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El poder y la dignidad: ¿elegir o renunciar?, por Freddy Javier Guevara

Por Freddy Javier Guevara | 28 de noviembre, 2013

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Como ha intuido desde siempre la humanidad, el poder une los pedazos rotos que eros ha dejado esparcidos cuando desaparece. Y, como lo expresó, Adolf Guggenbühl-Craig: donde hay poder no hay eros y donde hay eros no hay poder. Eso sucede en las sociedades, en las parejas y en la vida personal. Sin embargo, contraponer dignidad al poder se me hace un tanto extraño, debido a que la psique es indigna por naturaleza y requiere de esa cualidad para ser dinámica. En todo caso, si se hace digna se petrifica y deja de regular las emociones.

Además, la dignidad no es otra cosa que uno de los tantos disfraces con los que el poder se hace para ataviarse con un atuendo de cierta moralidad. ¿Quién entre nosotros no recuerda la siguiente tergiversación del lenguaje, que fue acuñada para aquellas personas de escasos recursos, que se veían afectadas por una tragedia natural en el país: los dignificados? Aún estas personas permanecen por años en refugios, viviendo en condiciones infrahumanas. Éste es un ejemplo claro de que en este neologismo se cuela la sombra del poder y la maldad.

Tampoco creo que los ciudadanos que componen una sociedad en situación de crisis puedan elegir o renunciar. Estas acciones corresponden a uno de los atributos del Ego: la voluntad. Ante un drama social, cuando el entramado legal, moral y los valores tradicionales se quiebran, es la necesidad la que actúa, la ananke. En palabras de Pedro Laín Entralgo: “La Physis tiene en su seno una última e inexorable «necesidad» (ananke physeos); la cual es de tal índole, que obedecerla –seguir los impulsos de la propia naturaleza– hace que el hombre se sienta gozosamente libre”. Es decir: el impulso irracional en nosotros por sobrevivir. Es por tal condición que vemos respuestas tan diversas como la emigración, la resistencia, la protesta, el claustro, la negociación hermética, la religiosidad, la magia o, las más frecuentes de todas, la psicopatía y la barbarie. Lo podemos comprobar con testimonios concretos y pruebas claras en la Venezuela de hoy.

Me parece oportuno ver algunos ejemplos de la historia, pues sin ella  se tiende a creer que lo que nos ocurre, o puede ocurrir es único, y por lo tanto no se puede relativizar, ni ponerlo dentro de un contexto que nos permita la contención emocional. Veamos éste párrafo:

“La Época Arcaica de la  Grecia continental fue un tiempo de extrema inseguridad personal. Los diminutos estados con exceso de población estaban sólo empezando a superar la miseria, y el empobrecimiento que habían dejado tras de sí las invasiones dorias, cuando surgieron nuevas dificultades: la gran crisis económica del siglo VII arruinó clases enteras, y fue seguida, a su vez, por los grandes conflictos políticos del siglo VI que convirtieron la crisis económica en asesina lucha de clases … Además, la inseguridad de las condiciones de vida pudo alentar por sí misma el desarrollo de una creencia en los demonios fundada en el sentimiento de una dependencia indefensa del hombre respecto de un poder arbitrario; y ésta creencia pudo estimular, a su vez, a las gentes a recurrir cada vez más a procedimientos mágicos” (E. R . Dodds 2, p. 54).

Como observamos en este párrafo de Dodds, los conflictos sociales no son una novedad en el mundo occidental. Tampoco son exclusivamente el producto de la industrialización y el capitalismo, como tampoco los descubrieron Marx y Engels. La gente desde siempre ha sufrido por éstas condiciones. También las respuestas, aunque diversas, están apegadas a la cultura emocional de los individuos que la componen.

El final de la Edad Media no fue menos riesgosa:

“ La Europa occidental de 1411, miserable y atrasada, que se recuperaba de los estragos de la peste negra – La cual había reducido la población a la mitad en su recorrido hacia el este entre 1347 y 1351- y seguía aquejada por las malas  condiciones sanitarias y una guerra aparentemente incesante. En Inglaterra ocupaba el trono el rey leproso Enrique IV, que había derrocado y asesinado al malhadado Ricardo II.

