Ciudad

Es Caracas la que muerde, no el caraqueño

Como cultura es lo que se olvida, estemos donde estemos, y vengamos de donde vengamos, siempre llevaremos con nosotros esa ciudad capaz de morder cuando se considere agredida

Por Héctor Torres | 21 de abril, 2010

But I’m tryin’, Ringo. I’m tryin’ real hard to be the shepherd
Jules Winnfield

La anécdota de seguro es apócrifa. Pero la realidad es maravillosa precisamente por beber del lago de lo posible. Según ella, en el guión de la película Dominó (Tony Scott, 2005), el personaje Choco era originalmente un criminal mexicano. El actor venezolano Edgar Ramírez, al hacer el casting, propuso al director que lo cambiase por un malandro caraqueño. A cada negativa del director de alterar el guión le seguía una insistencia del actor. Ese pulso duró hasta que el primero, sólo para despachar el asunto, aceptó hacer una prueba.

Ramírez, sonriente, se metió en su personaje y salió a escena con una escopeta en una mano, bailando una música invisible mientras caminaba hacia un rehén imaginario amarrado en el piso y, luego de patearlo con fuerza, le dijo:

¡Párate, mamagüevo!

La forma de caminar, de empuñar el arma, la elegante y cruel patada… pero, sobre todo, la música de esas palabras que no entendía, debieron producir una certeza en la mente de Scott: Para que Choco exprese con contundencia la necesaria maldad, violencia despiadada e indiferencia ante el dolor que exigía el personaje, debe ser eso que estaba viendo: Un malandro caraqueño.

***

Caracas carece de una disposición que la haga comprensible. La única lógica que atiende es a la de los propios temores, intuiciones y prejuicios de sus habitantes. Ocupando un mismo valle, viven en ciudades superpuestas que no se comunican entre sí.

Eduardo es habitante de una de esas Caracas. Lejos del pistolero de Dominó y de los velorios en el barrio (las funerarias no aceptan tiroteados),  vive en su Caracas Plaza Las Américas y Los Naranjos. Una Caracas al sur del Guaire, de colinas urbanizadas en las que es menester tener carro para trasladarse, atrincherada tras sus rejas, casetas de vigilancia, circuitos cerrados y un profundo recelo para con lo desconocido. Una Caracas que vive su ilusión de normalidad al interior de sus confortables ghettos.

Pero él aprendió a extender los límites de su Caracas, aplicando la ecuación de a menores prejuicios mayores libertades. Gracias a eso compra la aguja para su viejo tocadiscos en Tele Cuba, en Catia. Y se toma unas cervezas en La Candelaria. Y se adentra con confianza en los predios de la Baralt.

Es decir, tiene una ciudad más grande que la de muchos de sus vecinos.

Pero aún así se le fue haciendo asfixiante. Un día cayó en cuenta de eso, y de la magnitud del mapa del exilio entre sus afectos. Por eso, y por no tener nada que cuidar en su Caracas atrincherada, trazó un itinerario para reencontrarse con la parte de su mundo que renunció a un país que desayuna, almuerza y cena con dos temas invariables: los delirios de un pequeño emperador y la violencia circundante.

Uno de sus primeros destinos fue Barbés, un barrio al norte de París que podría parecerse a Catia, si Catia fuese limpia y no flotase sobre un colchón de pólvora. Sus anfitriones le alertaron acerca de la zona y sus habitantes, sobre la dificultad para comprender el verlán (el francés malandro) y le sugirieron, por último, que ajustara su comprensión del peligro a ese paisaje.

Esto último se lo repetían a diario esa primera semana que pasó en París, cada vez que lo veían llegar de sus largas caminatas en la noche.

Sigue menospreciando el peligro y un día te vas a ganar una cuchillada, le advirtieron.

Una tarde caminaba por el andén de la línea 2 cuando vio a los dos muchachos que caminaban hacia él con fingida distracción. Tenían fenotipos árabes y un poco más de veinte años. El aspecto de Eduardo, que pasa desapercibido en las calles de Caurimare, encajaba en el tipo de los conejos que aquellos trabajaban rutinariamente. Pero él, sobreviviente de una ciudad en guerra, les adivinó la intención desde que uno de ellos lo vio y pensó en someter su elección a la opinión del otro.

