Economía y negocios

El comodín de la desigualdad, por Kenneth Rogoff

"La desigualdad es el gran comodín en la próxima década de crecimiento global, y no sólo en el norte de África."

Por Prodavinci | 25 de febrero, 2011

DAVOS – Mientras siguen desarrollándose los dramáticos acontecimientos en el norte de África, muchos observadores fuera del mundo árabe se dicen a sí mismos, con aire de suficiencia, que todo gira alrededor de la corrupción y la represión política. Pero el desempleo elevado, la desigualdad ostensible y los precios en alza de las materias primas básicas también son un factor importante. De manera que los observadores no deberían estar preguntándose hasta dónde se propagarán acontecimientos similares en toda la región, sino qué tipo de cambios podrían producirse en casa frente a presiones económicas similares, si no tan extremas.

En el interior de los países, la desigualdad de ingresos, riqueza y oportunidades posiblemente sea mayor que en cualquier otro momento del siglo pasado. En toda Europa, Asia y América, las corporaciones nadan en efectivo, mientras su implacable búsqueda de eficiencia sigue generando enormes ganancias. Sin embargo, la porción de la torta que les corresponde a los trabajadores se está reduciendo, gracias al alto desempleo, a las jornadas reducidas de trabajo y a los salarios estancados.

Paradójicamente, la realidad es que las mediciones de desigualdad de ingresos y riqueza entre países están cayendo, gracias a un crecimiento robusto constante en los mercados emergentes. Pero a la mayoría de la gente le importa más lo bien que le va en relación a sus vecinos que a ciudadanos de tierras lejanas.

A los ricos les está yendo esencialmente bien. Los mercados bursátiles globales se recuperaron. Muchos países son testigos de un crecimiento vigoroso de los precios de la vivienda, de las propiedades comerciales o de ambos. Los renacientes precios de las materias primas están creando enormes ingresos para los dueños de minas y pozos petroleros, incluso a pesar de que las subas de precios de los alimentos básicos están desatando disturbios, si no completas revoluciones, en el mundo en desarrollo. Internet y el sector financiero siguen desovando nuevos millonarios y hasta multimillonarios a un ritmo asombroso.

Aún así, el desempleo alto y prolongado afecta a muchos trabajadores menos calificados como una plaga. Por ejemplo, en España, un país afligido financieramente, el desempleo hoy supera el 20%. No ayuda para nada que al gobierno al mismo tiempo se lo esté obligando a absorber nuevas medidas de austeridad para hacer frente a la precaria carga de deuda del país.

De hecho, dados los niveles de deuda pública sin precedentes en muchos países, son pocos los países que tienen posibilidades sustanciales de abordar la desigualdad a través de una mayor redistribución de los ingresos. Países como Brasil ya tienen niveles tan altos de pagos de transferencia de los ricos a los pobres que mayores medidas en este sentido socavarían la estabilidad fiscal y la credibilidad anti-inflación.

Países como China y Rusia, con una desigualdad igualmente alta, tienen más posibilidades de una mayor redistribución. Pero los líderes en ambos países se han mostrado reticentes a tomar medidas audaces por miedo a desestabilizar el crecimiento. Alemania debe preocuparse no sólo por sus propios ciudadanos vulnerables, sino también por cómo encontrar los recursos para rescatar a sus vecinos del sur de Europa.

Las causas de la creciente desigualdad en el interior de los países son bien entendibles, y no es necesario desgranarlas aquí. Vivimos en una época en la que la globalización expande el mercado para los individuos ultra talentosos, pero hace que la competencia deje afuera a los empleados comunes. La competencia entre países por individuos calificados e industrias rentables, a su vez, limita la capacidad de los gobiernos de mantener impuestos elevados a los ricos. La movilidad social está aún más afectada porque los ricos les brindan a sus hijos una educación privada y ayuda post-escolar, mientras que los más pobres en muchos países no pueden permitirse ni siquiera que sus hijos sigan yendo a la escuela.

