- Prodavinci - http://historico.prodavinci.com -

Lars von Trier o El anticristo

Desde Berlín

DibujoPor Alfredo Tarre Vivas

¿Qué es lo que el alma del artista trágico trata de comunicar a los demás? ¿No es precisamente su actitud sin temor hacia lo terrible e inexplicable? Esta actitud es en sí misma una muy deseable; aquél que la haya sentido la honra por sobre todas las cosas. La comunica (…) Un espíritu valiente y libre en presencia de un enemigo poderoso, en presencia del oprobio sublime, y cara a cara con un problema que inspira terror – ésta es la actitud triunfante que el artista trágico elige y la que glorifica…

Nietzsche

El 10 de septiembre estrenaron en Berlín el último largometraje del director danés Lars von Trier. El primer trabajo después de una larga crisis de depresión que lo mantuvo un tiempo internado y que le hizo pensar que más nunca haría una película. Hoy en día su recuperación avanza y aunque para el momento en que rodó el temblor en las manos le impidió manejar la cámara, ya al menos era capaz de leer sus notas y concluyó un proyecto que tenía más de cinco años, El anticristo.

Cuando la película fue presentada en el festival de Cannes, el director fue pitado en el teatro y luego imprecado en la rueda de prensa. Un periodista inglés, el primero en tomar la palabra, le pidió al director que explicara por qué había hecho la película y le exigió que se justificara. El cineasta trató de explicar que no creía que debía justificarse, pero el periodista lo interrumpió levantando la voz enfurecido, ‘Yes you do! Yes you do!’

Esa violenta exigencia me hizo pensar en el décimoprimer mandamiento que esboza Milan Kundera con su habitual lucidez en ‘La inmortalidad’: Responde y di la verdad. Según el escritor checo éstas son palabras que no se le pueden dirigir a una persona si se le considera un igual, por esa razón, en una sociedad libre, este derecho sólo se otorga en casos excepcionales, como en un proceso legal. Sin embargo, los periodistas se lo han adjudicado y en algunos casos al entrevistado no le queda otra opción que responder si no quiere quedar mal y ver su popularidad amenazada.

Quedar mal no es algo que parezca quitarle el sueño al director danés.

En la rueda de prensa Lars von Trier parecía a punto de perder la paciencia, pero manejó la situación bastante bien. Con una gran dosis de cinismo y no menos coraje decidió poner al periodista en su lugar y primero dijo que él no tenía que justificar nada y después recordó que en el marco del festival los periodistas eran sus invitados y no al revés. Lo único que le podía decir, continuó, era que probablemente había sido la mano de Dios que lo había llevado a hacer la película y que además él era el mejor director del mundo, que no estaba seguro de que Dios fuera el mejor dios, pero que estaba casi seguro de ser el mejor director. Ése fue el titular de casi todos los periódicos al día siguiente. De la película se decía poco, o más bien, se decía sólo lo que podía acompañar a la noticia de la polémica: escenas asquerosamente explícitas, una provocación barata, o mi preferida: una ‘imbecilidad con ínfulas de transgresión’. Esto lo escribió el corresponsal de El País en Cannes, un tal Boyero, lo que habla muy mal de un diario de tan alta calidad en otros aspectos. El Boyero continua especulando por qué el danés hace películas como ésta y llega a esta joya de conclusión:

“Porque al autor le sale de los huevos, porque sus desgarradores poemas fílmicos se sienten en la obligación artística de hacer vomitar a los espectadores. Y te planteas que esa actitud es tan legítima como la decisión de alguien responsable para internar a este tarado en el frenopático durante una temporada.”

Me pregunto si no estará el crítico proyectando, en el sentido psicoanalítico de la palabra, y la obligación de hacer vomitar a sus lectores es más suya que del director. Al menos la intención de escandalizar es bastante evidente. Aunque en una cosa estamos de acuerdo, Lars von Trier, como todo cineasta que se respete, hace sus películas porque le sale de los huevos. No puedo pensar en una razón más digna.