El modus operandi es universal. Caminaban con agilidad, haciendo ruido en dirección a él. Lo hacían ocupando tal espacio de su trayectoria que resultara imposible evadirlos. Caminaban y se gritaban en su idioma y se golpeaban y lo observaban de cuando en cuando. Eduardo sopesó las probabilidades de salir bien librado. Un paso mal calculado de uno de ellos le abrió esa mínima probabilidad en forma de un boquete por el que pasó por un lado y no entre ellos. Al darse cuenta del error y de la velocidad del conejo, los rateritos activaron el plan de contingencia. El de la esquina empujó al otro hacia Eduardo, en medio de su parodia de juego. Eduardo sacó el codo y esperó al costillar que se venía hacia él. La repentina víctima, entre sorprendida e indignada, comenzó a gritarle en una incomprensible variante de francés, como última opción para arrinconarlo.

***

La cultura es lo que se olvida, según dicen. Será por eso que el lector de Carver y de Bukowski ya leyó a Poe y a Chejov, pero no lo recuerda. Y el “lector” de Pulp fiction ya “leyó” a Carver y a Bukowski sin haberse enterado.

Y será por eso que Eduardo es de esa Caracas de una apacible urbanización al lado sur del río, pero por esos tenaces hilos del miedo y la violencia, también es hijo de esa ciudad de cincuenta muertos por fin de semana y los cadáveres apilados en la morgue de Bello Monte. Y medio hermano de asesinos como Los Capri, que filmaban con los celulares sus ejecuciones para subirlas a la red. Y heredero de este fraticidio cotidiano en el que unas veces se hace de Caín y otras de Abel, bajo un semáforo, dentro del banco, en la cola del estacionamiento. Caín y Abel, o testigo indolente del cadáver que recogieron a las 24 horas de haber sido asesinado. Y autor de las escenas en que mataba mentalmente a su jefe, a su vecino, al motorizado que vio robando a una chica en la autopista, al que toca corneta para avisar que llegó. Testigo, ejecutor y cómplice (aunque sea por omisión) de tanta violencia. Hasta de la pequeña fechoría de comerse una luz.

Un ADN salvaje que quiere civilizarse.

***

Será entonces por todo eso que, acosado en el metro de Paris por dos dueños de la calle, sin brújula ni mapa de las rutas de escape, viendo asomarse del abrigo la mano con el cuchillo que le habían advertido saldría en cualquier momento, gritó con ese acento que no es caribeño ni andino mientras, como si lo hubiese ensayado, estiraba un brazo con el que los apuntó con una pistola imaginaria, poseído por aquella ciudad que nunca estará tan lejos como para no seguir mordiendo:

¿Que pasó de qué, mamaguevo? ¡Ponte pilas!

Es liberador decir palabrotas a todo pulmón, sin la condena del pudor, en un andén lleno de gente que percibe la intención pero no el significado. Y descubrir que ser caraqueño es ser caribeño. Y ser caribeño es, de alguna remota manera, ser africano. Y que esos fonemas de sílabas secas pero envueltas en una entonación ancestral que canta y amenaza y sobrevive y se aterra, esos que hechizaron a Scott, disuadieron a dos rateritos del metro de París de confundir a un perro (casero, pero curtido en las calles más duras del orbe), con un distraído conejo.

¿Tú eres loco? Esos bichos son malos, Eduardo. No tienes ni idea, dijo uno de sus anfitriones cuando les contó la anécdota.

Loco no, caraqueño. ¿Con qué cara cuento allá que me atracaron en París?, respondió.

******

Foto: Az

Héctor Torres  es autor, entre otras obras, del libro de crónicas "Caracas Muerde" (Ed. Punto Cero). Fundador y ex editor del portal Ficción Breve. Puedes leer más textos de Héctor en Prodavinci aquí y seguirlo en twitter en @hectorres

Comentarios (39)

krina
21 de abril, 2010

Uff, qué bueno Hector

Ophir
21 de abril, 2010

Genial!

