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Arte Joven, Salones, Retrospectivas, Antológicas, Individuales, Colectivas y Temáticas

Paso por Allá

EspinozaPor Jesús Fuenmayor

Experimentar con los formatos expositivos no es nada nuevo. Desde los propios gabinetes de curiosidades o cámaras de maravillas pasando por los modelos decimonónicos de Salón hasta llegar al “cubo blanco”, síntesis modernista del espacio neutral como ideal para la contemplación estética, la historia de los modelos expositivos ha ido cambiando con los tiempos. Ha sido una historia más bien estable que redunda en unos protocolos a veces rígidos en exceso.

Estos protocolos de cómo presentar el arte al público tienen una historia prácticamente única y unívoca. El espacio expositivo – ya sea museo, sala de exposiciones o galería -, luce bastante igual aquí y en todas partes: las paredes son tan altas como la arquitectura lo permita, el piso es casi siempre de un mismo material y sin patrones cambiantes, la iluminación general sin muchos acentos particulares, generando una tensión tanto para focalizar las miradas en la obra como para controlar el comportamiento de los visitantes (dos caras de una misma moneda). A este modelo global del espacio ausente de aristas que llamamos “cubo blanco” son pocas las alteraciones exitosas que se le han incorporado. Es cierto que el arte se deja penetrar cada vez más por propuestas que amenazan su estabilidad, monolitismo y unicidad asociados a su perdurabilidad y transcendencia y que estos retos a la estructura institucional eran ya moneda corriente para muchas de las primeras vanguardias históricas como el dadaísmo, el futurismo y el constructivismo. La innovación en los modelos expositivos incluye una tolerancia a propuestas tan aparentemente irreverentes como hacer muestras clandestinas dentro de otras exposiciones, correr por un museo, simulacros de bienales, salas convertidas en cuartos oscuros, espacios impenetrables y un largo etcétera que abarca hasta algunas experiencias recientes en las que el cubo blanco ya no es sólo alterado sino sustituido totalmente por espacios teatrales o de cualquier otra naturaleza requeridos por prácticas artísticas para las que los compartimentos disciplinares resultan un obstáculo. Esta necesidad permanente de experimentar con los modelos expositivos no es necesariamente deseable o indeseable en sí misma y aún bajo la constante tentación de sacudir su estructura, tenemos que acordar que la del arte sigue siendo una de las instituciones más inalterables hoy en día.

En nuestro país nos hemos limitado por lo general a juzgar estos experimentos convirtiéndolos en ejercicios formales porque carecemos de un espacio de discusión crítica que permita asimilarlos sin caer en posiciones tomadas de antemano. Acá tenemos una amplia historia de propuestas expositivas que han dejado un legado sumamente importante y cuya recuperación crítica se hace cada vez más urgente. Con esta reseña quiero invitar a dar inicio a contar nuestra historia desde este legado.

Imagen: Eugenio Espinoza, El Impenetrable, Ateneo de Caracas, 1972