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Cómo capturaron en España al asesino del primer ministro serbio

Por Prodavinci | 20 de febrero, 2012

Cruz Morcillo y Pablo Muñoz presentan en ABC la historia de la captura de Luka Bojovic. Aquí un extracto.

Bárbara Bojovic es una mujer diez. Su larga melena morena y sus medidas perfectas, con ayuda del bisturí, vuelven locos a los hombres. Al suyo, antiguo paramilitar y cerebro del asesinato del primer ministro serbio, más que a ninguno. Tanto como para seguirla a través del mundo y estar cerca de ella y de sus tres hijos. Tanto como para costarle su captura, después de casi una década escondido como un lobo. El esquivo Luka Bojovic ha caído por el amor de una mujer.

«Tiene devoción por su familia. Si Bárbara está en Alicante, él tiene que andar cerca». Este fue el mensaje que la Policía serbia dio a la española hace veinte meses. Bojovic era el fugitivo número uno. Está acusado del asesinato en marzo de 2003 de Zoran Djindjic, el primer ministro de su país, cuya muerte supuso un mazazo en la incipiente democracia del país. Los «Tigres de Arkam», paramilitares que sembraron odio y crueldad en la guerra de los Balcanes, fueron los autores del crimen, y Luka era uno de sus líderes. Estos ultranacionalistas con el final de la guerra se reconvirtieron en mafiosos e integraron el Clan Zemun dedicado al tráfico de drogas y seres humanos, la prostitución, los atracos a joyerías y los asesinatos (se les acusa de una veintena).

Tras el magnicidio fue detenido uno de los autores, «Lejiga», que cumple condena, y un par de años después cayó Bojovic, detectado en un encuentro con su mujer Bárbara en Belgrado. Pero el tipo fiero no estaba dispuesto a dejarse encerrar y logró fugarse. Desde 2006 nadie sabía dónde se ocultaba. Se le había buscado en varios países sin resultado. Hasta que la Policía, con buen ojo, pensó que seguiría los pasos de Bárbara hasta el infierno, si hacía falta.

La mujer del jefe se sentía a salvo. Había alquilado un piso en la Cala Finestrat (Benidorm) para ella y sus tres niños, el mayor de nueve años, a su nombre; tenía una cuenta corriente también con su verdadera identidad y los críos asistían a un caro colegio concertado, inscritos con sus nombres y apellidos verdaderos. Localizarla fue fácil, pero durante meses sirvió para muy poco a los agentes del Grupo de Atracos de la Unidad de Delincuencia Especializada y Violenta. «La teníamos bastante controlada, pero es imposible un seguimiento completo tanto tiempo», admiten los investigadores. Sabían que Luka sentía debilidad por sus retoños y por su esposa, que de vez en cuando desaparecía unos días coincidiendo con festivos, puentes y fines de semana. ¿Adónde iba? Estaban seguros de que a reunirse con su amado: en España o en otro país.

Cada mañana llevaba a los niños al colegio

Bárbara ejercía de madre ejemplar, con una vida ordenada y rutinaria. Cada mañana llevaba a los niños al colegio, casi siempre en coches de la organización mafiosa o en taxi, y mientras los pequeños estudiaban ella pasaba el tiempo en clínicas de estética o en tiendas de moda comprando ropa de marca para toda la familia. Las actividades extraescolares de los críos, tenis, natación o lo que tocara, y su tiempo entregada al deporte (tiene su propio entrenador personal) completaban su jornada. No era infrecuente que la acompañara Vladimir Mijanovic, un tipo cercanísimo a Luka, su auténtico lugarteniente desplazado a Alicante para proteger a la familia del jefe. Mijanovic podía moverse sin problema porque no está buscado por Serbia ni por ningún otro país.

Dos pisos francos

Los investigadores pasaron días y noches enteros apostados junto a la casa, las clínicas y las tiendas favoritas de la explosiva balcánica. Ni un paso en falso. Ni teléfonos ni coches. El caso Bojovic empezó a despertar cierto nerviosismo entre algunos jefes que dudaban si merecía la pena tanto trabajo para un resultado tan incierto. Pero se siguió. Algo les decía que la tenacidad acabaría con premio.

