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¿Sería Paul Auster tan buen escritor si no fuese tan fotogénico?

Ocatvio Vinces: "No es producto de la casualidad el que uno termine atrapado por las novelas de Paul Auster."

Por Octavio Vinces | 22 de diciembre, 2010

«¿Tú crees que Paul Auster sería tan buen escritor si no fuese tan fotogénico?» fue la primera cuestión (supongo que espontánea) que me planteó mi amiga Batirtze cuando, según lo planificado, nos encontramos en la librería Noctua para luego irnos a tomar un café en el Arábiga. Tenía en sus manos un ejemplar de Experimentos con la verdad, editado por Anagrama, y no paraba de contemplar la fotografía impresa en su solapa con un gesto que podría ser calificado como de añoranza. No se trataba de una tonta cualquiera lanzando preguntas etéreas o intentando hacerse la interesante. Acababa de ser admitida al doctorado de filosofía en Princeton y sabía que no necesitaba hacer grandes esfuerzos para salirse del molde de lo común. Por esos días se preparaba para marcharse de Los Palos Grandes.

«No lo sé», me aventuré a responderle fingiendo desinterés: «además hasta ahora siempre he tenido el mismo inconveniente con sus libros: he sido incapaz de soltarlos, me han absorbido al punto que cualquier otra lectura me ha resultado prescindible, al igual que ir al cine o al supermercado, o llevar mi ropa a la lavandería».

Quizá incluí en mi breve explicación al supermercado y la lavandería, debido a que el primer libro de Paul Auster que leí fue Leviathan, durante la época en que era becario en NYU. El hecho de que Batirtze estuviese ad portas de volver a ser estudiante hizo que, casi sin quererlo, me remontara a aquella época ya no tan cercana.

Salimos del local luego de que ella pagó el libro.

Alrededor de dos años más tarde, ya en Lima, pasé por la librería El Virrey para encontrarme con Rosa, una amiga a quien había dejado de ver por muchos años y que, por una increíble coincidencia, no sólo estudiaba en el mismo programa de doctorado, sino que además se había hecho íntima amiga de Batirtze. Como había llegado con unos minutos de anticipación, me dispuse a recorrer con la vista el interior de la librería con la intención de localizar a David o a Walter. Pero mi teléfono celular comenzó a timbrar. Era Rosa explicándome que había ido directamente al café de al lado, pues estaba hambrienta y prefería visitar la librería después de comer algo.

El cambio de planes no me molestó en lo más mínimo.

De vuelta a la calle me sorprendí al reconocer en un peatón cualquiera el rostro de un antiguo compañero de NYU, un joven boliviano que, hasta donde había tenido noticia, se había quedado en Nueva York trabajando para una firma de abogados. Él también me reconoció. Nos saludamos con simpatía, hablamos rápidamente de lo que cada uno estaba haciendo (como era de esperarse, él estaba en la calle Miguel Dasso de Lima por cuestiones de trabajo) e intercambiamos tarjetas.

Debo confesar que desde que comencé a leer sus libros, me había quedado maravillado con el magistral tratamiento que Paul Auster da a la casualidad, atribuyéndole la capacidad de revelarnos, de manera radical e inesperada, el sentido más profundo de nuestra existencia. De un encuentro como el mío con Marcelo —mi colega boliviano—, él podría tal vez sacar toda una novela.

Cuando terminé de recorrer los escasos metros que me separaban del café, por fin pude encontrarme con Rosa, quien estaba ocupando una de las mesas exteriores. Me recibió con su típica sonrisa, amplia y luminosa. Tomé asiento enfrente suyo y antes de que comenzáramos nuestra charla —ella y yo podíamos conversar, literalmente, de cualquier cosa; para ese entonces ella todavía carecía de esa pose de intelectual excluyente y a la vez agobiante que caracteriza a tantos académicos, Batirtze incluida— pude darme cuenta de que había colocado sobre la mesa un ejemplar de Experimentos con la verdad.

«Es un escritor estupendo», me explicó al percibir mi evidente asombro: «el libro es de Batirtze, ella me lo prestó. Mira su fotografía. Es guapo, ¿no?».

Vienen a mi mente estos recuerdos cuando ya he leído los dos primeros capítulos de Sunset Park y soy consciente de que no podré despegarme de esta novela hasta finalizarla. Pienso entonces que definitivamente no es producto de la casualidad el que uno termine siempre atrapado por las novelas de Paul Auster.

Octavio Vinces 

Comentarios (13)

María Eugenia
22 de diciembre, 2010

no deja de maravillarme lo mucho que ignoro de literatura contemporánea y lo poco que me interesa (debido a lo mucho que ignoro, probablemente); de vez en cuando un amigo paciente me arrastra a leer tal o cual autor y cuando luego le digo “pues me encantó, tenías razón, y eso que los machos misóginos no son mi tipo de autor favorito”, me mira semisonreído, con esa paciencia ensayada que suele caracterizar a los que nos dan consejos a las féminas para que no caigamos en “la literatura de señoras”. Pues bien, el rostor de este Auster me causa fuerte escepticismo. Voy a echarle un leve vistazo

Alfredo Ascanio
22 de diciembre, 2010

Al igual que María Eugenia ignoraba la obra de este autor. Pero de inmediato me fui a Wikipedia para saber más de él. Allí nos informan que nació Newark,Nueva Jersey el 3 de febrero de 1947.Premio Principe de Asturias de Letras 2.006.Empezó a escribir a los 12 años y en los años de 1966 y 1967 estudia en la Universidad de Columbia literatura francesa,italiana e inglesa.En 1993 obtiene el premio Médecis con su novela Leviatán. Se dice que es el escritor del azar y de la contingencia. Estuvo influenciado por Kafka y por Beckett.También incursionó en el cine como directo y escritor de guiones.

