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Fabulosas narraciones por entrega, por Edmundo Paz Soldán

El primer personaje de ficción que me sedujo fue el pirata Morgan. Tenía diez años cuando leí las cinco novelas de Salgari en las que aparecía. Cuando me quedé sin Morgan, descubrí a Poirot, el detective de Agatha Christie. Duró más: alrededor de treinta novelas. Después llegaron los cuentos de Sherlock Holmes; por suerte para mí, también tuve para rato.

A los niños les gusta la repetición, el confort de lo familiar, pero no es que de mayores cambiemos tanto. Nos tienta regresar al mundo que nos dio placer, y mejor si hay algo de diferencia en la repetición. Es suficiente ver la popularidad de los detectives que reaparecen una novela tras otra -Stieg Larson, Fred Vargas, Arnaldur Indridasun: el éxito de un escritor policíaco se mide a partir de la creación de un personaje memorable–, la forma en que el cine nos llena de precuelas y secuelas y la televisión nos engancha con nuevas entregas de nuestras series favoritas. Quienes escribimos lo vivimos en carne propia: nunca falta el lector que sugiere que deberíamos continuar con una historia. A veces nosotros mismos estamos tentados de hacerlo.

Todo esto viene a cuento de la reciente fascinación que han ejercido sobre mí las cinco novelas que el escritor inglés Edward St. Aubyn, inspirado por su propia vida, le ha dedicado a Patrick Melrose, uno de los personajes mejor logrados de la narrativa contemporánea. Tardé en comenzarlas porque me desanimaban las casi mil páginas del ciclo; apenas leí los primeros párrafos, sin embargo, ya sabía que no pararía hasta terminarlas. St. Aubyn tiene muchas virtudes como escritor: capacidad para combinar un patetismo desgarrador con una mirada satírica despiadada, poderosas dotes de observación, registros que pueden ir de lo cómico a lo elegíaco en el mismo párrafo, una prosa elegante que no titubea a la hora de describir la crueldad, la perversión, la sordidez de una clase social.

Patrick Melrose pertenece la aristocracia inglesa, se mueve en un mundo de privilegios en que ser disfuncional es un mérito cultivado a rajatabla. Es el típico producto de una clase decadente, y a la vez su víctima; en una escena crucial de la primera novela, Never Mind (1992), David, el padre de Patrick, le pide a la madre, Eleanor, que coma el plato que acaba de preparar “como si fuera una mujer aparentando ser un perro”. Eleanor se somete, por “espíritu de sacrificio”, sin saber que está descubriendo la dinámica perfecta para la relación con David: es una masoquista en manos de un sádico. “They fuck you up, your mum and dad”, dice uno de los versos más citados de Larkin, estribillo que tintinea en el fondo de toda la saga de Patrick Melrose, un niño que el padre no se cansa de abusar (en todos los sentidos) y al que la madre no puede ni quiere proteger.

Patrick deambula sin consuelo por estas novelas: si Never Mind narra la precariedad, las humillaciones, la violencia de su infancia, Bad News, la mejor del ciclo, lo encuentra más perdido que nunca, un veinteañero que busca escaparse de la realidad a través de su adicción a la heroína (pese al drama, St. Aubyn nunca pierde su sentido del humor: hay memorables escenas con Patrick buscando droga en los bajos fondos de Manhattan); Some Hope puede leerse como una comedia de maneras, con ácidas burlas a la nobleza británica; Mother’s Milk (2006) es el quieto relato del fracaso matrimonial de Patrick, de su depresión a los cuarenta; At Last (2011) narra su esfuerzo conmovedor no solo por entender a sus padres sino también perdonarlos y, por fin, superar el trauma de la infancia.

Cuando terminé At Last me quedé un largo rato con una sensación de abandono: no habría nuevas novelas de Patrick Melrose para mí. Rogué que St. Aubyn recapacitara y en algunos años escribiera una sexta entrega, con un Patrick cincuentón. Descubrí que todo y nada había cambiado desde mis diez años.