Artes

Juan Antonio Pérez Bonalde y El Kuerbo

Raúl Stolk en un trabajo de detectivismo literario relacionado con Poe, Perez Bonalde y la ortografía rrazional.

Por Raúl Stolk Nevett | 29 de diciembre, 2010

Antier

Era tarde por la noche cuando recibí el mensaje. Al llegar, una señora sencilla y elegante, me abrió la puerta. Una inmensa puerta de madera daba paso a un recibo de altos techos, donde se sofocaba la tenue luz de una vieja lámpara que luchaba con gallardía contra la más profunda obscuridad. La señora, sin mediar palabra, me entregó un viejo cuadernillo de dura portada. Las esquinas gastadas por la inclemencia de los años y una mancha de tinta que atravesaba lo imposible de su carátula para colarse al interior y dejar su pícara marca. Me le quedé viendo a la señora, esperando explicación. Ella, con su mirada, me autorizó a saciar mi curiosidad.

Las primeras páginas, un blanco amarillento que no revelaba más que la antigüedad del documento.

Tercera página, una dedicatoria.

Al señor Manuel Revenga en prueba de merecida estimación y como un recuerdo de mi inolvidable hermano.

Elodia C. Pérez Bonalde
28 de Agosto de 1895

Miré a mi abuela extrañado “¿Qué es?”

Una vez más, me dirigió con su mirada “Continúa”

Siguiente página:

EL

KUERBO

POR

EDGAR ALLAN POE

TRADUKZION DIREKTA DEL INGLES

POR J.A. PÉREZ BONALDE

INDIBIDUO KORRESPONDIENTE DE LA RREAL AKADEMIA ESPAÑOLA

EDIZION AKOMPAÑADA DEL TESTO INGLES

FRANZISKO ENRRÍKEZ, EDITOR

BALPARAISO

1895

“¿De dónde carrizo sacaste esto?”

“¿Te gusta?”

Obvié la pregunta y seguí indagando, increpante, casi adolescente “¿De dónde salió esto?”

“Muérete que estaba en mi clóset. Estaba botando una cantidad de peroles llenos de polvo y lo encontré. Tiene toda la vida ahí, yo juraba que era una libreta mía.”

“Si, pero ¿De quién era? ¿De abuelo? ”

“No niño, eso debe ser de tu bisabuelo. De Pichón.”

“Me parece rarísimo, no entiendo por qué carrizo tenías eso en el clóset. ¿Por qué está escrito así?”

“¡Necio! deja ya la preguntadera y da las gracias, es tu regalo de Navidad.”

“Okey” y con una burlita cariñosa le extendí un “Gracias Abuela”

“Vete ligero que va a caer un palo de agua.”

El viento batió los Cujies. Corrí hasta el carro sorteando gigantescas gotas que se sentían como mamones del cielo, entré de golpe y, mientras me desplomaba en el puesto del piloto, saqué el libro que había protegido instintivamente bajo mi franela.

Recuperé el aliento de la carrera.

“¿Y de dónde saliste tú?” le pregunté, esperando respuesta.

Ayer

El día estaba nublado y el aguacero a punto de estallar. El mal tiempo fue la excusa perfecta para terminar de arruinar el fin de semana con un poco de trabajo sabatino. Me senté en la cama y acomodé la computadora en una almohada sobre mis piernas.

Mientras afincaba mi cerebro en interminables cuentas de ingresos brutos e impuestos retenidos, sentí una presencia. Una mirada clavada en mi perfil que no me dejaba concentrar, por un segundo me pareció ver un movimiento de reojo, volteé rápidamente y no había nada. Solo el cuaderno, inmóvil, donde lo había dejado, sobre la vieja cómoda de mi madre. Exhalé violentamente y con incredulidad. Volví la vista a la máquina. Una vez más, sentí esa presencia, una mirada que me hacía transparente y me angustiaba, una mirada acusadora. Volteé nuevamente, y ahí estaba el cuaderno. Era la curiosidad, tocando a mi puerta.

