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Rushdie, García Márquez y otras cosas; por Juan Gabriel Vásquez

Rushdie, García Márquez y otras cosas; por Juan Gabriel Vásquez 640

“Si el realismo mágico solo fuera magia, no sería importante”, dice Salman Rushdie en el texto que este periódico publicó el domingo pasado.

Tal vez quería escribir un lamento por la muerte de García Márquez, pero le salió un testimonio de su gratitud de lector y novelista. Le salió, también, una curiosa prueba involuntaria de su autoridad, pues en esas dos páginas de periódico demuestra Rushdie haber leído mejor a García Márquez que sus cientos de epígonos latinoamericanos. Es extraño: igual que los ingleses fueron quienes entendieron verdaderamente lo que era el Quijote, son los novelistas de lengua inglesa —en India, como Rushdie, o en Estados Unidos, como Toni Morrison— quienes notaron lo que había de novedoso en Cien años de soledad. Hoy, tantos años después, el realismo mágico es una etiqueta desgastada; como la penicilina, se le aplica a todo. Por eso es fácil olvidar la revolución que fue en su momento, aunque bien diga Rushdie que el realismo mágico estaba caminando por ahí mucho antes de que alguien se pusiera a nombrarlo. Así que repitamos: “Si el realismo mágico sólo fuera magia, no sería importante”.

Salman Rushdie / Fotografía de James Mollison

Salman Rushdie / Fotografía de James Mollison

 

A la misma conclusión llega Mario Vargas Llosa en Historia de un deicidio. Realismo mágico no es que un gitano se convierta en alquitrán: realismo mágico es que eso no sorprenda a nadie, mientras que un pedazo de hielo en la página siguiente hace que a José Arcadio Buendía se le hinche el corazón de temor y de júbilo. Allí, quizás, está la gran diferencia entre los imitadores latinoamericanos de García Márquez, que se contentaron con llenar sus relatos de fantasías de segunda, sin darse cuenta de que el verdadero hallazgo estaba en la capacidad simultánea de sorprenderse ante lo cotidiano. Rushdie, en cambio, lo entendió bien. De ese entendimiento salen los mejores momentos de Los hijos de la medianoche, de El último suspiro del moro, de Los versos satánicos. En la primera escena de esta novela, dos personajes caen desde veintinueve mil pies de altura (o, para ser precisos, veintinueve mil dos pies). Su avión acaba de estallar en el aire. Saladin Chamcha, un hombre muy formal, decide caer con la cabeza por delante “en la posición recomendada para los bebés al entrar en el canal de parto”, y se indigna un poco de que su compañero de caída, el actor de Bollywood Gibreel Farishta, se niegue a caer “de manera normal”.

Hace 25 años, un Estado de fanáticos liderado por un fanático (que en el fondo no era demasiado distinto de los fanáticos que hicieron estallar el avión novelesco) condenó a Rushdie a la pena de muerte por haber escrito una novela que los fanáticos ni siquiera habían leído. Las reacciones de muchos demostraron cuán amenazada está la libertad, pero no por los fanáticos, sino por los cobardes o los relativistas. Margaret Thatcher habló del insulto al Islam y de su simpatía por los insultados. El cantante Cat Stevens, que se acababa de convertir al Islam, apareció en televisión deseando la muerte de Rushdie. El novelista John Le Carré, que al parecer carecía de la agudeza moral de sus personajes, dijo que nadie podía ser impertinente con las grandes religiones sin sufrir castigo.

Al lado de esto, ya ven ustedes, que las pequeñas mezquindades insulsas de María Fernanda Cabal pierden toda importancia.