Leopoldo Tablante
21 de abril, 2010

Bueno, Héctor, no es pa’ tanto. Concedo que a veces los reflejos propios sirvan para desconcertar al enemigo, pero tengo la sospecha de que esos malandros argelinos, que atacan en cambote y hablando verlens, son más tenaces de como los estás mostrando en tu texto. Para ejemplo, los disturbios en París a finales de 2005, que no dejaron títere con cabeza. Barbès, más que Catia, es una especie de Candelaria. Catia se encuentra en los suburbios del norte, en Saint Denis, aunque su espíritu extremo lo encuentras en lugares como La Courneuve, en la Cité Allende de Villetaneuse, que son barrios en los que conviene no estar después de cierta hora (temprana) de la tarde. Hay una película que muestra bien ese ambiente y que se llama El odio (La haine) de Matthieu Kassovitz, creo que es de 1995. En fin, no sé, ¿pero no habrá algo de idealización en ese carácter disuasivo que le estás atribuyendo a una persona por el solo hecho de ser de Caracas?

Daniel Pratt
21 de abril, 2010

Si uno no aprende nada de esa educación –o guerra– en la que tanto ha invertido, ¿De qué vale seguir viviendo en Caracas o llamarse Caraqueño?

@seleccionada ligia Isturiz
21 de abril, 2010

Sigo leyendo a Hëctor Torres y celebrando sus anécdotas, sus crónicas, o sus ficciones breves, ( o largas ) con el arrobamiento tonto de quien ha olvidado la escritura de Héctor, antes que héctor y antes que antes que Héctor. Los escritores, amigo, tienen el karma de ser seguidos por la huella que inicialmente dejaron.

hectorpal
21 de abril, 2010

Puf. Bien. La violencia es también un lenguaje y un lugar, malditos, pero densos. Quien dijo que el mal no tenía sustancia es porque no ha sido amenazado con un hierro.

hectorpal
21 de abril, 2010

A un amigo de un amigo lo rodearon en una escalare de un tren en Barcelona. Le metían las manos en los bolsillos. Por el aspecto eran del Este. A esos les tengo respeto. El amigo de un amigo gritó: “Pero bueno, que guebonada es”. Uno de los metamano dijo: “Es sudaca”, y se fueron instantaneamente. No fue solidaridad africana. No creo que solidaridad tampoco. Pero fue.

P. Cuellar Alvarado
21 de abril, 2010

encontraste tu nicho pana jéctor, síguela

Andrés
21 de abril, 2010

Creas un clásico.

P. Cuellar Alvarado
21 de abril, 2010

Leopoldo, lanzó una sinker quién la batea?

Héctor Torres
21 de abril, 2010

Gracias a todos por las lecturas y los comentarios. Estos textos y los comentarios que generan son aproximaciones a lo que somos y de cómo nos vemos, básicamente. Por eso me encanta cuando hay comentarios, porque hay diálogos. Y hay imaginarios activados. Pero vale acotar, querido Leopoldo, que no hay ninguna verdad verificable en estos textos. Son ficciones. Y como ficciones, no pretenden ofrecer realidades tangibles sino posibles, alimentar imaginarios a partir de historias ficcionales. Yo, desafortunadamente, no he ido a París. O, quizá, al contrario me hace bien escuchar esos cuentos de otros y completar con imaginación lo que no puedo completar con observación directa. Quizá la constatación in situ me proporcionaría demasiada información que sería secuestrada por el intelecto, en lugar de gozada por la imaginación. En todo caso, fino que contribuyas con una visión más realista de la vida en París, porque de eso se trata. Que sigan los diálogos. Esto es mucho más de los que logran los políticos 🙂 Un gran abrazo a todos.

Digiletras
21 de abril, 2010

Este tipo de historias se multiplican, como lo confirma hectorpal. No, Leopoldo, no es ninguna idealización, es que Caracas es muy dura,(claro que más hacia el oeste) y de eso te das cuenta al visitar cualquier otra ciudad, sea del primer o del tercer mundo. Pa’ malandros los míos!

Votante
21 de abril, 2010

En un taller de integración de venezolan@s en Cataluña, comentaban lo resabid@s que somos para oler cuando nos quieren robar y cualquier forma de violencia que se nos aproxime, pero yo creo que solemos ser bastante “pedantes” o echon@s” hasta para eso, somos muchos l@s caraqueñ@s a l@s que nos han robado la cartera y nos quedamos perplej@s ante la astucia de ladron@s de otras latitudes, como decía Fito: “la alegría no es sólo brasileña…” yo creo que ni la habilidad de delinquir es solo caraqueña ni la inocencia de l@s pendej@s es sólo venezolana. Y por supuesto que Caracas tiene mucha violencia, pero no es de dominio exclusivo.