“¡Basta ya!,” dije en voz alta, y el cuaderno seguía ahí, reposando, esperándome sobre la vieja cómoda de mi madre.

Vacilé antes de tomarlo en mis manos. Como si por agarrarlo me fuera a caer una maldición encima, la maldición de “El Kuerbo.” Cobardemente lo abrí con una mano y sin tocarlo comencé a leer el poema. Primera vez que lo leía en español. Mi relación con el Señor Poe es de vieja data, de hecho, es el culpable de mi aversión a los gatos. Todo por haber leído El Gato Negro a muy temprana edad. En cuanto a Pérez Bonalde, mi compatriota, tengo que admitir lo conocía muy poco.

Maldita ortografia rrazional, todo el texto estaba escrito de esa manera. Esa antigua técnica, basada en pura lógica fonética. Logré concentrar mi dispersa atención por un minuto. Fue en vano, no se entendía nada. Parecía un dialecto del castellano, algo que seguramente hablan en algún territorio separatista español. [Pero en realidad no, fue un movimiento muy fuerte en el cono sur. De hecho, fue una editorial chilena la que público el particular ejemplar en honor al poeta venezolano. La traducción original de Pérez Bonalde está escrita en castellano vulgar y silvestre, ese que tu y yo ultrajamos todos los días. Nuestro Andrés Bello fue un gran neógrafo, mi hermana menor también.]

“Una foska media noche, cuando en tristes rrefleksiones,” leí en voz alta y con tono burlón. La burla continuó “Sobre mas de un rraro in-folio de olbidados kronikones…” y continuó “Inklinaba soñoliento la kabeza, de rrepente…” Sin darme cuenta, yo, que no recito, más por convicción que por pena, me encontraba en medio de un recital de poesía donde las palabras iban y venían adornadas de antigua entonación y perfecto ritmo. Al terminar el poema quedé boquiabierto. Había leído The Raven en varias ocasiones, pero no conocía al Cuervo. Dos animales completamente distintos y, sin embargo, exactamente iguales. Más allá de la misteriosa ortografía resaltaba el genio del traductor.

Juan Antonio Pérez Bonalde, precursor del modernismo. Poco recordaba de su vida, poco sabía, un poema quizás. Vuelta a la patria “¿Cómo empezaba ese poema? A Eulalia… A mi hermana Eu… Elodia ¡De bolas!” Bingo.

La clave, sin duda, estaba en la dedicatoria.

Elodia C. Pérez Bonalde en Google. Elodia Carolina. Una de las primeras referencias que apareció fue una crítica a un libro. Una línea indecisa de Ricardo Gil Otaiza.

Me molestó enormemente la existencia de un libro donde Elodia era el personaje principal, narradora o lo que sea. “¿Cómo hago para ponerle la mano encima?” Google. Llamé a siete librerías y nada. La octava me sorprendió “queda un ejemplar.” Tomé las llaves del carro y valientemente lo enfilé hacía el río que corría frente a mi casa, “Al diablo con el trabajo ¡A procrastinar!”

Próxima búsqueda: ortografia rrazional…

Hoy

Entre ayer y esta mañana me terminé el libro, es corto, 110 páginas. A pesar de que tiene bastantes hilos de ficción, ahora me siento muy cercano a Elodia y a los Pérez Bonalde. De alguna forma me creo más merecedor de “El Kuerbo.” Pienso en el autor y en los celos que sentiría si supiese que tengo en mi poder este documento, escrito con perfecta caligrafía, directamente de la mano de Elodia. Probablemente escribió esa dedicatoria mientras descansaba de tejer.

La dinámica del libro se mueve entre lo que Elodia escribe, en tiempo presente, en los años de la dictadura Pérez Jimenista y una serie de cartas que ella y su hermano intercambiaron durante la dictadura Guzmanista. [Y yo, escribiendo esto en… en 2010.]

Encuentro rastros de El Cuervo. Juan Antonio le cuenta a su hermana lo perturbador que ha sido para él traducir el poema del Señor Poe.

