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Una historia de la cautela

Luego de sintetizar en la primera mitad de su libro El triunfo del dinero las historias capitales de la moneda, el crédito, los bonos y los valores, Niall Ferguson llega a los seguros. Como hace en el libro entero, en su cuarto capítulo, “El retorno del riesgo”, escoge unas grandes historias centrales, o más bien, desarrolla los contextos y los hechos de los hitos primordiales de cada capítulo.

Aquí, esos hitos son el problemón entre asegurados y aseguradores de New Orleans y sus alrededores que se formó a causa del paso del huracán Katrina. Es una historia muy triste, la historia del día en que los seguros fracasaron, en que no pudieron compensar a una ciudad entera por la destrucción ocasionada por una catástrofe.  Las preguntas que origina esa situación, todavía sin resolver, le ayuda a organizar el resto del capítulo.

Los seguros nacieron en Escocia, la patria del propio Ferguson, gracias a los aportes tanto de matemáticos como de clérigos calvinistas que fundaron el primer fondo moderno de seguros, aún existente, Scottish Widows, que por ejemplo ayudó a protegerse de la bancarrota a Sir Walter Scott luego de que le salieran mal unas inversiones en América Latina. “Lo que nadie podía prever allá por la década de 1740 era que al incrementarse constantemente el número de personas que pagaban primas, las compañías de seguros y sus parientes cercanos los fondos de pensiones crecerían hasta convertirse en algunos de los mayores inversores del mundo; los llamados inversores institucionales que hoy dominan los mercados financieros globales”.

La historia de los seguros está ligada a la del Estado de Bienestar, que empezó en la Prusia de Otto von Bismarck con una ley de pensiones y se desarrolló mejor en Inglaterra desde 1908. Amplió su alcance en la Primera Guerra Mundial, su propio tono militarista en Japón antes de la Segunda Guerra Mundial y durante ella, y su forma moderna en la posguerra. Ferguson apunta que “la guerra no había servido para convertir a Japón en una de las grandes naciones del mundo, pero el bienestar sí lo estaba consiguiendo. La clave resultó ser no un imperio en tierras extranjeras, sino una red de seguridad en el propio país”.

Pero en el Chile de Pinochet, la influencia de Milton Friedman y sus Chicago Boys inició el desmantelamiento del Estado de Bienestar y el éxito de los fondos privados de pensiones. Es un tema delicado y Ferguson lo maneja con acierto, formulando preguntas y respondiéndolas con hechos. “¿Había merecido la pena la enorme apuesta moral que habían hecho los chicos de Chicago y Harvard al meterse en la cama con un dictador militar asesino y torturador? La respuesta depende de si uno piensa o no que esas reformas económicas ayudaron a preparar el camino para volver a una democracia sostenible en Chile”.

La relación entre seguros y riesgos en el mundo de hoy y su reflejo en las finanzas lleva a los hedge funds, los contratos de futuros y los derivados que Warren Buffett llama “armas de destrucción masiva”, todos esos complicados instrumentos que protagonizaron la gran crisis que comenzó hace un par de años. Ferguson se toma la molestia de descifrarlos y con eso nos devuelve al presente, como en cada capítulo de su libro, para emprender a continuación otro nuevo viaje. Esta vez, el de una antigua obsesión, la de tener no sólo pan, sino techo.

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Podría leerse la historia que cuenta Ferguson aquí de los seguros como una historia del sentido común, de la aceptación de la posibilidad de la desgracia, del pensamiento sensato a largo plazo. El tema Katrina nos recuerda a nosotros el tema Vargas y los efectos de los saqueos que han estallado en la historia contemporánea. También, en que Venezuela es un país sísmico. ¿Estamos asegurados, como sociedad, frente a los inevitables desastres fortuitos como los terremotos? ¿Cuánta gente en Venezuela paga o puede pagar seguros privados? ¿Cuánto invertimos los ciudadanos comunes en pólizas que nos protejan de lo que no nos protege el Estado, como la enfermedad o la delincuencia? ¿Por qué no tenemos un fondo de pensiones verdadero, en moneda sólida? ¿Por qué persiste, gobierno tras gobierno, el drama de los pensionados y jubilados, mal pagados y mal atendidos?