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¿Vende Venezuela el petróleo a “precio justo”?, por Marianna Párraga y Enrique Andrés Pretel

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El primer “precio justo” que obsesionó a Hugo Chávez fue el del petróleo. Mientras en casa jugaba a la ruleta rusa con la Economía, el ahora fallecido presidente venezolano no tuvo reparos en recurrir a los pecados del capitalismo salvaje que él mismo condenaba para exprimir al máximo el oscuro néctar que financiaría su revolución bolivariana.

“Nosotros, humildemente, creemos que ése (100-120 dólares) sea un precio justo”, fue su última estimación pública en diciembre de 2011, año en que la cesta local marcó un promedio récord de 101 dólares por barril (dpb) tras recuperarse a velocidad de vértigo del batacazo encajado en 2009 por la crisis económica global.

Desde hace unos años, los analistas coinciden en que la defensa del precio del crudo ya no es para Venezuela una simple cuestión de justicia, sino más bien de supervivencia.

Petróleos de Venezuela (PDVSA), lastrada por costos de extracción que han crecido aceleradamente, una nómina sobredimensionada y una onerosa misión política, se ha convertido prácticamente en el único sostén financiero del país caribeño.

Un barril de crudo pesado-medio, que es el que normalmente integra la cesta petrolera criolla, cuesta a boca de pozo el equivalente a 11,09 dólares. Ese mismo barril es vendido en puerto venezolano en unos 88 dólares, lo que deja a PDVSA una ganancia bruta en torno a un 87% si el comprador se encarga del flete.

Si el barril es refinado en el país, el costo de producción sube hasta los 16,71 dólares y su precio de venta en puerto, si se trata del combustible no terminado (mezcla para gasolina o diésel), se sitúa en torno a 105 dólares, con lo que la estatal obtiene un beneficio bruto cercano al 84%, según números extraídos de su balance financiero 2012.

De esa plusvalía, el Estado atrapa alrededor de 90% vía dividendos, regalías, aportes a los opacos fondos extrapresupuestarios y a las misiones, impuesto sobre la renta y contribución sobre los precios exorbitantes del crudo. En el ejercicio 2012, la utilidad neta que le quedó a la firma fue poco más del 3% de los casi 125.000 millones de dólares que vio ingresar a sus arcas.

Si la compañía no fuera PDVSA y el empresario no fuera el Estado, estas abultadas cifras llamarían la atención de cualquier fiscal de Indepabis, Sudencop y el propio Cadivi, ahora que el presidente Nicolás Maduro decretó limitar la ganancia empresarial a un rango de entre 15% y 30%, independientemente de la enorme disparidad que existe en las estructuras de costos de las diversas industrias que integran la economía.

 “¿Qué pasaría si aplicáramos esa misma lógica a PDVSA?”, se pregunta Richard Obuchi, director de la consultora ODH y profesor del IESA. Las multimillonarias transferencias a las misiones y los aportes sociales extraordinarios, el financiamiento a la construcción de viviendas y la compra de cientos de activos ajenos a su actividad medular son apenas tres ejemplos de gastos inexplicables o innecesarios que sobresaldrían sospechosamente si el balance de la petrolera estatal fuera analizado con la misma vara que se usa para medir a los privados.

Obuchi argumenta que en los países en donde se ha aplicado la regulación de ganancias por tasa de retorno para empresas de servicios públicos que operan en condiciones de monopolio natural los resultados han sido muy controversiales, pues a la larga es posible demostrar que el modelo genera sobrecapitalización.

Si en la economía existe la competencia, es más sano promoverla, opina Obuchi sin bemoles, pues la oferta se amplía y los consumidores tienen acceso a una mayor diversidad de productos con precios normalmente más accesibles.

El infinito pecio justo. El mantra del “precio justo” del crudo, que indefectiblemente siempre era superior a la cotización del momento en los mercados internacionales, se convirtió en un clásico de Chávez durante sus casi tres lustros de mandato. Pocas veces dejaba pasar el tema en las ruedas de prensa con corresponsales extranjeros, desde donde aprovechaba para decirle al mundo, una y otra vez, que la época del petróleo crudo barato llegó a su fin.

Sin capacidad para subir el volumen de extracción, sin voluntad para bajar costos ni posibilidades de diversificar exportaciones, el líder socialista actuó desde la más fría lógica corporativa para asegurarse el beneficio del accionista a toda costa.

Chávez arrancó su gobierno en 1999 con el barril rondando los 10 dólares y llegó a marcar un récord histórico de 130 dólares en 2008. Nunca objetó que esta astronómica revalorización del 1.200% fuera impulsada precisamente por los demonios que aseguraba combatir con su ecléctico socialismo del siglo XXI: la especulación en los mercados de energía, como se cansó de repetir el ministro Rafael Ramírez, y el acaparamiento de un producto que (como el papel toilette en Venezuela) es escaso y de primera necesidad en todo el mundo.

De hecho, el mandatario se vanagloriaba de ser artífice de la “resurrección” de la OPEP para defender, en sendo oligopolio, los alicaídos precios del crudo. Sin importar las circunstancias, siempre se opuso a subir el bombeo. No cedió ni cuando los analistas, los países consumidores y la mismísima Arabia Saudita advertían al unísono sobre el daño que ese aumento estratosférico causaría en la demanda futura, como en efecto ocurrió. Nunca era suficiente. Siempre quería más.

