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De Rómulo Betancourt a Hugo Chávez: déjà vu, jamais vu; por Colette Capriles

Por Colette Capriles | 7 de marzo, 2013
dejavu texto

Fotografías: Francisco Batista /Prensa Miraflores

La televisión, sin sonido, muestra la vanguardia del cortejo fúnebre de Chávez, encabezada por un húsar portando una espada horizontalmente y una fila de militares en traje de campaña y boina roja, mientras les siguen los apparatchiks, de estricto rojo chavista (un tono especialmente vívido, que se desliza hacia el naranja de tanta luz bajo el sol del mediodía) con aspecto cansado, desolado, saludando a la multitud con gestos prefabricados y vagamente marciales. Ya formada una grandísima muchedumbre compacta también destellante de rojo, aparece la carroza fúnebre escoltada por la alta silueta de Maduro envuelto, distintivamente, con el traje deportivo tricolor que señala al heredero. El desleído color de la pantalla ya ofrece impresión de historia vieja. No deja de sorprender la mala calidad de la imagen y el desaliño general. No quiero oír la letanía de la locutora oficial ni los testimonios que ofrecen los asistentes. Sé que son palabras que quieren ser de amor pero también de división, de exclusión. De rabia que aún no sabe bien adónde dirigirse. Veo las caras, algunas compungidas, otras curiosas, otras estereotipadamente clase media o “humildes”, como reza el eufemismo.

Reconozco el mismo sentimiento que me produjo ver el acto de cierre de campaña de Chávez el 3 o 4 de diciembre de 1998. Creo que el lema “Con Chávez manda el pueblo” presidía la tarima. Una consigna cuya improvisada historia me contó hace poco Ernesto Alvarenga; no provino de los laboratorios de focus groups desde donde algunos creen que irradia la palabra eficaz, sino que apareció como un dicho de uno de los modestos fabricantes de pancartas que le fiaban al entonces candidato su material electoral. La audacia ingenua del propio Ernesto, dice él, la puso como backing en ese último acto de campaña, coronando varios meses de periplo que ya auguraba una victoria cómoda.

Su rubia esposa sonreía, un paso atrás del candidato, como las mujeres musulmanas. Y ahí estaba el gran predicador. Modos y maneras de pastor evangélico y tedio dominical, público llenando la avenida Bolívar, transmisión televisiva in extenso. Escribí esta impresión en mi libro La revolución como espectáculo y casi quince años después me reencuentro con ella. No sé cómo se llama, pero es eso, la sensación de ser un espectador que no puede evitar serlo, como cuando soñamos y la voluntad nos es robada por los villanos subcorticales.

Recuerdo los funerales de Rómulo Betancourt. La multitud en el aeropuerto y un poco antes, la noticia de su muerte en Nueva York, muerte en exilio voluntario lleno de significación política. Betancourt se apartó. No quiso interferir pese a lo torcido del rumbo que, a su juicio, el país estaba tomando. El petro-Estado, ya crecido, se adueñaba de la república. Yo era una adolescente inquieta y criada dentro de la estricta ideología de la izquierda universitaria: Betancourt no era precisamente la figura ejemplar. Unos años antes yo había visitado Cuba, cuando aún el turismo era peregrinaje político, como cortesía de mis padres en una especie de celebración progresista de mis quince años. Me acompañó mi hermana, un año menor. Un tour custodiado que entre otras cosas nos hizo coincidir con Fidel Castro en Cienfuegos. Y para hacer corto el cuento, nos proporcionó una filípica de cuatro horas de Castro sobre el demonio que fue Betancourt. “El dinosaurio”, lo llamaba. Monologante y maestro de la denigración, con esa voz suave y nasal, hipnótica.

Mi hermana y yo estábamos en un taxi cuando llegaba el féretro de Betancourt a Caracas. En aquella época dos muchachitas podían agarrar un taxi solas. Había cierto tráfico, y nos desviamos por la calle Negrín hacia el sur. La radio transmitía ininterrumpidamente música luctuosa cuando pasamos por los que ahora llaman “puentes gemelos”. Frente a Sears. Frente a lo que ahora es la sede de Banesco. El taxista, hasta entonces locuaz, guarda silencio. Y de pronto, reflexivo, dice: “Ahora habrá que cambiarle el nombre a estos puentes”. Estallamos en carcajadas. Y terminó siendo un homenaje curiosamente respetuoso a Betancourt y a sus “nalgas”. Fue un pequeño momento de cómica solemnidad que reconocía el tamaño de esa voluntad de construcción del país moderno que fue Rómulo.