Tal vez valga la pena hablar un poco acerca de este ‘tarado’ que es sin duda alguna el mejor cineasta de su generación y muy probablemente el mejor cineasta vivo. Estamos hablando de un hombre que desde que presentó a los veintiocho años su primera gran producción en Cannes, no ha hecho una sola película que debido a sus altos niveles de originalidad, profundidad y virtuosismo haya pasado desapercibida. Con ‘The Element of Crime’, ‘Europa’, ‘Los idiotas’, ‘Breaking the Waves’ y ‘Dogville’, entre otras, demostró ser el más grande innovador de nuestros tiempos, demostró que un cineasta puede reinventarse con cada trabajo y reinventar el cine. Siempre ha sido blanco de feroces críticas (no es primera vez que causa estragos en Cannes, en el ’98, cuando presentó ‘Los idiotas’, hubo que sacar a un crítico que gritaba ofendido, ‘¡Es una mierda!¡Es una mierda!’), pero jamás ha menguado su convicción de manternerse alejado de lo que llamó en 1984 el cine ‘bien intencionado’. Al contrario, cada vez aborda preguntas más difíciles. No se puede negar su inclinación hacia el lado oscuro de la naturaleza humana, su inclinación hacia el sufrimiento y la tragedia, hacia tocar los grandes temas. Tampoco se puede negar su habilidad por encontrar siempre formas nuevas y efectivas de abordar esos temas.

El hombre que en ‘Los idiotas’ se propuso prescindir de cualquier tipo de adornos cinematográficos para contar su historia (siguiendo los estatutos del manifesto Dogma 95 que redactó junto a unos cuantos jóvenes cineastas daneses, entre los que cabe destacar a Thomas Vinterberg, director de ‘La celebración’, rodó sin trípodes, sin luz artificial, sin accesorios de ningún tipo que no se encontraran ya en el sitio de filmación, sin vestuario, sin estudios) dándole a su creación un realismo inquietante, un aspecto casi documental en el que a veces el espectador parece olvidar que ve una ficción, es el mismo que cinco años más tarde rodó ‘Dogville’, una película en la que difícilmente puede pensarse en un set más artificial (en lugar de construir una casa, delinea el espacio en el que ésta debería estar y escribe con tiza en el suelo ‘casa’, lo mismo con los jardines, los límites de la pequeña ciudad y hasta el perro). Dividida en capítulos con pequeños resúmenes como en las viejas novelas (‘Chapter ONE in which Tom hears fire and meets Grace’) y contada en parte por un narrador omnisciente en voice off, logra una estética impecable y altamente estilizada. El lector puede pensar que se trata de una manía por ser experimental en el mal sentido de la palabra, una muestra de virtuosismo gratuito, pero sería una equivocación. En ‘Los idiotas’ la historia es la de un grupo de amigos que juegan a ser retardados mentales para ver el efecto que causan en la sociedad hasta que ellos mismos comienzan a confundir las fronteras entre la realidad y el juego, esto se ve acentuado por la técnica elegida por el director, ya que logra confundir también al espectador que puede llegar a pensar que se trata de un experimento real que terminó mal. En ‘Dogville’, el alto nivel de estilización y los recursos mencionados le permiten moverse en un plano altamente simbólico, absolutamente irreal, el único en el que las acciones y los personajes pueden ser completamente creíbles; la película, que trata un tema muy fuerte, tiene el aire de un cuento de hadas y podríamos decir que el autor se permite incluso una suerte de brutal moraleja. Borges escribe que su personaje Hladík en ‘El milagro secreto’ escribe su obra más venerada en verso “porque impide que los espectadores olviden la irrealidad, que es condición del arte.” Esta idea que define a ‘Dogville’, es la antítesis de ‘Los idiotas’, y las dos son, en mi humilde opinión, grandes obras de arte.

El anticristo, es menos afortunada, lo que no justifica el trato que se le ha dado.