“El techo de ese precio debe ser el infinito”, sentenció en 2006, como flamante anfitrión de la cumbre extraordinario de la OPEP celebrada en Caracas.

¿Es eso justo?

Los expertos dirán que el negocio petrolero no es comparable con ningún otro. Primero, ante un recurso escaso y finito es aconsejable maximizar la ganancia antes de que se agote. Además, cualquier proyecto requiere miles de millones de dólares sólo para alumbrar los primeros barriles, a lo que hay que sumar otros miles más en ductos, almacenes, refinerías, transporte y sustantivos costos financieros. Por último, los montos de reinversión para mantener las operaciones a flote son enormes. En resumen, se gana en grande y, consecuentemente, se arriesga en grande.

“Estructuralmente, el petróleo es un gran negocio y por ello entre las diez primeras empresas del mundo figuran muchas petroleras. Pero también es intensivo en inversiones, con altos costos fijos y sometido a una elevada carga fiscal. Además, tiene un alto nivel de riesgo asociado con la posibilidad de no hallar reservas recuperables y a la volatilidad de los precios de venta”, explicó Obuchi.

Emporio bipolar. Palabra por palabra, comenzando por el “humildemente”, la última frase de Chávez sobre el precio justo del petróleo bien pudieran haberla pronunciado representantes gremiales, empresarios y productores en las esporádicas e infructuosas reuniones que durante diez años han mantenido con las autoridades para lidiar con los controles que buscan limitar sus ganancias.

Los precios son el núcleo de todo proyecto económico. Y, aunque todas las teorías sueñan con esa entelequia llamada “equilibrio”, cada una tiene su ruta particular para lograrlo. El milenario fracaso de todos los controles de precios conocidos y las brutales desigualdades que no ha sabido resolver la famosa “mano invisible” dan cuenta de lo lejos que estamos de cantar un eureka definitivo.

Mientras tanto, el empresario camina como un funambulista sobre el delgado alambre de la oferta y la demanda. Debe defender su ganancia para garantizar la continuidad del negocio, pero nivelar el precio para evitar una destrucción de la demanda, adaptándose continuamente al entorno.

Venezuela hace tiempo que no conoce esos bemoles. Un siglo de festín petrolero distorsionó los cimientos de una economía construida sobre el peligroso espejismo de que “todos somos ricos, tan sólo hay que saber repartirlo”.

La llegada del socialismo centralizado fue la vuelta de tuerca definitiva al culto del Estado providencial. Una divisa absurdamente sobrevalorada, una severa adicción a las importaciones y la multiplicación de los subsidios públicos y regulaciones privadas han sumergido al país en una crisis de justiprecios al punto que ya es difícil saber a ciencia cierta cuánto cuestan realmente las cosas.

No hay mejor metáfora que la gasolina más barata del mundo: la madre de todas las subvenciones.

Al irrisorio precio de 0,02 dólares el litro, PDVSA pierde unos 3.600 millones de dólares al año para abastecer al insaciable mercado interno, a lo que habría que sumar una cifra astronómica por el coste de oportunidad de no exportarlo. Ni siquiera hay señales de que se esté estudiando subir el precio, que lleva congelado casi 16 años. Noruega, el gran ejemplo de cómo conjurar la maldición de la abundancia petrolera, vende su gasolina a 2,53 dólares el litro, la segunda más costosa del mundo sólo detrás de Turquía.

Así, la petrolera estatal venezolana es clara candidata al tumbarse en el diván del psicoanálisis empresarial: mientras desde las alturas de la OPEP defiende la inviolabilidad del precio del petróleo, en casa lo regala rehusándose incluso a recuperar lo que le ha costado producirlo. Este severo cuadro de bipolaridad entre lo capitalista y lo socialista se ha extendido por todo el emporio estatal.

Por un lado, un grupo de corporaciones públicas gestionadas al estilo “socialista puro” —como aceros, cemento, electricidad y, cada vez más, los alimentos— afrontan severos problemas financieros y operativos al fijar sus precios bajo la premisa del monopolio estatal y el subsidio a toda costa. Por el otro, aquellas que fueron nacionalizadas pero siguieron imbricadas en el mecanismo de mercado, como Banco de Venezuela, Abastos Bicentenario, Cantv o Movilnet, funcionan relativamente bien y, en algunos casos, incluso entregan dividendos a la Nación, pero para hacerlo tuvieron que mantener sus precios en el entorno de la competencia, sin llegar a marcar la diferencia en sus respectivos sectores.

En el centro de la escena, PDVSA se ha convertido en el gran epicentro de la esquizofrenia de precios en la que se ha sumido Venezuela. “Capitalista por fuera y socialista por dentro”, la compañía insignia de Venezuela sobrelleva esta rara psicosis en virtud de un clásico adagio petrolero rubricado por John D. Rockefeller: “El mejor negocio del mundo es una petrolera bien gestionada. El segundo mejor negocio del mundo es una petrolera mal gestionada”.