Diario de Alejandro Oliveros

Diario: Una mujer de 16 metros

Por Alejandro Oliveros | 16 de octubre, 2009

Attack-of-the-50-Foot-Woman-Print-C10292955Valencia

2.45am

Algo me despierta a esta hora y ya no me deja dormir. Un probable mal sueño y una reiterada lumbalgia tienen que haber colaborado. Y, tal vez, las imágenes de un film en b/n tipo B (el presupuesto fue de $80.000 apenas), que proyectaron anoche en un canal de películas viejas. Una producción detestable y una actuación aun más infame para un guión confusamente freudiano (bueno, todo Freud es confusamente freudiano), que pareciera escrito por un discípulo de Simenon dedicado a la “sci-fi”. En un pueblo miserablemente californiano, una millonaria regresa a su hogar por una carretera al borde del desierto. Ha estado de farra y se ha emborrachado, lo cual hace con frecuencia alcoholizada desde que se enteró que su inútil esposo la engaña con una pérfida corista que codicia los $50 millones de la fortuna de la mujer.

La cual, aparte de los millones, es propietaria de la “roca” Estrella de la India, uno de los mejores y más grandes diamantes del mundo. En la soledad de la carretera se le atraviesa lo que llaman un “satélite”, pero que no es más que un OVNI. Del cual desciende un gigante de diez metros, que mira con codicia la legendaria gema en el cuello de la dama. La protagonista logra escapar a pie y consigue que el sheriff la acompañe al lugar del encuentro, pero el extraño visitante ha desaparecido. Su pasado alcohólico y lo fantástico de la historia estimulan la incredulidad de los oficiales y, más tarde, de su esposo, el “simpático Harry”. Quien se vale del episodio para persuadir al médico de la insania de su esposa para que la encierre en un manicomio y quedarse con la fortuna. Pero la mujer, todavía joven y hermosa, se recupera y al día siguiente lo convence para que la acompañe al desierto a buscar a su benévolo, si bien hórrido, gigante.

El hombre la acompaña, y en un descomunal Chrysler Imperial 1958 recorren el desierto hasta que, al atardecer dan con la nave y el visitante. La pobre mujer se alegra con el descubrimiento, que confirma que no se trataba de una alucinación. El gigante entonces sale de la nave y se apodera de la mujer en medio de gritos desgarradores mientras el esposo vilmente la abandona. Se encuentra en el hotel con su amiga y empacan para abandonar precipitadamente el lugar, pero se presenta el ayudante del sheriff y se los lleva detenidos por la desaparición de la mujer. Al día siguiente esta aparece en el techo de su residencia. El médico la acuesta y la seda, no sin notar que una extraña radiación emana de su cuerpo. Al rato, un alarido de la enfermera devuelve al galeno a la habitación para descubrir que su paciente ha adoptado proporciones gigantescas (50 pies exactamente, algo sí como 16 metros). No sin esfuerzos, y con la ayuda de una hipodérmica para elefantes, logra dominarla y encadenarla. Cae la noche y encontramos al marido y su novia de juerga en el único bar del sórdido poblado. Nuevos gritos, enormes, salen de la habitación de la mujer que pregunta por su marido. “Sé dónde encontrarlo”, exclama, rompiendo las cadenas y abandonando la casa después de destruirla al verticalizar su himaláyica estatura. En una de las secuencias más surrealistas de la historia del cine, vemos a la mujer en ropas menores, y envuelta en un raro esplendor, caminando en la noche por la carretera hasta llegar el pueblo. Una vez allí, se dirige al hotel, que apenas le llega hasta las rodillas, y busca a la pareja sin éxito a través de la ventana. Se dirige luego al “saloon” donde precisa al esposo con su joven y rubia amante. Con una furia de su tamaño, levanta el techo del bar haciendo destrozos. Una de las vigas la lanza sobre la muchacha quien muere en el acto. En fin, agarra al infiel esposo como una muñeca de trapo y emprende el regreso a su destartalada residencia. Con el precioso cargamento en el puño camina en su resplandor por la noche onírica seguida por la gente del pueblo. Entre ellos el sheriff quien, incapaz de detenerla, dispara una bomba lacrimógena a unos postes de alta tensión que explotan y alcanzan a la pobre gigante que muere electrocutada, lo mismo que su marido. Ante la gigantesca tragedia, el médico de la familia cierra la película diciendo algo así como, “Al fin tiene a su Harry”.