Francia era presa de una guerra interna entre los seguidores del duque de Borgoña y los del asesinado duque de Orleans. La guerra de los Cien Años entre Inglaterra y Francia estaba a punto de reanudarse. A los otros reinos en conflicto de Europa occidental –Aragón, Castilla, Navarra, Portugal y Escocia no parecía irles mucho mejor. En Granada todavía gobernaba un musulmán…” (Niall Fergunson p. 42)

También en este otro ejemplo, las tensiones entre las sociedades y dentro de los mismas comunidades que aspiraban a ser naciones no eran de paz propiamente dicha. Según los datos de éste historiador, en  el  Oxford del siglo XIV había una tasa de homicidios de 100 por cada 100.000 habitantes. Londres era un poco más seguro, con una tasa alrededor de 50 por cada 100.000 habitantes. Actualmente, las peores tasas de homicidios se dan en Sudáfrica (69 por cada 100.000 habitantes) y Colombia (53)”. Esto fue escrito en el 2010: desde esa época hasta nuestros días las cosas han cambiado mucho. Honduras es el país con más asesinatos y Venezuela está en la lista de los países más peligrosos del mundo.

Si observamos el siglo XX, no es más alentador. Luego de una creencia en la humanidad que se apoyaba en la razón y el positivismo, durante el siglo XIX, apareció el mundo irracional de la Primera Guerra Mundial y, como si fuera poco, la Guerra Civil Española y la Segunda Guerra Mundial con todos sus -ismos: comunismo, nazismo, fascismo… todas ideologías para el control del poder fundiendo al individuo en la masa. Desde ese momento los gobiernos dictatoriales por diversas razones encontraron la fórmula para destruir al ciudadano y convertirlo en una pegostosa argamasa común que se comporte igual y tengan los mismos gustos. La diversidad no entra en el concepto del poder, pues de otro modo no ejercerían el “control freak” sobre la sociedad, desdibujando al  individuo.

Pero hablamos de poder, que es el asunto en todo caso, que es un ente, si así se le puede llamar puesto que habita dentro de todos nosotros y sólo la consciencia de que está allí puede prevenir que anide en la psique y el vivir de cualquier sujeto de a pie. Por ejemplo, hay poder en el portero de un local que decide quién entra al lugar y quién no; hay poder en el presidente de un condominio que formula una orden caprichosa  que él viola; hay poder en los presidentes de asociaciones científicas que creen que ellos son los únicos que pueden dirigirlas; hay poder en el vecino que no quiere que se paren automóviles en la acera de su casa porque él paga derecho de frente, así los autos no obstruyan la salida de su hogar; hay poder en el padre o la madre en una familia cuando impone reglas contra todo sentido común; hay poder en el motorizado que hace lo que le viene en gana y también en el asesino que se cree con derecho de torturar y matar a su víctima. En fin: hay poder en aquél que no piensa en el otro ni tiene compasión por su condición humana.

El poder no es exclusivo de jefes de Estado, de militares o policías, está allí porque forma parte de la condición humana. Es cierto no siempre se ejerce de mala manera. Un médico que le impone una intervención quirúrgica a un paciente que tiene su vida en riesgo y se niega a operarse no lo hace en su propio beneficio, o un jefe de Estado que toma una decisión arriesgada porque los ciudadanos están en peligro tampoco, por ejemplo: sir Winston Churchill cuando decide atacar a Alemania.

El problema se presenta cuando sólo se quiere estar en  “la miel” del poder por el poder en sí mismo. Y, como se mencionó antes, es el psicópata quien practica la búsqueda insaciable del poder sin importar el costo. O la parte psicopática que todos llevamos dentro. La segunda obviamente es más sana en el sentido de que puede estar presente la compensación de eros, una energía de vida que advierta del peligro que esto significa para la persona en tal circunstancia.

Sin embargo, el psicópata nato no tiene conciencia, ni advierte la destrucción que eso significa, porque su deseo íntimo es el poder en sí. Tenemos ejemplos en la historia: Alejandro Magno, Robespierre, Napoleón, Hitler, Mussollini, Stalin, Kadafi, por no citar personajes locales. Y lo hacen a costa de la destrucción de todo, incluso de su país, y generalmente en nombre de idealismos o de ideologías, o sencillamente al amparo de ciertas causas sociales como, por ejemplo, los pobres, los descamisados, los “pata en el suelo”, o las razas superiores. Un solo hombre puede hacer sufrir a un pueblo entero: así lo hace constar Heráclito.

Pero las sociedades que en algún momento, y por alguna circunstancia, son sometidas al sufrimiento de ser regidas por un psicópata o por formas psicopáticas de gobierno tienen conciencia parcial de su sombra. Es decir, desconocen el lado oscuro del entramado social, familiar e individual de los ciudadanos que la componen y lo terminan considerando banal, carente de importancia, descartando con actitud infantil las manifestaciones conductuales de sus integrantes. Por lo que se deduce que tienen una “debilidad”, un aspecto vulnerable frente el cual presentan una ceguera insólita. Como consecuencia, esa sociedad sufre un rapto del lado psicopático, del lado oscuro, del mal, y debe aprender con sufrimiento, sin devolver esta vivencia con venganza, envidia ni resentimiento.

