Artes

Incomunicado, por Fedosy Santaella

Un cuento del más reciente libro de Fedosy Santaella, Instrucciones para leer este libro, publicado por Bid & Co. Editor, 2012

Por Fedosy Santaella | 9 de mayo, 2012

A Ismael Sánchez

 

Alberto es mi hermano del alma y lo conozco desde antes del celular. Tengo memoria clara de esto, porque en otra época se podía hablar con él cara a cara.

Me explico con hechos concretos:

Una tarde cualquiera quedo en verme con Alberto en un restaurante para conversar un poco, para ponernos al día con nuestras vidas. Así que llego al sitio y me siento. Un par de minutos después aparece Alberto hablando por el celular. Me saluda con una palmadita en el hombro, se sienta y sigue hablando por el móvil.

Un mesonero bajito y ojón se acerca y pregunta qué van a beber los señores. Mi amigo no lo escucha, sigue pegado al auricular portátil. Pido una cerveza para él y un jugo de durazno para mí. Pasan unos diez minutos y aún Alberto está hablando.  Menos mal que decidí dejar de tomar licor, si no, ya llevara por lo menos cuatro cervezas solitarias.

Por fin, Alberto cuelga. Me pide disculpas, se toma un trago de cerveza y se queja:

—Coño, está vaina es una sopa.

Llama al mesonero bajito y ojón. De mala gana le ordena que le traiga otra cerveza.

—Pero esta vez bien fría, hermano, que la anterior me la trajo al natural.

Yo pido otro jugo de durazno. El mesonero se aleja con la cerveza que alguna vez estuvo fría sobre nuestra mesa.

Alberto me pregunta qué es de mi vida, cómo va el trabajo, la mujer, los gatos, el perro. Yo le empiezo a contar. Voy apenas por el tercer verbo cuando suena su celular. Él responde.

Transcurren otros diez minutos y Alberto continúa con sus asuntos al teléfono. Habla de negociaciones, discute, manda para el carajo a no sé quien.

El capitán de mesoneros se acerca y nos pregunta si ya estamos listos. Yo tengo hambre y el tiempo contado para comer y regresar a la oficina. Leo la carta, me decido por una milanesa, pero no ordeno porque Alberto aún habla por el celular y no quisiera molestarlo mientras pergeña sus negocios.

Le digo al capitán que vuelva en unos instantes. El capitán se aleja y Alberto cuelga, toma de la nueva cerveza que hace rato le trajeron y dice:

—Coño, esta vaina está igual de ensopada que la anterior.

Llama al mesonero bajito y ojón. Lo insulta. El mesonero se pone rojo y más ojón; casi puedo adivinar lo que está pensando, casi puedo verlo escupiendo u orinando el próximo trago de mi amigo.

El mesonero se marcha.

Alberto abre la carta. Apenas le dedica una mirada, cuando vuelve a sonar el celular. Deja el menú sobre la mesa y contesta. Esta vez parece ser algún amigo suyo que yo no conozco. Empiezan a cuadrar una salida para la noche. Alberto hace comentarios graciosos, se ríe a mandíbula batiente, está feliz de la vida.  Casi siento envidia del que está al otro lado de la línea, compartiendo su tiempo con mi amigo del alma.

Luego de unos cinco minutos, Alberto cuelga. Me pregunta en qué estábamos y yo le digo que decida su almuerzo, que tengo hambre y poco tiempo. Alberto dice:

—Sí, coño, sí, yo también.

Le da un vistazo a la carta, dice «ñoquis cuatro quesos» y, terminando de decirlo, suena el celular. Alberto suelta un «aló», escucha y luego dice fríamente:

—Epa, ¿qué tal?

Lo veo hacerme un gesto de excusa, se pone de pie y sale del restaurante. Muerto del hambre y ya enterado de la elección del hombre-misterio, llamo al capitán de mesoneros y hago el pedido.

El mesonero bajito y ojón trae la cerveza. Me mira furibundo. Sé que proyecta en mí el odio hacia el otro. Yo le devuelvo una mirada de perro triste.

A los quince minutos regresa mi-hermano-del-alma.

—Coño, pana, disculpa, es que tengo un peo ahí.

—Tranquilo, viejo —digo yo.

Alberto prueba la cerveza. Hace un gesto cercano a la nausea. Va a decir algo, está a punto de quejarse, pero el mesonero bajito y ojón se aproxima con los platos. Alberto, entrecejo, observa lo que le colocan en la mesa y dice:

—¿Qué vaina es esta?

—Ñoquis cuatro queso —responde el mesonero.

—Pero yo no pedí esta vaina, yo quería los Vermicellis Mediterráneos.

—Eso fue lo que pidió el señor —me señala el mesonero, sacudiéndose el reclamo, y luego voltea hacia el capitán, como buscando apoyo.

Alberto me mira y yo respondo que eso fue lo que le escuché decir antes de irse a hablar afuera. Alberto dice:

—¡Coño no, esto no era lo que yo quería! ¡Y además, la cerveza está otra vez caliente!

Entonces vuelve a sonar el celular.

Alberto responde de mala gana:

—¿Quién es?

Al otro lado le contestan y lo veo cambiar de cara y de humor:

—Hola, belleza, ¿cómo has estado?

El mesonero bajito y ojón me pregunta si desea que le cambie el plato a mi amigo, yo le digo que traiga lo que él dijo que quería. El mesonero se lleva el plato. Ahora lo imagino mezclando trozos de papel higiénico —ya usados— en la salsa de los vermicellis.

Alberto, que cuchichea melindres viendo para otro lado, no se da cuenta de que se han llevado los ñoquis. Unos cinco minutos después, cuando cuelga, pregunta por ellos. Yo le digo que se los llevaron. Alberto hace un gesto de enojo y dice que le hubieran dejado los ñoquis, que está apresurado, que lo llamaron para una reunión de negocios. Azorado, empieza a ponerse de pie y me dice que no se puede quedar más tiempo. Saca la cartera, deja un par de billetes grandes, me da una palmada en la espalda y se excusa:

—Hermano, estoy apurado, tú sabes como es todo.

Yo digo «tranquilo, viejo, tranquilo», y veo a Alberto caminar hacia la salida. Antes de salir, suena el celular; él lo contesta.

***

(De Instrucciones para leer este libro, el más reciente libro de Fedosy Santaella, publicado por Bid & Co. Editor, 2012.)

 

 

Fedosy Santaella 

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