Natalia
21 de abril, 2010

No pude evitar pensar en el libro del psicólogo social (o colectivo, como él prefiere) Pablo Fernández Christlieb: “El espíritu de la calle” “Los lugares son la memoria del pensamiento de la sociedad. La casa, la calle, los cafés, el parlamento y el propio cuerpo, son los espacios que la gente ocupa, y al hacerlo, va pensando con ellos. por eso en las coci- nas las conversaciones son cálidas como las comidas; en los bares, a pesar de las cervezas, son claras; y en los palacios de gobierno, frías. A la comunicación que se crea dentro y entre los diferentes lugares, es a lo que se denomina la política de la ciudad, que puede consistir en sacar las cosas a la plaza pública para así cambiar la sociedad, o bien en encerrarlas en la sole- dad detrás de las puertas, para así mantener los poderes dominantes” .- En un enfoque esperanzador al que me sumo, me gusta pensar que está en los caraqueños el poder de cambiar la memoria afectiva de nuestra ciudad. A riesgo de sonar demasiado romántica, ojalá algún día, tal y como le enseñan a los niños pequeños en las guarderías, aprendamos a cambiar los mordiscos por besos.

marianela díaz cardozo
21 de abril, 2010

votante, tal vez lo que pasa es precisamente eso: los venezolanos (no digo caraqueños porque no lo soy) estamos muy acostumbrados a la violencia, a olerla, a presentirla en el ritmo al caminar o apenas en una mirada. las formas sutiles de raterismo ya las hemos olvidado. tal vez por eso todavía hay muchos que se quedan perplejos cuando descubren que se les violentó sin violencia. “no la vieron venir”.

Kira Kariakin
21 de abril, 2010

Tal cual… Tengo una anécdota similar en el metro de París. Dos argelinos se pusieron detrás de mi esposo, Lino, al entrar en la cabina ya a punto de cerrar. Uno se agachó porque se le cayó algo y tocó la pierna izquierda y el otro rápidamente le sacó la cartera, dieron un paso atrás y se cerró la puerta. Inmediatamente Lino notó lo que pasó y tocó el timbre de emergencia y le cayó a golpes a la puerta hasta que abrió y él pudo salír. La puerta se cerró de nuevo y esta vez fui yo que le cayó a golpes a la puerta hasta que abrió. Entretanto, Lino ya había agarrado a uno de ellos por el cuello y con el puño presto a darle en la cara al perplejo tipo cuando el otro abrió una revista que llevaba y la cartera estaba dentro. Lino soltó al que casi crucifica allí mismo, que se alejó unos pasos cuando le llegué como una tromba por detrás y le caí a puños mientras le gritaba de todo, tal cual, malandra. El pobre se dejó pegar mientras se iba. A todas estas el tren no había partido y todo el mundo nos miraba sin entender, hasta que Lino les mostró su cartera como un trofeo. Aplaudieron. Lino aún acelerado pero sonriendo me dijo estos tipos se metieron con la gente equivocada… ya teníamos como 4 años fuera de Caracas, pero estarse en sus calles, de cualquiera de los ghettos, no se olvida.

henryfb
21 de abril, 2010

Son las seis de la manana y camino rumbo al al World Congress Center, frente a CNN y al estadio, es el “down town” de atlanta, se me acerca un negro seguramente “homeless” con una actitud poco amigable, y le grito : que te pasa mamaguebo!!!!, el carajo volteo y se alejo de mi rapidamente. Yo no soy caraqueño, yo vivo en este país.