En un ensayo muy interesante de Daniel Guevara, profesor de la Escuela de Letras de la Universidad Central de Venezuela, sobre un cuento de Jack London que describe las vicisitudes de un aborigen de casta de las islas Salomón, luego de ser raptado y obligado a la esclavitud de forma inexplicable para sí mismo, el escritor dice lo siguiente:

“Todo raptor sabe que en la sorpresa se atrapa y somete con violencia al raptado en uno de sus momentos más vulnerables y, también cabría decir, por su flanco más desprevenido, por el lado más indefenso y frágil para oponer resistencia. Pero esta historia asimismo sugiere que, durante el cautiverio del raptado, es precisamente su lado más frágil e indefenso lo que será sometido a la voluntad del raptor y lo que habrá de transformarse, fortalecerse, en la resistencia, so pena de perecer. Así, del relato de Mauki, parece colarse la impresión de que lo que se raptara fuera, en esencia, aquello que es susceptible de transformación, de morir y renacer en el sufrimiento del rapto. Además de su infancia, de Mauki se rapta también su fragilidad de carácter… Todo rapto también involucra un cambio de espacio. Para Mauki, este nuevo espacio será el de la esclavitud. Al ser un hábitat tan salvaje como sus pobladores, la relación del hombre con su espacio, su manera de conectarse con él, ahora se vivencia desde una perspectiva más irracional”

Una sociedad que tiene que hacer consciencia de su vulnerabilidad, debe sufrir lo que por estupidez o negligencia a omitido. Ahora estando en la condición de rapto y esclavitud de las formas más civilizadas de convivencia que una cultura (cualquiera que ésta sea) haya alcanzado, despunta de la reflexión anterior que el aprendizaje en sufrimiento es uno de los caminos que hay que andar, o quizás el único para fortalecer aquella vulnerabilidad y debilidad de carácter que la produjo.

Se sabe que la vulnerabilidad jamás desaparece de la condición humana, pero tener consciencia de ella permite activar los dispositivos psíquicos que la contengan. Entre otros elementos adicionales importantes están: la paciencia, la tolerancia para esperar el momento justo que revierta la vivencia en sacrificio extremo.

Aprender de aquello que desconocemos de nosotros mismo es una tarea imprescindible para detectar cuando las debilidades han cambiado de espacio en la realidad que rodea y en el mundo interior. Y cuando se les debe propiciar un nuevo espacio para entenderlas y considerarlas, incluso con sus aspectos más oscuros (para metabolizarlas). Por ejemplo, cuando una sociedad o comunidad cambia de un gobierno democrático a tiránico dictatorial, o a comunista, o en una guerra fratricida, las fragilidades de sus individuos se mueven de espacio y se ven forzadas a la transformación, so pena de perecer.

Las sociedades en las cuales los individuos sobreviven en circunstancias extremas (no necesariamente una guerra), aquellas en las cuales la psicopatía, la barbarie, el vandalismo, los asesinatos y la pobreza económica son moneda de cambio, cuando se cambian los escenarios, la tendencia de comportamiento usual del colectivo es devolver, ojo por ojo y diente por diente. Es así como vemos algunas regiones del mundo desangrarse. Allí está para los ojos y el aprendizaje de todos el ejemplo del Medio Oriente.

La  trilogía de La Orestiada nos da una imagen de ese deber perverso, de que cada crimen debe de ser devuelto con otro, y la venganza forma parte de ese ciclo destructivo del cual no se puede salir, pero luego da las pistas de una salida. Según Esquilo, en el cielo ahora hay un gobernante nuevo, Zeus, y el don que éste trae a la humanidad es aprender del sufrimiento, pathei matos. Me permito citar al filósofo tejano Kenneth Smith:

Instruidos por el sufrir: gota a gota, la sabiduría es destilada del dolor. Ésta es la conexión entre la aristeia [1] y el ethos [2] trágico. Un griego aristos habría preferido ser educado por el sufrir a ser feliz toda su vida, porque nadie se educa con la felicidad. Nadie es más sabio por lograr lo que quiere –esto tan sólo consolida su idiotez, haciéndole creer que el mundo existe para satisfacerle, tal y como el ego lo había sospechado desde un comienzo. El sufrimiento nos muestra el abismo que existe entre lo que deseamos y la forma en que está organizado el mundo. La señal de alerta que nos da el mundo de que nuestra conducta parte de preceptos erróneos. El sufrimiento es la colisión entre las ilusiones y la verdad real. Los seres humanos no tiene igual capacidad para aprender del sufrir. Cierta gente simplemente sufre o, simplemente, responde con tácticas alternativas [3].

