Actualidad

Sobre los riesgos del Nacionalismo como espectáculo [a Roque Valero], por Willy McKey

Por Willy McKey | 26 de marzo, 2013

“That’s it, baby, when you’ve got it, flaunt it, flaunt it!”
The Producers, de Mel Brooks

George Bernard Shaw definió el nacionalismo como una rara seguridad puesta en creer que un país es mejor que los demás porque naciste ahí. Esa fe ciega ha sido capaz de legitimar absurdos terribles, porque la idea del nacionalismo brinda una excusa suficientemente abstracta y, al mismo tiempo, inevitable: una combinación ideal cuando se pretende torear a un país con su propia bandera.

Si bien es perfectamente legítimo que una persona sienta un sentimiento profundo por el lugar donde tiene sus redes afectivas, sus referentes vitales y sus recuerdos más preciados, otro asunto muy diferente es la politización de ese sentimiento. Este viraje, que se logra sólo a través de un discurso oficial, puede terminar en una experiencia colectiva fatal que comparten la Italia de Mussolinni, la Alemania de Hitler y la España de Francisco Franco: el nacionalismo.

La etiqueta nacionalista se convierte en un instrumento para administrar oscuridad. En la postguerra, en la España bajo el régimen del criminalísimo Francisco Franco, se prohibió la proyección de escenas que pudieran considerarse antifascistas. La censura se administraba diligentemente por alguien de la oficina política, alguien de la Iglesia y alguien del ejército, siempre bajo el alegato de cuidar el Nacionalismo y proteger a España. Incluso, Franco gozaba de una sala en el Palacio de El Pardo donde se proyectaba (y se censuraba) cuanto se le antojara.

En Casablanca, por ejemplo, hay una escena mítica en la que Humphrey Bogart narra parte de su lucha contra los fascistas en España, del lado de los Republicanos. En el doblaje hecho para España, la censura sacó a Bogart de la Guerra Civil y lo puso a batallar contra otro ejército. ¿Esto deberíamos considerarlo una acción nacionalista de altísima calidad o una estupidez incapaz de soportar el paso del tiempo? Todo depende de la bandera con la que se mire.

Dicho en dos platos: los nacionalismos mienten a favor de un espejismo que intenta legitimar. Así que cuando un régimen político se empeña en poner una etiqueta nacionalista a todo cuanto puede es porque tiene una necesidad imperiosa de legitimación. Las ideas de Patria, de Nación, de ¡Viva tal sitio, carajo!, tienen una carga colectiva políticamente poderosa. Poderosa y casi infranqueable.

Quien no ejerce el nacionalismo, entonces, es motivo de sospecha. Ésa es una de las conquistas más importantes del lenguaje bélico del siglo XX: cada ciudadano es un cómplice potencial a la hora de ayudar al Poder a ocultar las vergüenzas de la Patria en lugar de solventarlas. Pensar de la manera que ordena la etiqueta nacionalista hace que el cómplice luzca como un patriota. Por eso importa tanto el famoso. Por eso le hacen creer al anónimo que el hombre nuevo es el ciudadano del espectáculo. Como explica Guy Debord, “el espectáculo es una actividad especializada que habla por todas las demás. Es la representación diplomática de la sociedad jerárquica ante sí misma, donde toda otra palabra queda excluida. Lo más moderno es también lo más arcaico”. Quien no lo haga así, entonces, representa al pasado, al apátrida, al fariseo. ¿Pero entonces de qué le sirve esta exacerbación a un poder ya constituido? Pues le sirve como argumento. Un argumento breve, barato y filoso que sólo logra ser perforado por un elemento: el tiempo.

El tiempo puso en evidencia que el nacionalismo es la causa de eventos tan disímiles como los excesos de Antonio Guzmán Blanco, la Guerra de Malvinas o que el gobierno Chino le haya prohibido reencarnar al Dalai Lama. Todas son acciones que en su momento se amparan en un nacionalismo aparentemente legítimo, demasiado vivo y verdaderamente utilitario, pero que sólo el paso del tiempo logra poner en las dimensiones verdaderas: un delirio político que no por suceder en millones de cabezas a la vez deja de ser delirio.

