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El Bajo Caura y Ciudad Bolívar, por Karl Krispin

Los viajes son como un sistema complejo que se pone en movimiento cuando abordamos el vehículo hacia nuestro destino. Hay viajes que comienzan mal y terminan mal. Hay los que se inician con un traspié y concluyen sin lamento pero un claro síntoma de que las cosas marcharán como debe ser resulta cuando el punto de partida se perfila con buena ventura. Una vez hice un viaje a la República Dominicana en que la espera en la terminal registró 7 horas de retraso: el periplo resultó maltrecho.

El viaje al Caura se estrena abordando la mejor línea aérea en que he volado recientemente por mi país: Rutaca. Hay que decirlo porque los 737 de que dispone son impecables, no hay retrasos y el servicio a bordo es deferente y servicial. La ruta toca Maturín donde realizamos una escala para continuar hasta Ciudad Bolívar donde nos hospedamos en el inigualable Casa Grande de Cacao Travel. Al día siguiente nos recogen para viajar por tierra hasta el Bajo Caura donde llegaríamos al Caura Lodge, también de Cacao.

La carretera es la que conduce hasta Caicara y Puerto Ayacucho. El recorrido constituye un paisaje de espectáculo lleno de chaparros y de morichales. Cruzamos varios ríos como el Orocopiche y el Aro. Antes de llegar a Maripa y los doscientos kilómetros que hemos marcado, cruzamos en un desvío a la izquierda donde nos aguardan 50 kilómetros adicionales hasta Trincheras en una vía que combina el asfalto y la tierra. En total desde Ciudad Bolívar hasta el Caura Lodge se invierten cuatro horas de recorrido. El lodge es un establecimiento rústico, muy bien montado en la ribera del río con capacidad para unas 40 personas. Escogemos una cabaña que mira al Caura directamente erigida sobre un deck que nos otorga una terraza y un río que enseguida confiscamos emocionalmente para nosotros. El río lo es todo y estaremos  convencidos de ello durante los días que en que nos resulta una necesidad pertenecerle.

El campamento está formado por diversas cabañas. La cocina, una terraza-comedor, una churuata grande, una churuata salón bar. Sus empleados son diligentes: Nelly es la encargada y nuestro guía es un guyanés, Junior Davies. En seguida almorzamos y comienza nuestra rutina que en el Caura Lodge se cumple con precisión alemana. Los paseos salen a la hora de igual forma como están programadas las comidas. Los platillos  son de comida casera y según el número de huéspedes se pueden personalizar. La primera de las navegaciones por el Caura, el tercer río de Venezuela, se inaugura en la tarde y es exploratoria. Al momento de ingresar en su caudal ya hemos olvidado los ruidos de la ciudad y reparamos cuán lejos hemos viajado para darnos cuenta cómo hemos perdido la capacidad de asombrarnos. Vamos río arriba, vemos las toninas acercarse a la curiara. Saltan y se muestran contentas por la visita. Van en grupos y no dejan de hacer sus piruetas con las que nos sorprenden como si fuese la primera vez. Junior, el guía, nos dice una frase para recordar. Le parece que con cada navegación ocurre algo novedoso. Tenemos el privilegio de oír el canto de los tucanes, contemplar grupos de monos capuchinos donde el rey Mono ejerce una dictadura sobre las hembras sobre lo más alto de los árboles. Mientras su régimen se impone, hay otros machos que esperan y buscan sucederle en el mando. Sopla una buena brisa y aparecen las ceibas más impresionantes de toda mi vida. En un hábitat donde existen más de dos mil variedades de árboles y plantas, la ceiba ejerce una seducción insobornable. Es el distinguido que se eleva por encima de los demás para que el ojo del viajero fije sus retinas en su copa rotunda, femenina y seductora que exige un espacio sólo para sí. Es árbol coqueta y sensual, sembrada allí como una hembra que nos erecta la mirada, para hablar en términos de Lacan.

El timonel tiene el nombre perfecto de los navegadores: Lobo, y nos conduce hasta un sitio en el que el guía nos pide que hagamos silencio para escuchar el sonido primario de la selva. Es una armonía sin reservas, comienza el concierto natural. Hemos apagado el dinamo de la civilización y nos encontramos de frente con la creación. Flotamos con lo abstracto y aparecen las notas que no registran nuestros cuadernos musicales. La corriente nos desapega de lo establecido. Aparece nuestro silencio. La naturaleza otorga su libro de metáforas. Esta es la calma que ignoran los cronómetros, las horas de llegada y la prisa con que huimos de nosotros mismos. Ir al Caura vale la pena sólo por este momento en que reconocemos nuestro grito oculto y algún imaginable que persuade sobre un arquitecto de mundos que desconocemos.

