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Alcabala, por Raúl Stolk

En la escuela de derecho tomé una electiva de derechos humanos. La escogí entre diez materias para cumplir con el curso de seminario. Me sentí nobilísimo con mi escogencia, con seguridad mucho mejor que mis amigos: Ricardo, quien se decidió por el de Tránsito en busca de una materia práctica que le sirviera para algo “así sea para no dejarme joder por los pacos” y Francisco, que se inscribió en el curso de derecho canónico del padre Arruza, creyendo que sus años en el Colegio San Ignacio le servirían de palanca con el viejo y cascarrabias sacerdote.

Mi seminario no fue lo que esperaba. No se por qué esperaba algo si yo no tenía idea de qué se trataba aquello. Tomé el cursillo porque me sonaba elegante, reminiscente de lo que pensé que sería la carrera de abogado. Una lucha por los derechos de los humanos. Tenía 19 años y era un poco idiota, la verdad.

La profesora Ortega ilustraba sus clases utilizando casos reales. Tuvimos unos agarrones terribles. Mi tapadez juvenil no permitía que entrasen en mi cabeza los conceptos más básicos. Uno de los primeros casos que presentó fue el de María Elena Loayza Tamayo contra Perú. Una mujer que había sido privada de libertad, torturada y violado su derecho a la legítima defensa, por su supuesta asociación con Sendero Luminoso. Mi respuesta a la historia, fue increpar a la profesora sobre la posible vinculación de la señora con el grupo guerrillero y decir que “si la mujer era terrorista qué importaban los medios que se utilizaran.” El suspiro de asombro de la profesora casi deja sin oxigeno al resto de la clase. Recuerdo con pena ajena, sí, ajena, porque no me reconozco en aquel postpuberto irracional, el episodio en que le refuté que aquello del Caracazo no calificaba como un caso de violación de derechos humanos porque esos eran “una cuerda de malandros y saqueadores.” Dios.

Mi condición de hereje no duraría mucho. Ese mismo día en que, tan soezmente, me referí al caso de Loayza Tamayo, la profesora nos despidió con la historia de un joven centroamericano, probablemente salvadoreño y no muy distinto a cualquiera de nosotros, a quien las autoridades de su país habían detenido en una alcabala y desparecido sin que se supiera más de él.

Horas más tarde me encontraba en la carretera vía la Guaira con mis dos amigos, el fiscal de tránsito y el cura. Al llegar a la primera alcabala de la vía, se nos hizo clara la intención del funcionario luego que hiciera bajar la ventana a Ricardo –que iba de copiloto- y constatara nuestra pinta de conejos. Con una seña mecánica y la mirada perdida en la rutina, nos ordenó parar unos metros más adelante. En esa desafortunada oportunidad se cruzaron nuestras tres disciplinas.

Ricardo dijo que, según su profesor de tránsito, yo no podía dejar que el funcionario se llevara mis documentos, pues la retención de papeles era ilegal. Es más, no tenía siquiera que bajar la ventana si no me daba la gana. Mientras escuchaba las osadas recomendaciones de Ricardo, vi por el retrovisor a Francisco, aplicando las enseñanzas de Arruza, persignándose para apelar a una instancia superior.

Yo llevaba el cuento del salvadoreño demasiado fresco y entre lo tenebroso de la hora y las miradas complacientes de mis compañeros, decidí emprender la fuga. No había rodado más de media cuadra, cuando un jeep de la PM brincó frente a nosotros y bloqueó la vía.

Nos pusieron contra la pared y nos raquetearon violentamente. Rajaron los asientos de mi carro en busca de sustancias ilegales. Luego, ordenaron que ahí, justo detrás del carro, nos arrodilláramos y acercásemos nuestras frentes al muro. Con la frente a un centímetro de aquella pared recién frisada, cada uno recibió un fuerte golpe en la nuca con lo que presumimos era una guía telefónica. Ninguno se quejó, creo que quedamos demasiado desorientados para hacerlo. Luego nos subieron a la jaula junto a un pordiosero que habían agarrado oliendo pega, y nos aterrorizaron con cuentos de lo que le pasaba a los sifrinitos como nosotros en la cárcel. Que nos iban a violar y muy probablemente a matar a punta de chuzo y chopo. El pordiosero reía en complicidad con sus captores. Luego de dos horas, nos devolvieron las cédulas y, pidiéndonos “la colaboración”, nos dejaron volver al carro, seguros de habernos propinado una lección de vida. Francisco y Ricardo vaciaron sus carteras y entregaron lo poco que quedaba de sus míseros sueldos de pasantes. Yo no tenía ni una puya partida por la mitad, tuvieron que conformarse con lo que llevaba en la cava, un fresco pal camino.

Mi testaruda mente necesitaba un ejemplo en carne propia para entender lo que la profesora tan apasionadamente defendía. ¿Y por qué hizo falta el miedo, el abuso y la humillación para entender algo que a todos nos corresponde por el simple hecho de ser? Porque los derechos humanos no son parte de nuestra cultura. Estamos acostumbrados a la arbitrariedad y a la terrible asociación entre la policía y lo delictual. En aquella oportunidad nos salvamos porque había dolientes y la apariencia de tener que responderle a alguien. En estos días se dispara y punto. Las preguntas sobran.