promesas de nuestra narrativa, llegando a convertirse, y dudarlo sería una gran torpeza, en uno de los novelistas fundamentales de la segunda mitad del siglo XX venezolano.

Eros y Pallas, segundo libro de Carlos Noguera si atendemos a las fechas antes propuestas, está marcado por obsesiones juveniles: el cuerpo, el corazón y las ideas gobiernan el universo temático y el punto de vista del sujeto lírico. Así, el poema “Antiguo”, con el que abre el libro, bien pudiera ser el flujo de conciencia de cualquiera de los personajes que viven “la dulce locura” de la juventud en Historias de la calle Lincoln. La amada y el otro (o sus fantasmas) son presencias recurrentes en este universo. La mirada sobre el mundo lleva la huella indeleble del estupor “especie de dios imaginante que crea universos a su arbitrio y copia en ellos nuestro espíritu” (p.46) propio de la juventud, y de la vida vivida con la intensidad y pasión propias de esa edad dorada en la que no sólo parece vivirse todo como por primera vez, sino también como si cada gesto, cada acto fuese ¿y no lo es? irrepetible: “Cada vez es la última:/ eso enloquece.” (p. 39).

Todo poemario es, acaso, el viaje o su intento del cuerpo (Eros) a las ideas (Pallas). Uno de los fragmentos del libro así parece establecerlo, oracular: “porque perderás el cuerpo, óyelo, y un día te verás pensante, en ebullición en medio de la nada…” (p. 33). Otro fragmento apuesta por la misma disolución del cuerpo y del ser, por su metamorfosis: “cuando regreso no puedo dar conmigo, y en lugar de mi cuerpo ahora consigo luz, sólo aire y canciones.” (p. 47) Y las líneas finales vuelven, apelando a otros sentidos, sobre esta misma imagen: el sujeto y su amada son ahora “como dos ondas, vibrando apenas: neblina y humo en el vacío” (p. 55). Pero en medio de esa nada, de esa luz y esas canciones, de la neblina, el humo, el vacío; en medio, pues, del viaje mismo, estará siempre el corazón, que según reza uno de los poemas iniciales, es un “animal imaginario” que inventa recuerdos y presencias (p. 18), y según apuesta uno de los últimos, es el “personaje único” (p. 46) del viaje, del libro. Lo erótico en Eros y Pallas, entonces, no abarca sólo y usamos los términos de Bataille el erotismo de los cuerpos, sino también, y sobre todo, el de los corazones. Es ese, finalmente, el que termina por gobernar cada motivo, cada palabra del texto. Como si Eros y Pallas fuese, definitivamente, una colección de poesía amorosa.

Y en ese viaje amoroso, entonces, mediado por Eros y por Pallas, bajo la guía de estos dioses que muestran al sujeto su camino pero pueden, también, perderlo, de lo que se trata es de evocar y traer al ahora recuerdos oscuros, vidas imaginadas, silencios que son memorias, criaturas diseñadas por el deseo. De asumir “una conciencia anterior” y mostrar escondites, evitar huidas, mirar la verdad. De asumir, a la vez que la intensidad de la alegría de la juventud, su contracara: “Me duele este tiempo, su falta de vastedad, sus trayectos opacos” (p. 17).

Poesía amorosa, hemos dicho, que no siempre logra salvar los abismales riesgos del género, riesgos que parecen multiplicarse si lo amoroso se mezcla al temperamento y los fuegos extremos de la juventud, del estar sujeto y encadenado a lo que Horacio Quiroga llamaba “el imperio de la emoción”: su retórica, sus lugares comunes, sus excesos. Y que deja acaso Eros y Pallas como un poemario menor al lado de su hermano primero: Laberintos.

Si confiáramos en esa ridícula idea de que toda voz poética, sin falta, evoluciona o mejora con los años y la madurez, podríamos proponer, entonces, que la geografía antes trazada es falsa. Y que Laberintos no es el primer libro de Noguera, sino el segundo. Poco importa, en verdad, ese orden hipotético. Importa sí que el libro de poemas en prosa que publicara el grupo En Haa, con prólogo de José Balza e ilustraciones de Santiago Pol, es, sin duda, de otro talante, espesor y fuerza.

Laberintos, me parece, es una experiencia decisiva de escritura para Noguera. Es el libro umbral entre las primeras batallas con el verbo y la vocación definitiva del escritor. La delgada y necesaria frontera entre el poeta inseguro y el perfecto narrador que, a partir de allí, comienza a forjarse.

Esta odisea verbal y existencial remonta los laberintos del tiempo, el espacio y la psique del sujeto. Se vuelve al origen, se recuerda o se inventa, desde el delirio, desde el éxtasis, desde la lacerante lucidez momentánea. Y en el viaje se confunden los recuerdos y los deseos, el dolor y el conocimiento, las escenas íntimas, familiares: una visita al circo, la figura del hermano, los contornos del pueblo; con algunas de las grandes figuras míticas de Occidente: Baco, Circe, las sirenas, Minos, Ariadna, Asterión y su casa. El pasado vivido (o evocado, inventado), el presente en curso y el futuro entrevisto en las sinuosas nieblas de lo oracular fundan al sujeto que aquí expresa su propio y frágil umbral existencial: “la memoria y la premonición existen y me construyen” (p. 14).

