Por Alejandro Oliveros | 24 de septiembre, 2009

Valencia

Le leo a mis alumnos en la Escuela de Letras las endechas de Bión a la “Muerte de Adonais”. Para mí, el primer gran poeta romántico de Occidente. Claro que Safo, mucho antes, había escrito en el mismo tono de desgarrado sentimentalismo, pero nada tan ambicioso como el texto de Bión, nativo de Esmirna y el más tardío de los bucólicos alejandrinos. Que es un texto romántico se encargaron de recordárselo, durante el siglo XIX, al mundo los vates que serían conocidos como eso, como “poetas románticos”. Y entre ellos, el más griego de todos, si dejamos aparte a Hölderlin, demasiado grande para ser una sola cosa.

Me refiero a Percy Bysshe Shelley, cuyo dominio de la lengua madre lo demostró una y otra vez. Una de esas veces traduciendo a Bión, precisamente. No quedó allí su admiración. Sino que habría de tomarlo como modelo para la composición de, no sé si el mejor, pero sí la más conocida de sus poesías, la senida elegía “Adonais”, escrita a la muerte de su amigo, el prematuro John Keats. Dice Bión en “La muerte de Adonais”:

Lloro por Adonais, ha muerto el hermoso Adonais.

Murió el hermoso Adonais, responden con su llanto los amores.

Ya no duermas, Ciprés, sobre sábanas de púrpura;

despierta, golpea tu pecho enlutecido y di a todos: “Murió el hermoso Adonais”

Lloro por Adonais, responden con su llanto los amores.

Yace el hermoso Adonis en la montaña, herido el muslo

por un colmillo, blanco muslo, blanco colmillo del jabalí,

y su expirar lánguido a Ciprés acongoja.

Mana la oscura sangre por la carne de nieve;

bajo las cejas los ojos se le enturbian,

la rosa ha desaparecido de sus labios

y en sus comisuras muere también el beso

que ya nunca será de Ciprés. Pero incluso el beso sin vida

le es grato a Ciprés, pero Adonais nunca se enteró

de que ella lo besaba mientras moría.

Ciprés es Venus, naturalmente, pero una Venus humanizada, que ha dejado a Hefesto, su deforme esposo, a Marte, su belicoso amante, sus palacios y sus pompas, para adentrarse en el plebeyo bosque para vivir con Adonais, su joven amado, cuya otra ocupación era la caza de jabalíes. Y es cazando a una de estas rudas bestias como encuentra la muerte desgarrada. Más adelante, Bión cuenta y canta el dolor de la diosa al enterarse de la muerte de Adonais. Nunca antes en la poesía occidental se había dado cuenta de la sentimentalidad de la olímpica diosa, un vecindario, el Olimpo, donde los sentimientos no eran moneda corriente:

Afrodita, suelta su cabellera, vaga por la espesura transida de dolor, desmelenada, con los pies desnudos; las zarzas la arañan a su paso y recogen su sangre divina. Con agudos lamentos va por largas quebradas clamando por su esposo.

Es conmovedora la imagen de la diosa convertida en mujer y desesperada ante la muerte del ser amado. Nada parecido encontramos en la literatura clásica griega. Pero es que Bión es lo que podríamos llamar un poeta anteclásico, con lo que quiero decir que era un poeta romántico.

Por su parte, Shelley, a comienzos del ochocientos, rinde homenaje a Bión cuando canta y se lamenta por la muerte de John Keats:

I.

Ha muerto Adonis y por su muerte lloro;

lloremos por Adonis aunque el ardiente llanto

no deshaga la nieve que le cubre.

Y tú, hora inevitable, escogida entre los años

para que él muriese,

despierta a tus oscuras compañeras,

muéstrales tu dolor y dí: conmigo

murió Adonis y mientras el futuro

no olvide el pasado, su destino

y su fama serán eternamente

un eco y una luz para la humanidad.

VIII

Él no despertará, ¡ay nunca, nunca!

Dentro, en la tenue cámara se esparce

veloz la sombra de la blanca muerte

y la invisible corrupción espera

en la puerta dar fin a su camino

encontrando su turbia residencia.

El ansia eterna está sentada, pero

su desteñida rabia y no se atreve

a devorar su víctima preciosa

hasta que las tinieblas y los años

no acaben de correr sobre su sueño

la cortina mortal que ya le cubre.

El castellano, impecable, de esta versión es de Manuel Altolaguirre, que prolonga hasta la estrofa final, la cincuenta y cinco, el admirado esfuerzo. Releyendo a Bión-Altolaguirre, recuerdo a Miguel Hernández contemporáneo de Altolaguirre y cura elegía a Ramón Sije, es una de las grandes elegía de la lengua:

Yo quiero ser llorando el hortelano

de la tierra que ocupas y estercolas,

compañero del alma tan temprano.

Alimentando lluvias, caracolas

y órganos mi dolor sin instrumento,

a las desoladas amapolas

daré tu corazón por alimento.

Tanto dolor se agrupa en mi costado

que por doler me duele hasta el aliento.

De Bión a Miguel Hernández, cantando el absurdo de la muerte absurda.

Alejandro Oliveros Alejandro Oliveros, poeta y ensayista, nació en Valencia el 1 de marzo de 1948. Fundó y dirigió la revista Poesía, editada por la Universidad de Carabobo. Ha publicado diez poemarios entre los que figuran El sonido de la casa (1983) y Poemas del cuerpo y otros (2005). Entre sus libros de ensayos destacan La mirada del desengaño (1992) y Poetas de la Tierra Baldía (2000).

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