Porque el nacionalismo es, también, la imposición de una percepción de la realidad. Para el nacionalismo sólo hay dos tipos de noticias: las que son buenas y las que son malas para la Nación. Es la misma necesidad de legitimación de unas acciones que siempre se están llevando a cabo lejos de las luces. Una política comunicacional nacionalista, por ejemplo, es capaz de sacar de los noticieros de su programación las noticias de Sucesos para no afectar la percepción de esa nación que intentan proyectar por esos mismos medios.  Afuera de su programación siguen las muertes y los asaltos se diluyen: por no formar parte de la idea de Nación.

El sentido de pertenencia es parte del éxito político de estas estrategias. Darle al pusilánime la posibilidad de sentirse parte de algo. Darle al anónimo la ilusión de protagonizar un momento histórico. Permitirle al solitario el calor protector de la manada regida por el gran padre. Eso ha funcionado siempre. Sin embargo, la Historia con mayúscula es capaz de revertirse en cualquier momento. El humor siempre lo advierte.

En Venezuela se montó una exitosa versión del musical de Mel Brooks llamado Los Productores protagonizada por Fabiola Colmenares, Armando Cabrera y Roque Valero. Allí se plantea, a finales de los sesenta, que el éxito de una tarea puede conducir al fracaso de un proyecto… así hayan salido de la misma cabeza. Lo logra a través de una caricatura del nacionalismo nazi de la Alemania de Hitler, utilizando referentes ridículos y llegando a la idea de titular el peor espectáculo del mundo como “Primavera para Hitler”. Un musical hecho dentro de otro musical es el ritornelo perfecto para poner en evidencia cómo el nacionalismo inoportuno sólo puede ser una cosa: ridículo.

Así, Mel Brooks termina regalándonos una de las mezclas más inconcebibles: la lección que se debe aprender del éxito de un proyecto que tenía todo para fracasar. Incluso un espectáculo político construido a partir del nacionalismo inoportuno puede conseguir masas que lo aplaudan y secunden. Pero quienes aplauden semejante espectáculo no son sino los primeros espectadores de un exceso o los últimos de una catástrofe irrepetible.

Esta etiqueta nacionalista que parece convenir a todos es la primera consecuencia de esa catástrofe. Cuando fracasa la Política, el nacionalismo recurre a la ilusión. Por eso el nacionalismo como espectáculo es el instrumento de quienes prefieren ocultar lo que está mal para poder crear la ilusión de que algo está bien. No son los optimistas, sino los funcionarios de los regímenes nacionalistas quienes han estado encargados de vender los tiquets de entrada al inútil y oneroso espectáculo nacionalista de sukhois y pájaros guarandoles.

Esa dimensión espectacular de la locura nacionalista articulada desde el poder nos devuelve a Guy Debord y La sociedad del espectáculo: “A medida que la necesidad es soñada socialmente, el sueño se hace necesario”. Pero sucede que en el nacionalismo los sueños colectivos –o lo que es lo mismo: las promesas de lo imposible– son concebidos espectacularmente y “el espectáculo es la pesadilla de la sociedad moderna encadenada que no expresa finalmente más que su deseo de dormir. El espectáculo es el guardián de este sueño”. Los organizadores de desfiles terminan convertidos en los primeros urgidos del simulacro de la guerra y su espectáculo.

Si la masa sólo quiere dormir, antes que pan y circo lo que más le conviene el poder es darle una canción de cuna. Porque la idea eficaz del nacionalismo termina leudando en los instrumentos del poder (cualquier tipo de poder) para conmover. Canciones populares convertidas en consignas. Consignas convertidas eslóganes. Eslóganes convertidos en himnos. Himnos convertidos en canciones populares. Ha dado resultado históricamente.

Las víctimas del poder siempre deben tararear algo en nombre de la Patria.

