Artes

Cómo comencé a escribir, por Gabriel García Márquez

"Cómo comencé a escribir" es uno de los textos que componen el nuevo libro de Gabriel García Márquez titulado "Yo no vengo a decir un discurso", de pronto lanzamiento. Lo publicamos a continuación con la autorización de Random House Mondadori

Por Gabriel García Márquez | 28 de octubre, 2010

Primero que todo, perdónenme que hable sentado, pero la verdad es que si me levanto corro el riesgo de caerme de miedo. De veras. Yo siempre creí que los cinco minutos más terribles de mi vida me tocaría pasarlos en un avión y delante de veinte a treinta personas, no delante de doscientos amigos como ahora.

Afortunadamente, lo que me sucede en este momento me permite empezar a hablar de mi literatura, ya que estaba pensando que yo comencé a ser escritor en la misma forma que me subí a este estrado: a la fuerza. Confieso que hice todo lo posible por no asistir a esta asamblea: traté de enfermarme, busqué que me diera una pulmonía, fui a donde el peluquero con la esperanza de que me degollara y, por último, se me ocurrió la idea de venir sin saco y sin corbata para que no me permitieran entrar en una reunión tan formal como ésta, pero olvidaba que estaba en Venezuela, en donde a todas partes se puede ir en camisa. Resultado: que aquí estoy y no sé por dónde empezar. Pero les puedo contar, por ejemplo, cómo comencé a escribir.

A mí nunca se me había ocurrido que pudiera ser escritor pero, en mis tiempos de estudiante, Eduardo Zalamea Borda, director del suplemento literario de El Espectador de Bogotá, publicó una nota donde decía que las nuevas generaciones de escritores no ofrecían nada, que no se veía por ninguna parte un nuevo cuentista ni un nuevo novelista. Y concluía afirmando que a él se le reprochaba porque en su periódico no publicaba sino firmas muy conocidas de escritores viejos, y nada de jóvenes en cambio, cuando la verdad -dijo- es que no hay jóvenes que escriban.

A mí me salió entonces un sentimiento de solidaridad para con mis compañeros de generación y resolví escribir un cuento, nomás por taparle la boca a Eduardo Zalamea Borda, que era mi gran amigo, o al menos que después llegó a ser mi gran amigo. Me senté y escribí el cuento, lo mandé a El Espectador. El segundo susto lo obtuve el domingo siguiente cuando abrí el periódico y a toda página estaba mi cuento con una nota donde Eduardo Zalamea Borda reconocía que se había equivocado, porque evidentemente con «ese cuento surgía el genio de la literatura colombiana» o algo parecido.

Esta vez sí que me enfermé y me dije: «¡En qué lío me he metido! ¿Y ahora qué hago para no hacer quedar mal a Eduardo Zalamea Borda?». Seguir escribiendo, era la respuesta. Siempre tenía frente a mí el problema de los temas: estaba obligado a buscarme el cuento para poderlo escribir.

Y esto me permite decirles una cosa que compruebo ahora, después de haber publicado cinco libros: el oficio de escritor es tal vez el único que se hace más difícil a medida que más se practica. La facilidad con que yo me senté a escribir aquel cuento una tarde no puede compararse con el trabajo que me cuesta ahora escribir una página. En cuanto a mi método de trabajo, es bastante coherente con esto que les estoy diciendo. Nunca sé cuánto voy a poder escribir ni qué voy a escribir. Espero que se me ocurra algo y, cuando se me ocurre una idea que juzgo buena para escribirla, me pongo a darle vueltas en la cabeza y dejo que se vaya madurando. Cuando la tengo terminada (y a veces pasan muchos años, como en el caso de Cien años de soledad, que pasé diecinueve años pensándola), cuando la tengo terminada, repito, entonces me siento a escribirla y ahí empieza la parte más difícil y la que más me aburre. Porque lo más delicioso de la historia es concebirla, irla redondeando, dándole vueltas y revueltas, de manera que a la hora de sentarse a escribirla ya no le interesa a uno mucho, o al menos a mí no me interesa mucho; la idea que le da vueltas.

Les voy a contar, por ejemplo, la idea que me está dando vueltas en la cabeza hace ya varios años y sospecho que la tengo ya bastante redonda. Se las cuento ahora, porque seguramente cuando la escriba, no sé cuándo, ustedes la van a encontrar completamente distinta y podrán observar en qué forma evolucionó. Imagínense un pueblo muy pequeño donde hay una señora vieja que tiene dos hijos, uno de diecisiete y una hija menor de catorce. Está sirviéndoles el desayuno a sus hijos y se le advierte una expresión muy preocupada. Los hijos le preguntan qué le pasa y ella responde: «No sé, pero he amanecido con el pensamiento de que algo muy grave va a suceder en este pueblo».

