- Prodavinci - http://historico.prodavinci.com -

Antípodas de Singapur, por Arturo Almandoz

singapur texto

A Virginia Almandoz Ramos,
In memóriam

 

1. Siguiendo mi gusto por las palabras raras, las cuales muchas veces me cuesta aprender a usar con propiedad, desde joven me sedujo el término “antípodas”. No recuerdo si alguno de mis profesores de geografía universal del bachillerato, en el colegio Tirso de Molina, haya precisado en clase que se trata de los lugares del globo terráqueo diametralmente opuestos; o acaso sí lo hicieron y estaba yo más preocupado por memorizar los nombres de las capitales de las Américas y Europa, porque las de Asia y África me han sido esquivas hasta la adultez. La que sí conservo vívida es la imagen de tía Virginia conversando una tarde de sábado en nuestra quinta de San Bernardino, al regreso de un viaje por Canadá a finales de los setenta, diciendo que el país de Pierre Trudeau estaba “en las antípodas de nosotros”. Me llamó la atención la expresión, porque ya conocía el sentido original del término, y era imposible que ella lo usara imprecisamente, siendo egresada en Geografía e Historia del Instituto Pedagógico en los años de Picón Salas. Pero de inmediato me di cuenta de la figuración a la que ella apelaba, enfatizando el orden y la prosperidad canadienses encontrados en el viaje, por contraste con las fisuras y corruptelas que ya asomaban en la Gran Venezuela de Carlos Andrés Pérez, de cuyo sauditismo fueron críticas mis tías Almandoz Ramos.

Esa metáfora de las antípodas que tía Virginia reveló ante mí en aquella tertulia vespertina resuena a menudo cuando veo los programas noticiosos de Asia Business Report de la BBC, transmitidos desde los estudios en Singapur; suele ser al anochecer venezolano, cuando ya es de día en Japón y los tigres que le siguen al encuentro del sol naciente. Las ediciones incluyen profusas informaciones financieras que no alcanzo a entender del todo, ora sobre las desventajas del yen demasiado fuerte, inconveniente para otrora omnímodas corporaciones como Sony y Panasonic; ora sobre el yuan que China no quiere devaluar para favorecer así sus exportaciones, a pesar de las presiones de Washington que la tilda de manipuladora de divisas. También abundan actualizaciones sobre las compañías que cotizan en el Nikkei nipón, el Kospi coreano y el Hang Sen hongkonés; pero lo que más me interesa son los reportajes sobre los cambios sociales y económicos en los tigres asiáticos, varios de los cuales eran atrasadas colonias o protectorados en la segunda posguerra, o incluso hasta mediados de los sesenta, cuando algunos ni siquiera habían alcanzado la independencia. Y me fascinan porque a pesar de su historia reciente, esos países encabezan hoy en día muchos indicadores de desarrollo económico y humano, encontrándose “en las antípodas de nosotros”, para utilizar de nuevo la expresión de tía Virginia, ahora en todos los sentidos.

2. Ese es por excelencia el caso de Singapur, isla comprada a los reinos malayos por la Compañía de las Indias Orientales en 1819, deviniendo próspera colonia británica gracias a la inauguración del canal de Suez a finales de la década de 1860. Casi un siglo más tarde, en 1959, obtuvo su autonomía del Reino Unido, forzado a desmantelar su imperio después de la Segunda Guerra Mundial; pasando a formar parte de la Federación de Malasia, la ciudad estado se independizó de aquélla tan solo en 1965, con el respaldo de la Commonwealth. Con Lee Kuan Yew como primer ministro desde el 59 hasta 1990, los objetivos democráticos fueron subordinados a los desarrollistas, al igual que ocurriera en Corea del Sur y Hong Kong, entre otros países que institucionalizaron la controversial tesis de la dictadura eficiente. Tanto fue así que el partido de Acción Popular liderado por Yew, dominante en la escena política hasta hoy, promulgó tempranamente la Internal Security Act y proscribió al partido de los Trabajadores a finales de los ochenta, sin importar que se le acusara de autocrático y anticomunista. Era una postura manifiesta también en los controles aplicados a inmigrantes chinos durante la era maoísta de la República Popular, hasta que fueran suavizados en los años noventa; desde entonces el flujo ha alcanzado, por cierto, casi tres cuartas partes de la población residente, permitido en buena medida para compensar la baja natalidad singapurense desde la década de 1970. Tampoco dudó el diminuto estado en ejercer su control del sistema educativo desde los niveles más básicos hasta el universitario, cuyas carreras fueron priorizadas y asignadas a los estudiantes; también lo fueron los idiomas a aprender en la era poscolonial, los cuales deben conjugar el malayo, tamil y mandarín para las respectivas comunidades malaya, india y china, con el inglés obligatorio y globalizador para todos.

Con un territorio de apenas 641 kilómetros cuadrados, la isleta al sur de la península de Malaca hubo de buscar el desarrollo allende las exportaciones tradicionales de coco, batata y mandioca, de tabaco y cambur, de piña y limón; las más de ellas la asemejaban a las repúblicas bananeras tropicales, de esas que los sociólogos positivistas decimonónicos, como el británico Benjamín Kidd, creían condenadas a permanecer en la infancia de la civilización, a no ser que alguna potencia anglosajona las supervisara, como en parte fue el caso singapurense. Por un lado el desarrollo vino con la industrialización textil, naviera, electrónica y petrolera, para la que cuenta Singapur con una de las refinerías más grandes del mundo, gracias en parte a su estrategia de ganar terreno mediante el vertido de rocas al océano. Por el otro fue el incremento del sector financiero, iniciado con la comercialización del caucho y del estaño, y seguido de la proliferación de bancos y empresas de servicios de todo el orbe, de HSBC a Citi. Esa diversificación fue propulsada desde 1984 por la firma del tratado, entre China y el Reino Unido, para devolver Hong Kong a la primera, con lo que mucho del dinamismo de la última migró a Singapur, cuando todavía se temía que el comunismo chino, si bien ambivalente desde las reformas de Deng Xiaoping, podría empero socavar la competitividad hongkonesa.