Seguimos la navegación. Se suceden garzas, cotúas, pájaros mineros y el cielo más infinito y las nubes rollizas que giran sobre nosotros. Tratamos de que la cámara registre todos los acontecimientos como en una epifanía personal que ronda la utopía que creemos privada pero está allí para quien quiera entregarse a ella.

El segundo día nos espera con una caminata por la selva. Son dos horas en que vamos hacia la Laja del Tigre, una descomunal roca cubierta de líquenes. En el camino va Junior desbrozando la vía y dándonos una lección de biología en cada instante. En algún momento pide que esperemos y se adentra a cortar una palma que trae para que probemos el palmito en su forma natural. También degustamos termitas o la hoja de quina. Hay árboles eucaliptales como el Takamajaca, cauchos, la raíz de muela de facultades analgésicas, o el árbol de yopo con que los indígenas se entregan a sus alucinaciones ancestrales. La selva por la que vagamos es el origen mismo de nuestras farmacias. También es domicilio de la temible hormiga bala y de tarántulas a una de las cuales Junior saca de su caverna  para mostrarla con naturalidad. Todos estos animales tienen sus predadores para sostener un equilibrio lógico pero feroz. A la mítica tarántula una avispa la pica por la espalda para inocularle su cría que crecerá en su cuerpo hasta matarla. Los peces del río son la cachama, los bagres, los caribes o pirañas, pavones, curvinatas y sapoaras, entre otros. Vamos de pesca y sólo logramos sacar pirañas que devolvemos al río. Con la formación en época de invierno de lagunas artificiales, el caribe o piraña se encarga de acabar con el resto de los peces. De allí su fama tremebunda y peligrosa en los caños. Con los que no pudimos dar fueron los perros de agua.

La visita a las comunidades indígenas es otro de los atractivos del Bajo Caura. Existe la posibilidad, pero requiere de al menos 3 días, de visitar el salto Pará a varias horas de navegación y la necesidad de acampar en la selva. Estuvimos con la comunidad Ye´Kuana y Piapoko. Los Ye´Kuana, mal llamados makiritares son de asentamiento ribereño y su idioma es de parentesco Caribe. Sus hábitos enumeran la caza, la pesca y la recolección: normalmente son las mujeres quienes administran el conuco. También elaboran productos artesanales y casabe. La occidentalización ha deshecho sus costumbres y más que un cacique o un piache, cuya rito es excepcional, el jefe es normalmente un “capitán” que suele ser un pastor protestante de la misma comunidad. Los piapoko son emigrados del Amazonas. Tienen su idioma propio y se les conoce como la “gente del Tucán”.  Al despedirnos, vienen los niños corriendo tras nosotros. Las comunidades cuentan con capilla, dispensario y un centro comunal pero se les hace difícil adquirir gasolina para sus curiaras que tienen que ir a buscar hasta Maripa con las complicaciones del caso. Almorzamos en la isla de Yokore, establecimiento de Cacao Travel, donde nos bañamos en el río y luego regresamos al campamento.

Fueron cuatro días únicos. Afortunadamente los celulares no tienen señal y nos parece que hemos realizado un viaje que todo venezolano, por decir los nuestros, debería proponerse. En el río convergen tres pueblos: Trinchera donde se levanta nuestro Caura Lodge, Puerto Cabello y Jabillar. Estamos en Semana Santa y hay ánimo vacacional en las playas de cada uno de estos asentamientos a los que llegan familias enteras a disfrutar del Caura y a nadar entre sus orillas. El Caura Lodge es el sitio sugerido para llegar ya que son quienes organizan lo anterior. Eso sí: no dispone ni de agua caliente ni aires acondicionados los cuales con sinceridad no hace faltan ni nos acordamos de su existencia.

