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Tomás Eloy y el hielo, por Mirtha Rivero

Una tarde a finales del año 1961, el que hoy es mi marido estaba oyendo la radio cuando, de pronto, comenzó a sonar una balada que le cambiaría lo que para entonces eran sus parámetros musicales. Se trataba de la versión en rock and roll que el grupo norteamericano The Marcels había hecho de un clásico de los años treinta: Blue moon.

Apenas oyó la primera estrofa en donde el vocalista hacía de bajo humano –bomp, bomp, bomp, bomp, bomp, baba, bomp-, quedó como en shock. ¿Y es que esto se puede hacer?, se preguntaba emocionado a medida que su cabeza se llenaba con los sonidos nuevos que traían las voces y los instrumentos. Nunca antes había escuchado una cosa parecida, era como si la música ocupara todo.

-Esa canción fue para mí –asegura hoy- lo que para Aureliano Buendía fue el descubrimiento del hielo.

Algo semejante me sucedió a mí –aunque no con la música-. Mi parteaguas particular tuvo que ver con el periodismo, y ocurrió a finales de los años setenta, o tal vez a principios de los ochenta, después de leer Lugar común la muerte de Tomás Eloy Martínez (Monte Ávila, 1979). Para entonces había terminado la carrera, e incluso había visto en persona al que creí era Tomás Eloy, cuando fui a El Diario de Caracas a llevar mi currículo –una hoja sujeta con un gancho a una carpeta manila- con la ilusión de un puesto de trabajo. En aquella ocasión no logré ni siquiera un puesto de pasante. El que creí era Tomás Eloy (no puedo asegurarlo porque en ese momento, por montuna, casi no despegué la cabeza del pecho) me dijo que se habían agotado las plazas, pero que no tenía dudas de que con mis calificaciones fácilmente encontraría otro empleo. Enseguida entendí que sus palabras habían sido solo por gentileza.

Meses después, ya casi me había olvidado del comentario amable cuando me topé con Lugar común la muerte, y asombrada me pregunté: ¡¿Pero esto se puede hacer?!

Leer la recreación de los últimos días de José Antonio Ramos Sucre, o la ¿entrevista? con Ezequiel Martínez Estrada, o el encuentro con Saint-John Perse (de quien hasta ese día no sabía quién era), o internarme en los dolores de las crónicas de Hiroshima fue un verdadero sacudón. Por la manera en que el autor reconstruía las situaciones, por la forma en que se metía en los zapatos del otro. Aquella lectura fue (usando una frase del propio Tomás Eloy Martínez) “como asomarse a las orillas del mundo y contemplarlo por primera vez”.

Ese día entendí que en periodismo se podía hacer otra cosa. Más allá de El relato de un náufrago de Gabriel García Márquez; de las crónicas de Ezequiel Díaz Silva y Germán Carías que había leído en mi adolescencia; de las entrevistas de Miguel Otero Silva, estudiadas en la universidad, o de las que José Pulido y Ramón Hernández escribían para El Nacional. Con Lugar común la muerte, descubrí que periodismo y literatura pueden llegar a fundirse sin menoscabar precisión ni rigor informativo.

Y en esta semana en que Tomás Eloy Martínez cumple un año de haber partido de este mundo, lo recuerdo con cariño y le agradezco en voz alta (para que ojalá escuche en donde esté) todo lo que hizo por el periodismo venezolano y, en específico, por El Diario de Caracas, el periódico al que llegué varios años después de que él ya se hubiera ido de ahí, pero en el que todavía quedaba algo de su escuela. Hoy quiero darle gracias por eso pero, sobre todo, quiero agradecerle mi descubrimiento del hielo.

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Publicado en Prodavinci por cortesía de día D, el suplemento dominical del Diario 2001