Laberintos, avanzando un paso más allá de Eros y Pallas, se acerca ya a una suerte de fulgor verbal que está a la vista en cada página. Fulgor de una lengua precisa y cortante, a ratos, pero también generosa, casi inflamada, prosa que respira y se regodea, a veces, en sus brillos posibles (fuego verbal que prende y corre), prosa —y dicción— que recuerda a ratos la del Cadenas de Los cuadernos del destierro (1960) y su perfecto adjetivar. Escritura de rapto, la unidad de estas palabras da la impresión de que el texto todo hubiese sido escrito en una suerte de trance, en una sola sentada, y que sólo luego, meses y años después, hubiese ocurrido la larga, paciente, minuciosa reescritura que es, al fin y al cabo, la verdadera escritura. En espiral, entonces, de claroscuro: en los laberintos de la psique y la palabra, Noguera va construyendo uno o varios monólogos de hondura que lo enfrentan y le hacen espejo, soliloquio acaso de esos que se pronuncian queda, nerviosamente, en momentos capitales del vivir: momentos de crisis, de ruptura con el yo, de paso a otra cosa, a otro estadio, a otro intento —eterno ensayo y error de la psique, locura siempre acechando— de yo. Pero lo que semejante soliloquio comprueba, lo que esta experiencia —y experimento, pues también el simple juego está contemplado en el conjunto, como en el caso de “El laberinto de los sonidos” (p. 21)— verbal y psíquica articula y revela, es que en cada laberinto en el que intentemos avanzar y perdernos, en cada espiral en que esperemos encontrar un monstruo contra el cual luchar, no pocas veces hallaremos que los únicos verdaderos monstruos somos nosotros. La lucha, entonces, es la del yo contra sí mismo: el sujeto frente al espejo en los dominios de la muerte. Dos frases se repiten, una y otra vez, en el poemario: “Soy otra bestia” y “Pertenezco a la muerte”; coordenadas éstas de la vieja verdad que se encuentra al cabo del arrancarse los ojos y mirar hacia adentro o, mejor aún, aquello que encontramos cada vez que, sin hilo preventivo, nos entregamos a la eterna bifurcación de los senderos, a la multiplicidad de caminos, a la no salida.

“Habitaré la abominación” (p. 28), dice el sujeto que va trazando, palabra a palabra, su sombra: que se acerca, a ratos, a ese regodeo en lo perverso y lo oscuro, propio de los poetas malditos. Lo abyecto e infame, lo pútrido y asqueroso son realidad y deseo, ducto para salir del dolor y del horror. La bestia que se es, entonces, cobra en ciertos episodios del poemario las formas clásicas, arquetípicas: su construcción responde a las pautas de la tradición, sólo de infiernos se escribe el hombre —la bestia que en él habita, que él es—, criatura inframundana por excelencia entre los moradores del Hades.

A su vez, otros episodios separan a la bestia del hombre, o mitigan, desplazan, anulan, retiran, aquello que de monstruoso pueda haber en el ser. Son, naturalmente, los episodios amorosos, los que vienen del “devastado dominio del amor” (p. 31). Y acá Noguera vuelve a un tópico y un modo de decir que no sólo definirá algunas de las historias centrales de los personajes de sus novelas futuras, sino que ha levantado ya, fundándola desde Eros y Pallas, su escritura toda.

Por otra parte, los monólogos, separados gráficamente con nuevos títulos (“Espiral para abordar a la monstruosidad” o “El condenado en posición horizontal”, por ejemplo) o con simples espacios en blanco, recrean distintas voces y diversos laberintos. Una misma voz en espiral —insisto: en laberinto— que estalla y se multiplica, un mismo sujeto —otra bestia— que se escinde y puede ser muchos sujetos —o bestias— a la vez. Así, el lector puede confrontar la conciencia de una antiquísima momia en el drama de su inmovilidad —homenaje acaso a ese cuento maestro de Lovecraft que es “El intruso”—, el relato de un condenado a muerte o el de un monje delirante y enloquecido que habla desde la otra orilla, que también pertenece a la muerte. Puede, finalmente, estremecerse con la voz del propio Minotauro —un Minotauro otro, en otro tiempo, en otro espacio: un Minotauro que ha perdido el hilo de la historia, su antiguo poder, su viejo dominio—, con su pena y su tedio, con su miedo cerval ante lo que un oráculo ha sugerido, con su temor a las ideas (y los hilos) de una mujer enamorada o, en consecuencia, a los pasos de un intrépido guerrero, acercándose.

Laberintos cierra, justamente, cediéndole la voz a la bestia. Como en el cuento de Borges, la voz de la bestia conmueve. Pero la bestia de Noguera no se queda en el simple sentimiento o emoción. Lo que su deseo y su voz articulan intenta ir más allá: hasta cuándo —parece decir el sujeto— la misma historia repetida, basta ya de tanto siempre, es hora de la venganza. Y la venganza, al menos la ficcional, depende de un nuevo orden, de un nuevo oráculo, de una nueva posibilidad. Las palabras finales del Minotauro, el último muro verbal de estos Laberintos, reza, justamente: “Vuelvan las columnas, las mazmorras, ya nada importa. / Vuelva el eclipse. Vuelva el habitante al Origen./ Retorne el laberinto. Y Ariadna muera.”

*

Fuentes
Balza, José. “Inventando a Carlos Noguera”. Espejo espeso. Caracas: Equinoccio, 1997.
________. “La revista En Haa (1963-1971)”. Ensayos invisibles. Caracas: Grijalbo, 1994.
Noguera, Carlos. Eros y Pallas. Maracaibo: Universidad del Zulia, 1967.
___________. Laberintos. Caracas: Ediciones En Haa, s/f.

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Roberto Martínez Bachrich 

Comentarios (1)

marta miranda
17 de febrero, 2015

Buenos días, mi nombre es Marta Miranda, de Argentina. Quisiera comunicarme con el escritor Ricardo Martínez Bachrich y se me ha ocurrido que quizá por aquí pueda hacerlo, pues no puedo hallarlo en las redes sociales. Muchas gracias.

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