Siento que conozco a la señorita Elodia profundamente.

Me acomodo en el sofá y pongo la máquina sobre mis piernas. “Espejito, espejito” Google. Los truenos parten el cielo y comienza el diluvio.

Siguiente pista, Manuel Revenga. Hago mi búsqueda y encuentro varias referencias. Nada concluyente. Aparentemente, el Señor Revenga fue un muy talentoso y prometedor pianista que murió en 1926. Busco y busco, pero no encuentro ninguna relación con Elodia.

El año, 1895. Wikipedia me informa que Juan Antonio Pérez Bonalde murió en la Guaira en 1892. La dedicatoria (en mi libro) fue escrita luego de su muerte, por eso lo de “un recuerdo de mi inolvidable hermano.”

Algo más de Revenga. Fue director de redacción y colaborador de la revista literaria El Cojo Ilustrado. No, no, fue el primer director de la redacción de El Cojo Ilustrado. Leo en algún lado que Revenga era un hombre de gusto refinado e inclinación por las letras. En la primera publicación de El Cojo Ilustrado, Revenga escribe:

“El Cojo Ilustrado declara con sinceridad que no le guía en lo más mínimo el móvil de inmoderada especulación sino el bien encaminado de quien sabiendo amar a su patria trabaja sin tregua por enaltecerla y contribuye con sus fuerzas a su progreso y bienestar.”

Una muy interesante propuesta para una revista.

Luego, cruzando una vez más a Pérez Bonalde con Manuel Revenga, encuentro que el primero también fue colaborador de El Cojo. Caliente. Manuel Revenga dice de Pérez Bonalde: “Eran tan vivas las dotes de Pérez Bonalde para los versos, que los improvisaba a menudo sin saberlo.” Según el testimonio tan valedero de Manuel Revenga, algunas de las poesías de Pérez Bonalde nacieron así. ¡Fántastico! Íntimos amigos y contertulios del Café del Comercio, seguramente.

No queda duda que Juan Antonio tenía en gran estima a Manuel. Y es perfectamente comprensible que Elodia haya dedicado, tan cariñosamente, el particular ejemplar a esta persona que seguramente había colaborado a propagar la obra de su hermano. Pero necesito más información. Quedan demasiados cabos sueltos.

2:00 p.m. llamo a mi abuela por teléfono. Le pregunto por El Cojo Ilustrado. Ella me contesta que le parece haber visto una compilación en la biblioteca. No lo puedo creer. Le pregunto por los dos primeros tomos (1832 y 1833). [Según mis cálculos podré encontrar algo escrito por Revenga y algo sobre la muerte de Pérez Bonalde.] Me dice que ni idea, pero que están a la orden.

2:15 p.m. me encuentro entrando por la puerta de casa de mi abuela, me acompaña hasta la biblioteca, no tiene que decirme que estoy en mi casa. Empiezo mi búsqueda. Los niveles de polvo son mortales, pero la oferta es tan tentadora que no siento la resequedad en mis manos ni la alergia asechando mi nariz. Algunos libros son tan viejos que se deshacen de tan solo tocarlos. El tiempo va pasando y no me doy cuenta, estoy inmerso en un mar de tomos, letras, números romanos y títulos en al menos cuatro lenguas.

4:30 p.m. empiezo a entender el sistema de archivo de la biblioteca. ¡Victoria! Sección de revistas antiguas. El Zulia Ilustrado y… El Cojo Ilustrado.

Voy pasando las páginas con cierta desesperación, hasta que me frena en seco el ejemplar del 15 de abril de 1892. Tres escasos años antes de la dedicatoria de mi compulsiva obsesión. Un retrato a lápiz del poeta adornaba la primera plana. En la segunda página, una biografía de J.A. Pérez Bonalde, escrita, nada más y nada menos, por el flamante Director de redacción de la revista, Don Manuel Revenga. ¡El Santo Grial!