El barbudo acabó consumando con su discípulo, y en el cuerpo de su discípulo, la venganza contra el fundador de la democracia venezolana. Quizás esa íntima narrativa sacrificial articula toda esta historia mientras los tomos de análisis politológicos y económicos se esfuerzan en descubrir sus contornos superficiales. No menos reales por cierto, pero periféricos.

Mientras escribo continúa la cadena nacional y el ataúd exhibido en el interior de la Academia Militar aparece flanqueado por Cristina Kirchner, Pepe Mujica, Evo Morales. Se intenta seguir un protocolo, pero la informalidad predominante lo desmiente a pesar de la voz marcial que lee los nombres de los titulares de los poderes públicos invitándolos a formar una guardia de honor, provocando incongruentes aplausos. Aplausos que acompañan también largamente a los hijos del presidente muerto cuando se acercan al féretro. Aquel instante de solemnidad malgré lui de aquel taxista tenía más densidad que este acto. No cesan los aplausos y el ruido oculta el duelo. Un duelo que se insiste en presentar como privado, como propio de la familia de sangre o de la familia extendida que forman sus seguidores políticos, sus votantes, y no como la despedida que una república le da a quien la presidió por voluntad popular. Y así, paradójicamente, lo que quiere ser homenaje se deforma como espectáculo.

En Cuba nadie usa corbata, claro. En Venezuela está en extinción y su ausencia es más elocuente que cualquier otra señal para marcar el país que dejamos atrás. Mientras, el que tenemos por delante está roto, partido en dos, triste, descentrado, ruinoso, desconchado, remendado, seco, aplastado, como el muñeco abandonado de un ventrílocuo que se fue.

Colette Capriles 

Comentarios (6)

juan manrique
7 de marzo, 2013

si no es un guion de bergman se parece igualito

Carlos Subero
7 de marzo, 2013

Rómulo murió en NY

willivas
7 de marzo, 2013

El 28 de septiembre de 1981 en la ciudad de New York muere don Rómulo Betencourt, el quinto mas greande hombre de la historia venezolana. Los cuatro precedentes son: Bolívar, Páez, Guzmán Blanco y Gómez, esta lista no es comparativa ni tampoco valorativa. So los más grandes por ser los que tienen mayores dimensiones. En el gomecismo se creo el Estado venezolano. Betancourt y su grupo generacional son los creadores de la nación o por lo menos el motor para hacerlo Nada de esto son los casttros. Betancourt y su grupo son los fundadores de la democracia venezolana y de la sociedad civil

Horacio Idarraga Gil.
8 de marzo, 2013

Fri 08, Mar 2013. Hola Colette. Creo que una de las mejores decisiones de Rómulo fue irse a empantuflarse en Viena, probablemente el mejor lugar para envejecer, especialmente si se tiene resuelto el problema económico y el cerebro lleno de recuerdos para sentarse a escribir. A diferencia de otros líderes que pretendieron eternizarse en el poder como Bolívar, Páez, Guzmán Blanco y Gómez, para nombrar solo unos cuantos, el decidió que lo mejor era ausentarse del país y permitir que otros asumieran el poder. Pero no es el momento de hablar de Rómulo sino de Chávez, para quien le pido al Señor que le haya dado el descanso eterno y una lucecita que brille para el a perpetuidad. Chávez designo a Maduro como su sucesor, pero le pidió a el y a todo el pueblo que se ciñeran a lo que dice la constitución. Pero heme aquí que ya la señora presidenta del tribunal supremo de justicia le torció una vez más el cuello a la señora constitución y autorizo a Maduro para que sea presidente encargado y candidato al mismo tiempo. ¿Y qué tal si en uno de esos arranques democráticos que se le ocurren a Maduro decidiera que también el pueblo opositor tiene derecho a darle su último adiós al difunto y lo invitara a ejercer ese derecho? http://racebis.wordpress.com/2013/03/08/alzheimer-el-cerebro/

Beatriz Saldaña
9 de marzo, 2013

Me gusto muchisimo… El espectaculo final es el resultado de un argumento de filigrana construido a lo largo de mucho mas de 14 años

Nancy Montero
5 de abril, 2013

Muy inspirada la reflexión de Colette, con un final para recordar y reflexionar. Efectivamente Chávez nos dejó como herencia un país roto deshilachado, que pide el esfuerzo de muchos para volver a ser un espacio donde reine la justicia y la dignidad. Nos queda también como herencia la certeza de que como dicen muchos de sus seguidores, a pesar de la fanfarronería de querer gobernar hasta el 2021 o hasta el 2030, Dios se encargó de decir que todo tiene su límite y que en el caso de nuestro ex presidente, él ¡no volverá!.

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