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María Fernanda Palacios: “Enseñar me produce una gran alegría”, por Albinson Linares

Exclusivo para Prodavinci.com/ Su voz es cálida y firme por teléfono. Cada palabra está marcada por una dicción cuidada que es un placer escuchar, mientras se disculpa por la ausencia de tiempo para dar entrevistas: la preparación de una larga clase sobre pintura, centra toda su atención por esos días.

En una tarde luminosa, poco después, la plaza Francia estaba convertida en una fiesta libresca. Docenas de anaqueles repletos de volúmenes que atesoraban los más diversos saberes y contenidos; simposios, charlas, exposiciones y conciertos convirtieron a Altamira en la tierra prometida de los lectores.

Sentada frente a unos ponentes, María Fernanda Palacios sonreía y tomaba anotaciones constantes. Subrayaba una libreta pequeña mientras escuchaba atentamente lo que decía uno de sus exalumnos, el narrador Rodrigo Blanco Calderón. La gran homenajeada del IV Festival de la Lectura de Chacao, disfrutó de la conferencia con una calma envidiable, absorta por cada argumento.

Al rato, se levantó con agilidad y, mientras paseaba por la plaza, admitió con emoción: “Estoy encantada de que el festival se siga realizando con tanto éxito, porque son espacios que nos hacen falta en la ciudad. Siento un profundo agradecimiento por el homenaje pero, insisto siempre, que no es para mí. No tengo ninguna obra, ni nada que merezca un homenaje de esta naturaleza. Esto es un reconocimiento para la Escuela de Letras de la UCV”.

María Fernanda Palacios, nacida en 1945, es una de las intelectuales más influyentes del pensamiento venezolano. Se ha ganado el reconocimiento de lectores y críticos gracias a la brillantez de sus investigaciones, libros de ensayos y poemarios. Suele definirse como docente, y luego de más de cuatro décadas dedicada a la enseñanza académica, no resulta exagerado decir que buena parte de los intelectuales y renovadores de la literatura venezolana han sido sus discípulos.

Obras como Sabor y saber de la lengua (1987), Ifigenia: Mitología de la doncella criolla (2001) y la edición de las Obras Completas de Teresa de la Parra, la ubican como una gran investigadora; una ensayista acuciosa poseedora de un delicioso estilo argumentativo. Con los poemarios: Por alto/ por bajo (1974) y Y todo será cuento un día (2011), la poesía venezolana la recibió con alborozo como una voz original, cuyos versos aparecen signados por un riguroso cuidado del ritmo.

“No me considero poeta, no puedo. Sin embargo tengo una relación especial con la poesía y la escritura. Hace poco decía que el verso sale cuando hay reposo y puedes escuchar la palabra. Debes dejar que ésta tenga la iniciativa. Nosotros no debemos forzarla”, admite mientras mira con atención a la multitud que recorría la plaza, sin cesar.

Su amor por la docencia, se expresa en una intensa pasión que la llevó a compartir sus lecturas con centenares de alumnos. No en vano sus clases son legendarias y muchos de sus ex alumnos, como el escritor Roberto Martínez Bachrich, las consideran un género literario en sí. En una entrevista con Rafael Arraiz Lucca realizada en 1987, Palacios comentó: “Mi ambición es aquella de Proust cuando decía: ‘qué delicia sería tener un amigo que lo acompañe a uno, leyendo, todo el tiempo’. Hay que ver lo placentero que es poder ir comentando un libro que lo tiene ‘tomado’ a uno”.

“Todo lo que sé, se lo debo al espíritu académico de la UCV, el homenaje es para mis compañeros que dan clase conmigo, los que han dado antes, los que seguirán después y mis alumnos que son excelentes lectores. Recibo con alegría este reconocimiento porque eso le da sentido a lo que hacemos en la vida”, asevera y sigue su camino.

La alegría del conocimiento

-Usted fue criada en un hogar donde los intereses intelectuales fueron parte de las enseñanzas más tempranas ¿cuánto influyó en su precoz pasión por los libros?

Desde pequeña adoraba leer a Emilio Salgari y Alejandro Dumas, me devoraba todas sus historias. Vengo de una familia donde la biblioteca siempre fue parte fundamental de la casa, no sólo por mi padre y mi madre, que era pintora, sino por mis abuelos y tíos. Mis recuerdos más valiosos son de las sobremesas. Eran momentos donde uno escuchaba a los mayores, conversaba, oía hablar de libros, de otros países, otras ideas y a uno le provocaba leer. La otra parte, tan importante como ésa, es todo lo que aprendí en la UCV. Todo lo que sé y lo que me falta por aprender se lo debo a la universidad.