Revenga confirma una tremenda admiración y un profundo respeto por el hombre. Una bella biografía donde recorre la obra de Pérez Bonalde y toca aspectos de su personalidad que solo un buen amigo podría conocer. Un alma atormentada por un talento desproporcionado y una vida llena de desplantes. Su destierro por haberse burlado del dictadorsillo de turno (El Ilustre Americano), sus desamores, la muerte de su hija y el profundo sentimiento de nostalgia que lo hizo escribir su Vuelta a la Patria. Más adelante, en el mismo ejemplar, su traducción original de “El Cuervo.” Mucha, mucha casualidad, para ser una casualidad.

En el siguiente ejemplar encuentro un poema de su firma. De estreno, en El Cojo, “Hojas Secas.” Se lee hacia el final:

“Ya viene el inviernocallado y glacial—
ya viene la muerte,
ya viene la paz”

Encuentro una nota fechada 2 de noviembre de 1892. Se refiere a la muerte de Juan Antonio y a su falta de cobertura en la “prensa que el honró con los productos de su cabeza privilegiada.” Leo más adelante: “Desencantado, pobre y presintiendo su fin cercano fué á pedir su tumba al puerto vecino: un grupo de aquellos toscos marineros que el tanto amó, silenciosos y tristes acompañaron su cadáver hasta la última morada.” Firma M. Z. y T. (Martín Zuloaga y Tovar)

A Manuel Revenga le pierdo el rastro luego de una muy breve nota de fecha 15 de diciembre de 1893, en la que se despide de El Cojo por causa de su mudanza a Europa y promete enviar material para seguir colaborando con la revista.

10:30 p.m. regreso a mi casa, atormentado todavía por los fantasmas de Juan Antonio, Elodia y Manuel.

“¡Maldito tesoro! ¿Cómo llegaste a mis manos?”

En esa época todo el mundo se conocía, es más, hoy todo el mundo se conoce. David Gimón, mi bisabuelo. No. Muy cerca. David Gimón, mi tatarabuelo.

Solamente alumbrado por la luz del monitor, cruzo en Google ambos nombres, el del antiguo dueño del libro y el de mi antepasado. Un intento más. Encuentro que un tal Manuel Revenga firma la Constitución de los Estados Unidos de Venezuela de 1925 (dictadura Gomecista) junto a un tal David Gimón. El mismo Manuel Revenga que muere en 1926, no sin antes haberle legado aquel particular ejemplar a su amigo y colega, quien era un gran entusiasta de la poesía criolla.

Que bella coincidencia. Y en algún momento el regalo se perdió en aquella vieja casa, solamente para ser descubierto décadas después en calidad de tesoro, por una sencilla y elegante señora que se lo regalaría a su nieto como regalo de Navidad. Un llamado del pasado, se me aguan los ojos. Un llamado del presente, es mi tía en el teléfono.

“¡Qué encontraste mi libro!” Si, tiene dueño. Me explica que Manuel Revenga era muy amigo de Pichón, mi bisabuelo por el otro lado de la familia, osea que no era al General, sino al Dandy, a quien le habían regalado el librillo hace una pila de años. Pichón, que iba por la vida repartiendo sus tesoros, se lo regaló luego que ella le escribiese una nota con un error ortográfico. “Aquí tienes, para que veas que la ortografía es una cosa muy relativa,” le dijo. Así era Pichón, generoso con sus tesoros y con su impecable sentido del humor.

Hasta aquí llegan mis ínfulas de detective. Típico de las investigaciones históricas, la casualidad lo explica todo.

Los libros son el tesoro del futuro. Nunca un documento electrónico será tan convincente y revelador como una nota escrita a puño y letra.

¡nunka jamas!

A continuación, les presento, en primicia electrónica, la versión en ortografía rracional de la traducción que hiciera J.A. Pérez Bonalde a El Cuervo por Edgar Allan Poe.

El Kuerbo

I

Una foska media noche, cuando en tristes rrefleksiones,
Sobre mas de un rraro in-folio de olbidados kronikones
Inklinaba soñoliento la kabeza, de rrepente
A mi puerta oí llamar;
Komo si álgien suabemente se pusiese, kon inzierta
Mano tímida, a tokar;
“Es, me dije, una bisita que llamando está a mi puerta:
Eso es todo i nada mas!”