Como se ve, el sufrimiento no tiene nada que ver con la dignidad. Es más, es indigno también, como la psique, y calificarlo de esa forma le quita el hálito de humanidad que con él viene. Pero en el sufrimiento por sí solo y en sí (como remata la anterior cita) no sirve de nada si no se aprende de él.

Algunas de las enseñanzas del sufrir nos vienen de la psicoterapia y del teatro. El término metaxis como “el estado de pertenencia completa y simultánea a dos mundos distintos e independientes” (Boal 1995, p. 43) [4], es lo que le sucede a los actores y a los espectadores, pero también le sucede al paciente y al terapeuta en un sesión, así mismo le ocurre a una población en crisis, pues está entre dos mundos diferentes en pugna y debe pertenecer a los dos sin que esto signifique una disociación, la corriente que une estos mundos dispares son las emociones. Los dioses de la metaxis, como lo decía Rafael López-Pedraza, son Eros, la energía vital que une las cosas, Dionisos, el dios de la cultura y los valores emocionales que de ella nacen y Hermes, el conector de los mundos diferentes, a los que creemos que no pertenecemos pero habitan en nosotros.

Se ha definido la metaxis como “el estado de pertenencia completa y simultánea a dos mundos distintos e independientes” (Boal 1995, p. 43) [5]. El término, tal como se usa en el teatro y en la terapia, captura la tensión de la percepción dual del mundo que tienen los actores y que puede sucederle a la audiencia (observadores y espectadores); un estado en el que uno puede ser uno mismo y otro diferente, al mismo tiempo.

Un milagro dionisiaco que el dios griego regaló a la humanidad.


  1. Virtud.
  2. Carácter.
  3. Nature abhors a vaccum o horror vacui (Jung, buscar en:  Psyche and Symbol), tras esta frase puede adivinarse la razón que nos lleva a acudir a tácticas que nos sacan del “vacío” de sufrir. Probablemente no hay nada tan eficaz en psicoterapia como acercar al ‘enfermo’ sufriente a este otro sufrir que cura (Nota de ILRC).
  4. Boal, Augusto (1995): The Rainbow of Desire. The Boal method of Theatre and Therapy. New York, Rutledge.
  5. Boal, Augusto (1995): The Rainbow of Desire. The Boal method of Theatre and Therapy. New York, Rutledge.

 

Freddy Javier Guevara  es psiquiatra y psicoanalista junguiano, miembro de la Sociedad de Analistas Junguianos

Comentarios (1)

Maria Luisa Maggiolo
2 de diciembre, 2013

Freddy, Extraordinario articulo (disculpa la falta de acentos). Por lo que escribes en el parrafo…..”Pero las sociedades que en algún momento, y por alguna circunstancia, son sometidas al sufrimiento de ser regidas por un psicópata o por formas psicopáticas de gobierno tienen conciencia parcial de su sombra. Es decir, desconocen el lado oscuro del entramado social, familiar e individual de los ciudadanos que la componen y lo terminan considerando banal, carente de importancia, descartando con actitud infantil las manifestaciones conductuales de sus integrantes. Por lo que se deduce que tienen una “debilidad”, un aspecto vulnerable frente el cual presentan una ceguera insólita. Como consecuencia, esa sociedad sufre un rapto del lado psicopático, del lado oscuro, del mal, y debe aprender con sufrimiento, sin devolver esta vivencia con venganza, envidia ni resentimiento.” … No puedo dejar de asociar el escandalo que origino Hanna Arendt con su articulo relacionado a “la banalidad del mal” (http://en.wikipedia.org/wiki/Eichmann_in_Jerusalem:_A_Report_on_the_Banality_of_Evil) que, de nuevo, ha sido puesto sobre el tapete gracias a la extraodinaria pelicula dirgida por Margarethe von Trotta titulada Hanna Arendt (http://www.imdb.com/title/tt1674773/). En lo que ocupa a la destruccion progresiva y sistematica de Venezuela, como lo ves? Psicopatia? O, banalidad del mal? Saludos desde San Cristobal. Cheers, ML

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