P. Cuellar Alvarado
22 de abril, 2010

mucha gente cree que saliendo de venezuela empieza la vida cómoda, ordenada, al pie de la letra; señores el malandreo es en todas partes. Cambian los códigos, sí, por eso en la crónica de Jector (y entre los muchos venecos despalomados en el exilio), habrá más de un “conejo”. pero la actitud, las poses, el golpeteo en la voz en el mismo mensaje. no se equivoque nadie en nueva york y en londres (más malandras imposible) estuve a punto de que me robaran. en madrid ni se diga. abramos los ojos. siempre habrá quien proteste por no poder sacar su blackberry en ciertos sitios, pero señor/a deténgase a ver que 70% de Caracas vive en los cerros, hay gente que trabaja y hace vida del robo. Sí, acéptelo. Es mejor aprender las lecciones que nos dan en nuestro propio patio, son bastante claras

hectorpal
22 de abril, 2010

De Barcelona puedo decir que hay carteristas mucho más habiles que he visto en Caracas. Pero no tanto. Un primo me contaba como logro que agarraran a una bandita en el centro que sacaba carteras y las desaparecian instantaneamente pasandolas de mano en el bululú.

Yo creo que nuestros malandros son particularmente agresivos e imponentes. Una version caribe de la violencia. Claro. Estamos hablando de delincuencia y no de torturadores estatales, ni de criminales de guerra que ordenan pasar a machete al 10% de la poblacion de un país. A esos no los conozco ni quiero. El infierno es profundo.

Ari
22 de abril, 2010

Me hiciste llorar. Cada vez que estoy en “peligro” en Bcn pienso que si me roban acá dirán “que pendeja eres después de haber vivido y sido robada en Ccs”! Besos

josefina ruggiero
22 de abril, 2010

Hola,Héctor. Me ha gustado tu relato, sobre todo porque ciertamente no se nace y crece en el lado rudo de una ciudad sin desarrollar, por lo menos, un fino olfato para oler a los guapos de barrio del continente que sean. De esas historias de “conejos” que resultan perros tengo varias en carne propia, y sí: las he despachado cuadrándomele al fulano, sin ser heroína alguna y con mis hormonas femeninas certificadas. Héctor, aplaudo que defiendas tu imaginación frente a la intelectualización de los hechos. Que otros se encarguen de analizar, que ya mucho haces tu con imaginar. Saludos.

Rafa Gomez
22 de abril, 2010

De esa cabuya tengo un buen rollo.

Recuerdo al pana “Farmacia” que sobrevivió a Caracas, para recibir una puñalada magrebí en Tours.

Recuerdo cuando un par, más o menos del talante de los del cuento, me quisieron malandrear hablándome en verlang, que aparentemente es el de todos los malandros del mundo: hablar “al reves” y, como mi francés estaba bastante fluido en aquel momento, los confronté en el mismo argot, lo que me valió un reconocimiento que asocio con la anécdota que cuenta Héctor.

El “conejeo” (Del cual he sido víctima, varias veces) exige otredad y, sobretodo, un sentimiento de desprecio, basado en una supuesta superioridad.

Cuando entrompas, esa superioridad se desvanece y creas otro clima.

Andreina
22 de abril, 2010

Tengo una anécdota parecida aunque dentro del país. En Porlamar el año pasado estaba caminando un viernes a las 5 pm con mi madre y llegamos a una calle solitaria, segui caminando y ella se quedó en un sitio y comenzó a llamarme, porque un señor le estaba diciendo que esa calle era peligrosa a esa hora y me rei diciéndole que yo había estado en Petare sola, un sábado, a las 3 mañana y borracha! A lo que dice Rafa Gomez yo agregaría que el desconcierto de los malandros es mucho mayor cuando quien los malandrea es una mujer sobretodo si es mayor. Ellos se rigen mucho bajo patrones estéticos rígidos de como eres asi te comportarás, y no esperan esas salidas de conejos y conejas!

Digiletras
23 de abril, 2010

La abundancia de comentarios confirma la importancia del tema de la violencia entre nosotros. La conchupancia entre el hampa y la policía es la raíz de la cuestión (¿de dónde salen tantas armas y balas?). No voy a decir que Caracas sea más violenta que esta o aquella ciudad, pero piensen en la saña de algunos crímenes (20 balazos, 18 cuchilladas, cuerpos quemados o desmembrados) y tendrán un indicador del grado de descomposición al que hemos llegado.

Martín Castillo Morales
23 de abril, 2010

De todas estas historias me quedo con el pacto entre caballeros de Sabina.

Yoto Anónimo
23 de abril, 2010

Que la anécdota sea una idealización, es lo que menos me importa de este texto. Lo que celebro es la madurez narrativa de Torres, su capacidad para engancharnos de principio a fin con la fábula, de cómo hila el cuento posiblemente apócrifo de Edgard Ramírez, con la salida de su personaje cuando va a ser atracado. ¡Éxito, Héctor!