II

¡A, bien klaro lo recuerdo! Era el crudo mes del ielo,
I su espektro kada brasa moribunda embiaba al suelo.
Kuán ansioso el nuebo dia deseaba, en la lektura
Prokurando en bano allar
Tregua a la onda desbentura de la muerta Leonora,
La rradiante, la sin par
Bírjen rrara a kien Leonora los kerubes llaman, ora
Ya sin nombre… nunka mas!

III

I el krujido triste, inzierto, de las rrojas kolgaduras
Me aterraba, me llenaba de fantástikas paburas,
De tal modo ke, el latido de mi pecho palpitante
Prokurando dominar,
“¡Es, sin duda, un visitante, rrepetía con instanzia,
Ke a mi alkoba kiere entrar:
Un tardío bisitante a las puertas de mi estanzia…
Eso es todo, i nada mas!”

IV

Poko a poko, fuerza i brios fué mi espíritu kobrando:
“Kaballero, dije, o dama: mil perdones os demando;
Mas, el kaso es ke dormía, i kon tanta jentileza
Me binisteis a llamar,
I kon tal delicadeza i tan tímida konstancia
Os pusisteis a tokar,
Ke no oí”, dije; i las puertas abrí al punto de mi estanzia:
¡Sombras solo i… nada mas!

V

Mudo, trémulo, en la sombra, por mirar aziendo empeños,
Kedé allí, kual ántes nadie los soñó, forjando sueños;
Mas profundo era el silenzio, i la kalma no akusaba
Rruido alguno… rresonar.
Solo un nombre se eskuchaba ke en boz baja a akella ora
Yo me puse a murmurar,
Y ke el eko rrepetía komo un soplo: Leonora!…
Esto apénas, nada mas!

VI

A mi alkoba rretornando kon el alma en turbulenzia,
Pronto oí llamar de nuebo, esta bez kon mas biolenzia:
“De seguro, dije, es algo ke se posa en mi persiana;
Pues, beamos de enkontrar
La rrazon abierta i llana de este kaso rraro i serio,
I el enigma aberiguar:
Korazon! kalma un instante, i aklaremos el misterio…:
Es el biento, i nada mas!”.

VII

La bentana abrí, i kon rrítmiko aleteo i garbo estraño,
Entró un Kuerbo majestuoso de la sakra edad de antaño.
Sin pararse ni un instante ni señales dar de susto,
Kon aspekto señorial,
Fué a posarse sobre un busto de Minerba ke ornamenta
De mi puerta el kabezal;
Sobre el busto ke de Palas la figura rrepresenta
Fué i posóse, i nada más!

VIII

Trokó entonze el negro pájaro en sonrrisas mi tristeza
Kon su grabe, torba i seria, dekorosa jentileza;
I le dije: “Aunke la kresta kalba llebas, de seguro
No eres Kuerbo nokturnal,
Biejo, infausto Kuerbo oskuro bagabundo en la tiniebla…
Dime ¿kuál tu nombre, kuál,
En el rreino plutoniano de la noche i de la niebla?”
Dijo el Kuerbo: “Nunka mas!”

IX

Asombrado kedé oyendo así ablar al abechucho,
Si bien su árida rrespuesta no espresaba poko o mucho;
Pues preziso es kombengamos en ke nunka ubo kriatura
Ke lograse kontemplar
Abe alguna en la moldura de su puerta enkaramada,
Abe o bruto rreposar
Sobre efijie en la kornisa de su puerta, zinzelada,
Kon tal nombre: “Nunka mas!”

X

Mas el Kuerbo, fijo, inmóbil, en la grabe efijie akella,
Solo dijo esa palabra, kual si su alma fuese en ella
Binkulada: ni una pluma sakudía, ni un azento
Se le oía pronunziar…
Dije entónces al momento: “Ya otros antes se an marchado
I la aurora al despuntar,
Él tambien se irá bolando kual mis sueños an bolado”.
Dijo el Kuerbo: “Nunka mas!”