-Comenzó a dar clases muy joven, en 1969, era otro país centrado en otros paradigmas académicos ¿a cuáles profesores recuerda como determinantes en su pregrado?

Recuerdo a todos mis profesores con cariño. Federico Riu nos enseñaba filosofía, fui preparadora de Gustavo Luis Carrera, Richter nos daba Literatura Alemana, Rosenblat impartía clases de filología, Guillermo Sucre dictaba clases de literatura francesa y el recientemente fallecido Gustavo Díaz Solís, también fue un maestro muy querido. Pero después aprendí mucho al dar clases junto los que empezaron conmigo en la nueva escuela de renovación académica. Jaime López Sanz, Rafael Cadenas, Michaelle Ascencio, Rafael López Pedraza, Marcos Rodríguez y algunos alumnos míos que ahora son profesores como Rafael Castillo Zapata, Vicente Lecuna y Jorge Romero, entre muchos otros. Cada uno de ellos ha sido importante para mí, porque mantenemos una relación hermosa y constante.

-Mencionó hace un momento el proceso de renovación generado en la Universidad Central de Venezuela a fines de los sesenta ¿cuáles son los elementos incorporados por esa generación de profesores que aún persisten en la Escuela de Letras?

Quizá el elemento más importante que se ha mantenido, fuera de ciertos excesos, es que se estudia literatura leyendo a los escritores y poetas. Ya no se enseña una historia panorámica de la literatura, como le tocó a mi generación. Creo que pasamos de una especie de enorme bachillerato de letras a un pensum centrado en aprender a leer a los autores. Todas las disciplinas literarias se centran en que haya un cuerpo de lectura y en eso hacemos especial énfasis, eso es lo más duradero. Como profesores podemos tener distintas maneras de ver la literatura y convivimos con eso, pero a todos nos une esa devoción por las lecturas y la enseñanza.

Enseñanza sublime

-Al hablar de sus vocaciones, suele privilegiar a la docencia por encima de su importante labor autoral como ensayista y poeta ¿a qué se debe esta distinción?

Enseñar me produce una gran alegría. Es lo que he hecho toda mi vida y nunca he dejado de hacer. Sería pretencioso decir que soy otra cosa, porque es lo que ocupa mi mayor cantidad de tiempo y dedicación.  Es lo que me da más felicidad, eso no quiere decir que escribir no sea algo importante y necesario. Por eso trato de hacerlo bien, pero es otra cosa. Al preparar una clase y darla hay una inmediatez, algo que se deposita en la fantasía de los involucrados que es fascinante. La relación con los alumnos y el contenido siempre es diferente, aunque des las mismas materias o temas. El programa académico siempre cambia porque no repetimos nada, pero si sucediera, el mismo hecho de tener alumnos distintos cada año hace que sea una experiencia única.

-Luego de más de cuatro décadas dedicadas a la enseñanza ¿qué cambios ha notado en las distintas generaciones de alumnos que han pasado por su aula?

Los estudiantes siempre cambian, sería gravísimo que no lo hicieran. Eso hace que uno aprenda mucho más de ellos, porque traen nuevas influencias y lecturas. Es algo que me mantiene allí pese a que haya duplicado el tiempo que se necesita para jubilarse, porque dar clases es una manera de estar en la vida. Empecé como profesora en 1969 y mientras tenga vista, salud y me soporten seguiré haciéndolo. Es mucho lo que recibo de los alumnos y la escuela.

-En esta era de atomización de las informaciones, del frenesí de la agenda diaria ¿siente que seguirán abiertos los espacios para la reflexión estética?

Espero que sí. Siempre que me asusto y me deprimo por la cantidad de celulares que sé que están vibrando y sonando o chateando, mientras estamos en una clase. A veces cuando conversas con un amigo y te das cuenta que su mirada siempre se dirige hacia el celular para ver si tiene una llamada son cosas que lo descorazonan a uno pero entonces recuerdas y te das cuenta que toda la vida la gente que ha leído, los buenos lectores -ya sean escritores o no- siempre se han quejado, de las distracciones del mundo. Siempre han sentido que el mundo no corre al mismo ritmo que los lectores. Uno lo siente como una fatalidad y quizá como dice Cadenas en sus Anotaciones:  “El papel de la poesía y la literatura es hacer contrapeso, contrastar ese otro lenguaje y actitud”.

