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Los argentinos más la electricidad, por Martín Caparrós

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Se llamaba Vladímir Ilich Ulianov pero solían llamarlo Lenin –y con ese nombre se pasó casi un siglo como momia en uno de los ombligos de este mundo. El camarada Vladímir era un experto en eso que ahora llaman utopías: la posibilidad de imaginar un mundo diferente –solo que él, de puro terco, intentó hacerlo. No se puede decir que le saliera mal, pero se murió estúpidamente joven a sus 54 años y dejó a sus sucesores –como suele pasar en estos cuentos– la tarea de arruinarlo todo. Tres años antes, 1921, había definido con una frase su proyecto: “El comunismo son los soviets más la electricidad”.

Soviets había; electricidad, en las estepas rusas, bastante menos. La utopía de aquel señor fue construirla, y sus sucesores la construyeron con esfuerzos ímprobos, víctimas por millones. Con el tiempo dejó de haber soviets y quedó la electricidad: el comunismo ni pintado, pero Rusia se volvió una potencia.

En la Argentina, en cambio, llegó tanto más fácil. Ya en 1883, tres años después de su fundación, se instaló en La Plata un sistema de alumbrado público que la convirtió en la primera ciudad latinoamericana con electricidad. Y en los noventa años siguientes, con sus más y sus menos, la potencia eléctrica no dejó de crecer a buen ritmo.

Hasta que empezaron –siempre los setentas– los problemas. Desde entonces el equilibrio se fue agrietando, partiendo, con sus más y sus menos. Hubo momentos de recuperación: en la siempre bien condenada década menemista, por ejemplo, el producto bruto creció al 4,7 por ciento anual y la capacidad de producir energía un poco más, el 6,1. En la década kirchnerista fue al revés: el producto bruto creció un promedio del 6,5 por ciento anual y la capacidad energética la mitad, el 3,2. Entre otras cosas, porque cada vez producimos menos del combustible que alimenta a la mayoría de las usinas argentinas –y que ahora hay que importar muy caro, lo cual causa, sabemos, el inexistente cepo al dólar, la inexistente inflación y varios otros fantasmas parejamente inverecundos.

En cualquier caso, la situación está clara: la electricidad no alcanza para todos. Llevamos años intentando no saberlo, pero el otro día, valiente, el señor Capitanich consiguió incluso que se le entendiera: “Cuando la temperatura supera los 32 grados promedio durante varios días consecutivos, el sistema eléctrico entra en tensión” –y colapsa. Si viviéramos en Letonia no habría que preocuparse por semejante anomalía; en Buenos Aires, en cambio, y en verano, los 32 grados son casi de rutina.

Lo que pasa es que es demasiado barata, dicen en el gobierno. Y sus voceros oficiosos salieron a preguntar si, con las tarifas que pagamos, esperábamos tener un servicio como en Suiza. Es una nueva línea de discurso, interesante: ¿ah, el bife está podrido? Bueno, si me paga el doble le doy uno fresco. La próxima vez que quieran subir los impuestos pueden intentarla: ciudadanos, es obvio que este gobierno es un desastre, lo que pasa es que con el iva de solo el 21 no da para más, que quieren, no hay manera; les subimos un poco y ya van a ver.

Mientras, lejos de Suiza, los cortes aumentan sin parar. Según la propia Edenor, hace cinco años sus clientes tenían una media de 5,71 interrupciones de suministro por año; el año pasado hubo un 25 por ciento más: 7,13. Pero, sobre todo, la duración promedio de aquellos cortes era de 13 horas; ahora duran el doble, más de 26.

Así que el gobierno porteño, ni lerdo ni perezoso, ni caliente ni frío, decidió coger al toro por las astas y declarar –lo dijo el señor Rodríguez Larreta– que ya que el problema de la electricidad “vino para quedarse”, todos los edificios nuevos deberán tener su generador de electricidad.

Es curioso: no parece que haya alaridos al respecto. Y, sin embargo. Ya habíamos privatizado, a lo largo de estos años de democracia, la salud –la mitad rica de los argentinos paga su prepaga–, la educación –arrecia la huída de la escuela pública–, la seguridad –compañías de cuidas se presentan como la última barricada contra la inseguridad policial. Ahora, por fin, vamos a privatizar la energía. No que las empresas que las producen no sean privadas, pero están controladas por el Estado y se supone que dan un servicio más o menos parecido a todos.

(Aunque no tanto. El gerente de una fábrica de alimentos del Gran Buenos Aires contaba cómo, en estos días, tuvo que llamar a su contacto en una de las eléctricas para que mandara una cuadrilla de reparaciones al barrio –pobre– circundante. Era una cuestión de supervivencia; los vecinos estaban tan hartos tras dos semanas sin luz que amenazaban con invadir su planta. Su intervención, sus influencias, consiguieron lo que miles de pobladores no conseguían de ningún modo. Y es que, además, las cuadrillas de reparaciones de las eléctricas están desbordadas porque sus integrantes no quieren hacer horas extras. No les conviene: con el piso tan bajo del impuesto a las ganancias, si ganan un poco más lo alcanzan y, al tener que pagarlo, terminan sacando menos que si no hacen esas horas. Hablemos de cultura del trabajo.)

La electricidad lleva veinte años en manos privadas –y no parece haber funcionado demasiado. Pero hay una diferencia radical entre la energía privatizada de dos empresas grandes y bastante inútiles y la energía privatizada de multitud de consorcios, countries y otros barrios cerrados. Con el florecimiento de los generadores tendrán luz los que puedan pagar la máquina más potente, el gasoil más caro –y a los demás que les den unas velas.

La disyuntiva ya se pone en escena. En dos escenas: en ciertas esquinas de la ciudad vecinos sin plata ni influencias cortan calles para reclamar lo que consideran su derecho común –y en una un policía cabreado mata a uno. En otras calles de la ciudad, vecinos con plata e influencias deciden instalar generadores para salvarse solos.

Un generador en la planta baja es la variante más cara para producir electricidad: su rendimiento por litro de combustible es infinitamente menor que el de una usina. Los que lo elijan estarán gastando plata que el país no debería permitirse para tener lo que ellos sí tendrán y tantos otros no. Un éxito: otro paso hacia el sálvese quien pueda –y los demás revienten. Otro sector de nuestras vidas se sustrae al interés general y se pasa al interés compuesto. Otro rubro se suma a la desigualdad, a la desintegración social que el peronismo –menemista, kirchnerista– han sabido desarrollar con tanto éxito.

Pocas imágenes tan africanas como esas calles de –digamos– Addis Abeba o Niamey o Uagadugu con su runrún de motorcitos: ante cada negocio, el generador, generalmente chino, generalmente azul o rojo, que le permite seguir funcionando cuando viene el corte. Pocas imágenes tan groseras de esos países disgregados, sin estado, sin un tronco común.

Nos vamos acercando. Y, en ese trayecto bien cangrejo, nos conseguimos metas nuevas. Ahora, sin ir más lejos, una nueva utopía, con sus ecos clásicos: “la Argentina son los argentinos más la electricidad”. A los argentinos ya los tenemos, por supuesto. Lo demás parece agua entre las manos.