Willy McKey  Parte del equipo editorial de Prodavinci. Poeta, escritor, docente y editor de no-ficción y nuevo periodismo. Especialista en semiología política y conceptualización creativa. Puedes leer más textos de Willy McKey en Prodavinci aquí y seguirlo en twitter en @willymckey Haga click acá para visitar su web personal.

Comentarios (20)

Nelly Tsokonas
26 de marzo, 2013

Excelente desarrollo del tema dentro de un contexto con referentes históricos. Quien se dice nacionalista considera, y asegura, que su país – o más bien la idealización de su país – es mejor que otro(s) a veces hasta sin haber salido del propio. Lo afirma con la misma convicción con la que dice: “la mejor hallaca la hace mi mamá”

Por supuesto que todos sentimos un sentimiento profundo de arraigo y de amor por el lugar donde crecimos, donde vivimos la infancia, la familia, el primer amor; más tarde los hijos y los recuerdos de tantas vivencias; pero privilegiar lo nuestro solo porque es nuestro es perjudicial para nuestro crecimiento como personas y como país.

Como siempre, gracias a Prodavinci por la excelencia de su contenido. Y gracias al autor, que en mucho contribuye a ello.

Saludos, @abezeta

Oscar Marcano
26 de marzo, 2013

Excelente. Cuando el alma no alcanza, al aprendiz de artista solo le queda la farándula.

Catalina Lozada
26 de marzo, 2013

“chauvinismo” elegantemente descrito. Artículo sin desperdicio.

Manuel G K
26 de marzo, 2013

Buenísimo. Pero a mi me hace falta la relación del nacionalismo con la economía (el oro nazi, pdvsa, etc.), personalmente creo que de ahí viene el maquillaje, el teatro, que mal utilizados y tocando los extremos suele terminar en delirio e incluso dándole una patada a la misma economía (endeudamiento infinito improvisado en nuestro caso), en todo ese proceso que has ilustrado como un maestro. Abrazo

Fracel Luna
26 de marzo, 2013

Excelente artículo. Ese es el camino que ha tomado la revolución, cuando, vendiendo la idea de una supuesta igualdad social, irracional, que solo se da en el grupo denominado Chavista, desconoce abiertamente a la mitad o más de la población venezolana. Quizás en todos los Estados hay signos de nacionalismo, pero llevados al límite se pueden producir grandes atrocidades.

Saludos cordiales

Atamaica Mago
27 de marzo, 2013

¡Qué buen texto, Willy! Añado que el nacionalismo es también legado de las cruzadas independentistas. Históricamente nuestros grandes héroes asomaron la idea de que la demarcación geográfica, esa frontera umbilical que a tod@s nos separa de tod@s, fue suficiente motivo no para lograr libertades colectivas, sino para encadenarnos a la anulación del otro y, por ende, a autocompadecernos de nuestra mala fortuna que siempre es culpa del foráneo, de las malas lenguas extranjeras, pero jamás de nuestras desatinadas u omitidas decisiones. El himno, la bandera y el escudo nacional fueron inventos publicitarios extraordinarios para creer que aún estando mal, somos los mejores. Hemos crecido bajo esa falacia de amor, lealtad y respeto por lo nuestro que nunca entendimos, pero igualito les rendimos honores parándonos derechit@s y tarareando nuestras consignas insomnes, porque cualquier movimiento en contra es un acto frontal de indisciplina; porque reflexionar contra la farándula nacionalista es convertirse en un apátrida; conspirar en contra del régimen.

Maigua Lopez
27 de marzo, 2013

Excelente analisis. Lo curioso es que en Venezuela se sembro en la era chavez el odio al pais, el repudio al venezolano como tal poniendo a Cuba como el paradigma de la justicia,la dignidad y el faro donde todos debemos voltear. El espectaculo en este caso es la revolucion cubana y sus “logros” envueltos en un velo de invencibilidad. Lo mejor esta en Cuba, los medicos, artistas y militares. Hasta el himno cubano se canta en cadena. Creo que es hora de rescatar el nacionalismo que nos hace venezolanos, sin fanatismo pero si orgullosos de nuestro legado.

