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Una noche en pelota

Es viernes de quincena y el Magallanes visita al home club Tiburones de La Guaira en el Universitario. “Viernes” y “quincena” son ya de por sí dos palabras altamente explosivas en el imaginario criollo. Pero, si a esto le adicionamos un partido de pelota, el resultado bien puede ser la fantasía delirante de un creativo publicitario en busca de la areté bonchona del venezolano.

Los alrededores del estadio Universitario, en víspera de un partido, puede semejar un extraño campamento beduino: carpas y tiendas de campaña improvisadas, albergan a infatigables miembros de la economía informal haciendo denodados esfuerzos por hacer lucir una camiseta pirata de los Leones del Caracas como un “producto oficial”. Muy cerca de ellos, se encuentran los vendedores de cervezas off Broadway; quienes también se esfuerzan por comercializar un producto que seguramente estará caliente y a sobreprecio. Pero los reyes de la zona (en franca competencia con los policías metropolitanos) son sin duda los revendedores. El revendedor pertenece a una raza inextinguible y lejana. Han sobrevivido a cambios de gobierno, operativos policiales, torrenciales lluvias y a la venta de boletos por internet. Todavía es un secreto guardado bajo siete llaves la manera que tienen de agenciarse localidades de fábula cuando toda la boletería tiene agotada una semana. El revendedor, junto al chief umpire, es uno de los personajes que tienen la verdad en la mano en un juego de pelota.

La antesala del partido

Si por casualidad a usted le da sed antes de acceder al estadio, es recomendable que no intente ingresar al mismo con ningún envase que haya comprado en los alrededores. Esto es bueno saberlo con anterioridad para no tomarse, fondo blanco, el contenido entero de una bebida energizante o medio litro de jugo. De esto se entera uno tarde, cuando ha hecho una fila babilónica y los encargados de seguridad parecen buscar a un equívoco Bin Laden, borracho y disfrazado de magallanero.

Ciertamente un partido en el Universitario no es un concierto de Dudamel, pero contar con sillas numeradas y bellas acomodadoras le da cierto aire aristocrático a un evento donde la segunda preocupación de los peloteros es escupir. Cuando finalmente se logra dar con la silla por la que se ha pagado 40 bolívares fuertes, uno tiene la sensación de que ha alcanzado una proeza. En el largo camino hacia la localidad, uno ha tenido que sortear familias que se han traído el perrito de contrabando, cerveceros con tres gaveras en precario equilibrio sobre la cabeza, grupos de panas alicorados desde la dos de la tarde y una señora gorda que vende tequeñones empuñándolos como una cachiporra policial.

En el partido

Luego de todo lo anterior y si no se atraviesa otro imprevisto, podemos sentarnos y darnos cuenta de que el juego ya está cerrando el primer capítulo, que nuestro equipo hizo dos carreras y el contrario cometió cinco errores. Es hora de celebrar esas dos carreras que jamás vimos y es entonces cuando entra en escena otro de los personajes clave del partido: el cervecero.

Si el revendedor es inextinguible, el cervecero es incombustible. Los cerveceros son los verdaderos amos de la pradera dentro del estadio. Con los años, han desarrollado invaluables estrategias con el único objetivo de engrosar las cuentas y terminar ebrios a costillas de sus clientes. “Mánimal”, cervecero de vieja escuela por los lados de primera, es un virtuoso en estas lides. Su especialidad más celebrada es el “vaso espumoso”: con un movimiento de manos que ya quisiera para sí Mindfreak, coloca el pico de la botella contra el fondo del vaso y, con un giro que todavía no he logrado descifrar, logra que la proporción del vaso sea 70% de espuma y el resto de líquido amarillo. El resto lo irá guardando en un discreto vaso al lado de la gavera que servirá para refrescarse en los entre innings.

En el cuarto episodio las acciones parecen irse por una sola calle. Los Tiburones de La Guaira, esa pasión inútil, son víctima de un inclemente bombardeo por parte de los bucaneros al son de la samba guairista. Es hora de comer y pienso en la constelación de puestos de comida que ofrece el estadio. “Las arepas del Morocho” es mi primera opción pero el puesto parece un centro de acopio de Sarajevo. Miro las otras ofertas: parrilla mexicana, Shawarmas criollizados y unas desacreditas hamburguesas light me animan a regresar luego.