En el siglo XIX, Karl Marx observó maravillosamente las tendencias de desigualdad en sus días y concluyó que el capitalismo no podía sustentarse políticamente de manera indefinida. Llegado el caso, los trabajadores se levantarían y derrocarían el sistema.

Fuera de Cuba, Corea del Norte y unas pocas universidades de izquierda en todo el mundo, ya nadie se toma en serio a Marx. Contrariamente a sus predicciones, el capitalismo generó niveles de vida cada vez más altos durante más de un siglo, mientras que los intentos por implementar sistemas radicalmente diferentes fracasaron de manera espectacular.

Sin embargo, en un momento en que la desigualdad alcanza niveles similares a los de hace 100 años, el status quo tiene que ser vulnerable. La inestabilidad puede expresarse en cualquier parte. Fue apenas hace apenas poco más de cuatro décadas que los disturbios urbanos y las manifestaciones masivas sacudieron al mundo desarrollado, catalizando en definitiva reformas sociales y políticas de amplio alcance.

Sí, los problemas que enfrentan Egipto y Túnez hoy son mucho más profundos que en muchos otros países. La corrupción y la imposibilidad de abrazar una reforma política significativa se convirtieron en deficiencias agudas. Sin embargo, sería un grave error suponer que la enorme desigualdad es estable siempre que surja a través de la innovación y el crecimiento.

¿Cómo se desarrollará exactamente el cambio y qué forma asumirá en definitiva un nuevo pacto social? Es difícil especular, aunque en la mayoría de los países, el proceso será pacífico y democrático.

Lo que resulta evidente es que la desigualdad no es sólo una cuestión de largo plazo. Las preocupaciones sobre el impacto de la desigualdad de ingresos ya están constriñendo la política fiscal y monetaria en países desarrollados y en desarrollo por igual, a la vez que intentan abandonar las políticas de híper estimulación adoptadas durante la crisis financiera.

Más importante aún, es muy probable que las capacidades de los países para hacer frente a las crecientes tensiones sociales generadas por la enorme desigualdad separen a los ganadores de los perdedores en la próxima ronda de globalización. La desigualdad es el gran comodín en la próxima década de crecimiento global, y no sólo en el norte de África.

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Kenneth Rogoff es profesor de Economía y Políticas Públicas en la Universidad de Harvard, y fue economista jefe del FMI.

Copyright: Project Syndicate, 2011.
www.project-syndicate.org

Prodavinci 

Comentarios (7)

Pedro Mayado Carbajo
25 de febrero, 2011

Muy bueno el resumen de la situación global. Esperemos de todas formas, que falle en el diagnóstico. Y que una clase media y las PYMES vayan ocupando cada vez mayor espacio en las economías emergentes y economías en desarrollo, para que la resdistribución sea más fácil y estable.

Samuel F. Sotillo
25 de febrero, 2011

Excelente análisis. Es cierto, en muchos aspectos, lo que vemos hoy es una clara tendencia hacia una vuelta a la edad de oro del liberalismo. En los EEUU vemos como se usa la situación de crisis económica, causada precisamente por serias fallas estructurales dentro del sistema económico mundial, para promover el retorno a ideas creídas superadas, como el trabajo infantil y la eliminación de derechos laborales. Pareciera que hay una firme convicción en algunos por retroceder el mundo a una situación que se asemeja más a la Inglaterra de Dickens o a la Francia de Zola que a los EEUU o a la Europa de las postguerra. Sin embargo, resta ver si el nuevo 1848 que pareciera acecharnos no resulte en una revolución más bien a la manera de Schumpeter que a la de Marx.