Ybelisse Colina
22 de diciembre, 2010

Orhan Pamuk y Don Mario Vargas también son guapos y fotogénicos y ambos son Premio Nobel. Asi que eso no parece ser impedimento para escribir bien.

María Eugenia
23 de diciembre, 2010

Acabo de leer “El rostro de Eva” y me encantó; el Dr. Melchior existió con otro nombre (Eisentad o algo así) y terminó de mala manera, asesinado creo; lamentablemente, no me acuerdo quién me lo contó ni cómo se escribe el nombre del hombre, así que este comentario mío es pura divagación, pura especulación; a lo mejor hasta me lo imaginé

Joaquín
23 de diciembre, 2010

He leido tres libros de Paul Auster (The Invention of Solitude, Timbuktu y Leviathan), reconozco que tiene buenos giros literarios y algunas genialidades interesantes, pero encuentro que tiene una gran tendencia a la ´circularidad´ en sus historias, las cuales cansan mucho al lector y extienden el enigma de sus historias, y de los personajes, hasta el paroxismo del aburrimiento mas extremo. Confieso que he tenido que ser muy disciplinado y luchado para no dejar los libros a medio camino. En cuanto a su fotogenicidad(?), pues a mi no me parece que lo es… Saludos.

Alonso García
23 de diciembre, 2010

Inquietante lo que escribes, Octavio. Rezuma nostalgia. Evidentemente de lo que menos hablas es de Auster. Más bien hay muchos doctorados y muchas amigas y encuentros en cafés. ¿Época dorada? ¿Añoranza? Eso sin dejar de lado ese toque intrigante que cuelas en cada recuerdo con suma magistralidad. Se trata de una breve nota realmente enigmática y que celebro en esta víspera de la víspera, donde tantos recuerdos se agolpan, y nos doblega el pasado.

Un abrazo siempre

María Eugenia
23 de diciembre, 2010

Las coincidencias son parte del entramado psíquico de cada persona. Coincidencias ocurren a montón y a diario pero sólo notamos las pocas que inciden con la telaraña del subconsciente. La circularidad, la coincidencia, el ciclo vital. He tenido y tengo coincidencias que no llevan a nada ni significan nada para mi nivel consciente. También me ha ocurrido recientemente que una imagen me deja a la espera de esa coincidencia que se tarda en suceder. Los ojos y la expresión de Auster, en esta foto, me recuerdan a los del protagonista de un film en blanco y negro, La Jetée (1962), la mirada-salto entre el pasado y el futuro tras la III Guerra Mundial. Hay algo escalofriante en Auster y me parece que viene de hace muchos siglos o milenios quizá. ¿Coincidencia? ¿y con quién? Terminaré por leerlo. Cambié de opinión

Raúl Abzueta
25 de diciembre, 2010

Si lo consiguen lean ¨Crei que mi padre era dios¨, lo edito Anagrama y es una compilación que Auster hizo de cuentos que sus oyentes le enviaron cuando trabajaba en una radio de servicio publico. No tiene desperdicio.

María Eugenia
25 de diciembre, 2010

porque lo dices tú Raúl, si es que eres el mismo entrevistado por Lil Rodríguez, el músico, es que estoy buscando ese “Creí que mi padre era dios” de Auster y seguro que no me va a desencantar

Laura Helena
2 de enero, 2011

Profe, qué alegría leerte por aquí. Y, por supuesto, no es casualidad.

Recuerdo que Daniel Brassesco, adorable librero itinerante, dijo una vez algo demoledor: Paul Auster es el Paulo Coelho de los periodistas. Genial.

Muchos cariños, Laura Helena

José Manuel
2 de enero, 2011

Tal vez sea Paulo Coelho el Shakespeare del vulgo…

blanca
6 de enero, 2011

Paul Auster… fotogénico… tal vez Sus textos atrapan. Muy recomendable

Sydney Perdomo Salas
3 de febrero, 2011

¿Fotogénico? ¡No lo creo! , más bien pienso que en el sentido críptico de la imagen, os invita a leer sus textos, y que a la final te encuentres atrapados en ellos es cosa no de “casualidad”, sino más bien de “causalidad”, causalidad porqué ves la interrogante y luego con el tema cinematográfico, pues te apetece como que ver más allá su obra y te preguntas: ¿Qué tan bueno es en ámbito de las letras exclusivas? Y es allí cuando quedas atrapado por la capacidad del tipo al escribir y ver en las musarañas (me refiero a las cosas del azar) que se inventa para dejarte conectado en el plano de su literatura. 😀

Buena nota caballero.

Saludos y mis respetos sinceros. 🙂

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