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Química y narrativa, por Antonio Ortuño

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Hace unas semanas concluyó la serie televisiva Breaking Bad, en medio de audiencias gigantescas y cierta polémica, más temática que estética (pues no falta el tonto que se queje de algo cuando le parece demasiado popular) fácilmente olvidable. La gracia de esta historia, que se convirtió en uno de los pilares del presente boom de la ficción televisiva (y cabe aquí citar antecedentes ilustres como The Wire, The Sopranos, Rome, Deadwood y proyectos contemporáneos de gran factura, como Mad Men, Game of Thrones, The Newsroom, etcétera), ha sido vindicar la narrativa serial, que fue básica, por ejemplo, en la novela del siglo XIX y en el cómic del siglo XX, como una posibilidad respetable, de actualidad y, por qué no, bajo ciertas circunstancias incluso de vanguardia.

Ahora bien: ¿cuál es el motivo de que la serie concebida por Vince Gilligan haya impresionado de tal modo a críticos y espectadores? Sería simple decir: “Porque es la historia de un hombre que lucha contra la adversidad”. Pero eso son, también, Edipo, el Quijote, El viejo y el mar, Tiempos difíciles, la mitad de la ficción arcaica, tradicional, contemporánea y eterna. Como cualquier obra respetable, Breaking Bad es más que eso.

El carisma de esta historia tiene mucho que ver con el oscuro atractivo de su protagonista. El personaje capital de la serie televisiva que transmitió la cadena AMC, Walter White, es un circunspecto profesor de química, en una High School perdida en Nuevo México, a quien un diagnóstico de cáncer y la seguridad de que su familia quedará en la inopia a su muerte convierten, sucesivamente, en “cocinero”, vendedor y traficante de metanfetaminas (la actuación de Bryan Cranston, un histrión menor hasta antes de la serie, sólo puede ser considerada como una especie de iluminación).

Acompañado por Jesse, un ex alumno con una fuerte propensión a fumarse lo que se le ponga enfrente, White invierte la clásica moraleja del American Way of Life: el esfuerzo, el trabajo, la devoción a la familia, no sólo no dan como resultado la aparición de buenos ciudadanos, sino que procrean verdaderos monstruos.

Aderezando una historia de por sí potente, Breaking Bad está poblada por una fauna del todo atractiva: una esposa tan compleja y desesperada como el propio Walter; un cuñado, agente de la DEA, que oscila entre el heroísmo y el humor involuntario; un capo camuflado detrás de un conveniente disfraz de ciudadano modelo (propietario de la cadena Los pollos hermanos); un abogado corrupto y acomodaticio que parece la personificación del mundo liberal en que vivimos; sicarios mexicanos tan intimidantes como los reales, corridos de guerra y fetiches de la Santa Muerte incluidos…

Algunos insisten en que la función última de la ficción es reflexionar sobre sí misma y perderse en la revelación de sus mecanismos; por el contrario, Breaking Bad se construye como un organismo viviente, nutrido con miles de referencias a la vida de todos los días, pero a fin de cuentas autónomo, inquietante y triunfal.