Vivir

Arte y dolor, por Piedad Bonnett

Por Piedad Bonnett | 27 de diciembre, 2013

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Cuando se abrieron las puertas del Palacio de la Inquisición de Cartagena y empezaron a sonar, lentos y dramáticos, los tambores, un escalofrío sobrecogió al público, entre el que me contaba. Pero cuando empezó a emerger la procesión, a muchos se nos llenaron los ojos de lágrimas: el peso entero de la historia cayó sobre nosotros.

No se trataba de una procesión religiosa, no. No había imágenes de vírgenes, ni cristos sangrantes, ni santos. Tampoco lemas ni banderas. Lo que vimos fue una marcha de mujeres, jóvenes y niños, 200 en total: 60 mujeres de la Liga de Mujeres Desplazadas, 20 del colectivo de mujeres Narrar para Vivir de los Montes de María, diez mujeres del Palenque de San Basilio y diez mujeres indígenas de varios cabildos Zenú, todas ellas víctimas de la violencia; y 80 niños de los diferentes proyectos que El Colegio del Cuerpo adelanta en el barrio Arroz Barato, en Manzanillo del Mar, Punta Canoa y otros barrios de la ciudad, y 20 de sus bailarines, entre profesionales y estudiantes de los niveles superiores. Todos, o casi todos, de raza negra o afromestizos, tomados de las manos o apoyados en los hombros de los demás, caminando lentamente con las cabezas en alto y la expresión seria o en ocasiones triste de los que han sido excluidos, maltratados, discriminados, desalojados de lo propio. ¿Cómo no pensar en ese otro desplazamiento, el que los sacó violentamente de las tierras africanas y los trajo en barcos infames, separando a madres y padres de sus hijos y reduciéndolos a la más humillante esclavitud? ¿Y cómo no pensar en un mundo sin memoria ni justicia y en una historia circular, que se ensaña una y otra vez con las víctimas?

Lo que se vio este lunes 16 de diciembre en Cartagena fue Inxilio, una puesta en escena dirigida por Álvaro Restrepo, con codirección de Marie France Delieuvin, que incorpora La sinfonía de las lamentaciones de Górecki, en la que el compositor polaco recoge la dolorosa letra de la carta de una niña judía a su madre mientras está recluida en un campo de concentración: “madre, no llores más”. La procesión, que causó conmoción y desconcierto en las gentes que transitaban en ese momento por la ciudad, terminó en el Centro de Convenciones con un bello espectáculo del cual hizo parte el testimonio de estas mujeres, viudas o huérfanas o madres de personas sacrificadas en la guerra.

En tiempos de esperanzas de paz, la obra —realizada con varios apoyos, pero sobre todo el de la Unidad para las Víctimas, dirigida por Paula Gaviria— resulta oportuna y es una muestra de la tarea que el arte puede desempeñar como instrumento de recuperación de memoria, de visualización de las víctimas, de reconciliación con los demás y con el propio cuerpo herido. Pero es también un esfuerzo colosal: los directores trabajaron con el grupo en un plazo de una semana, ayudándoles en un proceso sin duda sanador. Viendo pasar a los “oficiantes” de este rito se me ocurrió comentar que todos, feos y bonitos, se veían bellos. “Es que no hay nada que embellezca más que la dignidad”, sentenció Álvaro Restrepo. Totalmente de acuerdo.

Piedad Bonnett 

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