Ciudad Bolívar es una de las ciudades más bellas del país. Con el Orinoco al frente y la roca del río, bautizada por el barón de Humboldt como el “Orinocómetro”, posee una de las zonas históricas de mayor atractivo en Venezuela. Me permito recomendarle al viajero que se aposente en Casa Grande, una casa refaccionada por Cacao Travel y diseñada con el mayor de los gustos. La atención es de primera y cuenta con todas las comodidades y un restaurant de buena comida donde no debe dejarse de pedir el Lau-Lau. Una de las ventajas del sitio es su cercanía con las casas históricas, las calles empedradas, las iglesias y los museos. Está la imponente catedral en la que presenciamos la procesión del Viernes Santo, con el Cristo, el Santo Sepulcro, la Dolorosa y San Juan guiados por sus cofradías que pedían aplaudir a los santos. La música solemne remeda las melodías taurinas previas al entrar a la plaza. En la catedral está enterrado el segundo obispo de Guayana, José Ignacio García Mohedano responsable de haber introducido el café en Venezuela en 1783. Contigua a la iglesia está la esplanada donde cayó fusilado el valeroso general en jefe Manuel Carlos Piar la tarde del 16 de octubre de 1817 a las cinco de la tarde en una de las jornadas trágicas y de mayor oscuridad de la Independencia. Frente a la plaza está la casa que ocupó durante su juicio en la que hay un cuadro alegórico de Régulo Pérez y la fotografía del crucifijo de plata al que se encomendó antes de entregarse a sus verdugos. Pregunto por la pieza pero nadie saber dar razón de su paradero. Es una cuadrícula notable porque también está la Gobernación del Estado Bolívar, una próspera casa donde ondean banderas con la más esbelta de todas, la de nuestro país. Su vecina es la ilustre casa donde se llevó a cabo el Congreso de Angostura y en la que Simón Bolívar prefiguró a Colombia con el más célebre de sus discursos. La seria galería de aquellos constituyentistas nos mira desde un pasado de creación que aseguraba optimismo republicano: Zea, Roscio, Montserrate, Urbaneja, Vallenilla. El primer piso de la Casa de Angostura guarda la imprenta original del Correo del Orinoco y es sede del Archivo Histórico de Guayana. Otros museos aledaños son el Museo de las Artes, el Museo del Correo del Orinoco y la Casa de la Poesía. En el centro histórico está la incomparable iglesia de la Santísima Trinidad, increíblemente en estado de abandono.  Iglesia Santísima Trinidad Casco Histórico Ciudad Bolívar, Venezuela. Más abajo está el bullicioso Paseo Orinoco y merece la pena llegarse a un local llamado Puerto Orinoco donde se agradecen las cervezas heladas y la música de rockola. Los 43 metros de altitud de la ciudad y la humedad del río hacen comprender esta gratitud. El viajero completará su ciclo con  la Casa de San Isidro donde el Libertador compuso el discurso. Dos árboles históricos han desaparecido de Angostura: el Tamarindo de San Isidro donde a Bolívar le amarraban sus caballos y el sándalo de la Casa de Angostura. Frente al primero crece el jardín botánico de la ciudad.

El Museo Jesús Soto es una de las paradas irrenunciables de la ciudad. Alberga la obra del maestro cinético y su colección personal en honor a la ciudad que lo vio nacer. La edificación es un proyecto del maestro Carlos Raúl Villanueva y constituye una especialidad en cuanto al nuevo realismo francés, el estructuralismo, el neoplasticismo, el arte óptico, el cinético, monocromático, arte geométrico y arte concreto de más de un centenar de artistas de todo el mundo. Fue una iniciativa del propio maestro Soto. En sus paredes cuelgan Tinguely, Poliakoff, Albers, Hans Richter. Es uno de los museos, dentro de su rango, más importantes del hemisferio.

Los guayaneses señalan que si se visita la ciudad y se come la cabeza de la sapoara, la persona casa con guayanesa y se establece en la localidad. Téngase en cuenta esto. Pero si se quiere la buena mesa, el buen coctel y la buena atención hay un comedero que lo resume todo y está abierto desde la mañana a la noche: Tony Bar. Hay un plato del menú dedicado al historiador Manuel Alfredo Rodríguez, “Lau-Lau gratinado a la parmesana”.  Manuel Martinho Mendoça junto a su mujer son los amables regidores del lugar. En el bar mezclan con señorío los grandes preparados. Sus dueños tienen expuesto en sus paredes cuadros de artistas de la región. De modo que se pueden ordenar Martinis y obras de arte.

El Caura y Ciudad Bolívar son una muestra de la variedad del Estado Bolívar que es tan extenso como un país. En los sitios públicos la gente  habla con pausa y sin escándalos. El estado ufana la firme convicción de la hospitalidad. Es un viaje al que uno le agradece permanecer en la memoria.