Arte

Más Modiano

Por Prodavinci | 24 de octubre, 2012

Artículo publicado en El País (España), escrito por José Luis de Juan. Un extracto a continuación:

La literatura escrita desde la autenticidad y, por qué no decirlo, desde el dolor, siempre acaba imponiéndose. Cuando es muy personal y de estilo muy marcado, necesita tiempo. Patrick Modiano (Boulogne-Billancourt, 1945) va viendo cómo sus libros calan en los lectores en español. Los últimos años han aparecido Villa triste, Calle de las tiendas oscuras y la llamada Trilogía de la ocupación, que recoge sus primeros títulos. En casi todas estas novelas el escenario es París. Una ciudad convertida en complejo personaje literario, con sus esquinas, sus barrios y sus plazas que corresponden a las emociones, las dudas, los heroicos fracasos del narrador. El París de Modiano late, sufre, recuerda. Es el negativo de la ville lumière de Victor Hugo. Una encrucijada de mínimos complots y desencuentros que revelan la rotunda categoría de las sombras, su poderosa huella dejada en la memoria como un estigma. Sus personajes, incluso los más velados y tenues, se imponen a la imaginación del lector con la impronta de los sueños. Y la atmósfera, el halo que rodea como una tela de araña sus historias, se enseñorea del argumento, de los personajes, para acabar siendo la final sustancia de su literatura, en una pirueta narrativa que viene de Kafka.

La escritura de Modiano tiene la sencillez de lo que se ha trabajado como un mármol hasta que no queda ni un mero arañazo de uña, sino el brillo sedoso de la frialdad, una frialdad a veces de morgue. Su primera persona es lacónica, habla entre líneas, se expresa mediante silencios. Y el lector, rechazado como un intruso al principio, va entrando poco a poco, como si hubiera de acostumbrar los ojos a unas imágenes que al principio parecen abstractas. Y son muy concretas. El escritor francés sabe siempre en qué órgano preciso de París sucede el dolor. Barrio perdido, novela de 1984, nos transporta a un apartamento de la place de l’Alma. Estamos esperando a que Carmen Blin se despierte. Aquí el narrador es un escritor de novela negra, Ambrose Guise, que regresa a París después de veinte años de ausencia. Es un julio muy caluroso, la ciudad le parece desierta y minúscula. Ni él sabe que ha venido para rastrear la sombra del joven que fue y la de quienes veía antes de que un crimen le hiciera huir a Inglaterra. Entonces se llamaba Jean Dekker. Y frecuentaba a la lánguida Carmen, a la fiel Guita, al abogado Rocroy. Así como al actor retirado Georges Maillot y los animosos Hayward, que desde la Rue Rodin movían al grupo como si fueran marionetas en su automóvil.

Guita sale de viaje y le deja las llaves de su casa, donde vivía con Rocroy. Allí Dekker se enfrenta al pasado, es decir, pasa al otro lado del espejo. Y ese lado, inseguro, en apariencia absurdo, intrascendente, tiene las claves extraviadas de su propia identidad. A través de Tintín, un operario de cine que persigue cada noche un auto en el que iría el desaparecido Maillot, entra en ese mundo que creía ido pero que sigue ahí. “Inicié mi vida con una salida en falso”, escribe. Ya ha sido engullido de nuevo por esa salida, que puede borrar de un plumazo veinte años de próspera identidad como autor y padre de familia.

A partir de ahí, entramos en el mundo Modiano. Un lugar donde nadie puede “estar”, pero al mismo tiempo nadie tiene permiso para salir. Una trampa de la vida y la literatura. Esperamos que Carmen se despierte, guardada por el celoso mayordomo, o que vuelva de una noche interminable. Recorremos una vez y otra, bajo la luz de las farolas, la avenida del Presidente Wilson, la avenida Montaigne, la Place de l’Alma, la Course de la Reine. Todo un barrio perdido, nocturno, desierto salvo por esos personajes. Sin ellos, sin la golpeada novia de Ludo, la vida de Dekker no existe. Una vez recobrado el barrio perdido, la morfina de la memoria, uno puede olvidarse de todo.

Patrick Modiano es el escritor del desamparo. Sus personajes buscan el calor humano que el pasado les negó y a él se aferran como lapas, intentando incluso para ello, como el narrador de Un pedigrí, una obra autobiográfica, “hallarle un misterio a aquello que no tenía ninguno”.

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