Cuando llego a mi sitio, las hostilidades se han trasladado a la tribuna. Uno de mis acompañantes ha sido víctima del pasatiempo preferido de los fanáticos aburridos: el baño de cerveza. El victimario está dos filas más arriba y mi amigo lo ha pescado infraganti. Luego de quince minutos de mediación y una disculpa por parte del húmedo agresor, volvemos al partido cuyo marcador parece ya el de un partido de basquetbol. Con semejante marcador, pongo en práctica un método clínico anti borrachera que me enseñó el escritor Roberto Echeto: “caminar la pea”.

Algo tambaleante bajo por unas escalinatas que me evocan a las de El Calvario. Recuerdo que no he ido al baño en lo que va de juego y me aventuro hasta uno de los sanitarios ubicados al lado de los túneles. El sitio me hace pensar en kayaks, ponchos impermeables y tapabocas. La cola para los urinarios es un sitio de camaradería y buen humor a pesar del no hábitat reinante. Ya liberado del peso amarillo, salgo de ronda por los puestos de souvenirs. Me enamoro de una bonita gorra “oficial” pero al conocer el precio comienzo a considerar la variada oferta de los comerciantes informales. Una camiseta “autorizada” ronda los precios de un diseño Dolce & Gabanna. Compro un minúsculo pin de un equipo que no es el mío.

Paso por el puesto del Morocho y el olor a carne mechada es sólo una entelequia materializada en cuatro hebras que nadan en un pozo rojizo y aguado. Solamente queda relleno de salpicón de mariscos y unas caraotas negras que auguran malos vientos. Decido comprar una cerveza sin el “pechaje Mánimal” y regresar a mi silla.

El out 27

Ya de regreso, me entero de que el gracioso de dos filas más arriba se encuentra en manos de las autoridades por bautizar a un guardia nacional vestido de civil. Mis acompañantes devoraron tres pizzas hawaianas, dos bolsas de chicharrón picante y se encuentran en medio de una complicada operación aritmética con el profesor Mánimal con el fin de desentrañar nuestra escalofriante cuenta. El final del partido llega como un rumor de fondo que justifica y da escala a nuestra noche fanática.

Fenomenología del fanático

El técnico

Mejor conocido como mánager de tribuna. Es el tipo de fanático que no va al estadio sin antes memorizar los averages, promedios de bateo, fildeo y demás menudencias matemáticas relacionadas con el juego. Su capacidad argumentativa suele ser demoledora, pero después del quinto inning provoca bañarlo de cerveza.

Fashion Franquicia

Se trata de un fanático que ha dejado todas sus utilidades en la tienda de souvenirs de su equipo preferido. La palabra “producto oficial” es su mantra y bandera. Se molesta cuando su equipo usa un uniforme “alternativo” que rompe con la tradición y empava al equipo.

Rumba y Rumba

No sabe que Antonio Armas se retiró hace añales. Piensa que un squeeze play es una marca de helados. Siempre se coloca al lado de la Samba de La Guaira. Cree que la tribuna de la derecha es la mini sede de una discoteca del San Ignacio. Por regla general su novia está buenísima.

Mojador o Mojón

Siempre es un flaquito con cara de malo, sentado cuatro filas detrás de nosotros. Con el brazo que exhibe cada vez que arroja un vaso de cerveza, bien podría ser firmado por los Astros de Houston.

Los novios rivales

Esta categoría está llamada a ser todo un clásico dentro del estadio. Ella por lo general es una magallanera gordita y mandona. No acepta chalequeos y bebe más que el novio. Él usa una camiseta de los Leones comprada en el 94, tiene toda la pinta de llevar palo dentro y fuera del terreno y fuma más que un chino.

La Casamentera

Todas las temporadas compra los abonos que dan justo encima del dogout. La minifalda y los tacones son sus aperos predilectos. Estudia inglés en el CVA con la secreta esperanza de practicarlo en el palco de esposas del Yankee Stadium. Son muy amigas del recogebates del equipo.