Héctor Torres
24 de abril, 2010

Bueno, mis saludos y agradecimientos por la segunda tanda de comentarios. Guao, me siento Aquiles Baez, jejejeje (nunca había producido tantos comentarios un texto mio).

Cuellar Alvarado: Me gusta eso de Jéctor. Me emparenta inmerecidamente con el único tocayo que puede ser llamado así: el gran Lavoe.

Ciertamente no es que sea algo digno de orgullo, pero los caraqueños somos un tanto salvajes. Se nos sale la clase, pues. Somos unas de esas cosas raras en un continente básicamente andino (aunque como todo, esa afirmación es refutable). Pero lo cierto es que somos capaces de esas reacciones. Es lo que somos, para bien o para mal.

En fin, pero después de todo, es ante todo, como lo dice Yoto, un ejercicio narrativo.

Mil gracias nuevamente por hacerme sentir que no hablo solo. Es desagradable cuando se quiere conversar.

Abrazos.

Domingo Settipani
24 de abril, 2010

Hector, no se como se la ingenia tu intelecto para producir estas maravillas en un pais que prefiere las misses a los libros, que las novelas famosas se leen es por TV; Vzla esta llena de talento y cultura en todas sus expresiones por los 4 costados lastima que algunos “ma……os” jajaja que estan llamados a promocinarlas más bien las ignoren. Felicitaciones, basta salir de estas fronteras q agobian para saber que lo q escribes es la verdad. Un abrazo.

Lisandro
25 de abril, 2010

Interesante crónica sobre nuestra ciudad, aunque un poco floja la escritura.

Buruso
25 de abril, 2010

Tres secuencias tiene el cuento. En la primera, la interpetación de cierto tipo de violencia como esencial a una forma de entender el mundo se traduce en ficción, en irrealidad, y sobre todo, en una ficción destinada a un uso que -por las características inherentes al “montaje” cinematográfico- no implica arraigo ni contextualización y por tanto, se sugiere universal. De modo que, para saltar la barrera hacia las ilusiones del primer mundo, un malandro se hace pasar por actor ¿o es al revés? Luego, al otro lado del Atlántico, la pelea por la paternidad de la ficción cinematográfica continúa y un personaje da testimonio de cómo la interpetación de cierto tipo de violencia como esencial a una forma de entender el mundo se traduce en un hecho real asociado minuciosamente a un contexto geográfico particular y contundente. La conclusión inevitable: buscar una forma de salir ilesos al asumir la paradoja por la cual el ejercicio de la violencia es también su interpretación ¿o es al revés? La prueba: los comentarios y, desde luego, el eufemismo: un ADN “salvaje” “quiere” “civilizarse” o, lo que no es lo mismo, mientras el ADN se civiliza, sus tímidos portadores se van a la mierda.

Yimmi
27 de abril, 2010

Tengo un amigo caraqueño, se llama Carmelo. Fue a Europa y lo atracaron en Londres… se quedó ilegal en Barcelona. En realidad creo que no es caraqueño.

Jaco
27 de abril, 2010

No se justifica ni es aceptable cualquier manifestación o cultura de violencia, pero cuando me preguntan: “pero ya no debes extrañar Caracas?”…para mi propia sorpresa y en lo más recóndito de mi pensamiento pienso: No!, de hecho la extraño. Supongo que es ese ADN al que te refieres. Sobre tu crónica, diría: Burda de lo bueno!

Irene Lucena
5 de mayo, 2010

Jajajajajajajajajajaja super bueno. Yo toda mi vida he vivido en catia y tengo mis propias reglas para no arriesgarme mucho como no tratar de llegar a mi casa después de las 11pm o antes de la 6:00 am. Conozco innumerables personas de las que describen en el texto y en los comentarios, yo hasta ahora no me he visto obligada a reaccionar de esa manera (para bien o para mal, gracias a dios!) Sin embargo, a pesar de haber crecido en esta zona, soy super temerosa a otras como Petare… En realidad a cualquiera donde el ruido y la cantidad de gente sea aturdidor y agobiante como toda la Av. Baralt que pone de pelos a cualquiera y ahora en el metro en ciertas estaciones o tramos de líneas donde debes adherir tus pertenencias a tu cuerpo como si fueran partes de este. Muy fresca la manera de contarnos tu mundo fantasioso que alude a la realidad no solo del país, sino del todo mundo.