Alexandre daniel Buvat Irazábal
25 de febrero, 2011

Hay indicios interesantes de que entramos en una fase descendente del ciclo de largo plazo, cuando ya la tecnología madura del petroleo, motores, cohetes, autos, acero y la mas actual de la información y telemática, muestran agotamiento, y aún no se vislumbran sustitutos al estilo Shumpeteriano, que dinamicen las inversiones y el empleo en nuevos campos, que permitan aplicar la excesiva liquidez especulativa en la banca,y capitales volátiles en actividades productivas y en alimentos innovadores para sostener los nuevos miles de millones de seres que se incorporarán cada año al desigual mundo. Mientras eso llega si es que llega, los paises ya maduros tegnológicamente y que son básicamente terciarios (comercio, servicios, finanzas, consumo final) como USA, los europeos, japón verán perder dinamismo y además están ya dando fuertes señas de xenofobia, vuelta a absolutismos religiosos, abolición de sidicalismos y derechos humanos básicos (Vgr,Tea Party radical)… Paradójicamente pudiera llegar a suceder que Sur américa y los de medio oriente y unos emergentes sean los nuevos adalides de l democracia y justicia social y que las potencias “democráticas” se tornen en disfraces modernos del siglo XIX., Asi pues no solo concuerdo con el análisis del Profesor Rogoff, sino que vislumbro un devenir más dramático y ojalá me equivoque y la esperanza manifestada por Samuel Sotillo, se plasme

Belkis López
27 de febrero, 2011

Brillante análisis del tema económico global, extraordinariamente claro y comprensible aún para los “no iniciados” en materias tan especializadas y complejas. Surge la interrogante de si en los centros de poder y toma de decisiones será considerado el conocimiento y sabiduría de estudiosos e investigadores como el profesor Rogoff

Ruben Mesa
27 de febrero, 2011

Empiezo por comentar lo obvio: la igualdad, como la interpretamos los seres humanos, no existe en la naturaleza. El concepto de igualdad es parte del esquema de control desarrollado por la capacidad intelectual de la sociedad humana, en forma de leyes y normas de conducta general, dirigidas a regular y limitar nuestras acciones, en un intento por mitigar las consecuencias del egoísmo intrínseco a nuestra especie, no necesariamente como una propuesta ética, sino más bien con el propósito de proteger vidas y hacienda…

Samuel F. Sotillo
27 de febrero, 2011

Estimado amigo Rubén, lo único obvio en nuestra especie es la estupidez, y me atrevo a afirmar que aun sobre ésta no tenemos la exclusividad. No voy a insistir en otras obviedades, como la manera como otras especies recurren a la empatía y al altruísmo como estrategias evolutivas de supervivencia. La verdad es que ese viejo modelo del homo oeconomicus, intrínsecamente egoísta, ya está pasado de moda, sólo los austriacos y los paleo-conservadores insisten en preservarlo. Los seres humanos somos mucho más complejos que esa vulgar simplificación.

Ruben Mesa
2 de marzo, 2011

Samuel: Entonces vamos a crear como seres humanos “complejos” (aún cuando entre nosotros no lancemos bombas y asesinemos) el concepto de igualdad de acceso de oportunidades para producir esa cacareada igualdad que si es vulgar simplificación como señala usted.Tal apreciación nos lleva a pensar que el problema de la desigualdad social puede también ser discutido desde otra perspectiva: no es suficiente crear la oportunidad para que se produzca el efecto positivo. Aún cuando se ofrezca igual oportunidad a todos, en igualdad de acceso y con iguales reglas de juego, la oportunidad sólo ofrece la posibilidad de que se produzca un efecto, pero no lo garantiza. En todo caso, nuestra actitud sobre la desigualdad resulta hipócrita, porque somos indiferentes al dolor ajeno, cuando consideramos que es resultado de una irresponsabilidad personal. El argumento de la transmisión de la desigualdad, tiene que examinarse también desde una óptica espiritual, y no sólo estrictamente económica, o política. ¿no es acaso la desigualdad un hecho casi hereditario? eso si es simplificación vulgar amigo, salga a la sociedad y mirelo usted mismo…(llévese un sociólogo)

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