«Las medidas de seguridad nos pusieron las orejas tiesas»

El anticipo llegó el pasado día 8. El lugarteniente Mijanovic tomó un vuelo en Las Palmas con destino a Madrid; había viajado a Canarias supuestamente para reunirse con su gente. Desde Barajas ya no se le perdió de vista. «Llamó desde cabinas, cogió varios taxis que dieron vueltas y más vueltas y al final comió en el Hard Rock Café de plaza de Colón, mirando a su alrededor sin parar». Los investigadores de Atracos tuvieron claro que se preparaba una cita importante. «Las medidas de seguridad, más extremas que nunca, nos pusieron las orejas tiesas». Y apostaron a que esta vez no les iba a dar esquinazo. Desde el almuerzo subió al AVE en la estación de Atocha, con destino a Valencia, y hasta allí lo «acompañaron».

Mijanovic se dirigió a un piso del número 420 de la calle San Vicente Mártir en la capital valenciana. Abrió con sus llaves y se quedó un tiempo. Cuando acababa de anochecer, el serbio salió de la casa acompañado de otro buscado con ahínco: Sinisa Petric, alias «Baku», un sicario del grupo fugado de una prisión serbia donde cumplía condena por asesinar a una familia, incluido un niño.

«Baku» y Mijanovic volvieron a la calle

Con la cautela habitual ambos se dirigieron al número 3 de la calle Nino Bravo de la ciudad, donde de nuevo entraron con sus propias llaves. La noche fue muy larga para los agentes. A la mañana siguiente, poco antes del mediodía, «Baku» y Mijanovic volvieron a la calle y se metieron en un taxi. Al cabo de un rato, la adrenalina se disparó en los vigilantes apostados por todos los rincones: del noveno piso bajaron otros dos tipos, ambos con barba, atléticos y resueltos. «Es Luka, yo creo que es él», se oyó a través de los micros. «No lo sé, con las gafas de sol y la gorra, no estamos seguros», respondieron otras voces.

Cuatro tipos dando vueltas en taxi por Valencia, separándose y volviéndose a reunir; cuatro supuestos mafiosos, perseguidos por Interpol desde hacía años. A la hora del almuerzo, los amigos entraron con familiaridad en un restaurante de solera, la «Bodega la Paz», en el centro histórico. Les dejaron comer. Hasta el postre. Los agentes de paisano se acercaron a la mesa. «Somos policías, enseñen su documentación», les ordenaron. «¿Por qué, porque somos extranjeros? No hemos cometido ningún delito». Luka intentó ponerse de pie y se afianzó como jefe, dirigiéndose en serbio a los suyos. Su pasaporte decía que era Tomas Dargis, lituano. Salvo Mijanovic, ninguno tenía su identidad real.

«Han entrado en la historia»

«¿Tienes para pagar la cuenta?», le preguntaron los policías. «Por supuesto», soltó, y dejó caer los más de 300 euros del condumio antes de que los trasladaran a comisaría. El cuarto del grupo, como confirmó Interpol en unas horas, era otra presa codiciada: Vladimir Milisavljevic, pendiente de cumplir cuarenta años de prisión en Serbia por apretar el gatillo contra el primer ministro. Ninguno iba armado, pero si se había reunido la cúpula del clan Zemun las armas no podían andar lejos.

El arsenal lo componían tres subfusiles de asalto Scorpio, nueve pistolas semiautomáticas, una escopeta, un llavero pistola, silenciadores, cargadores y abundante munición. Dos macutos cargados hasta arriba que se encontraron en la vivienda de la calle Nino Bravo, la del jefe, uno de los dos pisos francos que había alquilado la organización mafiosa. Para sus gastos, Luka guardaba 557.000 euros; en el segundo piso había otros diez mil.

Fríos y educados, en los calabozos se negaron a probar un sorbo de agua por miedo a ser narcotizados o, como creen los investigadores, para forzar un traslado al hospital que les daría más opciones para intentar una fuga. Por si acaso, de Valencia a Madrid los trasladaron los GEO. El juez de la Audiencia Nacional Fernando Andreu los ha enviado a prisión, donde permanecerán hasta que sean extraditados.

Los ojos con lágrimas de Bela Bacovic, embajadora de Serbia en España, el pasado lunes en el complejo policial de Canillas, lo decían todo. «En la historia de mi país habrá un antes y un después de estas detenciones. En los colegios se estudiará que la Policía española detuvo a los asesinos de Djindjic», les dijo a los agentes mientras estrechaba la mano de cada uno de ellos. Ese fue su premio.

Luka Bojovic, en cambio, no tuvo el suyo a tanto amor. Las cartas encontradas con corazones pintados, a sus 39 años, atestiguan que la pista fue más que buena. Ahora le esperan la cárcel serbia y sus enemigos.

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