No obstante la preterición de ciertas elecciones individuales muy caras al liberalismo occidental, en pro de alcanzar el desarrollo colectivo, es comprensible entonces que el modelo singapurense instaurado por Yew fuera admirado por Margaret Thatcher con antelación a ser primera ministra en 1979. Advertida por los elogios de Milton Friedman a las drásticas reformas del régimen, dos años antes visitó la entonces parlamentaria conservadora al que consideraba “el más notable estadista asiático de su generación”, como reconociera aquélla en el segundo volumen de sus memorias. Allí también admiró su visión geopolítica para detectar “influencia soviética en la región, ejercida a través de despliegues navales encubiertos de comercio o pesca”; al mismo tiempo agradeció a Yew su “sabio consejo” en los años por venir como primera ministra, cuando la otrora colonia se convirtió en faro surasiático para la metrópoli noratlántica.

3. Alcanzando más de 32 mil dólares de ingreso per cápita —el segundo más alto de Asia, después de Japón— y los primeros puestos de transparencia y competitividad a nivel mundial, las antípodas de Singapur con respecto a la Venezuela del siglo XXI son más que geográficas, económicas e institucionales. Ello a pesar de que, según recuerdo de las teorías de modernización y urbanización que estudiaba en los setenta, como las de Walt Whitman Rostow, ambos países estaban enrumbados hacia la madurez del desarrollo, después de haber iniciado el famoso despegue, en una pista internacional en la que el avión nuestro lucía más promisorio.

No he visitado Singapur, ni creo que tampoco lo haga por limitaciones de recursos y ocasión, más que por falta de interés y admiración; pero de lo que he visto y leído en reportajes, las diferencias urbanas son ya abismales con la Venezuela tercermundista, trasuntada en nuestra Caracas anárquica y violenta. A pesar de que ambos niveles se confunden en la ciudad estado, en el ámbito nacional son famosas la exitosa política habitacional y el castigo severo a la corrupción, dos de las prácticas que han ayudado a la imbatible popularidad del PAN; a nivel urbano, entiendo que siguen vigentes las famosas multas a los antisociales que deterioran la infraestructura, arrojan basura en el espacio público e incluso escupen en la calle; con respecto a la circulación, la posesión y el uso del carro particular son pechados sustancialmente, de cara a disminuir el tráfico en la metrópoli de más de 4.500.000 habitantes. Allende el lastimoso posicionamiento venezolano en los índices de transparencia y competitividad que Singapur encabeza, huelgan los comentarios para contrastar esas políticas urbanas con la sórdida escena de la Caracas contemporánea; además de inmunda, insegura y vandálica, ésta es ahora socavada por motorizados y conductores que infringen los sentidos de circulación e irrespetan los semáforos y cruces peatonales, en apenas dos muestras cotidianas y básicas de nuestra descomposición civil y nuestro malogrado pacto social.

Dejando de lado las antípodas singapurenses en que se ha convertido  Venezuela, si bien el Chile neoliberal ha dialogado con Singapur en muchos sentidos, especialmente ahora que ambos son miembros de la OCDE que agrupa a los países desarrollados, el Panamá del siglo XXI es acaso el país latinoamericano que más lo ha tomado como modelo, quizás por semejarlo en magnitud. Pero aquellos que han hecho notar la analogía, basada principalmente en la atracción de capitales y el mejoramiento de infraestructura panameñas, han tenido que reconocer que persisten al menos tres diferencias fundamentales. Una es la pobreza del país centroamericano, que todavía para comienzos de los años 2000 superaba el 35 por ciento de la población; otra es la deficiencia del sistema educativo, sobre todo en los niveles técnico y universitario, al igual que ocurre en buena parte de Latinoamérica; y la última es la débil transparencia institucional, acompañada por la falta de castigo a la corrupción. Son rémoras ingentes que separan a Panamá de la ciudad estado, pero al menos aquél está en la ruta de un desarrollo que nosotros hemos perdido y después abominado, en medio del gran rechazo neoliberal que vivimos desde los años noventa, sin tampoco generar  un modelo alternativo que nos haga avanzar de manera significativa.

4. Cuando por las noches venezolanas veo la emisión noticiosa de la BBC, transmitida desde la mañana bursátil que despunta en Asia, diviso al fondo de la pantalla la city singapurense de rascacielos rutilantes alrededor de la Explanada que bordea al puerto. No me siento mayormente frustrado por no conocer la ciudad estado, ni acaso tampoco lo anhelo en el fondo. Lo que más me inquieta sea quizás saberla “en las antípodas de nosotros”, como aquel susodicho Canadá de los setenta. Y por cierto que Singapur también lo está en el sentido geográfico con respecto a Venezuela, si no me equivoco al contemplar el pequeño globo terráqueo de cristal que la misma tía Virginia me regaló, en otra tarde sabatina pero de 2005, en su última visita a nuestra casa de San Bernardino.