Ellos se ríen de ella, dicen que ésos son presentimientos de vieja, cosas que pasan. El hijo se va a jugar billar, y en el momento en que va a tirar una carambola sencillísima, el adversario le dice: «Te apuesto un peso a que no la haces». Todos se ríen, él se ríe, tira la carambola y no la hace. Paga un peso y le pregunta: «¿Pero qué pasó, si era una carambola tan sencilla?». Dice: «Es cierto, pero me ha quedado la preocupación de una cosa que me dijo mi mamá esta mañana sobre algo grave que va a suceder en este pueblo». Todos se ríen de él y el que se ha ganado el peso regresa a su casa, donde está su mamá y una prima o una nieta o en fin, cualquier parienta. Feliz con su peso dice: «Le gané este peso a Dámaso en la forma más sencilla, porque es un tonto». «¿Y por qué es un tonto?». Dice: «Hombre, porque no pudo hacer una carambola sencillísima estorbado por la preocupación de que su mamá amaneció hoy con la idea de que algo muy grave va a suceder en este pueblo».

Entonces le dice la mamá: «No te burles de los presentimientos de los viejos, porque a veces salen». La parienta lo oye y va a comprar carne. Ella dice al carnicero: «Véndame una libra de carne» y, en el momento en que está cortando, agrega: «Mejor véndame dos porque andan diciendo que algo grave va a pasar y lo mejor es estar preparado». El carnicero despacha su carne y cuando llega otra señora a comprar una libra de carne, le dice: «Lleve dos porque hasta aquí llega la gente diciendo que algo muy grave va a pasar, y se está preparando, y andan comprando cosas».

Entonces la vieja responde: «Tengo varios hijos; mire, mejor déme cuatro libras». Se lleva cuatro libras y para no hacer largo el cuento, diré que el carnicero en media hora agota la carne, mata otra vaca, se vende toda y se va esparciendo el rumor. Llega el momento en que todo el mundo en el pueblo está esperando que pase algo. Se paralizan las actividades y de pronto, a las dos de la tarde, hace calor como siempre. Alguien dice: «Se han dado cuenta del calor que está haciendo?». «Pero si en este pueblo siempre ha hecho calor.» Tanto calor que es un pueblo donde todos los músicos tenían instrumentos remendados con brea y tocaban siempre a la sombra porque si tocaban al sol se les caían a pedazos. «Sin embargo -dice uno-, nunca a esta hora ha hecho tanto calor.» «Sí, pero no tanto calor como ahora.» Al pueblo desierto, a la plaza desierta, baja de pronto un pajarito y se corre la voz: «Hay un pajarito en la plaza». Y viene todo el mundo espantado a ver el pajarito.

«Pero, señores, siempre ha habido pajaritos que bajan.» «Sí, pero nunca a esta hora.» Llega un momento de tal tensión para los habitantes del pueblo que todos están desesperados por irse y no tienen el valor de hacerlo. «Yo sí soy muy macho -grita uno-, yo me voy.» Agarra sus muebles, sus hijos, sus animales, los mete en una carreta y atraviesa la calle central donde está el pobre pueblo viéndolo. Hasta el momento en que dicen: «Si éste se atreve a irse, pues nosotros también nos vamos», y empiezan a desmantelar literalmente al pueblo. Se llevan las cosas, los animales, todo. Y uno de los últimos que abandona el pueblo dice: «Que no venga la desgracia a caer sobre todo lo que queda de nuestra casa» y entonces incendia la casa y otros incendian otras casas. Huyen en un tremendo y verdadero pánico, como en éxodo de guerra, y en medio de ellos va la señora que tuvo el presagio clamando: «Yo lo dije, que algo muy grave iba a pasar y me dijeron que estaba loca».

Gabriel García Márquez 

Comentarios (16)

Luz
28 de octubre, 2010

De la genialidad como escritor de Gabriel García Márquez es poco cualquier cosa que se pudiera decir, pero esa breve narración que nos regala es un claro ejemplo del gran poder que suelen tener las palabras, de cómo la lengua mueve mentes y montañas. Del mismo modo que García Márquez encontró la vocación de la escritura como un mero accidente, así mismo, creo yo, las personas que guardan dentro de sí un talento innato, un gran talento, encuentran en su camino, tarde o temprano, alguna motivación por la que, desde corta edad y tal vez sin querer, irradian la luz que ilumina ese camino que distingue a las grandes mentes brillantes como ésta, la de Gabriel García Márquez.

Isabella Borges
28 de octubre, 2010

Tiempos sin leer algo de García Márquez. Creo que voy a disfrutar este libro. Gracias por publicar este texto.

