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Imaginar un país, por Piedad Bonnett

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Cierto día de 1981 el poeta Robinson Quintero encontró en un libro de W.H. Auden, titulado La mano del teñidor y otros ensayos, un texto que lo sedujo titulado “Leer”.

En él, el poeta inglés juega a figurarse un lugar para él paradisíaco, que se encarga de definir a partir de 16 elementos: Paisaje, Clima, Origen étnico de sus habitantes, Lenguaje, Pesas y medidas, Religión, Dimensiones de la capital, Forma de gobierno, Fuentes de energía natural, Actividades económicas, Medios de transporte, Arquitectura, Muebles y utensilios del hogar, Vestido formal, Fuentes de información pública, Monumentos y Diversiones Públicas.

Robinson nos cuenta de su hallazgo y de lo que suscitó en él en el prólogo de Un país imaginario, un libro suyo, hijo de aquel ensayo de Auden, (marzo de 2012) en el cual hizo que 37 poetas colombianos describiéramos, valiéndonos de las mismas 16 categorías, el país que soñamos. Comparar las propuestas de Auden con las nuestras ya resulta divertido, pues mucho va de la mentalidad y el humor de un inglés de la primera mitad del XX a la de los poetas del XXI de esta Locombia tropical e impredecible. Mientras Auden, por ejemplo, quisiera una religión “Católica, apostólica y romana, con un tranquilo estilo mediterráneo”, los 37 convocados o no quieren ninguna, o aspiran a una que las comprenda a todas, o hablan de panteísmo, del dios silencio, de adorar la tierra, el agua, el fuego, el amor, y hasta de una religión “anti-católica” practicante.

El ejercicio de imaginar un país se hace en este libro de muchas maneras: o con el fervor del que cree en un cambio posible, o con el tono desmitificador propio del ironista, o con un humor juguetón que pone en evidencia el escepticismo. Pero siempre, necesariamente, desde alguna ideología. Así, mientras Auden, como Álvaro Mutis, y muy seguramente con una mezcla de humor y cinismo, anhela como forma de gobierno “Monarquía absoluta, elegida de por vida por toda la población”, hay en los poetas colombianos muchos entusiastas de la anarquía: “nadie nace para ser gobernado” (Samuel Vásquez), detractores del Estado, creyentes en el autogobierno y en “el imperio de los sentidos comunes” (José Zuleta), y también numerosos simpatizantes de la democracia, aunque de forma más bien resignada a sus imperfecciones: “Democracia inconsútil, pese a todos los remiendos inevitables” (Rómulo Bustos).

Aprovechando el fin de año, esta fecha que llama a los balances y los propósitos, los colombianos podríamos también tratar de imaginar el país que querríamos en el 2014. Yo ya estoy imaginando el mío, muy obvio: con un pacto de paz, sin desplazados, sin guerrilla, sin paramilitares, sin soldados muertos, sin corrupción, sin discriminación. Sin Ordóñez como procurador, sin Uribe vociferando, o al menos sin twitter, sin huecos en las calles bogotanas y… la lista es casi infinita. Este, dirán, es un ejercicio ingenuo. No lo es si creemos, para decirlo con palabras del poeta Roberto Juarroz, que es posible “imaginar una lámpara hasta encenderla”.