Tuve la suerte de verla en Francia meses antes de que saliera en Alemania y cuando salí del cine pasé más de una hora mudo, no podía ni pensar en otra cosa ni comunicar lo que había visto, no hubiera podido decir si me había gustado o no. La película es, sin duda alguna, perturbadora. La historia de una pareja cuyo hijo de dos o tres años se cae por la ventana mientras ellos hacen el amor desaforadamente sería falsa, absurda, si no perturbara. El hombre es psicólogo y decide tratar él mismo a su pareja considerando que puede hacer un mejor trabajo que los médicos en el hospital. La terapia elegida es la del enfrentamiento, por lo que deciden irse al sitio que más asusta a la mujer, el Edén, una casa en el medio del bosque en la que ella había pasado el último verano con su hijo. El director nos lleva con gran intensidad a través de la evolución del trauma de la madre y los intentos del padre de avanzar hacia la recuperación. Esa terapia se convierte en una indagación de la naturaleza del mal y del mal en la naturaleza.

‘Nature is Satan’s Church’ dice el personaje de la madre, interpretado extraordinariamente por Charlotte Gainsburg. La paz que deberían sentir los personajes en la pequeña cabaña aislada en el medio de un bosque salvaje se ve interrumpida constantemente no sólo por los ataques de ansiedad y pánico de la madre destruida que parece estar al borde de la locura, sino por la lluvia de castañas que cae de los árboles cada noche sobre el techo, por los animales y su violenta naturaleza, por las tormentas, la neblina y los ruidos que rodean la más completa soledad. ‘Pain (chaos reigns)’, se títula uno de los capítulos. El sentimiento que causa en el espectador es sobrecogedor. En momentos se me ponía la piel de gallina sin que pudiera entender muy bien por qué o tal vez sentía una sensación de alivio o de terror que me hacía olvidar que estaba viendo un producto humano. Es difícil salirse de la historia, nuestra atención y nuestras emociones son presa del director y la experiencia es arrolladora.

Sin embargo, ya habiéndola visto un par de veces, debo admitir que la película fracasa en explotar al máximo el tema que se plantea. Quedan cabos sueltos y quedamos con ganas de más. Lars von Trier asoma una idea interesantísima que no llega a desarrollar con su habitual destreza. También en el plano estético toma pasos falsos. Lo que el director se plantea como un tributo a su ídolo Andréi Tarkovski, parece a veces una vulgarización. Pero, como escribe Maupassant refiriéndose a Swinbourne, ‘todo artista tiene defectos. Es suficiente ser un artista’. Por eso, me llena de indignación leer artículos insultantes como el del crítico de El País acerca de un gran artista en un momento en el que el cine pasa por una de sus peores épocas, un momento en el que el cine parece haber perdido su ambición de explorar la naturaleza humana para convertirse exclusivamente en una forma de entretenimiento.

“La tarea de un film”, escribe Eisenstein, “(…) no es ‘entretener’ a los espectadores. Es agarrar, no divertir. Es sumunistrarle al público municiones, no disipar las energías con las que entraron en el cine (…) Mientras tuvimos películas que ‘agarraban’, no hablábamos de entretenimiento. No teníamos tiempo para aburrirnos. Pero después este agarrar se perdió en alguna parte. La habilidad de construir películas que agarraran se perdió. Y empezamos a hablar de entretenimiento.”

Estoy seguro de que el tal Boyero no estaría de acuerdo con Eisenstein, probablemente ‘El acorazado Potemkin’ le parece ‘un coñazo’. Más adelante en su artículo habla de una película que sí le gustó y la contrapone a ‘El anticristo’ diciendo que el director y el guionista también ‘se permiten fantasías, pero son tan generosas como divertidas’. A veces envidio a imbéciles como éste porque no deben tener problema alguno para encontrar lo que buscan, empeñados en devolverle a la estética sus atributos decimonónicos de belleza, bondad y grandeza. Afortunadamente Goya, Baudelaire y muchos otros grandes artistas destruyeron esos falsos ideales, desgraciadamente sus seguidores, al menos en el mundo del cine, son cada vez menos.