Víctor Garay Oleas
28 de octubre, 2010

Definitivamente, el mago de Macondo, el fructífero Gabo y su magistral color de la guayaba periodístico-literaria, al parecer, en el cuarto menguante de su prodigiosa vida, como que quisiese hacernos un artilúgico acto de birlibirloque, para dejarnos con la abuelita desalmada de la curiosidad, eréndira y cándidamente frustrada, al no continuar conociendo los apergaminados capítulos que quedaron truncados en su melquiádica memoria, por haber tenido la patriarcal osadía de vivir para no proseguir contándonoslos, justamente cuando se han consignado conspicuos cambios de tiránico timón a la deriva, en derredor de muchos de los otoñales coroneles o coma-andantes de las castroenteríticas cúpulas del poder, con quienes se ha visto confraternizadamente inmerso y anonadado. Y de yapa, para que de sus privilegiados puño y letra, nos hubiese legado su literalúdico testimonio, realístico y maravillosamente comprometido, acerca del famoso trompicón de telenovela, que legendariamente lo enemistara con su otroramente camarada de boom burumbunes letrilleros, y hoy también su consagrado coleguilla con el nobelizado galardón concedido por los venerables académicos, que esta vez no se hicieron los suecos. Enhorabuena por no venirnos a aburrir con un fidelictivo o chavistotétrico discurso. Gracias, Víctor Garay Oleas, con vargasllosiana admiración deicida para el hijo pródigo de Aracataca y sus carismáticos cien años de soledad.

Uma Serrat
28 de octubre, 2010

Me pregunto si ésto no había sido publicado antes porque yo ya lo había leido.

Sofía A.
28 de octubre, 2010

Espero el libro. Uma, entiendo que el libro es una compilación de discursos. Es una especie de García Márquez oral. Muchos deben estar publicados pero nunca habían sido compilados.

Ramón Elías
29 de octubre, 2010

!Te lo dije!, te lo dije, te lo vuelvo a repetir, te digo veinte veces y no me lo sabes decir.

Rubén Mesa
29 de octubre, 2010

A mi me pasa lo mismo al ver ciertos canales de televisión “noticiosos” y leyendo diarios oportunistas, que cosas, que parecido encuentro esta situación, sobre todo en los últimos tiempos en Venezuela. ¿Qué pasará mañana que vuelve el Sr. desde Argentina? Va a devaluar…¿qué dirá? y así nos va marcando la agenda como la abuelita del cuento. Un abrazo!

Gpe Plaza
8 de noviembre, 2010

Esperaré con ancias el nuevo libro, una oportunidad de conocer mejor a este genio de la literatura.

manuel marrufo
12 de noviembre, 2010

Este discuso yo también lo había leido antes, creo que en Ciudad Seva.

Pero habrán tantos otros discursos en ese libro que no he leido y que serían de gran aporte, con toda seguridad.

Maigualida
12 de noviembre, 2010

Excelente texto, què maravilla. Espero entonces esta publicaciòn. Saludos.

Guillermo Herrera
15 de noviembre, 2010

Que gran parecido tiene este cuento con la situación actual que se vive en Venezuela, espero que a nadie se le ocurra incendiarla. Me gustaría que el genio de García Marquez desarrolle la idea de retornar los habitantes de ese “pueblito” a que lo reconstruyan y lo guíen hacia el progreso definitivo.

Herbert Silva
19 de noviembre, 2010

¡Ya me lo leí!, o mejor dicho, me lo devoré…

Y es que leer al Gabo es como tomarse una jarra de agua en el desierto. ¡Qué sabroso!…

Éste texto que tuvieron a bien de publicar, fue leído por El Gabo en Caracas en el año 1970… 40 años transcurrieron ya…

Éste libro, en general, desnuda a ese hombre humilde que tanto estremece con su palabra. Ese hombre que estuvo 18 meses escribiendo Cien Años de Soledad y para enviar las casi 600 cuartillas a México por correo, tuvo que hacerlo en dos envíos porque no le alcanzó el dinero que llevaba su esposa Mercedes en el bolsillo.

¡Qué anécdota esa!… Por cierto, está publicada también con lujo de detalles…

El discurso que más me gustó: “Botella al mar para el Dios de las palabras”…

ferjaramillo
14 de enero, 2012

Texto leido en Caracas en la entrega del Premio Rómulo Gallegos. Llevado al cine en la pelicula “Presagio” de Luis Alcoriza

Carlos Lomeli
27 de marzo, 2012

Que esta no es la historia que relata la película “Presagio” donde actúa Amparo Rivelles

Vicente Sánchez
10 de diciembre, 2014

Gabriel García Márquez escribió como su nombre completo: Hecho de palabras sencillas, pero bien consonantes cuando lo mentamos. Bueno, escribió tanto y tan creativamente inusual, nos impactó de tal forma, que nos convenció de una verdad que nadie discute: La literatura en español tiene dos épocas: la de antes de Gabriel García Márquez y las posteriores.

Nestor Rangel
8 de noviembre, 2015

Es una verdadera lastima y gran pesar, que un genio como “El Gabo”, GGM, haya endosado a los castro, quienes promueven la desgracia de los pueblos latinomericanos y africanos y por 55 han pisoteado a su propio pueblo, la bella y noble Cuba.

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