Kaipo
14 de septiembre, 2010

Hector simplemente Genial… Es como quien dice: El que maneja en Caracas, maneja en cualquier lado!!!

Alvaro Lara
15 de septiembre, 2010

Soy Venezolano, Nací, me crié y crecí en Puerto La Cruz Edo Anzoategui, A los 17 años me fui a vivir a Caracas y aprendi a defenderme solo y salir de la cupula donde vivía. En marzo me vine a estudiar a Argentina, y lo primero que me dijo un argentino fue: ” Si viviste un año en Caracas y no te pasó nada podes vivir en cualquier ciudad del mundo”. Ya casi tengo 8 meses acá y nunca me ha pasado nada gracias a dios, estando en la calle a cualquier hora y por diferentes zonas, y siempre me digo: “Si no me robaron ni me jodieron en Caracas menos me joden estos argentinos”. Jjajaja, y al parecer funcionan esas palabras, cuando vemos un movimiento raro ya sabemos quien va a robar y a hacer algo, automaticamente la cara me cambia y la actitud, y las palábras mágicas que han alejado el peligro fueron: “QUE COÑO E MADRE ES LO QUE TE PASA A TI GUEVON?. ajajajjaja Muy buen articulo, qué manera de sentirme identificado.

ATAMAICA MAGO
1 de enero, 2011

Resulta que la violencia venezolana ya no es caraqueña y en otras latitudes adopta la actitud “caribeña” -que no la latinoamericana por considerarse huérfana y de sumisión extranjera- para su ataque y defensa ante lo desconocido-conocido. Y qué mejor manera de guapear una situación de peligro que optando por el malandraje sicótico aprendido en las barriadas de Caracas, en la capital del caos inmune al dolor y vacunada contra el miedo a los remordimientos. Una frase bien pronunciada con el descaro vulgar de la insolencia,la entonación febril del atropello y dramatizada con un acento corporal temerario, convincente, es suficiente para que cualquier sujeto sea cual sea su proceder o instancia geográfica entienda la lengua que se le habla porque es el mismo código marginal que comunica su mensaje en todas partes. Estando lejos, en cualquier lugar que nos encontremos, la dentadura de nuestra realidad asoma sus colmilos ensalivados,sobre todo,cuando laparadoja de la ciudad nos acompaña en el viaje.

Buen texto, Héctor, seguro ha mordido la conciencia de muchos que, como yo, han vivido fuera y a la vez dentro de esa ficción quellaman ser foraster@.

María Eugenia
1 de enero, 2011

impactante, deja ver que el malandraje y la violencia criminal son dos lacras indudables de Venezuela y que han llegado al paroxismo, quizá porque coinciden con el mayor poder que ha tenido el bravo pueblo durante toda su historia, salvo los que tuvo durante las guerras de Independencia y Federal. Hasta Bolívar y Miranda le temían al Bravo (“bochinche, a esta gente lo que le gusta es el bochinche”). Tanta más razón para educar a la vez que se da poder al Bravo, para que encauce su tremenda energía y no se vuelva una amenaza contra cualquiera que disienta o que sea diferente o que se vea diferente.

@manuhel
21 de enero, 2011

¡En Caracas no es así!

Siendo los caraqueños tan pilas, a ver cuando “Caracas” pare un Presidente que ocupe el lugar del venerado y endiosado por los caraqueños comunes en la actualidad…

Y a ver cuando Caracs pare más peloteros de la talla de Vizquel, porque los de ahora como Felix Hernández, Johan Santana, Miguel Cabrera o Car-Go tienen de caraqueño, lo mismo que tengo yo…

David
7 de mayo, 2011

a mi hermano, cuando tenía 11 años, no lo pudieron robar en Inglaterra, por el mismo “estado pilas” que a uno se le cultiva en Caracas. Y si, el cuerpo cambia, la cara cambia, los puños se cierran, el tono de voz se agrava, piensas en frío y con calma donde pegar, a donde correr… parece entrenamiento de película Coreana de artes marciales, pero es lo que se necesita para sobrevivir aquí. Totalmente identificado con el articulo

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