Irving Baldirio
27 de marzo, 2013

Hay una excelente película que trata este tema: “Mephisto”, de Itzván Szabó, sobre un artista que buscando el éxito, se vende al régimen nazi… http://www.filmaffinity.com/es/film357580.html

Cecilia Villegas
27 de marzo, 2013

Buen texto. Excelente análisis. ¡CHAPEU!

María Carnicero
27 de marzo, 2013

No hay canción de cuna que valga cuando no hay pan y ya estás harto del circo.

TJB
27 de marzo, 2013

Vieja máxima: No hay nada más terco, que la realidad. Dentro de las representaciones sociales humanas, quizás la religiosa resulte la más vívida, particularmente con sus ciclos anuales. Dentro de ella tal vez el Nazareno de San Pablo en Caracas, sea la que conecta con más profundidad al caraqueño con su ciudad. Comparto algunas escenas del día de hoy, Miércoles Santo: 1. Metro vía Propatria, dos amigas se encuentran en un vagón, vecinas del mismo bloque no se ven hace meses. La pregunta de la primera -¿Dónde estabas cuando mataron a Chávez? -Ah, tranquilita en mi casa, respondió. 2. Un joven pasa por la Plaza de San Jacinto, un tarantín de comida rápida ofrece slides de pizzas. Refunfuña molesto: Todavía quieren vender comida con la cara de Chávez. 3. En el piso un improvisado buhonero muestra mercaderías de Chávez (fotos medianas y pequeñas, afiches, etc). Una mujer pasa y le dice a su acompañante -Estos están locos, todavía andan con cosas de Chavez. 4. Cerca del Pasaje Zingg, en las dos últimas semanas se presentan cantantes con parlantes, respaldando a la candidatura oficial. Hoy, una cornetas gigantes reproducían una canción grabada: … Chávez no se fue, siempre va a estar aquí… Una niña cercana a los 11 años se queja en voz alta: -Ah, sí está bien. Jesús, ¿no?

Ignacio Matanza
28 de marzo, 2013

Los nacionalismos pareciera que pueden tener diferentes tumbaos. Está el habitual, el que se mira el ombligo, como el español que describe McKey en su artículo. Pero también están los que miran el ombligo de otro- quizás porque no se encuentran el suyo- como es el caso de nuestro circo gubernamental, fascinado y atragantado con replicar la épica cubana. Ésto quizás se explica por haber tenido Venezuela tantos recursos: en la IV se iba a Miami a comprar cachivaches y ahora se va a La Habana a comprar una revolución. Cubanos en el pasado y en el presente. Será que algún día nos encontraremos el ombligo. Aunque sea para variar.

Maribel Cortell
28 de marzo, 2013

Excelente. Cuando la locura ya se hace epidemia, es urgente mantener las vacunas al día, entre ellas, leer Prodavinci y a Mckey. Gracias.

Carlos Cova
29 de marzo, 2013

Bien. Pero hubiera quedado mejor expuesto el punto de McKey de no haberlo administrado con tanta oscuridad. ¿Hubiera restado mucho a su argumentación mencionar al más nacionalista de los imperios? Hagan el ejercicio de interponer en todos y cada uno de los asertos del autor la mención de Estados Unidos. Verán que el texto queda aún más redondo. O, quizá, termine siendo “una estupidez incapaz de soportar el paso del tiempo”.

roger perozo
29 de marzo, 2013

La argumentación de Willi es rica en citas, pero me gustaría saber que se antepone al nacionalismo, porque debe existir algún principio, punto de partida, idea para mantenerse a flote en un mar de ideologías donde el oleaje es fuerte y viene de distintas direcciones. Por favor,¿Cuál es entonces -desde tu punto de vista- esa “fórmula mágica” que tienes para anteponerse al nacionalismo.

Door
29 de marzo, 2013

el nacionalismo tendra que ver con el concepto de estado-nacion?al momento que los poderosos dividen al mundo en fronteras, no se crean los nacionalismos? todos los nacionalismos son malos o solo los tercermundistas?

