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En caso de duda, funde una iglesia; por Juan Gabriel Vásquez

Por Juan Gabriel Vásquez | 6 de febrero, 2014

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Tal vez algunos recuerden todavía la noticia. Hace dos años, un estudiante sueco registró ante el Gobierno de su país una nueva congregación religiosa: la Iglesia Misionaria del Copismo.

La fe que unía a estos nuevos feligreses era el pirateo de libros y música: sostenían y sostienen que el pirateo es un valor más profundo que los valores terrenales, y en ese sentido es sagrado para ellos; de lo cual se seguía, como explicaron los líderes de la nueva iglesia, que tenían derecho a casar gente (una rareza) y también a los subsidios que da el Estado a las organizaciones religiosas (un descaro). Suecia es un país de mayoría atea, según los estudios, pero también cuenta con una larga tradición de tolerancia (quizás, precisamente, por ser de mayoría atea); el problema era que su gobierno se encontraba dando una batalla larga y difícil en defensa de los derechos de autor. Pero esto se daba en el mundo terrenal de la ley y la política, y los copistas, claro, estaban hablando de otras cosas: de fe y de valores sagrados. “Nosotros no investigamos cómo actúan las comunidades de manera práctica”, dijo la funcionaria gubernamental que registró a los misioneros copistas. “El Gobierno no puede, y no debería, interferir en lo que la gente cree”.

Era un caso absurdo, y no sé por qué lo he recordado en estos días (o más bien, como dice el poema, sí lo sé, mas no lo digo). Pero me sirve para ilustrar la forma en que las sociedades contemporáneas —aun las más sensatas— han aceptado que la fe se convierta en justificación de conductas punibles, y las iglesias, en un territorio fuera de la ley: un territorio de impunidad y de irresponsabilidad donde no rigen las mismas normas que rigen para los desventurados habitantes del mundo profano. Tres cuartas partes de lo mismo decía hace unos días un artículo de este periódico: en Colombia hay 5.000 iglesias, y cada mes se reciben 86 solicitudes de inscripción de iglesias nuevas. Una vez reciben la personería jurídica, las iglesias quedan efectivamente fuera del alcance de cualquier regulación. “El Ministerio no puede hacer nada más”, continuaba el artículo. “No puede inmiscuirse en los entresijos de la congregación debido a que si lo hace puede estar violando la libertad de cultos”. Como si eso fuera poco, los concejos de sus ciudades las eximen del pago de impuestos.

Así las cosas, no puede sorprender a nadie que esta actividad de fundar iglesias sea tan popular en Colombia. (Ya me preguntaba yo, en mi ignorancia, cuántos matices de fe o pequeñas diferencias teológicas debía tener una misma religión para que tantos sintieran la necesidad de montar rancho aparte. Se ve que unos 86 al mes). El resultado es una situación en que las iglesias, puesto que nacen de las convicciones íntimas de la fe, gozan de una suerte de salvoconducto moral que las pone fuera del alcance de cualquier juicio secular y las exime de responder por sus actos —ya no digamos por sus riquezas— ante la sociedad y sus instituciones. La idea no sólo es absurda: en una democracia, es efectivamente peligrosa. Tendremos suerte si no lleva a males mayores. A juzgar por las investigaciones que hay en curso, eso todavía puede pasar.

Juan Gabriel Vásquez nació en Bogotá, Colombia, en el año 1973. Es escritor, abogado y periodista. En el año 2011 ganó el Premio Alfaguara de Novela por "El ruido de las cosas al caer".

Comentarios (2)

Viterbo Céspedes
6 de febrero, 2014

Como el estado no puede intervenir estas iglesias, por no interferir en la libertad religiosa,estas iglesias se han convertido en territorios fuera de la ley,territorios de impunidad, como dice Juan Gabriel. El ser humano en su naturaleza suele aprovecharse de lo que permite eludir la ley y los deberes, y, como tal, ha descubierto que la creación de nuevas iglesias es el camino más corto para hacer dinero, por los amparos que le brinda la ley a la libertad de cultos, y la búsqueda del ser humano de un amparo contra los riesgos de lo desconocido, en este caso la compra de “paraísos en la otra vida”, que es lo que venden los pastores y los curas, por medio de la fe y el fanatismo inculcado a los de los creyentes.

Viterbo Céspedes
6 de febrero, 2014

Estamos volviendo al “oscurantismo” de la edad media,donde la fe reinaba sobre la razón, por la propagación incontrolada de iglesias de todo tipo,en todos los lugares más humildes de nuestras ciudades y pueblos. Todo vividor amanece convertido en mesías y salvador de hombres de la noche a la mañana.Todos los sofistas y grandes maestros de la persuasión y la retórica, y explotadores de la fe, se han dado cuenta del negocio tan lucrativo que es la religión y como tal ya no importa el estudio de la ciencia ni de las artes o la búsqueda de un trabajo. El mejor, el más fácil, el más rentable de los empleos es vender “Paraísos” a todos incautos que habitan este planeta llamado tierra.Ofrecer un paraíso para después de la muerte. Que ironía, lo que no podemos conseguir en este mundo, pretendemos comprarlo para después de la muerte.

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