XI

Por rrespuesta tan abrupta komo justa sorprendido,
“No ai ya duda alguna,dije, lo que dize es aprendido;
Aprendido de algun amo desdichoso a kien la suerte
Persigiera sin zesar,
Persigiera asta la muerte, asta el punto de, en su duelo,
Sus canziones terminar
I el klamor de su esperanza kon el triste rritornelo
De “Jamas, i nunka mas.”

XII

Mas el Kuerbo probokando mi alma triste a la sonrrisa,
Mi sillon rrodé asta el frente de abe ibusto i de kornisa;
Luego, undiéndome en la seda, fantasía i fantasía
Dime entónzes a juntar,
Por saber ké pretendía akel pájaro ominoso
De un pasado inmemorial,
Akel osco, torbo, infausto, Kuerbo lúgubre i odioso
Al graznar “Nunka jamas.”

XIII

Kedé akesto imbestigando frente al Kuerbo, en onda kalma,
Kuyos ojos enzendidos me abrasaban pecho i alma;
Esto i mas, sobre kojines rreclinado, kon anelo
Me empeñaba en deszifrar,
Sobre el rrojo terziopelo do imprimía biba uella
Luminosa mi fanal,
Terziopelo kuya púrpura ¡ai! jamas bolberá ella
A oprimir ¡a, nunka mas!

XIV

Parezióme el aire, entónzes, por inkógnito inzensario
Ke un kerube kolumpiase de mi alkoba en el santuario,
Perfumado. “¡Miserable ser!,me dije, Dios te a oído,
I por medio anjelikal,
Tregua, tregua i el olbido del rrekuerdo de Leonora
Te a benido oi a brindar:
Bebe! bebe ese nepente, i así todo olbida aora!”.
Dijo el Kuerbo: “¡Nunka mas!”.

XV

“¡O, Profeta!, dije, o duende, mas profeta al fin, ya seas
Abe o diablo, ya te embíe la tormenta, ya te beas
Por los ábregos barrido a esta playa, desolado
Pero intrépido, a este ogar
Por los males debastado; dime, dime, te lo imploro;
¿Llegaré jamas a allar
Algun bálsamo o konsuelo para el mal ke triste lloro?”
Dijo el Kuerbo: “¡Nunka mas!”

XVI

“¡O, Profeta!, dije, o diablo! Por ese ancho, kombo velo
De zafir ke nos kobija, por el sumo Dios del zielo
A kien ámbos adoramos, dile a esta alma dolorida,
Presa infausta del pesar,
Si jamas en otra bida la donzella arrobadora
A mi seno e de estrechar,
La alma birjen a kien llaman los arkánjeles Leonora!”…
Dijo el Kuerbo: “¡Nunka mas!”

XVII

“Esa boz, o Kuerbo, sea la señal de la partida,
Grité alzándome: rretorna, buelbe a tu órrida guarida,
La plutónika rribera de la noche i de la bruma!…
De tu orrenda falsedad
En memoria, ni una pluma dejes, negra! El busto deja!
Deja en paz mi soledad!
Kita el pico de mi pecho! De mi umbral tu forma aleja!”…
Dijo el Kuerbo: “¡Nunka mas!”

XVIII

I aun el cuervo inmóbil, fijo, sige fijo en la eskultura,
Sobre el busto ke ornamenta de mi puerta la moldura…
I sus ojos son los ojos de un demonio ke, durmiendo,
Las bisiones be del mal;
I la luz sobre él kayendo, sobre el suelo arroja trunka
Su ancha sombra funeral;
I mi alma de esa sombra ke en el suelo flota… nunka
Se alzará… ¡nunka jamas!

[A María, insigne abuela y descubridora de tesoros.]