Oswaldo Aiffil
29 de marzo, 2013

No se si está mejor el texto o algunos de los comentarios, como el de María Carnicero, por decir algo…

Ruben
30 de marzo, 2013

Canciones, eslóganes, refranes, himnos etc. Es lo que precisamente enseñan en el norte para ganar elecciones hermano. Para la pava y para el pavo, saludos!

Ignacio Matanza
31 de marzo, 2013

No se a cual norte se refiere el comentarista Ruben, pero vivo en Canadá – si se insiste un poco en ir más al norte terminas yendo al sur – y no he visto el jolgorio político a que hace referencia. Las campañas aquí son bastante parcas, sin grandes actos y, como en todas partes, eso sí, se habla paja parejo. El acto electoral es un día cualquiera – no ves ejercito ni policía – y se puede votar en multitud de sitios. Yo voto en una mesa que se habilita en el edificio donde vivo. Sólo están presentes unas tres personas por los partidos y Election Canada, que es algo como el CNE, pero serio. Eso no garantiza que la gente vote con el trasero: Toronto eligió un alcalde, Rob Ford, que podría ser chavista por su estilo. Así es la democracia; por lo menos que lo sea de verdad y para poner y quitar. Saludos.

Petrusco
2 de abril, 2013

Esto me recuerda lo dicho el día de ayer por una gerente del lugar donde trabajo: “toda persona que sea racional tiene que ir a la marcha de Capriles esta noche”. Entonces le dijeron: “¿Y que pasa si uno no va a la marcha hoy pero vota por él el 14 de abril?, ¿uno es irracional hoy pero preclaro el 14?”. Ella no respondió. Sufrió la eterna contradicción de quienes reducen su visión política a sus aversiones.

Lo que plantea McKey acá me recuerda los tiempos de Carlos Andrés Pérez, quien fue un artífice en eso de decir que aquí “no pasaba nada”. Los medios de comunicación de ese entonces, encarantoñados con el poder, dedicaban poco espacio a los sucesos violentos que sufríamos por culpa del hampa, de la represión policial o de la hiper violencia de la GN. Si algún medio se volvía “subversivo” o tenía directores sospechosos de “izquierdosos” y se atrevía a denunciar los excesos de las autoridades, sufría de presiones económicas, cierres o persecuciones para evitar esa “línea” que se oponía al concepto de “nación próspera” que trataba de vender a toda costa el gocho nacionalista. El mismo que nacionalizó el petróleo.

El nacionalismo no sólo va asociado a “cosas malas”, como pudiera querer insinuar McKey, EEUU declara su independencia basándose en principios nacionalistas, Nicaragua se resistió a la ocupación de su país por parte de esos estadounidenses nacionalistas basándose en principios nacionalistas, la India se sacudió el dominio opresivo británico gracias a preceptos nacionalistas y la figura de Gandhi. Por poner algunos ejemplos.

Manifestar públicamente el apoyo a un grupo político no implica aprobar automáticamente sus cosas malas, tal como le asoma acá el famoso Willy McKey al famoso Roque Valero. Famosos y útiles los dos. Hay matices.

Se pueden apoyar las cosas buenas de una propuesta política y atacar las malas y eso no es complicidad ni extremismo. Extremismo es pretender descalificar sutil o frontalmente a quien opina o piensa de manera distinta. Complicidad es saber que eso está mal y sin embargo seguirlo practicando.

Es un nacionalismo “al revés”: prohibido hablar de nación porque se parece mucho al discurso de la otra orilla política. Llegarán a prohibir los símbolos patrios será, para que la gente no se equivoque queriendo y defendiendo su país.

Ese es el otro extremo, por supuesto. En el medio siempre hay espacio para encontrarnos.

Envíenos su comentario

Política de comentarios

Usted es el único responsable del comentario que realice en esta página. No se permitirán comentarios que contengan ofensas, insultos, ataques a terceros, lenguaje inapropiado o con contenido discriminatorio. Tampoco se permitirán comentarios que no estén relacionados con el tema del artículo. La intención de Prodavinci es promover el diálogo constructivo.