Al margen de las distracciones

-¿Cuáles lecturas suelen acompañarla desde siempre como compañeros recurrentes en su quehacer intelectual?

Siempre los divido entre los que lees en el momento y los que te acompañan toda la vida. Hay cosas permanentes como La odisea, los trágicos griegos o algunas obras de Shakespeare pero lo que más me acompaña son las obras de Dostoievski, Proust, Kafka y otras lecturas a las que les he dedicado mucho tiempo. En poesía, me interesan ciertos rusos perseguidos en el régimen de Stalin y que hemos empezado a leer muy tarde. Empecé a leerlos hace unos 15 años, a poetas como Anna Ajmátova y Ósip Mandelshtam que son los que tengo más cerca. De los venezolanos Guillermo Sucre, Rafael Cadenas, Juan Sánchez Peláez, Enriqueta Arvelo Larriva, Ramón Palomares y Eugenio Montejo siempre me han gustado. Uno termina siendo muy agradecido a lo que la poesía te da. La poesía no se puede leer al por mayor, sólo son unos cuantos los poetas que uno lee o relee.

-Muchos críticos la consideran al margen de las vanguardias venezolanas, de los grupos y movimientos poéticos ¿siente que ha desarrollado su obra fuera de esas propuestas?

Nunca me han gustado. No le veo sentido, si hablamos de arte, porque creo que las verdaderas vanguardias ya pasaron. Pertenezco a la generación que se desencantó al ver que el arte no se hace con manifiestos, programas ni doctrinas. Eso sucedió en un momento dado, surgió un mimetismo con las vanguardias políticas cuando eso estaba en el orden del día, cuando los ideales de una revolución te hacían creer que el mundo se iba a convertir, de la noche a la mañana, en un nuevo paraíso. Fue entonces cuando aparecieron todos esos movimientos pero ¿qué ha quedado de esas vanguardias? Sólo los individuos. Fue un cuarto de hora por el que han pasado muchísimos escritores y artistas extraordinarios, pero su valor no está en haber sido parte de esos grupos, ni en haber firmado manifiestos, su valía está en lo que hicieron al margen y, a veces, en contra de esos movimientos.

-En todos estos años de docencia ha tenido la oportunidad de experimentar las diversas variantes del discurso político en la UCV…

La escuela siempre ha tenido una manera muy peculiar de vivir la política y en nuestra carrera, como le damos especial atención a la palabra, es más difícil que impere la palabrería, la demagogia y el dejarse llevar por esa cosa vocinglera, voluntarista que no debería ser característica de la política. Ojalá hubiera mas propuestas de ideas en este país y volviésemos a tener una vida política porque cada vez es más reducida.

-¿Cómo influye esa atmósfera polarizada en las actividades académicas de la Escuela de Letras?

Eventos como el Festival de Lectura, intentan mantener el espíritu de la “polis” y la política que implique discusión y una reflexión seria sobre las cosas. La política de desgaste, la polarización estúpida no tiene sentido y menos en una Escuela de Letras donde lo principal es el conocimiento. En la universidad hemos mantenido el respeto, eso no quiere decir que uno tolere todo. El país está viviendo uno de sus momentos más duros, debido a unas estrategias oficiales que asfixian lo que debería ser la verdadera política.

¿Siente la presión del entorno causado por esas “políticas oficiales” en el proceso creativo cuando concibe sus clases?

Cada vez ese entorno sabotea más reduciendo la posibilidad de vivir y hacer política. Pareciera que éste es un gobierno que no está interesado en gobernar, sino en imponer lo que ellos llaman “políticas”. Por eso me parece importante mantener el estilo de nuestra carrera, donde la reflexión forma parte de lo que hacemos cada día. Cuando estás leyendo a los autores que estudiamos, es inevitable que una reflexión sobre la política aparezca, pero eso no quiere decir que hacemos adoctrinamiento, ni convertimos a esos autores en partidarios de una o determinada línea política. Eso no tiene sentido.

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Lea de María Fernanda Palacios en Prodavinci: 1) Despierte el alma dormida y 2) La alegría de aprender (en favor del estudio asistemático)

Foto portada: El Universal

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