Debo decir que nunca una película tan mala ha sido tan buena. Una tragedia shakesperiana sin el genio del Bardo, escrita seguramente por un guionista de bolsillos flacos, psicoanalista autodidacta, pero consciente de los riesgo desmedidos del arraigado matriarcado norteamericano con sus fantasías de castración y encierro. En sus caminatas por la noche transfigurada, la enloquecida giganta no era menos bella ni pelgrosa que la Rita Hayworth de LA DAMA DE SHANGHAI. En un “paper” de Beatriz Preciado, profesora y transgresora artista, docente de la cátedra de Historia del Cuerpo y Teoría de la Perfomance (París VII) encuentro estos comentarios sobre THE ATTACK OF THE 50 FOOT WOMAN, que es como se llama la cinta de 1958, dirigida por Nathan Hertz: “Mientras que desde presupuestos psicoanalíticos Linda Hart entiende el crecimiento de Nancy (Nancy Archer es como se llama la protagonista) como una representación grotesca e histérica de la feminidad en la que la ‘totalidad del cuerpo se convierte en síntoma’, Bárbara Creed la interpreta como un trasunto de la ‘terrible madre fálica’, y Ann Kaplan cree ver en ella el retorno de la madre castradora, al mismo tiempo objeto fóbico y libidinal, que posibilita y destruye la erección (sexual y arquitectónica masculina’”. Luego, la profesora Preciado aclara los alcances de su investigación: “Me interesa aquí explorar esta transformación corporal en relación únicamente con la construcción política de los espacios domésticos y urbanos, privados y públicos. A diferencia de estos análisis, avanzo una breve ‘gigantología política’ que pretende interrogar las construcciones de género, sexualidad, raza y espacio público a partir del análisis de la representación del cuerpo femenino gigante”.

9am

Para contribuir con la “gigantología política” de la profesora Preciado me gustaría reproducir el difundido soneto de Baudelaire:

LA GIGANTA

Cuando con su poderoso verbo la naturaleza

a diario concebía criaturas monstruosas,

me hubiese gustado vivir con una joven giganta,

como un voluptuoso gato a los pies de una reina.

Ver su cuerpo florecer con su alma

y crecer libremente entre juegos terribles;

adivinando si su corazón alienta una oscura llama

bajo las húmedas nieblas que nadan en sus ojos.

Recorrer sin cansancio sus magníficas curvas,

escalar las laderas de sus rodillas enormes

y acaso en verano, cuando el sol inclemente,

hastiado, deja a la fuente extenderse en los campos,

dormir relajado a la sombra de sus grandes senos

como una tranquila aldea al pie de la montaña.

La traducción es la más imperfecta y apresurada y deja fuera todo lo que es poesía, como bien puede y suele suceder con las traducciones.

Alejandro Oliveros Alejandro Oliveros, poeta y ensayista, nació en Valencia el 1 de marzo de 1948. Fundó y dirigió la revista Poesía, editada por la Universidad de Carabobo. Ha publicado diez poemarios entre los que figuran El sonido de la casa (1983) y Poemas del cuerpo y otros (2005). Entre sus libros de ensayos destacan La mirada del desengaño (1992) y Poetas de la Tierra Baldía (2000).

Comentarios (2)

malena
23 de octubre, 2009

qué extraño… hace días estuve hablando con alguien de la misma película. siempre me asombra este efecto de toparte con lo mismo por diferentes vías.

Samuel González
27 de octubre, 2009

¡Excelente! Provoca salir a buscar esa “mala” película. Su delirante (e hilarante)argumento es de lo más alocado que he escuchado.

Por cierto, confieso haber tenido un encuentro con una de esas mujeres “gigante” aquí en Venezuela…

Fue una madrugada en la que llevábamos a un amigo a su casa, por allá, por las nieblas de El Junquito. De regreso, por la carretera que separaba la garita de entrada a la urbanización de las primeras casas, largo trayecto, vimos bajando a pie, en tacones, cartera de fiesta y vestido negro algo escotado (¡con ese frío!) a una mujer de cabellos negros y maquillada. Caminaba la vía que nosotros hacíamos en sentido contrario, y en la medida en que nos acercábamos ella iba creciendo, creciendo… Desconozco hasta qué altura llegaron sus negros huesos y su rostro inexpresivo, porque al ver aquello, mi amigo y yo, como un Laurel y Hardy atónitos en la niebla, metidos en un volksvagen frío como una lata, aceleramos hasta donde daban las fuerzas del carrito, y nos largamos de allí sin volver la mirada, no fuera a ser que la mujerona, como nuestra Sayona (¿lo era?) terminara sentada en el asiento de atrás, sonreída en su siniestra figura. ¡Qué va!

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