Raúl Stolk Nevett 

Comentarios (9)

Joaquín
29 de diciembre, 2010

¡Llamativa historia!, muy bien escrita. Raúl tiene una joya en su poder, sin duda. Las historias familiares y nacionales están hechas de descubrimientos fortuitos en muchos casos. Gracias a esa mina de información y recursos tan accesibles que contiene internet, hoy en día se consiguen tesoros personales inmensos, infinitos. Por ejemplo, yo pude construir los árboles genealógicos de mis dos lados de la familia, hasta el siglo XV y XVI, con un poco de información que crucé con archivos diocesanos en servidores europeos, a través de internet . . .

Lorena Liendo
29 de diciembre, 2010

Curiosa coincidencia: Precisamente hace unos días hablaba de la perfección de esa traducción de Pérez Bonalde a mi hermano menor y, fíjense la “casualidad” de leer esta historia publicada acá. Gracias por compartir esta maravilla…No conocía sobre la ortografá rracional, así que se le ‘agradeze el allazgo’… aunque no me cae muy bien la neografía, con el perdón del ilustrísimo Andrés Bello. Feliz año nuevo!

Maria G de Nevett
29 de diciembre, 2010

Verdaderammente, comprendo que escribas, porque tienes el espìritu y esfuerzo que requiere ese trabajo. Es un placer leerlo y ver todo lo que de allì pudistes hacernos disfrutar.

San Judas
29 de diciembre, 2010

A riesgo de parecer un imbécil: ¿esta historia es verídica o es ficción? Si es ficción, bien por hacerla parecer verídica. Y si es verídica, bien por hacerla parecer ficción.

Miguel Marcotrigiano
30 de diciembre, 2010

Saludos, Raúl. De nuevo me sorprendes con esta extraordinaria crónica. Seguiré leyéndote, maestro. Un fuerte abrazo.

Estefania Guaregua
2 de enero, 2011

Muy bueno en verdad. Pero se de alguien quien va a saber apreciar muchisimo mas que yo este brillante articulo. Y, solo si usted me lo permite copiaré e imprimiré una copia para hacersela llegar a dicha persona. No está de mas decir. Qué excelente y que ingeniosa la forma de utilizar la ortografía para hacer que las personas que lean la poesia le den la entonacion adecuada.

Raúl Stolk
13 de enero, 2011

Muchísimas gracias por sus comentarios. A pesar de que la crónica tiene algunos elementos ficcionados en aras de construir el “cuento,” les sorprendería lo real de su fondo. San Judas puede descansar tranquilo, muy asertivo su comentario. Estefanía, puedes imprimirlo y hacérselo llegar a quien mejor te parezca, para eso está aquí, para compartirlo. Muchos saludos

Ricardo Gil Otaiza
15 de febrero, 2011

Buena crónica, amén de inesperada. Elodia Carolina Pérez Bonalde me ha dado muchas sorpresas a lo largo de la última década; tantas, que podría publicar un nuevo libro con ellas. En el texto postmoderno se diluyen los límites entre lo ficcional y lo real, de allí su riqueza y su atractivo estético. Tanto en el texto de Stolk como mi en mi “Línea indecisa” lo real y lo ficcional se amalgaman para recrear una nueva realidad. Elodia y su hermano Juan Antonio son personajes verídicos y al mismo tiempo literarios. Los linderos entre lo inventado (como obra) y lo hallado (desde la investigación histórica), constituyen una nueva dimensión que como autores ya no estamos en capacidad de dirimir, porque se escaparon de nuestras manos. Vaya un abrazo para Raúl Stolk y para los inteligentes lectores de su crónica, con el cariño de este autor agradecido.

Raúl Stolk
16 de febrero, 2011

Igual de inesperado y grato fue el descubrimiento de su libro, mientras desenterraba información sobre la vida de Elodia. Sin duda un gran personaje que merece todas las letras que se le puedan dedicar. Seguramente no será lo último que, tanto ella como Juan Antonio, nos contarán sobre su época, esa suerte de “Renacimiento” criollo. Estoy muy complacido que haya leído y disfrutado la crónica que ayudó a tejer. Un gran abrazo y hasta la próxima.

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